SYMBOLOS
Revista internacional de 
Arte - Cultura - Gnosis
 

ORÍGENES DEL TEATRO I:
LOS MISTERIOS DE LA ANTIGÜEDAD

CARLOS ALCOLEA
Para un hombre tradicional o arcaico todo es sagrado y el universo
un juego perenne de relaciones misteriosas y simbólicas,
poseedoras en sí mismas de significados evidentes.
Vive en un asombro perpetuo y a la vez está perfectamente integrado a su ambiente
y participa constantemente de los efluvios del cielo y la tierra.
Es entonces un mediador y como tal encuentra su ubicación en el mundo,
lo que se corresponde con su verticalidad.
Debe por lo tanto reproducir estos misterios
a imitación del gran gesto creador de un constructor original,
fecundando la posibilidad de una cultura.1




Representación de 1847 del Yggdrasil nórdico como se describe en la Edda prosaica islandesa de Oluf Olufsen Bagge. Texto e imagen: Wikipedia.

A la inversa, para el hombre moderno, todo es una reiteración sucesiva de anécdotas intrascendentes, o como dice Macbeth “una historia contada por un idiota lleno de odio y furor y que nada significa”. De ahí que para este, la vida termine por ser de una uniformidad aplastante, en el sentido rasante y literal, en el que un día y otro son lo mismo, o sea, que nada le asombra, encontrándose prácticamente desintegrado y desubicado en un mundo sin sentido, desprovisto de significado, a no ser el cuantitativo y la relación de virtudes y perversiones a las que cataloga como bondades y maldades, de acuerdo a sus intereses personales. Pero no todo está perdido, pues una brizna de pureza se halla en el interior del corazón, tal cual una semilla en el interior de la tierra que, al ser irrigada con el agua de Vida, muere para renacer como planta y convertirse en árbol que da fruto, y los pájaros, símbolo de los estados superiores anidan en él. Se trata, en síntesis, del proceso de la iniciación que da lugar al hombre nuevo, “aquél que se ha despojado de su antiguo yo y se enfrenta con la inmutabilidad del Sí Mismo”2.

Este es el segundo nacimiento. No hay cultura que no conserve sus ritos iniciáticos, incluso en la actualidad, aunque hoy se hallen despreciados y se intente confundirlos con pseudoiniciaciones y desviaciones de todo tipo. Los cultos mistéricos de Isis y Osiris en el antiguo Egipto, los de Mitra y Cibeles en el Próximo Oriente, los de Eleusis y Dioniso en Grecia, así como los de los Cabiros en Samotracia, etc., por referirnos sólo a algunos de los más cercanos, han abierto las puertas a miles de seres humanos atraídos por el conocimiento de su identidad y de la del cosmos.

En el rito iniciático y su posterior efectivización, el iniciado revive en el alma los mitos arquetípicos protagonizados por los dioses y las diosas. Ellos ejemplifican su propio proceso regenerador y liberador. Y aquí en Occidente, los de la diosa Deméter, su hija Perséfone y su esposo Hades, así como los de Dioniso y otras entidades, fueron, y son, los relatos míticos en torno a los cuales se articuló la transmisión de la enseñanza tradicional, que al operar sobre el alma de los hombres y mujeres que libremente los acogían, experimentaban una auténtica transmutación interior.3

                       

Alquimistas –actores– trabajando bajo la dirección de cuatro sabios que reciben audiciones insospechadas de una campana situada en la bóveda. Estas entidades se proyectan en otras tantas columnas correspondientes al plano intermediario entre lo de abajo y lo de arriba. Elías Ashmole, Theatrum chemicum Britannicum, 1652.

Las bendiciones se derraman, fecundando el alma del iniciado, semejante a esa semilla a la que nos referíamos más arriba, que muere y renace como planta, simbólica recurrente en los mitos que en el caso de Occidente, han cristalizado en esta estructura cultural que pende de un hilo y se diría a punto del colapso. Empero, no se puede negar que continúa tan viva como siempre, y así ha de ser en tanto exista un mínimo resquicio para que se opere la posibilidad de rememorar “en el alma los mitos arquetípicos protagonizados por los dioses y diosas” que “ejemplifican su propio proceso regenerador y liberador”. En efecto, para el nacido dos veces la vida es un estado de gracia, una constante recreación del Ser Universal, incluyendo las adversidades, difíciles de sobrellevar, pero que quedan en nada ante la divina concepción de la Unidad, –así en la Tierra como en el Cielo–, lo que simboliza la conjugación entre dos fuerzas opuestas, energías productivas y destructivas que se complementan reproduciéndose lo divino en lo humano y reconociéndose lo humano como divino, siempre en construcción, como lo reitera el propio Ser siendo, y sus modelos a escala que lo recrean.

Todo el proceso empieza imprescindiblemente por una muerte. Sin muerte no hay nacimiento. Se trata de dejarlo todo, todo lo que uno creía ser, aquello en lo que acreditaba, las convicciones, creencias, fantasías, ilusiones; la inmensa amplitud de la ignorancia. Vaciar la copa. Devolver el alma a su estado virginal.

Eso es precisamente lo que simboliza Perséfone (o Core, o Proserpina), la que danza alegre por los prados en compañía de las Ninfas y las Gracias recogiendo flores, sin ningún prejuicio, ni preocupación, ni apego.

La virginidad, no como una cuestión física o teñida de moralinas sino como un estado del alma. Pero de pronto irrumpe Hades, el rey del inframundo que la rapta y conduce con su carro hacia sus dominios, convirtiéndola en su esposa.

Al igual que la semilla, que cae dentro de la tierra y se pudre para germinar como nueva planta, el alma simbolizada por la joven doncella se sumerge en las profundidades de sí misma y transita por los corredores de la oscuridad, donde deberá disolverse y retornar a un estado de indiferenciación. Y es justamente en el seno de la Mater Genitrix, análoga a la matriz de la mujer o del cosmos, donde es iniciada en los misterios de la sexualidad, de la cosmogénesis. Este no es un proceso suave, sino brusco y violento, y no exento de temor, como bien lo simboliza el rapto. Perséfone se aterroriza ante lo desconocido. Se sabe también que en los ritos dionisíacos, las jóvenes contemplaban el falo primordial escondido tras un velo, tal como está reflejado en uno de los frescos de la sala de los Misterios de una villa de Pompeya. 4

Tenemos entonces que la dramatización del mito arquetípico y el símbolo, perteneciente a tal o cual cultura, es eminentemente regeneradora en tanto trae al presente aquellas Energías-Fuerza puestas en acción en el Origen. Este hecho ha sido recibido, recogido y transmitido por generaciones de iniciados, conformándose una cadena ininterrumpida que, desde nuestros días, se remonta a la noche de los tiempos.


Jonás saliendo del vientre de la ballena. Salterio Carrow, Walters Museum MS 34, Mediados s. XIII.

Es como si de un arca se tratase, un contenedor o receptáculo de la semilla divina, en la que se halla la posibilidad de la generación del espíritu que acecha un corazón apto, receptivo, en el que derramarse. Ello también viene ejemplificado por los mitos que suscriben los constantes amoríos terrenales del Padre arquetípico, Zeus, y las desavenencias con su contraparte, Hera, lo que trae aparejado el tener que vérselas con la cólera divina, manifestada en innumerables dificultades y pruebas relacionadas con las flaquezas humanas, verdaderos obstáculos en la vía del Conocimiento que se oponen a la realización espiritual y, en definitiva, a la Vida, que es la plenitud del Ser.

Ahora bien, no se concibe la plenitud tratando de negar a la muerte, como si no fuera con nosotros. Ella es la verdadera iniciadora que como se comprenderá, nada tiene que ver con pseudoiniciaciones ni desviaciones del tipo que sean, fruto del dogmatismo ideológico, expresiones todas estas de energías oscuras y densas, que tienden a la desintegración y el caos. No es de extrañar entonces el papel protagonista de la muerte como liberadora del alma en estas representaciones rituales, que aún se siguen practicando “con toda la frescura y autenticidad de sus orígenes”5, operándose disoluciones y coagulaciones, decesos y renacimientos, análogos a los del discurrir natural de los ciclos y ritmos cósmicos.

El más importante rito del que derivan todos los otros es nada menos que el de la Creación Universal, en particular el drama de la muerte y la resurrección que sufre el sol en el día y el año. La vida y su cotidianidad son el mayor de los ritos posibles, los que han sido escenificados por el hombre en todos los tiempos y latitudes.6

Empero, para el oficialismo –y su acusada tendencia a catalogarlo todo, fruto del pensamiento mecanicista y analítico, encarnado en personajes que no nos son ajenos–, los cultos mistéricos tienen su interés como una curiosidad antropológica cuyo valor no excede lo sentimental, algo que la mentalidad progresista da como superado. Y henos aquí, en plena revolución digital, donde los autómatas sustituyen al hombre convertido en eso mismo: en un autómata, incapaz de salir de sus propios patrones mentales uniformizados y rasantes, excluyentes y tendentes a la disolución. En definitiva, una parodia siniestra de la transmutación. ¿Qué se puede esperar de un mundo desacralizado en el que lo personal, los gustos, miedos, fobias y manías, son ensalzados al punto de crear tendencias que dan lugar a modas, seguidas por hordas infernales ávidas por consumir la mierda que se sirve a diario debidamente envasada? No obstante, en tanto el mundo sea mundo, ha de haber lugar para la iniciación en los Misterios y la celebración de ritos y cultos sagrados,

especialmente adecuados a la situación espacio-temporal (...) aunque resulten totalmente paradójicos para el propio operador que en su gestión no sabe definir con claridad –y no lo necesita– dónde y cómo los distintos sucesos de su propia y divina comedia pudieran ser traducidos en medio de una Revelación Permanente.7



Las fiestas más célebres, las fiestas atenienses por antonomasia, fueron las llamadas Dionisias Ciudadanas o Grandes Dionisias, instituidas en honor del dios Dioniso, cuya imagen era trasladada desde la ciudad de Eléuteras (Beocia) a Atenas. Durante el siglo V concurrían al certamen de tragedias tres autores, cada uno de los cuales presentaba cuatro piezas, tres tragedias y un drama satírico. Anuncio de Dionisio y Ariadna, 110 – 130 d. C. https://www.pinterest.es/pin/460563499378859882/

Hasta el fin habrá entonces, quien celebre y encarne la pasión que realiza el sol en su recorrido por la rueda zodiacal. Contamos con numerosos ejemplos, de entre los que, por nombrar algunos de aquellos que conforman nuestra cultura y nuestro ser mismo, tenemos en la antigua Grecia las Grandes Dionisíacas, que se celebran en el mes de las bodas, con el nacimiento de la primavera. Festejos instituidos por el dios al que todos aclaman, el que bendice las uniones, el que es la regeneración misma, la catarsis por la asunción de la Gracia que se derrama en el corazón de la multitud, exaltada al recibirla. La divinidad circula entre los asistentes, acompañada por un cortejo de antorchas y oferentes. El recorrido finaliza en el centro del teatro, que es el altar donde tiene lugar el concurso de cantos ditirámbicos: himnos de alabanza que se ofrecen a la entidad benefactora. En este sentido, la celebración de concursos dramáticos que tiene lugar en los días siguientes, también es una invocación de alcances insospechados: podemos encontrarnos con Dioniso, en lo alto del escenario; oír el llamado del que estremece las profundidades, la voz que sacude “los pétreos entablamentos (del palacio), que sobre los pilares se desploman”8, símbolo de las estructuras mentales que conforman las creencias inamovibles; podemos asistir también al incendio de la fortaleza de Penteo, personaje prototípico que, como el traidor, encarna a la rigidez dogmática:

“los oficialistas y los opositores, los pacifistas y los belicosos, los revolucionarios y los conservadores, yo y el otro, que se pierden en minucias, mientras ellos mismos que creen tener tanto poder, son utilizados como títeres por fuerzas desconocidas y mucho más poderosas, que son las que verdaderamente manejan las energías de este gran teatro del mundo”9.

En definitiva, podemos reconocer que todo esto no se refiere a otra cosa sino a uno mismo, como un símbolo de la batalla cósmica que se libra en este preciso momento, a tres niveles simultáneamente.


En el centro de la escena, destaca un pozo, en torno al cual gira la acción. Se representa el combate entre el carnaval y la cuaresma; entre la anarquía tendente al desorden y la disolución, y su opuesto tendente a la rigidez dogmática y a un orden mal entendido, tomado literalmente según intereses personales que dan lugar a normas y leyes tan rigurosas como las mentes interesadas que pretenden imponerlas, haciendo uso de un poder tan pequeño y repugnante como la miseria en la que acostumbran a manejarse. Podría decirse que el escenario se divide en dos partes con decorados y personajes opuestos: la taberna, con sus fieles parroquianos celebrando con gran algarabía, y la iglesia, con sus devotos seguidores de preceptos tan inamovibles como su estrechez de miras les permite admitir, en el fondo lo mismo que sus contrarios aunque con otra apariencia. Como se ve, el caos es generalizado, pero responde a un orden invisible, que se manifiesta de forma geométrica y armoniosa. El combate entre el carnaval y la Cuaresma. Pieter Brueghel el joven.

Paralelamente a las Grandes Dionisíacas, “las bacanales romanas (asimiladas por el cristianismo en la forma del carnaval), también tienen lugar con la llegada de la primavera, período en que esta entidad ctónica renace de sus propias cenizas, manifestándose un nuevo ciclo caracterizado por la explosión de la vida que despierta de su letargo invernal”10.

Culminado el ascenso del Sol en su recorrido, justo en la mitad de la rueda zodiacal, llega el solsticio de verano que inaugura su declinar, e implica un viaje por el inframundo. Es el momento de la aparición de entidades análogas a las uránicas. “El vulcano cojo de las entrañas de la tierra”11 emerge de las profundidades para arrasar con todo lo que impida la caída que conlleva la renovación. Esto precisamente es lo que viene a mostrar la teogonía órfica en lo que se refiere al mito de Dioniso-Zagreus. Se trata de la irrupción del “ultimo rey de los dioses, después de Zeus. Pues el padre lo instala en el trono regio y le entrega el cetro y lo hace rey de todos los dioses encósmicos”12. Lo que nos está hablando de la regeneración y un nuevo ciclo, continuación del linaje divino que no se detiene en Zeus y que él mismo proyecta al unirse primero con su madre para engendrar a Perséfone, con la que a su vez engendra al dios liberador, “revestido con el disfraz de la serpiente”. Subrayamos esto último por la claridad con que el mito representa la generación de este ciclo final por parte de la deidad creadora adoptando el revestimiento de lo que repta –lo terrestre–; por no hablar de su gestación en el seno de la reina del inframundo condenada al Tártaro al probar de sus frutos, tal y como ocurre con la descendencia de esta abrupta edad de hierro, que sin saberlo permanece prisionera de sus propias ilusiones a las que considera realidades absolutas. De ahí la dispersión que da lugar a la multiplicidad y la aparente fragmentación de la unidad del ser, lo que es análogo al descuartizamiento que padece Dioniso, a manos de los Titanes:

Mas no tuvo Dioniso mucho tiempo el trono de Zeus, sino que los Titanes, tras haberse untado con astuto yeso el engañoso óvalo del rostro, lo mataron, por causa de la ira de la diosa desalmada, la rencorosa Hera, con un cuchillo del Tártaro mientras observaba la imagen falsa del espejo que era su contrafigura.
(...)
Hace tiempo que los teólogos han convertido el espejo en el símbolo de la capacidad del universo para llenarse con el intelecto. Por eso dicen que Hefesto fabricó un espejo para Dioniso y que cuando el dios se miró y vio su imagen emprendió la creación de todo lo particular.13

Resulta curioso que se mencione el yeso como procedimiento que utilizan los Titanes para ocultar su identidad –nótese que la cal viva además de tierra, también es fuego, elementos con los que están formados ellos mismos–, lo que nos recuerda a los histriones con sus características máscaras o bien con el rostro pintado de blanco, representando la tragedia del desollamiento sacrificial que traerá la regeneración. No menos llamativo es el hecho de que Hefesto regala a Dioniso un espejo, “una metáfora de su desmembramiento y del paso de la unidad a la multiplicidad (ya que al reflejarse en el espejo, su imagen, antes única, se multiplica)”14. Ello viene figurado por la fragmentación característica de esta edad de hierro que comprende distintas civilizaciones con sus respectivos avatares, de la que Dioniso es el regente y el teatro que patrocina –ritos y ceremonias mágico-teúrgicas–, el medio consagrado a la restitución del estado original. Pero si el niño-dios es descuartizado y devorado por los Titanes, Atenea, la diosa de la Sabiduría, rescatará el corazón aún palpitante para entregarlo a su padre.

Irritado contra ellos Zeus los fulminó con el rayo y del residuo de los vapores emitidos por ellos se produjo la materia de la que nacieron los hombres. Por eso está prohibido suicidarse […] porque nuestro cuerpo es de Dioniso, ya que somos de hecho una parte de él, si estamos conformados por el residuo de los Titanes que comieron su carne.15

En lo tocante a la reconstitución de Dioniso, Zeus hace modelar una estatua –también de yeso– en la que el demiurgo-escultor coloca el corazón rescatado. A este respecto recuérdese el pasaje del Corpus Herméticum en el que aparecen las estatuas parlantes; igualmente el mito judío del Golem y en un orden inferior, los autómatas y otros ingenios mecánicos de entre los que cabría destacar aquellos que fabrica Hefesto, dotados de inteligencia; también se tiene noticia, entre otros asombros, de la creación de autómatas musicales impulsados por el agua en torno al siglo IV a. de C., y más adelante, ya en la Edad Media, del desarrollo de aparatos mecánicos relacionados con el arte de la música y el teatro –amén de relojes, calendarios y juguetes que se pueden ver en las cortes europeas–, así como en el renacimiento las maravillosas escenografías y decorados móviles mediante complicados juegos de relaciones entre engranajes y ruedas, toda una maquinaria de gran aparatosidad, que encuentra su máximo exponente en la figura del genio inventor Leonardo Da Vinci. Desde luego el tema da para mucho y bien merece ser investigado en profundidad, cosa que no es posible en este estudio, pues nos llevaría por otros derroteros.

Volviendo entonces donde lo dejamos antes de este pequeño paréntesis, es decir, con Dioniso, conviene no olvidar que la versión del mito que sitúa al dios civilizador como hijo de Zeus y Sémele no se contradice con la de serlo también de Perséfone, acerca de lo cual ya se ha hablado en el capítulo anterior, y con lo que creemos haber dado las pautas oportunas para poder establecer las correspondientes analogías. Finalmente, recordar que en Egipto se encuentra una representación equivalente al descuartizamiento de Dioniso, en este caso protagonizado por Osiris, al que su hermano despedaza siendo Isis, ayudada por Thot y Anubis, la encargada de reunir los fragmentos dispersos.

Continuando con la memoria de celebraciones sagradas, ya en otoño, sin salir de Grecia, encontramos los Misterios eleusinos, emparentados con los dionisíacos. En ambos la embriaguez por el vino u otras substancias está incluida en el drama. Dichos Misterios representan la tragedia en la que Deméter busca a su hija Perséfone, raptada por Hades y llevada a los infiernos, en donde permanece cautiva debido a la ingesta de un grano de granada, –ya se ha dicho reiteradamente que comer de cualquier fruto en el tártaro, implica un encadenamiento a las cosas de este–. Finalmente, Hermes llega al rescate y Zeus dispone que pase una época del ciclo anual en los infiernos y otra en la tierra con su madre.

Y terminamos estos ejemplos con las Dionisias rurales, celebradas en el mes de diciembre presidido por Saturno o Cronos, que como sabemos señala el fin de un ciclo anual completo del sol.

En lo que respecta al imperio romano, dichas celebraciones se denominan Saturnales, “unas fiestas con las que acababa el año regido por Jano que se celebraban en el solsticio de invierno; eran los días más festivos y felices de dicho periodo, donde se daban banquetes y se ofrecían regalos”16; las mismas que adoptará el cristianismo con el nombre de Navidad, signada por el nacimiento de un niño que es la Luz del Mundo que hace resplandecer la Verdad y trae la regeneración.

Creemos conveniente abrir un paréntesis para mostrar el vínculo entre Dioniso y Apolo, deidad esta última que se manifiesta en el firmamento como el astro rey que ilumina a la creación e igualmente dispensa el calor necesario apto para la vida.


Apolo en la rueda del zodíaco, flanqueado por Dioniso a su izquierda y Deméter en el lado opuesto.
Giovanni Girolamo Frezza, 1704.

Pues bien, ambos dioses no son sino una misma entidad polarizada, a la que se denomina Amor, energía o Idea-Fuerza que se encuentra indisolublemente unida a la Belleza. En referencia a ésta es importante añadir que su contemplación viene dada tanto por el éxtasis dionisíaco, –manifestado como un vértigo o una fuerza de atracción hacia las energías telúricas y ctónicas como vía de acceso a los estados superiores–, como por el éxtasis apolíneo –procedente de Apolo– que se produce mediante la contemplación de las formas puras, tales como las de las figuras geométricas simples.

Sirva lo dicho para comprender o al menos entrever la relación entre lo ctónico o infernal, con lo uránico –celeste–, por mediación de lo telúrico –terrestre–, estados del Ser representados por los distintos dioses del panteón olímpico, cuyos nombres no son otra cosa que aspectos o atributos de la Unidad una y única.

Dicho lo cual, volvamos de nuevo a las mencionadas Dionisias rurales, en las que se pasea en procesión un falo, representación del eje del mundo y símbolo de la fertilidad y la fecundación divina. Fecundación concerniente a la que se refiere Macrobio al decir que “en el Parnaso, donde se celebran (…) las Bacanales, aseguran que ‘el ruido de los címbalos puede llegar hasta los oídos humanos’”,17 lo que se concreta en comparsas que danzan, juegan y realizan recreaciones simbólicas en las que se escenifican la llegada del dios que viene para despertarnos del gran “letargo colectivo”. O sea, el nacimiento de una nueva posibilidad, un nuevo período que se celebra por todo lo alto con nuevos encuentros dramáticos que manifiestan la presencia del Dios niño en el corazón de todos, que es uno solo.

2ª parte


BIBLIOGRAFÍA DE TEXTOS CITADOS.

– Federico González. Simbolismo y Arte. Ed. Libros del Innombrable. Zaragoza, 2004.

– Federico González. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Ed. Libros del Innombrable. Zaragoza, 2013.

– Mireia Valls con la colaboración de Lucrecia Herrera. Las Diosas se revelan. Ed. Libros del Innombrable. Zaragoza, 2017.

– Revista Symbolos:
http://symbolos.com/n53invierno2017/impresiones_aquelarre/impresiones_aquelarre.htm

– Eurípides. Tragedias III. Bacantes. Ed. Gredos, Madrid, 1982.

– Revista Symbolos: http://symbolos.com/alcolea_teatro_memoria1.html

– Federico González. Noche de Brujas. Auto sacramental en dos actos. Ed. Symbolos. Barcelona, 2007.

Hieros Logos. Poesía órfica sobre los dioses, el alma y el más allá. Edición de Alberto Bernabé. Ed. Akal, 2003.

– Ana Contreras. En el Talller Hermético. Notas y bocetos alquímicos. Ed. Libros del Innombrable. Barcelona, 2018.


NOTAS.
1 Federico González. Simbolismo y Arte. Cap. IV. Arte, Símbolo y Mito en las culturas tradicionales. Ed. Libros del Innombrable. Zaragoza, 2004.
2 Federico González. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: Hombre Nuevo. Ed. Libros del Innombrable. Zaragoza, 2013.
3 Mireia Valls con la colaboración de Lucrecia Herrera. Las Diosas se revelan. Ed. Libros del Innombrable. Zaragoza, 2017.
4 Ibíd.
5 Ver en Symbolos:
http://symbolos.com/n53invierno2017/impresiones_aquelarre/impresiones_aquelarre.htm
6 Federico González. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: Rito. Op. cit.
7 Federico González. Simbolismo y Arte. Cap. VI. Arte Teúrgica. Op. cit.
8 Eurípides.Tragedias III. Bacantes. Ed. Gredos, Madrid 2008.
9 Federico González Frías. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: horror. Ibíd.
10 Carlos Alcolea. El teatro de la Memoria. Artículo completo en Symbolos telemática:
http://symbolos.com/alcolea_teatro_memoria1.html
11 Federico González. Noche de Brujas. Auto sacramental en dos actos. Ed. Symbolos. Barcelona, 2007.
12 Hieros Logos. Poesía órfica sobre los dioses, el alma y el más allá. Edición de Alberto Bernabé. Ed. Akal, 2003.
13 Ibíd.
14 Ibíd
15 Ibíd
16 Federico González Frías. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: Saturno. Ibíd.
17 Ana Contreras. En el Talller Hermético. Notas y bocetos alquímicos. Cita de Macrobio, Saturnales. Ed. Libros del Innombrable. Zaragoza, 2018.

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