SYMBOLOS

Revista internacional de
Arte - Cultura - Gnosis

CELEBRACIONES A LOS DIOSES SEGÚN EL ESCRITO
DE LA HISTORIA GENERAL DE LAS COSAS DE LA
NUEVA ESPAÑA
(CÓDICE FLORENTINO) DE
BERNARDINO DE SAHAGÚN 1

MARÍA CORREA



Se vio, se comprobó, muchas fueron las dificultades que hubo que superar, variados los motivos del impulso creador que llevaron a la escritura a muchos cronistas, alimentados por la deidad que inspira a los escribas. Se atesoró en letra –voz que hace de puente sobre el tiempo que corre–, por la generosa acción de aquellos escritores, otra forma diferente de vivir la concepción de la vida y la muerte, otros nombres para llamar al Eterno y sus múltiples manifestaciones; lo mismo, sí, lo mismo de ahora y de siempre expresado de otra manera.

Doce libros, miles de paginas con un mensaje que se registró en tres lenguas, la castellana, el latín y la náhuatl, revelando por boca de los sabios nativos una historia arquetípica y su realización en las culturas con las que el fraile franciscano Bernardino de Sahagún se topó y convivió durante los largos años que pasó y entregó a la Nueva España, donde se estableció hasta que le llegó el final de sus días.

Es todo un mundo lo que nos presenta este escritor en su magna obra, abarcando el más mínimo detalle al punto de que pudiera decirse que casi se percibe el sabor de los frutos, de las tortillas de maíz y toda otra elaborada comida que describe; la fragancia de las flores, del incienso, el olor de la sangre o incluso el de la hedionda podredumbre de un pellejo humano portado sobre la piel por una veintena de días. Se respira el polvo de las barridas diarias, inclusive se puede sentir el ritmo de sus bailes, oír la música de los diferentes instrumentos, los cantos o el silencio respetado en alguna fiesta; el parloteo de todo tipo de comerciante, el ir y venir en los templos, en la milpa, en los lagos, ríos, montes y en las casas. Toda la inmensa variedad y uso de la flora y la fauna, la vistosidad del arte del tejido, sus coloridos huipiles o los bellos aderezos de ricos plumajes de toda ave. Y contemplar a cada quien cumpliendo, a su manera, su función. Una obra monumental que relata todo, o casi todo, tal como se estaba dando o actuando por aquellos seres que los españoles encontraron en arribando y penetrando este mundo nuevo para ellos.

Y no solo esto queda reflejado extraordinariamente en su tratado, sino que también queda impresa la gesta de aquellos europeos que se atrevieron a recorrer unas tierras extrañas y lejanas en las que muchos no dudaron en entregar su vida para un cometido que consideraban sagrado, pues aunque muchos de aquellos viajeros acudieran motivados por las riquezas de aquellos lares –como se constata en la parte que dedica este autor a la conquista de México–, otros, como nuestro fraile, estaban convencidos de ser los restauradores del orden en un mundo perdido. Equivocados o no, este encuentro de dos mundos, la explosión que ello supuso en ambos y todo lo que se sucedió, está amparado por la ley divina de los ciclos y ritmos universales.

Sahagún, desconociendo el auténtico significado de toda la simbólica indígena –heredada por esas culturas y comprendida al nivel que fuere en el momento de la llegada de los españoles–, manifiesta la clara intención –idéntica a la de muchos de los conquistadores– de imponer su religión como única opción verdadera, y niega cualquier validez de las formas de concebir la deidad en las tierras de la Nueva España; formas que en variadas ocasiones califica de endiabladas, por decir lo menos. Sin embargo, señalaremos que de alguna manera en ese mismo intento –muy probablemente sin pretenderlo–, da un paso y deja constancia de otro tipo de opciones que pueden darse en el camino para acceder al Conocimiento, por lo que su escrito llega a nuestros días brindando la maravillosa sorpresa de encontrarnos a la diosa Sabiduría bajo otros velos, los que alimentaron a muchas generaciones de esos pueblos americanos, y aún hoy calladamente se muestran –además de en la escritura– en el arte constructivo y de todo otro tipo generado y legado por aquellos “indios”. Él mismo, nada más comenzar su obra, en el primer libro, presenta el panteón náhuatl y deja ver una identidad en la esencia de toda auténtica tradición, escribiendo las similitudes que encontraba entre esos dioses y los de la tradición greco-latina. Así, vio en Huitzilopochtli a otro Hércules, en Tezcatlipoca a Júpiter, de Chicomecoatl dice que es otra diosa Ceres, Chalchiuhtli Icue otra Juno, Tlazultéutl otra Venus, Xiuhtecuhtli otro Vulcano, Tezcatzóncatl, dice que es otro Baco.2

Debido a lo amplio de esta obra, nos centraremos básicamente en algunos aspectos acerca de cómo se festejaba a los dioses, los nombres con los que se los conocían y su culto en aquellas tierras de la Nueva España, corriendo el siglo XVI.

Mucho se revela en este tratado de Bernardino sobre la manera de concebir la presencia de la deidad por estos nativos. Lo cierto es que el culto y la devoción a los dioses regulaba todas sus existencias, aunque también parece que la realización de la Verdad más allá de las formas había caído en aquellos tiempos para la mayoría de estos aborígenes bajo una inmensa capa teñida de superstición y quizás pocos de ellos comprendían ya el auténtico valor de este culto a lo divino. Por lo que fue fundamental la labor de esos escribas que –como de una mano divina más que de la suya propia–, salvaguardaron lo que quedaba de aquellos símbolos, mitos y ritos de la tradición de unas culturas en declive. Se dice que muchas procedían de la mítica Tula, de la que escribe Sahagún:
… porque por sus pinturas antiguas hay noticia que aquella famosa ciudad, que se llamó Tulla, hará 1000 años, o muy cerca de los que fue destruida, y antes que se edificase los que la edificaron estuvieron muchos poblados en Tullantzinco (…) Esta célebre y gran ciudad de Tulla, muy rica y de gente muy sabia y muy esforzada tuvo la adversa fortuna de Troya. Los Chololtecas, que son los que de allá se escaparon han tenido la sucesión de los romanos, y como los romanos edificaron el Capitolio para su fortaleza, así los chololanos edificaron a mano aquel promontorio que está junto a Cholula que es como una sierra, o un gran monte, y está todo lleno de minas o cuevas por dentro. Muchos años después los mexicanos edificaron la ciudad de México que es otra Venecia. (…) Hay grandes señales de las antiguallas de sus gentes como hoy día parece en Tulla y en Tullanzico y en un edificio llamado Xuchicalco que está en los términos de Quauhnaoac, y casi en toda esta tierra hay señales y rastro de edificios y alhajas antiquísimas…

Más adelante en sus escritos, Sahagún dedicará un largo capítulo en el que expone el alto grado de conocimiento de aquellos ancestros y de su arribada a estas tierras pasando las aguas. Relatará extensamente lo que guardaban sus mitos sobre esta venida, aunque previamente nos regala unas líneas:

En el libro 10º, donde en el capítulo 20 se habla de los primeros pobladores de estas tierras donde se afirma que fueron perfectos filósofos y astrólogos y muy diestros en todas las artes mecánicas (…) Del origen de esta gente, la relación que dan los viejos es que por la mar vinieron de hacia el norte, y cierto es que vinieron en algunos vasos, de madera, no se sabe como eran labrados, sino que se conjetura que una fama hay entre todos estos naturales que salieron de siete cuevas, que estas siete cuevas son los siete navíos o galeras en que vinieron los primeros pobladores de esta tierra. Según se corrige por conjeturas verosímiles la gente que primero vino a poblar esta tierra de hacia la Florida y costeando vino y desembarcó en el puerto de Panuco que ellos llaman Panco que quiere decir lugar donde llegaron los que pasaron el agua. Esta gente venía en demanda del paraíso terrenal y traían por ahí apellido Tamoanchan que quiere decir buscamos nuestra casa, y poblaban cerca de los más altos montes que hallaban.

Y a continuación:

Ahora son hábiles para todas las artes mecánicas y las ejercitan, son hábiles también para deprender todas las artes liberales y la santa theología…

Y

No creo ha habido en el mundo idólatras tan reverenciadores de sus dioses ni tan a su costa como estos de esta Nueva España… Y de tantas ceremonias como les han tenido estos naturales…

Ya que nuestro pensamiento navega de la mano de la mente, vamos a pasearlo un poquito por unos ritos que llaman y celebran la llegada o manifestación de la deidad en sus diferentes aspectos; una evocación para atraer lo celeste a nuestro mundo y poder vivirlo, o lo que es lo mismo, una participación en el mundo divino haciendo en la tierra como se hace en los cielos, lo que se expresaba en las fiestas de aquellos indígenas. Veamos pues a aquellos “reverenciadores de sus dioses” celebrándolos, ya que aunque quizás fueran llevados entonces por un interés más mundano que espiritual, se guiaban por una estructura basada en los arquetipos que conformaron sus culturas, la que permite recuperar, en cualquier punto del ciclo, la posibilidad de conectar y percibir la unidad de los mundos.

Para una civilización tradicional, las fiestas sagradas son puntos significativos en la circunferencia del ciclo calendárico que garantizan la comunicación con la energía invisible del centro, reflejo de la verticalidad.3

Es el reconocimiento de la eternidad penetrando entre las rupturas que brinda el ser del Tiempo en sus ciclos manifestados, lo que determina cuándo celebrar a los diferentes aspectos de la deidad. Dos eran los calendarios que regían el cómputo de los ciclos, conforme a los cuales sacralizaban los ritmos de la vida. La mayoría de las fiestas se hacían de acuerdo a los ritmos señalados por el ciclo anual, algunas otras eran bianuales, y las había también cada cuatro años y de ocho en ocho, así como otra celebración tenía lugar cada 52 años. La duración de cada una era variable, extendiéndose en los días y en las noches de cada mes.

Del primero de estos cómputos anuales, escribe Bernardino que constaba de 365 días divididos en 18 meses de 20 días, y otros cinco días –“seys de cuatro en cuatro años”– que llamaban Nemontemi, lo que quiere decir días baldíos.

Acabado este mes, los cincos días que siguen son sobrados de los trescientos sesenta ya dichos, los cuales todos de 20 en 20 están dedicados a algún dios. Estos cinco días a ningún dios están dedicados y por eso (se dice que) están por demás y teníanlos por aciagos, ninguna cosa hacían en ellos. (…) Los que nacían en estos días teníanlos por mal afortunados, ningún signo los aplicaban.


Durante estos cinco días se despojaban de todo y se preparaban para ello deshaciéndose primero de las rigideces de la mente a través de una auténtica entrega dionisíaca:

Llamaban a esta fiesta Pillaoano que quiere decir borrachera de los niños, en esta borrachera todos bebían pulcre, hombres y mujeres, niños y niñas, viejos y mozos. (…) Todos emborrachaban públicamente y todos llevaban su pulcre consigo y los unos daban a beber a los otros y los otros a los otros, andaba el pulcre como agua en abundancia, y todos llevaban unos vasos que tenían tres pies y cuatro esquinas (…) Todos andaban muy contentos, muy alegres, y muy colorados. Y después de borrachos, reñían los unos con los otros y caíanse por el suelo de borrachos unos sobre otros, y otros iban abrazados los unos con los otros hacia sus casas. Y esto teníanlo por bueno porque la fiesta lo demandaba así.

De entre las celebraciones especiales que se hacían en ciclos mas espaciados, encontramos la fiesta a “nuestro padre”, el Fuego, celebrada anualmente; pero cada cuatro años estas ceremonias eran mucho mas abultadas y muchos los sacrificados, imágenes del dios. Se hacían incontables bailes, cantos, ofrendas de flores, rica pluma –mucha de quetzal–, y se vertía sangre. Elementos como papel, turquesas, semillas, tejidos, pulcre y copal eran parte del largo ritual de esta fiesta. Nos explica Bernardino que “llamaban a esta fiesta Izcalli que quiere decir crecimiento”. El texto dice que pasados diez días tornaban a componer la imagen del mismo dios Ixcosauhqui o Xiuhtecutli. En esta celebración, “hacían un fuego nuevo” con palos y ofrecían aves cazadas al dios, también peces y sabandijas de agua echándolas al fuego. Las mujeres preparaban tamales como ofrenda, daban vueltas alrededor del fuego y todo, incluso los sacrificados, entraba y salía de él.

Xiuhtecutli –llamado también Huehuetéotl, Señor de los cuatro tiempos–, era el único dios que no había muerto en las cuatro anteriores reestructuraciones del mundo, por ser inalterable. Su fiesta se celebraba por esto con gran pompa cada cuatro años, para mostrar su propio rejuvenecimiento, y en forma solemnísima cada cincuenta y dos –el fuego nuevo o atadura de años, el siglo náhuatl– cuando las Pléyades se detenían al alcanzar el cenit del firmamento a medianoche.4

Una gran fiesta en honor a Huitzilopochtli y Tlacauepan se hacía de ocho en ocho años en el mes de Panquetzaliztli, mismo mes en el que celebraban anualmente a Huitzilopochtli. Un ayuno de pan y agua se hacía durante ocho días previos a la celebración; decían que en esta fiesta bailaban todos los dioses, y ellos, disfrazados de muy variados motivos, danzaban frente a la estatua de la imagen de Txaloc. Algunos cogían ranas o culebras con la boca y las iban tragando mientras bailaban. En estas fiestas se cocían imágenes grandes de estos dioses y con danzas las llevaban al cu.5 Al amanecer “…el dios llamado Painal que era vicario de Uitzilobuchtli descendía de lo alto del cu. Traía a este dios en las manos, como en procesión, uno de los sacerdotes vestido de los ornamentos de Quetzalcoatl, (…) este mancebo, que llevaba en el hombro un cetro hecho como culebra, todo cubierto de turquesas”. Los sacrificios humanos para esta festividad se hacían en el Teutlachco, que es donde se jugaba a pelota.

En un ciclo menor, celebraban a las deidades que conforman el día y la noche, y hacían un reconocimiento de las escisiones en el tiempo en horas señaladas. Se cuentan innumerables ritos en la noche y se apreciaba un cambio en los rituales en función que aconteciesen en horas diurnas o nocturnas.

Todos los días del mundo ofrecían sangre y incienso al sol luego en saliendo por la mañana (…) Y haciendo esto decían ya ha salido el sol, que se llama Tonametl. (…) Y luego enderezaban sus palabras al mismo sol diciendo “señor nuestro hace prósperamente vuestro oficio”, esto se hacía cada día a la salida del sol. Ofrecían de incienso cuatro veces al día y cinco veces de noche. Una vez a la salida del sol, otra vez a la hora tercia, otra vez a la hora del mediodía, a la cuarta vez a la puesta del sol. De noche le ofrecían incienso la primera vez cuando ya era bien de noche, la segunda vez cuando ya todos se querían echar a dormir, la tercera vez cuando comenzaban a tañer para levantarse a maytines, la cuarta vez un poco después de medianoche, la quinta vez un poco antes que rompiese el alba. Y cuando a la prima noche ofrecían incienso saludaban a la noche diciendo el señor de la noche ya ha salido que se llama Ioaltecutli.

El segundo calendario constaba de un ciclo de 260 días que llamaban año de los caracteres. Se representaba en círculo y según el mito se los legó Quetzalcoatl. Las fiestas según éste resultaban movibles respecto al cómputo de los 365 días y tenían preferencia en caso de coincidencia. En él estaba basada su astrología y los que estudiaban su arte los llama Sahagún adivinos:

Estos adivinos, no se guían por los signos, ni planetas del ciclo sino por una instrucción que según ellos decían se la dejó Quetzalcoatl, la cual contiene veinte caracteres, (…) 260 días los cuales acabados tornan al principio.

Cada carácter tenía trece días, y todos éstos, su casa. De Quetzalcoatl dice el Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos de Federico González Frías que es:

El dios más importante del panteón mesoamericano. Héroe fundador es también el patrón de todas las ciencias y artes. Su nombre significa serpiente emplumada y sus atributos, las alas y la serpiente, son propias de lo que vuela y lo que repta. (…) También un rey histórico y mítico llamado Quetzalcóatl que gobernó Tula y que se le considera el creador del calendario. Dios del sol y del aire, de la Sabiduría y maestro de las artes de la paz.6

Dieciséis son las fiestas en este calendario y no es de extrañar, pues, que la primera se celebrara en honor al Sol.

Tonatiuh es la figura que aparece en el centro de la Piedra del Sol (conocida como el calendario azteca), donde se le ve con figura humana, en el medio de un círculo, y con la lengua afuera, símbolo de la palabra creadora. Es notable la similitud de este símbolo con el de otras Tradiciones que representan al sol, como corazón del mundo, en el centro de la rueda del zodíaco, o rueda cósmica.7

La segunda –en el mismo signo– celebraban los hombres al dios Cicomesochitl, y a la diosa Sochiquetzal las mujeres. La tercera, a la diosa “que se llama Cioapipiltli porque decían que entonces descendía a la tierra”. En la cuarta “hacían gran fiesta al dios llamado Yzquitecatl que es el segundo dios del vino y no solamente a él sino a todos los dioses del vino que eran muchos”. La quinta se hacía en el signo Xochitl en honor a este signo.

La sexta se celebraba “en el signo de Acatl, en la primera casa hacían gran fiesta a Quetzalcoatl, dios de los vientos (…) Se hacía en la casa donde se criaban los muchachos, en esta casa que era como un monasterio, estaba la imagen de Quetzalcoatl, (…) este día la acercaban con ricos ornamentos y ofrecían delante de ella perfumes y comida, (…) decían que éste era el signo de Quetzalcoatl”.

La séptima para Tezcatlipoca, que era el gran dios; decían que éste era su signo y que “todos ellos tenían en los oratorios de sus casas las imágenes de este dios y de muchos otros”.8

En este día, componían esta imagen (…) y ofrecíanla perfumes y flores (…) y comida (…) y sacrificaban codornices delante de ella arrancándolas las cabezas, (…) esto no solamente lo hacían los señores y principales pero toda la gente a cuya noticia venía esta fiesta, y lo mismo se hacía en los calpules, y en todos los cues, todos oraban y demandaban a este dios que les hiciese mercedes pues que él era todopoderoso...

(…) Este dios decían ser espíritu, aire, y tinieblas, a este atribuyan el regimiento del cielo y de la tierra y le adoraban, reverenciaban y ofrecían, como hacedor y dador de todas las cosas y de todos los bienes y le rogaban por todas sus necesidades…

Se le dedicaba también el quinto mes del otro calendario con una ceremonia de sacrificio preparada durante todo el año:

Al quinto mes llamaban Toxactl, en este mes hacían fiesta y pascua a honra del principal dios llamado Tezcatlipuca y por otro nombre Titlacaoan y por otro Tautl y por otro Telpuchtli y por otro Tlamatzin (…) En esta fiesta mataban un mancebo muy acabado en disposición al cual habían criado por espacio de un año en deleites, decían que era la imagen de Tezcatlipuca y, en matando el mancebo que estaba un año criado, luego ponían otro en su lugar para criarle por espacio de un año (…) escogíanlos entre todos los cautivos, los más gentiles hombres (…) ponían gran diligencia en que fuesen los más hábiles y más bien dispuestos que se pudiese haber y sin tacha ninguna corporal (…) Enseñábanle gran diligencia, que supiese bien tañer la flauta, y para que supiese tomar, y traer las cañas de humo y las flores según se acostumbra entre los señores y palancianos, y enseñábanle a ir chupando el humo y oliendo las flores, yendo andando como se acostumbra entre los señores y en palacio (…) Cuando ya eran señalados para morir en la fiesta de este dios, por espacio de aquel año, en que ya se sabía de su muerte, todos los que le veían le tenían en gran reverencia y le hacían gran acatamiento y le adoraban besando la tierra. Y si por el buen tratamiento que le hacían engordaba, dábanle a beber agua mezclada con sal para que se parase ceceño. Luego que este mancebo era diputado para morir en la fiesta de este dios, comenzaba a andar tañendo su flauta por las calles con sus flores y su caña de humo, tenía libertad de noche y de día de andar por todo el pueblo, y andaban con él acompañándoles siempre ocho pajes ataviados a manera de palacio (…) Le ataviaban con atavíos preciosos y curiosos porque ya le tenían como en lugar de dios…
   

Todos sabían que era aquella imagen de Tezcatlipuca, y se postraban delante de él, y le adoraban donde quiera que le toparan.

Veinte días antes de llegar esta fiesta, (…) casábanle con cuatro doncellas, (…) también eran criadas en mucho regalo para aquel efecto, poníanles los nombres de cuatro diosas…

Sigue la cita señalando cómo le seguía toda la corte y le hacían solemnes banquetes y describe de forma muy bella cómo en cada uno de estos cinco días en cada barrio se le celebraba y dice que acabado el cuarto día le montaban en una canoa “cubierta con su toldo y con él a sus mujeres (…) navegaban hacia Tlapitzaoaian (…) donde esta un montecillo; (…) en este lugar le dejaban sus mujeres y toda la otra gente, (…) solamente le acompañaban aquellos ocho pajes que habían andado con él todo el año. Llevábanle luego a un cu que estaba orilla del camino y fuera de despoblado, distante de la ciudad una lengua o casi, llegado a las gradas del cu, él mismo se subía…”. Subía el mancebo por las gradas haciendo pedazos una flauta en cada una de ellas, en lo alto le esperaban los sátrapas que, con un cuchillo de piedra, le quitarían el corazón y con él la vida “en el taxón de piedra”, para luego ofrecérselo al sol.

Siguiendo con el calendario de los caracteres, la octava fiesta era para algunas diosas Cioapipiltli, que Sahagún dice que eran como unas ninfas. Este mes se celebraba a aquellas que se ocupaban de los partos. La novena era del mal agüero y por ello se sacrificaba a malhechores. La décima era en el signo Malinalli que decían que era el de Tezcatlipoca y hacían una gran celebración con la imagen de Omacatl.

La décima a Huitzilopochtli,

Importantísimo dios azteca que guía a su pueblo en su peregrinaje hasta Tenochtitlan. Dios de la guerra, (…) los dioses primigenios Ometecuhtli y su esposa Omecíhuatl, increados y que habitaban en el decimotercero cielo decretaron que este dios y Quetzalcóatl fundaran el ciclo actual. (…) Era hijo de la virgen Coatlicue que había sido embarazada con unas plumas y vituperada por no haber sido creída su versión.9

Iremos viendo más adelante otros aspectos de las celebraciones a este dios. Por lo que hace a esta fiesta:

… sacaban todos los ornamentos de Uitzilobuchtli, los limpiaban y los sacudían y ponían al sol, decían que este era su signo, (…) ponían muchas maneras de comidas muy bien guisadas, como comen los señores, todos las presentábanlas delante de su imagen, después de haber estado un rato allí tomábanlas los oficiales de Uitzilobuchtli y repartíanlas entre sí (…) y ofrecíanle codornices descabezándolas delante de ella para que se derramara la sangre delante de la imagen, y ofrecían al señor todas las preciosas flores.

De la onceava festividad, nada dice; la doceava estaba dedicada, de entre aquellas diosas Cioapipiltly, a las que dañaban a los niños y niñas. La treceava era en el signo del fuego y la celebración anual a “nuestro padre”, dios del fuego, “ofrecían mucho copal y muchas codornices. (…) Componían su imagen con muchas maneras de papeles y con muchos ornamentos ricos”. También se le honraba en sus mismas casas y se hacían convites en honor a este dios.

La catorceava era para la diosa del agua y la celebraban todos los que trataban con agua, vendedores, pescadores, etc. En las celebraciones de la quinceava fiesta, Sahagún hace mención del bautismo entre los indígenas, indicando que si un niño, o niña –pues tenían diferentes ceremonias–, nacía en un mes de mal agüero, se podía equilibrar bautizándole en la casa –día– más propicia de este signo, a la salida del sol. Se celebraban estos bautizos ofreciendo comida y bebida a todos los presentes. Finalmente, la decimosexta era para las celebraciones matrimoniales.10

Ademas del tiempo en que se realizan, otro aspecto a considerar en los ritos de las fiestas son los espacios donde tienen lugar, pues éstos son una imagen perceptible de la actividad divina. Por aquellos lares se veneraba a los dioses principalmente en los templos de cada dios, los cues, cuya estructura estaba especialmente diseñada para ello. Del complejo sagrado en el que aquellos “mexicas” adoraban y daban culto a la deidad, se cuentan setenta y ocho edificios según la relación y descripción que nuestro fraile hace de cada uno de ellos, todos con funciones específicas, dedicados a los dioses o bien a oficios considerados sacros.

Por el gran templo de México nos pasea Sahagún con estas palabras:

Era el patio de este templo muy grande. (…) Era todo enlosado, tenía dentro ensi muchos edificios, y muchas torres, de estas torres unas eran más altas que otras y cada una de ellas dedicada a un dios. La principal torre de todas estaba en el medio y era más alta que todas, era dedicada al dios uitzilobuchtli o Tlacauepan, (…) esta torre estaba dividida en lo alto, de manera que parecía ser dos y así tenía dos capillas o altares en lo alto cubiertas, cada una con su capitel, y en la cumbre tenía cada una de ellas sus insignias y divisas distintivas, en la una de ellas y la más principal estaba la estatua de Uitzilobuchtli que también llamaban Ilbuicatl, en la otra la estatua la imagen del dios Xaloc. (…) Estas torres tenían la cara hacia occidente y subían por gradas bien estrechas y derechas.

Y cuenta que los altares eran redondos, había uno en todas las estancias en las que tenían imágenes de los dioses y era generalmente el lugar donde se hacían los sacrificios y las ofrendas.

El altar está, pues, en el centro del mundo, es decir en el lugar geométrico ideal y simbólico donde se produce la ruptura de nivel que comunica al hombre con los estados superiores y las realidades invisibles. A este respecto la palabra altar quiere decir alto, lugar elevado, lo que la emparenta a la montaña, y más concretamente a la montaña sagrada. En los templos-montañas, como ciertas pirámides precolombinas y los Zigurat babilónicos, los altares se sitúan en la cúspide simbolizando la idea de lugar privilegiado próximo al cielo.11

Y ya que encontramos a Huitzilopochtli, dios de la guerra –del que se ha comentado su importancia–, en la torre más alta de todo el complejo de los templos, nos entretendremos brevemente en algunas de las ceremonias de las fiestas que se hacían en su honor.

A “la vigilia después del medio día comenzaban muy solemne areito y velaban por toda la noche, a la media noche a los que habían de morir les arrancaban el pelo de la coronilla y al alba los llevaban al templo de Uitzilobuchtly”, donde eran sacrificados por los ministros del templo y los “desollaban”; por eso la fiesta se llamaba desollamiento y a ellos les llamaban xipeme que quiere decir “los desollados” o también tototecti que quiere decir “los muertos a honra del dios Totec”.

… Hacían en esta fiesta unos juegos, que son los siguientes: todos los pellejos de los desollados se vestían muchos mancebos. (…) Poníanse todos sentados sobre unos lechos de heno, o greda o de ticatl y allí sentados se provocaban a pelear, con palabras o pellizcos, (…) peleaban contra ellos cuatro, los dos vestidos como Tigres y los otros dos como Águilas, y antes que comenzasen a pelear levantaban la rodela y la espada hacia el sol como demandando esfuerzo al sol y luego comenzaban a pelear. (…) Iban bailando y haciendo muchos meneos los cuatro. Cuando iban a acuchillar a los ya dichos, hacían una procesión muy solemne…


… Uno de los días lo dedicaban a hacer saetas, era sagrado por lo que en ese día todos hacían penitencia y nadie dormía con mujer ni bebían pulcre. (…) La saeta era símbolo de lo que les hace fuerte, de lo que les protege contra el enemigo. (…) Al acabar de hacerlas, las ponían todas juntas, haciendo una unidad, de todos y para todos. Otro día se hacían saetas diferentes, éstas servían para entrenar y las decían particulares. (…) Otro día se hacían unas largas en honor a los difuntos y tras ponerlas en las sepulturas las recogían para quemarlas.

Y símiles de la comunión cristiana los encontramos también en esta fiesta, pues:

… delicadamente tomaban semillas de bledos y las limpiaban muy bien, (…) las molían también delicadamente y después de haberlas molido, estando la harina muy sutil, amasábanla de que hacía el cuerpo del dicho uitzilobuchtli. Y otro día siguiente, un hombre que se llamaba Quetzalcoatl tiraba al cuerpo del dicho uitzilobuchtli con un dardo, que tenía un casquillo de piedra, y se le metía por el corazón. (…) Después de haber muerto el dicho uitzilobuchtli, luego deshacía y desbarataban el cuerpo de uitzilobuchtli que era una masa hecha de semillas de bledos (…) Y todo el cuerpo y pedazos, que eran como huesos del dicho uitzilobuchtli, en dos partes lo repartían entre los naturales de México y Tlatelolco (…) y decían que éste era el cuerpo del dios.

También algo habitual era el festejar a los dioses, además de en los templos, haciendo gran parte del ritual en aquellos lugares o en medio de la naturaleza donde se encontraba, o mejor dicho se encuentra, más manifiestamente esa deidad celebrada: en los montes, los lagos, cerca del fuego, la milpa, etc. y en sus propias casas. El reconocimiento de la sacralidad de los espacios era una constante en su vida diaria de modo que “cuando entraban en algún lugar donde había imágenes de los ídolos, una o muchas, luego tocaban en la tierra con el dedo, y luego le llevaban a la boca, o la lengua, a esto llamaban comer tierra. Hacíanlo en reverencia de sus dioses, y todos los que salían de sus casas aunque no saliesen del pueblo volviendo a su casa hacían lo mismo”. También lo hacían por los caminos cuando pasaban por algún oratorio. Esto mismo se realizaba como juramento.

En los montes se iba a celebrar la venida de los dioses Txaloques de las lluvias, los que traían el agua, un elemento vital como se sabe, y para que hubiera abundancia al llegar su tiempo se les invocaba haciendo uso de las nociones de la magia simpática que se da entre todas las potencias de la creación, un arte bien conocido y utilizado por las culturas arcaicas:

Al mes decimosexto llamaba Atemuztli que quiere decir descendimiento de agua, y llamábanle así porque en este mes suelen comenzar los truenos y las primeras aguas allá en los montes, y decía la gente popular, ya vienen los dioses Txaloques. (…) En este tiempo los sátrapas de los Txaloques andaban muy devotos y muy penitentes, rogando a sus dioses por el agua y esperando la lluvia, comenzando a tronar y hacer señales de lluvia. (…) Componían unos incensarios con cabeza de culebra y con agujeros, metían en ellos, ademas del incienso, unas sonajas que imitaban el sonido de la lluvia, andaban moviéndolo acá y allá (…) y comenzaban luego a incensar todas las estatuas de los cues.


En los lagos se hacían las celebraciones del sexto mes, Etzalqualiztli, también a honra de los Txaloques, dioses del agua, pero con ritos muy diferentes pues la invocación parece que no iba dirigida a las aguas de lluvia sino a las terrestres. Es de mencionar las referencias al número “cuatro”. Dice el texto que “cuatro días antes, los ministros de estos dioses, comenzaban a ayunar y antes de eso iban a por juncias a unas fuentes, para con ellas hacer mantas”. Se reunían diferentes categorías de sátrapas, que también diferenciaban entre los que vivían en los cues y otros que solo acudían a los oficios. Con brasas del patio del templo quemaban copal ofreciéndolo “hacia las cuatro partes del mundo”. Luego se hacían ofrendas de cuatro frutos, tomates, bolitas de masa preparada, o chiles verdes; éstos se ponían sobre las mantas de juncia que debían estar impolutas, “se hacía esto en los cuatro días que duraba el ayuno en los que también antes de la salida del sol, despertaban con el tañido de cornetas y caracoles”. Estos sátrapas desnudos se dirigían todos donde estaba el maguey cortado el día anterior y lo manchaban con sangre de las orejas y después se iban a bañar aunque hiciera mucho frío; se marchaban en procesión hacia el agua donde había cuatro casas orientadas a las cuatro esquinas del mundo y cada uno de los cuatro días ocupaban una de ellas, tras los cuales se tiraban al agua, chapoteaban y buceaban, e iban “a menear a las aves del agua”. Parece que con esto hacían una invocación a aquellos lares y deidades del agua con un lenguaje de tipo oracular o de fórmulas mágicas: “Aquellas palabras que decía el sátrapa parece que eran invocación del demonio, para hablar aquellos lenguajes de aves en el agua”. El fraile dedica un capítulo entero en náhuatl a este tipo de oraciones que recitaban en algunas ceremonias y no las traduce al castellano, pues dice:

… es cosa muy averiguada de la cueva, bosque, y arabuco, donde el día de hoy, este maldito adversario, se absconde, son los cantares y salmos que tienen compuestos y se le cantan sin poderse entender lo que en ello se trata, mas de aquellos que son naturales, y acostumbrados a este lenguaje. De manera que seguramente se canta todo lo que él quiere, sea guerra o paz, loor suyo o contumelia de (…), sin que los demás se puedan entender.

   
La casa es igualmente el hogar para los dioses, un lugar sagrado donde además de las adoraciones diarias de sus imágenes, cuando volvían de las celebraciones a la casa los incensaban, les ofrecían comida y otras veces sangre.

Otras ceremonias, como hemos dicho anteriormente, se vivían al descubierto, en los campos o en la milpa, y no solo acudían allá para los ritos de la muy venerada diosa de las mieses, sino también en otras celebraciones dada la sacralidad de ese espacio. Chicomecoatl era la diosa de los mantenimientos, proveedora de lo necesario para conservar la Vida en general:

decían que ella hacía todos los géneros de mahiz y todos los géneros de frijoles y cualquiera otras legumbres. (…) Todos los ornamentos con que la aderezaban eran bermejos, y curiosos, y labrados. En las manos, la ponían caños de maíz.

Recordemos que en el libro I, nuestro autor apunta que esta diosa es otra Ceres:12

Le ofrecían dentro de las casas como por los caminos y encrucijadas y por esta diligencia que hacían dábalos mahiz. (…) En este mes hacían fiesta al dios de las mieses llamado Cinteutl y a la diosa de los mantenimientos llamada Chicomecoatl. Ayunaban por cuatro días, (…) iban todos por los mahizales, y por los campos y traían cañas de mahiz y otras hierbas que llamaban mecoatl, con estas hierbas enramaban al dios de las mieses cuya imagen cada uno tenía en su casa, le ponían comida. (…) Y después a la tarde llevaban todas estas comidas al cu de la diosa de los mantenimientos llamada Chicomecoatl y allí andaban la rebatina con ello y lo comían todo. (…) En esta fiesta llevaban las mazorcas de mahiz que tenían guardadas para semilla al cu de Chicomecoatl y de Cinteutl para que allí se hiciesen benditas. Muchos ritos en estas fiestas se hacían con mahiz. (…) Después que habían llevado al cu las mazorcas de maíz volvíanlas a sus casas, echábanlas en el troxe de la tierra, decían que era el corazón de la troxe, y en el tiempo de sembrar sacábanlas para sembrar, el mahiz de ellas servían de semilla…

Estas fiestas eran las del cuarto mes y acababan con danzas para comenzar las fiestas del quinto en honor a Tezcatlipoca, de las que ya se ha hablado. Y es que las danzas y el canto son otra constante en todas las celebraciones.

Desde la más remota antigüedad, y de manera unánime en todos los pueblos, aparece la danza como expresión del sentir del ser humano, y como un acto natural en él. Unida siempre a la música y al canto, como una trilogía rítmica indisoluble, ella constituye un gesto espontáneo que se articula con el ritmo universal. Este ponerse ‘a ritmo’, este ‘ritmar’ con el cosmos, es la esencia y el origen de la danza, cuyas coreografías y movimientos circulares se inspiran en el orden de los planetas y sus efectos y correspondencias en la manifestación. El hombre, el danzante, es el intermediario entre cielo y tierra, y sus pasos repiten y representan la cosmogonía primordial a la que inmediatamente asigna un carácter repetitivo y ritual. Gracias a estos gestos y figuras ideales, o ‘patrones’ simbólicos, y a la total entrega a la danza, el ser humano se ve transportado a otro mundo, a otro espacio mental, donde su participación activa en el presente, a través del movimiento, hace que conecte con una sola y única onda, o vibración, compartida por la creación entera. Cuando esto es así, es que se ha comprendido el sentido mágico de la vida, de la que se forma parte.13


Los tiempos en que tocaban sus instrumentos y el tipo de música era muy específico según la ceremonia, como también lo eran los bailes, en los que se distinguía el sexo, la edad o la función de los danzarines.

… luego comenzaban a bailar en el patio de Uitzilobuchtli guiados por los mas valientes hombres de la guerra, asidos por las manos, un hombre entre dos mujeres y una mujer entre dos hombres. (…) Y los que hacían el son para la danza y regían el canto estaban juntos arrimados a un altar redondo, (…) e iban con palos llanos al compás del son muy despacio, nadie osaba hacer ningún bullicio ni atravesar por el patio. Esto continuaba hasta la puesta del sol, luego iban a sus casas y hacían lo mismo delante de sus imágenes. (…) Había gran ruido en el pueblo por razón de sus cantares.

En esa fiesta, que era la de Huitzilopochtli, dice Sahagún que los sátrapas danzaban en paños menores con las caras teñidas de negro y cubiertas de miel, llevando unos cetros de palma con una flor de pluma negra en la punta, y de la misma pluma se remataba la base en una bola. Explica que iban danzando al son de los que tañían el atabal y los sonajeros, sin verse los danzarines con los músicos. Una descripción en la que parece como que los que bailaban fueran escuchando una música que venía de otro mundo. Y sigue diciendo que en otra parte del patio danzaban “toda la gente del palacio, y la gente de guerra, viejos y mozos trabados de las manos y culebreando”. Entre ellos bailaban las doncellas, afeitadas y emplumados los brazos y las piernas de pluma colorada, y en la cabeza llevaban lo que hoy se conoce como “palomitas de maíz”. ¿Una bella imagen de la jerarquía de los mundos? A esta danza que hacían abrazados dice que llamaban “Tlanaca, que quiere decir abrazado, quinaoa Uitzilopuchtli, abrazan a Uitzilopuchtli. Todo esto se hacía con gran recato y honestidad”.

En las calendas del octavo mes, al comenzar la fiesta, empezaban a cantar y a bailar y prendían un gran fuego, e iban saliendo de las casas cantando y siguiendo un orden preciso, con vestimentas y peinados ad hoc en los que no faltaban las conchas de mar y las plumas. Se ha visto ya en las citas previas que los atavíos de los que representaban a los dioses iban siempre ornados de plumas, así como las imágenes de los dioses y también muchos otros participantes del rito las lucían. Todo un oficio era la preparación de estos tocados de pluma.

Las plumas como símbolos del aire también son fecundadoras como puede verse en el mito azteca del nacimiento de Huitzilopochtli, parido por una virgen que recogió un montón de plumas en su regazo.14


Mucha pluma de bellos reflejos llevaba la diosa de la sal, además de flores y tejidos hermosos:

Los atavíos de esta diosa eran de color amarillo, y una mitra con muchos plumajes verdes, que salían de ella como penachos altos, que del aire resplandecían verdes, y tenía las orejas de oro muy fino y muy resplandeciente, como flores de calabaza. Tenía el huipil labrado con olas de agua, (…) tenía la rodela colgando unos rapacejos de pluma de papagayo, con flores en los cabos hechas de pluma de águila, tenía una flocadura hecha de pluma pegada de quetzal, también plumas de ave que se llama caquan y otras plumas de ave que llaman teuxolotl, (…) tres flores, (…) las flores de papel iban llenas de incienso y junto a ellas plumas de quetzalli. (…) Diez días continuados bailaban en el areito con mujeres que también bailaban y cantaban por alegrarla.

En esta fiesta se sacrificaba una mujer junto con otros esclavos, y durante la ceremonia no faltaban ofrecimientos al sol, el sonido de trompetas y caracolas, y el pulcre, “aunque no se emborrachaban. Pasado este día y venida la noche…” algunos sí se excedían con la bebida.

Las flores, sí, las flores agradan a los dioses, es un hecho generalizado en todo el mundo el gesto de ofrecerles flores, incluso una musa, Thalía, trae flores. En aquella Nueva España celebraban su llegada:

… el último día de ese mes también celebraban la fiesta de las flores que se ofrecían como primicias ya que eran las primeras, mientras cantaban y tañían las sonajas todo el día en el templo. (…) Nadie osaba oler flor alguna hasta que se ofreciese a los dioses primero.


Y para la fiesta a Huitzilopochtli:

Dos días antes que llegase esta fiesta, toda la gente se derramaba por los campos y maizales a buscar flores, de todas maneras de flores, (…) componían la estatua de este dios con flores, muchas flores, (…) muy artificiosamente hechas y muy olorosas, haciendo lo mismo a todas las estatuas de todos los otros dioses por todos los cues y luego en todas las casas de los señores y principales aderezaban con flores a los ídolos que cada uno tenía (…) y toda la gente popular hacía lo mismo en sus casas.

Se sabe que muchos, no, muchísimos indios eran sacrificados al cabo del año.15 La mayoría de ellos y en casi todas las fiestas –además de otros que debían cumplir requisitos específicos– eran cautivos y/o esclavos. Y aunque nos parezca por momentos crudo, cabe señalar que este rito era concebido como un regalo a los dioses, lo que incluía una entrega o reintegración a una u otra deidad, y en ciertos casos, los sacrificados se vivían como el mismo dios, por lo que para muchos de ellos esa muerte era un honor que les deparaba la vida. La sangre es el alimento de los dioses, por eso también ofrecían todos los días su propia sangre que extraían de las piernas y/o de las orejas.

Y numerosas son las menciones que hace Sahagún del aprecio que los dueños tenían hacía los cautivos que se iban a sacrificar. Lo vemos en la fiesta del décimo mes, un rito cargado de la simbólica axial del árbol:

En ésta cortaban un árbol y con cuidado lo llevaban al pueblo; cuando estaban cerca “salían las señoras y mujeres y principales a recibirle” ofreciendo cacao y flores a los que lo traían. Llegados al cu daban voces para que el pueblo se allegara a levantarlo: “juntados todos levantávanle con maromas y hecho un hoyo donde había de levantarse tiraban todos por las maromas y levantaban el árbol con gran grita”. Quedaba así por veinte días. “A la vigilia de la fiesta que se llamaba Xocotl Vetzi, tornaban a echar tierra muy poco a poco, (…) luego los sátrapas (…) componían el árbol con papeles (…) blancos y también a una estatua de hombre hecha de masa de semillas de bledos la aderezaban con papel, (…) y en los brazos ponían los papeles como alas donde estaban pintadas imágenes de gavilanes…” y subían esta imagen a lo alto del árbol. En esta fiesta quemaban vivos unos cautivos que llegaban el día previo danzando junto a sus captores, los que venían ataviados de pluma asemejando mariposas. Tras quemarlos, los sacaban y les quitaban el corazón para ofrecérselo a Xiuhtecutly, dios del fuego. Acabado el sacrificio se iban a comer y volvían para cantar y bailar en el patio del cu desde donde se dirigían a donde estaba el árbol al que algunos se subirían, el primero en llegar se hacia con los aderezos de la estatua del dios y los lanzaba abajo hacia la gente. Tras esto, tiraban de las maromas y caía el árbol, y hacían regalos y aprecios a los que habían podido treparlo, sobre todo al que llegó primero. Cuando comían la carne de los cautivos sacrificados, sus dueños se abstenían ya que desde el momento en que fueron cautivos ya eran parte de la familia.

Es común en muchas culturas antes de entrar en contacto con lo más sagrado, prepararse y realizar un acto de limpieza, de purificación, lo que generalmente se traduce en un lavado con agua. Esto es algo que igualmente hacían los indígenas de muy variadas maneras, según la ceremonia para la que se preparaban o como parte de algún rito que tuviera que ver con las aguas.

   
Que “muchas ceremonias le quedaron por decir”, escribió este fraile. Este trabajo, aunque también mucho nos ha quedado por incluir, lo cerramos agradecidos a los dioses por no dejar nunca de manifestarse y por su permanente cuidado de la raza humana, hundida hoy día en los terribles dolores que produce la ignorancia reinante en este final de ciclo que vivimos.

“Al doceno mes llamaban Teutleco, quiere decir llegada de los dioses y se celebrará el último día del mes. (…) A la media noche de este día molían un poco de harina de maíz y hacían un montoncillo de ella bien redondo como un queso sobre un petate; en este montoncillo de harina veían cuando llegado todos los dioses porque aparecía una pisada de pie pequeño sobre la harina”. Cuando esto ocurría un sátrapa daba la voz “venido ha su majestad”, y todos se levantaban a tocar los caracoles y cornetas y todos llevaban ofrendas a los dioses recién llegados a los cues; los viejos bebían pulcre y decían que así lavaban los pies a los dioses. En la fiesta quemaban vivos a muchos esclavos en el fuego de un altar grande, mientras un mancebo emplumado bailaba, otro iba disfrazado de murciélago, y como en las demás celebraciones, aunque con nuevas formas, realizaban juegos, danzas y cantos hasta ya entrado el siguiente mes.

NOTAS
1 El trabajo está basado en la Historia General de las Cosas de la Nueva España, manuscrito del fraile Bernardino de Sahagún. Todas las imágenes y las citas –excepto las especialmente referenciadas– se han extraído de la version-digital perteneciente a la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. También comentar que en todas estas citas, aunque se ha procurado mantener al máximo los nombres propios y el castellano de la forma que fueron escritas, por cuestiones prácticas y para facilitar su comprensión, se han vertido en lo posible a la forma del castellano actual.
2 Este libro primero se puede leer completo en la página de América Indígena perteneciente al anillo telemático de SYMBOLOS. Ver americaindigena-texto.
3 Federico González, El Simbolismo de la Rueda. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
4 Federico González, El Simbolismo Precolombino. Cosmovisión de las Culturas Arcaicas. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
5 Así llamaban al templo.
6 Federico González Frías, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: Quetzalcóatl. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013. Una versión del mito está recogida asimismo en la obra de Sahagún y también en la nota de Mireia Valls: El rey-sacerdote Quetzalcóatl y la rebelión de los guerreros.
7 Ibíd. Entrada: Apolo-Helios.
8 Se recomienda leer del Diccionario de Federico González Frías ya citado, la entrada dedicada a este dios: diccionario-tezcatlipoca.
9 El mito de la virgen Coatlicue y nacimiento de Huitzilopochtli se puede encontrar en las páginas de este inmenso volumen que nos ha llegado gracias a la tenacidad del fraile para que su obra pudiese ver la luz, según él mismo escribe: “Todo lo sobre dicho hace al propósito de que se entienda que esta obra ha sido examinada y apurada por muchos, y en muchos años, y se han pasado muchos trabajos y desgracias hasta ponerla en el estado que agora está”.
10 A propósito de los bautizos, los matrimonios, símiles de la comunión y otros ritos que se describen en muchos de los códices, es curiosa, por decirlo de alguna manera, la similitud y coincidencias con el cristianismo, lo que dio origen a variadas teorías apuntadas por muchos autores.
11 Federico González y col.,  Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Ver en la web del anillo telemático de SYMBOLOS: programa-agartha
12 “La diosa Tlazoltéotl o Chicomecóatl del panteón azteca, además de poseer otros atributos es la que se hace cargo de las ‘inmundicias’ y la ‘descarga’ que produce toda confesión, como bien lo entendieron los primeros cronistas europeos”. Federico González Frías, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: Aire, ibíd.
13 Federico González y col.,  Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha, op. cit.
14 Federico González Frías, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: Alas-Aves-Plumas, ibíd.
15 Sobre los sacrificios podemos recomendar el artículo de Roberto Castro: Los Sacrificios Humanos en las Culturas Maya y Azteca. Ver en la web: america-articulo
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