SYMBOLOS

Revista internacional de
Arte - Cultura - Gnosis

LA TRADICIÓN EXTREMO ORIENTAL II

ALBERTO PITARCH


Parte de un manuscrito taoísta, tinta sobre seda, siglo II a. C.,
dinastía Han, desenterrado de la tercera tumba de Mawangdui,
Chansha, provincia de Hunan, China. Museo de la provincia de Hunan.
El libro como eje transmisor de una cultura milenaria

Como hemos visto en la primera entrega de este trabajo, el I-Ching tiene orígenes revelados, apoyándose directamente en la creencia en fuerzas superiores capaces de transmitir mensajes y guiar a los humanos a través de símbolos, ritos y mitos. La función del hombre (Jen) en la tradición extremo oriental es la de unir Cielo (Tien) y Tierra (Ti), de modo que pueda inteligir la grandeza del Gran Extremo (Tai-Ki) y “comprender” y arribar al Tao.

En su función de intermediario, el hombre necesita estar concentrado para salir de lo ordinario y adentrarse en lo extraordinario. Necesita abstraerse de las distracciones profanas y ordenar todo el caos que lo rodea, sintetizando el conjunto bajo una visión una y única; un punto de concentración tal que permitirá la emanación de un cosmos ordenado jerárquicamente siguiendo un modelo arquetípico.

Tal y como comentamos en el primer artículo, los orígenes de la tradición extremo oriental aparecen ligados a ritos chamánicos y por tanto a la transmisión oral. Sin embargo, el devenir del tiempo y el temor a que dicho conocimiento se perdiera provocó que poco a poco se fuera recogiendo todo el saber mediante palabras que devendrán textos1 y que, con el paso del tiempo, serán recogidos en libros.

Estos libros son los Ching, los libros canónicos, textos donde se revela el camino a seguir para arribar al Tao.

“El cielo y la tierra siguen leyes inmutables y nunca se desvían ni un ápice de ellas. Lejos o cerca, cada ser es igualmente un emblema o signo (hsiang). Las respiraciones responden entre sí por categorías y ninguna se queda corta. Eso es lo que se llama la Escritura Celestial, o el Libro Celestial”, anunciado en los primeros siglos de nuestra era por el Taiping Ching, uno de los textos taoístas más antiguos. Esta obra repite cada palabra de una frase que se repite como un leitmotiv a lo largo de los clásicos chinos: “los seres responden entre sí por categorías”. En esta frase se basa todo el sistema chino de hermenéutica y la lectura de la “prosa del mundo”. Así, el “Libro Celestial” es la obra que revela la gama completa de similitudes y afinidades que ordenan el universo y, además, organiza estas relaciones en un sistema coherente. El mundo es un lenguaje que hay que escuchar. Los Ching, o libros celestiales, representa la expresión privilegiada de ese lenguaje.
Varios ejemplares del Ching taoísta contienen diagramas que representan la “verdadera forma” de un lugar sagrado y dan acceso a ese espacio. Estos diagramas suelen ir acompañados de descripciones que cumplen la misma función que las Tablas o Registros; es decir, ofrecen explicaciones detalladas de la geografía paradisíaca y de los centros sutiles asociados con la antropología mística. Como diagramas o mapas de caminos, estas topologías secretas facilitan el acercamiento y el progreso hacia la inmortalidad. Al igual que el Lo-shu, que reveló las leyes hidráulicas del control de inundaciones a Yu el Grande, el Ching taoísta manifiesta las leyes circulatorias de la respiración y la esencia, o bien revela los caminos y senderos que permiten penetrar en una montaña sagrada o atravesar un laberinto de estrellas. Estos libros contienen la forma original de las cosas y los seres.2

Es decir, el libro aparece como creador cósmico e hilo de unión con el Cielo, como fundador del mundo en cuanto en él aparece coagulada la respiración divina, directamente emitida desde el vacío.

El Tu-jen Ching, uno de los libros sagrados más importantes del taoísmo, fue recitado al amanecer de los tiempos por la deidad suprema dentro de una perla que era el punto original del desarrollo espacial. En esta condición, las estrellas estaban inmóviles, lo que simbolizaba la suspensión del tiempo y el movimiento y la llegada de un nuevo mundo.
La mayoría de los libros revelados de la Gran Pureza3 comienzan con un párrafo que afirma su existencia antes de la cosmogénesis, narra su transcripción por las deidades celestiales, describe los Palacios del Cielo donde se conservan y enumeran las deidades que transmitieron las escrituras antes de revelarlas a los humanos. Debido a que estas escrituras están más allá de los tres mundos y preceden a la creación del universo, también sobrevivirán a la destrucción del mundo. Así, al final de una era en la que el cielo y la tierra desaparecen, los Ching más importantes regresan a los cielos superiores (por encima del mundo) y escapan a la destrucción total. Cuando comience una nueva era, reaparecerán.
Cuando se formó el universo, el Ching —siguiendo la inclinación descendente del Origen hacia nuestro mundo o del Cielo hacia la tierra— asumió estados cada vez más sólidos y menos tenues. Como los describe Lady Tzu-wei, se formaron a partir de luz y aliento y constituyen la raíz ancestral de las Sagradas Escrituras. Su modo posterior es como “libros que se elevan en el cielo” y como “sellos de nubes”. Los primeros son los “libros celestiales” o “libros del dragón” que aparecieron repentinamente en el cielo, formados por caracteres de diez pies cuadrados que brillaban con ocho rayos de luz insoportablemente espléndidos. Los segundos son los “libros divinos”.
Descendiendo aún más a la dimensión material, los libros son inscritos por deidades en caracteres de jade sobre tablillas de oro. En esta forma, y encerrados en bolsas hechas de gasa y nubes, se conservan en Palacios celestiales o en montañas sagradas, donde son custodiados por niños y doncellas de jade, así como por peligrosos animales venenosos. En este estado, aún participan de una forma sobrenatural. Son los “libros espontáneos” aún no escritos por Ts'ang Chich, el inventor de la escritura. Su transcripción a la escritura humana llega solo más tarde, tanto en el tiempo como en relación con la jerarquía de los diferentes estados, cuando el Cielo hizo descender las “huellas”.
Estos tres tipos de Libros sagrados corresponden a los tres estados del mundo: el mundo de los principios (los Libros formados por el Aliento Original), el mundo sutil (los Libros escritos por las deidades y custodiados en los cielos) y el mundo material (los Libros escritos por la mano humana). En su forma sutil y celestial, permanecieron durante miles de eras cósmicas en los cielos, donde fueron transmitidos en una cadena ininterrumpida de deidad en deidad. Este proceso finalmente llega a su fin cuando una deidad los revela a un ser humano. Pero algunos de ellos, aunque se conocen sus títulos, aún no han sido revelados.4

Así, los textos sagrados son solo un reflejo de su arquetipo divino; un trazo que une el sujeto y el objeto de conocimiento y que guía al hombre hacia el Tao. En este sentido el libro también es visto como un todo que proporciona cohesión al mundo, mostrando su estructura interna, leyes y gobiernos.5

Pero el Ching como transmisor de Conocimiento no aparece solo; tal y como hemos comentado al principio y relacionado con sus orígenes chamánicos, también aparecen los pao (joyas sagradas) y los fu (talismanes dinásticos o familiares). Los pao son tesoros familiares enviados directamente desde el Cielo, que bien podían ser objetos mágicos como los fu-ying (respuestas del auspicio) o jui-yung (respuestas en joyas); los fu son encantamientos mágicos que originalmente hacían referencia a un acuerdo, un documento testimonial que unía dos partes. Todos ellos son considerados sagrados y contienen saberes ancestrales revelados por el Cielo.

Como en toda tradición verdadera, existen dos modos básicos para la invocación del Cielo: el visual y el auditivo. El visual consiste en representar, en trazar o en evocar la imagen mental ligada al sinograma o al texto sobre el que se está meditando dando lugar a paisajes míticos y lugares extraordinarios. De este modo, mediante la visualización se crea, se desvela una idea. En cuanto al auditivo se trata de nombrar, de recitar e invocar en alto, lo cual provoca un encantamiento donde la entonación, el ritmo y la recitación toman un papel fundamental en el rito.6

La esencia yang se derrama
la Flor de las Alas Revivida (esencia solar),
la Planta de Agosto ha prosperado (esencia lunar);
me cubren y me ensombrecen, enroscándose en mí,
me nutren y me fertilizan misteriosamente.
La flor fragante viene a mí,
palacios y moradas (celestiales) se abren de par en par.
Lavado y purificado del ruido y el polvo,
mi cuerpo brilla con el lustre del jade,
mi rostro emite una luz dorada;
vuelo ligero (como una) pluma, marchando por los cielos,
me elevo hasta la Puerta del Sol.7

Por último, y antes de pasar a tratar los textos del Tao de pleno, nos queda ver cómo se desarrollaban los ritos de purificación necesarios antes de acercarse al Conocimiento recogidos en los Ching. Para ello nos valemos de las prácticas de Mao-shan, aquellas originalmente reveladas por Wei Hua-ts’ a Yang Hsi.

Como en otras tradiciones, también se cita el uso del incienso y otras drogas coadyuvantes, además, el Tao Te King menciona que se deben “cerrar los puños”, ya que las manos son una de las puertas por las que puede escapar la energía (del “aliento”). A esta práctica se le denomina wu-ku, y se ha ido desarrollando a lo largo del tiempo de forma particular, especialmente desde el periodo Sung, a partir del cual las manos desempeñaron un papel ritual fundamental al corresponder con los Cinco Agentes y las estrellas de la Osa Mayor. De este modo surgieron los mágicos yin (sellos) y los chüeh (fórmulas), prácticas de colocación de manos y dedos.

Otros ejercicios incluyen rutinas respiratorias, la ingesta de saliva, el rechinado de dientes y el masaje.

Proceda realizando abluciones, manteniendo un ayuno estricto, y lavando todas las vestiduras rituales. Al amanecer, entre en la cámara [de meditación] y con agua pura (en la que se ha colocado) el talismán Nei-kuan k’ai-ming (un amuleto para “abrirse a la luz y la visión interior”), gire hacia el Este, lávese los ojos y enjuáguese tanto la boca como el vientre para que tanto el interior como el exterior estén puros. Ni la boca ni el vientre deben conservar restos de alimento o comida fuerte; y los ojos no deben tener rastros de visiones ni el cuerpo restos impuros.8

Además de las prácticas externas se realizan otras internas que tienen por objetivo el olvido de “asuntos humanos” del “propio cuerpo” así como “reducir todo pensamiento al silencio”. Se trata, pues, de direccionarse y concentrarse únicamente en el Misterio (hsüan).

El Cielo es mi morada, la Tierra es mi lecho;
los Cinco Picos, las montañas y los ríos, mi estructura;
la esencia original de la misteriosa Osa Mayor es mi vestimenta;
me escondo dentro de los siete Originales (sol, luna y planetas)
en la Aldea del Fuego Fluido (el paraíso del Polo Sur)
Mi salvador es la Unidad Suprema, llamada Wu Yu,
mis monturas son (los dioses) Pai-yüan y Wu-ying
Las calamidades no pueden afectarme, ni los ejércitos herirme.9

El taoísmo

Todo organismo vivo lleva asociadas unas pautas rítmicas-cíclicas, en cuanto aparecen vinculadas con condiciones propias del mundo de las formas, como son el espacio y el tiempo. Todo ser nace, crece, envejece y muere. Lo mismo pasa con las civilizaciones y sus expresiones culturales. Y eso fue lo que también le pasó a la tradición extremo oriental.

La tradición milenaria concentrada en el I Ching se tuvo que adaptar para poder ser comprendida y vivida por los ciudadanos de esa región en un momento determinado del ciclo histórico. De este modo se produce una cierta “externalización”, la doctrina puramente metafísica da lugar a desarrollos que tienen en cuenta temas hasta entonces muy secundarios como pueden ser el orden y la estabilidad de la sociedad o el buen gobierno. En este contexto surgen el taoísmo y el confucianismo; ambos nacen embrionariamente en el siglo IV y VI antes de nuestra era, aunque se irán expandiendo por toda la geografía china a lo largo de la historia.

El taoísmo contendrá las ciencias tradicionales y la doctrina esencialmente metafísica, mientras que Kung Tsé (confucianismo) abarcará la parte moral o práctica siendo su principal ámbito el social.

A esta “exteriorización” de la doctrina extremo oriental se suma la incursión del budismo por todo el continente, que se expandió en Oriente como el cristianismo en Occidente, y que también provocó una cierta usurpación y absorción silenciosa de la tradición nativa China, el taoísmo. A continuación, y a modo de ejemplo, un pequeño paseo cronológico por cómo el taoísmo y el budismo se fueron expandiendo y estableciendo en la sociedad china.

El siglo cuarto antes de nuestra era es el siglo de Lao-Tze y Chuang-Tzu, de la Escuela de los Cinco Agentes y las expediciones a las Islas de los Inmortales. Entre el 221-210 Ch’In Shih-huang-ti, primer emperador de China, menciona las técnicas de inmortalidad y los magos del norte. Con la dinastía Han, que abarca desde el 206 antes de nuestra era hasta el año octavo, se produce una eclosión de las artes adivinatorias: augures, escritos proféticos, artes mágicas, alquimia y medicina aparecen indistintamente bajo el prisma del taoísmo. Hasta entonces el taoísmo era un “pensamiento” limitado a unos pocos, fue a partir de la usurpación del Wang Mang (año 9 al 24 de nuestra era) cuando se empieza a expandir entre los hombres, incluyendo también una reinterpretación de los textos de Lao-Tze entre los oficiales y familias nobles.

En ese instante, en cuanto el taoísmo empieza a hacerse visible, también aparecen las primeras referencias al budismo en la actual China (año 25 en el norte de Kiangsu). En el año 147, An Shigao llega a la capital de la dinastía Han, Louyang, y traduce por primera vez numerosos textos budistas indios, atrayendo hacia sí una pequeña comunidad de devotos. A partir de entonces (año 148) el taoísmo es integrado como culto oficial, desarrollándose en diversos frentes y bajo distintas formas mientras que los textos Mahayana son interpretados en terminología taoísta (220-225 por Che-Ch’ien, Nanking) hasta establecerse de forma oficial en el año 300. El budismo empieza a expandirse bajo el patrocinio de la aristocracia alrededor del año 340, encontrándose diversos centros activos por toda la región. Hasta el año 402 que Kumarajiva llega a Ch´ang-an y se empieza a diferenciar de forma clara el taoísmo del budismo, tanto a nivel doctrinal como filosófico. Ante esta situación, el taoísmo se vuelve religión de estado en el norte de la actual china, lo cual favoreció el establecimiento de un primer catálogo de trabajos taoístas (año 420). Mientras, en el Sur, en el año 503, asciende al trono Liang Wu-ti, un ferviente budista quien dos años más tarde prohibirá el taoísmo.

Sirva este breve recorrido histórico como muestra de una tradición viva que se adapta al devenir temporal y a las capacidades de los seres que lo habitan. No vamos a meternos en la idiosincrasia de cualquiera de sus particularidades pues eso daría lugar a desarrollos indefinidos y resultaría algo muy alejado de lo que nos gustaría transmitir con este artículo: una síntesis del taoísmo. Así, en las líneas que siguen nos vamos a centrar en el taoísmo, pues SYMBOLOS es una revista que se sitúa en un punto de vista intelectual, no social, por lo que es propio que nos dediquemos a temas del mismo ámbito.


Paseo por un sendero en primavera. Ma Yuan, c. 1190-1279.
Museo del Palacio Nacional, Taipéi.

¿Qué es el Tao? Es imposible traducir el término de forma exacta a menos que nos refiramos a su sentido simbólico —pues el ámbito al que se refiere va más allá de lo que jamás puede ser dicho—. En ese caso se puede entender el Tao como la “vía” o el “camino” aunque al mismo tiempo es mucho más que eso. Alude al Principio Supremo, fuente de todos los mundos y seres así como también es la dirección a seguir si se quiere acceder a Él y vivir conforme a los principios universales.10

La doctrina taoísta se basa en el principio del “no hacer” (wu wei), lo que implica trasladarse de la periferia al centro de la rueda cósmica y mediante una incesante actividad interior, trascendente y de orden espiritual, identificarse con el Principio. Así, el sabio participa de la manifestación universal sin intervenir en su movimiento. Comprende que la acción es una modificación momentánea y transitoria del invariable centro (Tchoung-Yoûng), un instante ínfimo de la corriente de las formas por lo que nunca espera ningún fruto de ella; por ello hace sin intervenir, obra sin esperar. Se sitúa en el equilibrio perfecto, en el centro invariable, desde donde observa cómo todas las vicisitudes del mundo desfilan sin cesar, comprendiendo que todas son el reflejo del Tao. No se trata pues de enajenarse del mundo sensible sino de vivirlo en su plenitud otorgando a cada estado, ser o mundo, el lugar que le corresponde según su propia naturaleza.

Y, ¿cómo puedo acceder al “no hacer”? A través del Conocimiento. Es decir, es necesario que el aspirante aprenda los símbolos que son propios de esta tradición, que se familiarice con su lenguaje y que practique las ciencias sagradas que emanan del Tao. Esto se hace a través del Intelecto. Empero, lo más importante —y esto es así para cualquier Tradición— es que tome conciencia de aquello que está conociendo y se identifique con ello, que lo encuentre como una parte constitutiva de sí mismo, una extensión de su propio ser. Sólo así se puede penetrar y asimilar la doctrina, de forma que conocer y ser devengan una sola cosa. Entonces los distintos seres, mundos o dominios (los diez mil seres) no serán sino una preciada herramienta de sí mismo donde leer el lenguaje del Tao. Así, todo posible puede ser realizado a través del Conocimiento.

Y si el Conocimiento es la forma de acceder al Tao, de identificarse con el Tao, quiere decir que no puede haber nada fuera de él, o sea que no hay inconcebibles, sólo incomprensiones propias del ser humano en tanto que ser condicionado y limitado en el estado de su manifestación actual. En términos occidentales podríamos decir que la comprensión y el acceso al Tao mediante el ejercicio del “no hacer” correspondería a la libertad en el sentido más amplio del término, pues implica experimentar la posibilidad universal y por lo tanto, liberarse de toda limitación. Es, entonces, la plenitud de toda actividad por la total adhesión al Principio desde el cual todas se derivan. Al hombre que ha accedido al Tao nada le afecta, la vida y la muerte le son indiferentes, es imperturbable, superior al Cielo y a la Tierra, habitante de un cuerpo que no le pertenece.

¿Es el hombre en su estado ordinario capaz de acceder al Tao mediante el ejercicio de las ciencias sagradas taoístas? Bien, sí y no. Cuando los textos antiguos del I-Ching o del Tao te King se refieren al hombre lo hacen en su sentido más alto. Esto implica que, en un principio, el hombre sea capaz de desarrollar las posibilidades propias del estado humano en toda su amplitud y completitud. Es lo que la metafísica extremo oriental llama tchenn-jen (el hombre verdadero), aquel que aúna en sí todas las potencialidades que le son propias y que incluyen, por cierto, el desarrollo de sus capacidades físicas y anímicas y el arribo al centro de su ser, punto de conexión con los estados superiores del ser. Sin embargo, ésta no es la meta final de su conquista. El hombre, en tanto que parte constitutiva del Tao, puede acceder a estados que están más allá de su individualidad. ¿Cómo? Tal y como hemos comentado antes, a través de su adhesión a la inteligencia universal y de realizar interiormente lo que el lenguaje analógico del símbolo revela, sin olvidar la concentración, mediante la cual el hombre alimenta su alma y reúne todas sus potencialidades, pudiendo llegar finalmente a identificarse con el Principio de todas las cosas. O sea que el hombre verdadero, ubicado en el centro del estado humano y apoyado en lo que acabamos de mencionar, es capaz entonces de iniciar un ascenso vertical y de identificarse con otros estados no humanos, suprahumanos o celestes. La conquista de estos estados superiores, o sea, la plena realización de las posibilidades universales, es lo que se conoce como el hombre trascendente, cheun-jen, según la terminología extremo oriental. Con todo esto queremos decir que sí, que cualquier hombre en tanto que perteneciente al estado de manifestación humano puede hacerse uno con el Tao, y por otro lado que no, que sólo los iniciados en el Conocimiento que se apoyan en la ciencia sagrada, en la “Vía”, y que han sido capaces de trascender su individualidad y logrado identificarse con la plenitud de lo que Es (cheun-jen) y No-Es al mismo tiempo, podrán vivir al ritmo del Tao.

Cuando el ser humano se ha hecho cargo de su destino y ha sido capaz de unir cualquier dualidad trascendiéndola, se dice que habita la Ciudad de los Sauces (Mou Yang Tcheng), también conocida como la Casa de la Gran Paz (Tai Ping Chouang), habitáculo de la presencia divina —en términos judeocristianos— y de la inmortalidad. René Guénon nos comenta en La Gran Tríada que dicha ciudad es representada ritualmente por un bol lleno de arroz, evocando los vasos de abundancia de otras tradiciones —como el Graal—, sin olvidar que este recipiente, por común que pueda resultar su utilización en nuestros días, también tiene el simbolismo asociado del arca, espacio protegido donde está depositada la Tradición y gracias a la cual es transmitida de forma intacta a través del tiempo.11


Fotografía bol de arroz, autoría desconocida.

A continuación, tal y como hemos hecho con el I-Ching en nuestro anterior artículo, les dejamos con varias citas del Zhuang Zi, escrito por el maestro Chuang Tsé (siglo cuarto antes de nuestra era) que no comentaremos, pues nada como sus palabras para ofrecer una imagen, aún inexacta y parcial, de lo profundo del Tao.

El gran Tao no se puede nombrar, el gran debate no usa de palabras, la gran benevolencia no es benevolente, la gran honestidad no destaca, el gran valor a nadie hace tuerto. El Tao que se manifiesta no es Tao, la palabra que disputa no alcanza la verdad, la benevolencia que se obstina en serlo no es perfecta, la honestidad que deja trazas no es real y verdadera, el valor que intenta hacer tuerto no es un valor acabado: todos cinco son cual círculo probando a ser cuadrado.
Saber que hay cosas que no se pueden saber es la cumbre del saber. ¿Quién conoce el debate sin palabras, y el Tao que no tiene nombre? A quien sea capaz de conocerlo, se le podrá llamar tesoro del Cielo. Verterás en él no importa cuánto, que no lo has de colmar; y por más que saques de él, jamás lo verás agotado; ni tampoco se sabe por qué. Llámase a esto luz escondida.12

Emperador Minghuang’s Journey to Shu. Anónimo, 618 a. C. - 907 a. C.
El Tao es real y verdadero. No actúa ni tiene forma. Puede transmitirse, mas no recibirse. Se puede comprender, pero no ver. Es su propio origen y su propia raíz. Antes de que existiese el Cielo y la Tierra, el Tao ya existía desde los tiempos más remotos. Engendró a los démones y a los dioses, engendró al Cielo y a la Tierra. Por encima de la suprema cumbre del universo, y no por ello es alto; por debajo de los seis extremos del universo, y no por ello es profundo. Existiendo antes que el Cielo y la Tierra, no por eso es duradero. De más edad que la más remota antigüedad, y no por ello es viejo.13

Aves y flores. Hua Yan, 1747.
Jianwu preguntó a Lianshu: —“He oído hablar a Jieyu, y sus razones son exageradas y sin sentido, de las que van pero no vuelven. Cáusame espanto sus palabras, que parecen tan sin límites como el Río de la Plata; y son tan excesivas, que no se acomodan a la realidad de las cosas”.
—“Pues, ¿qué dice?” —preguntó Lianshu.
—“Que en la remota montaña Gushe habitan hombres espirituales, de piel blanca como la nieve, y por su belleza y dulzura semejantes a una doncella. No se alimentan de los cinco cereales, sino del viento que aspiran y del rocío que beben. Cabalgan las nubes, montan voladores dragones y así viajan hasta más allá de los cuatro mares. Fijando su espíritu hacen que los seres no sufran menoscabo, y que maduren las cosechas. Esto dice Jieyu, un puro disparate que no puedo creer”.
—“A fe que así es —dijo Lianshu—. El ciego no puede ver la belleza de los ricos y brillantes colores, ni el sordo escuchar los melodiosos sones de campanas y timbales. Pero ¿es que sólo en el cuerpo hallarás ceguedad y sordera? También en el entendimiento las hay. Y son estas razones que se os pueden aplicar. Ese hombre espiritual, merced a su virtud puede abarcar al millón de seres en su unidad primordial. Los hombres mundanos gustan de la confusión, ¿cómo podría él aceptar la fatiga de administrar los negocios del mundo? A un hombre como él las cosas exteriores no pueden causarle detrimento: suban hasta el cielo las aguas desbordadas, que él no ha de perecer ahogado; venga el azote de una grandísima sequía, que aun el oro y las piedras derrita y agoste completamente campos y montes, y él ni siquiera sentirá calor. Forjárase un Yao o un Shun del polvo y la paja de un hombre tal, que ni aun así consintiera en ocuparse de los mundanos negocios”.14

Camelia y un pájaro solitario.
Zhou Shuxi, dinastía Qing.
China, Museo de Nanjing.
Una vez que el hombre ha recibido su forma corpórea, la conserva sin mudanza hasta que se agota (su energía vital). Trata con las cosas exteriores, y así se van puliendo mutuamente. Siempre persiguiendo algo, cual galope de corcel, y nadie hay que lo detenga. ¿No es digno de compasión? Pasa la vida entera penando sin ver provecho alguno; fatígase y padece, y no sabe para qué. ¿Acaso no es digno de lástima? La vida de estas gentes, aun diferente de la muerte, ¿qué sentido tiene? Agótase poco a poco la forma corpórea del hombre y se va debilitando, y a la par también su espíritu. ¿No es esto algo sobremodo lamentable? ¿Acaso es así de oscura la vida del hombre? ¿O es que por ventura sólo yo estoy en medio de la oscuridad, y los demás no?15

Autoría desconocida.
El universo y yo hemos nacido al mismo tiempo, y todos los seres y yo somos uno y lo mismo. Y siendo uno y lo mismo, ¿son menester las palabras? Y habiendo dicho que somos uno y lo mismo, ¿es menester no hablar? Lo uno de todos los seres y la palabra con que lo expreso son “dos”; estos “dos” y “uno” son “tres”; de proseguir la serie, ni el más hábil aritmético sería capaz de lograrlo, ¡y menos un hombre común! Si desde la nada hasta el ser han aparecido tres, ¡cuánto no aparecerá si al ser vamos desde el ser! Es menester no seguir adelante, sino acomodarse al Cielo.16

Li Bai contemplando la cascada del señor Lu, obra de Soami
(fallecido en 1525), Japón, período Muromachi, ca. 1500-1525.
Rollo colgante, tinta sobre papel. Museo de Arte Asiático de San Francisco.
Exposición en el Museo de Arte Asiático de San Francisco, California, EE. UU.
Una noche Zhuang Zhou soñó que era una mariposa: una mariposa que revoloteaba, que iba de un lugar a otro contenta consigo misma, ignorante por completo de ser Zhou. Despertóse a deshora y vio, asombrado, que era Zhou. Mas, ¿Zhou había soñado que era una mariposa? ¿O era una mariposa que estaba soñando que era Zhou? Entre Zhou y la mariposa había sin duda una diferencia. A esto llaman “mutación de las cosas”.17

Niebla en Monte Lu. Lu Shan, Jiangxi, China.
Todo ser es otro y todo ser es él mismo. Esto no se ve desde el otro, sino que se sabe desde uno mismo. De ahí que se diga: el otro surge del sí mismo, aunque también éste depende de aquél. Nacen ambos al mismo tiempo, y aun así cumple decir que el nacer es morir y el morir, nacer, y que el poder es también no poder y lo imposible, posible. Razones para afirmar lo son también para negar, razones para negar lo son también para afirmar. Por eso el sabio no sigue este camino, antes bien se acomoda al Cielo; y esa es justamente la razón.
Uno mismo es también el otro, y el otro es también uno mismo. El otro tiene su propia afirmación y negación, y uno mismo también tiene su propia afirmación y negación. Mas, ¿verdaderamente hay diferencia entre el otro y uno mismo? ¿No hay realmente diferencia entre ambos? Que el otro y el yo no se contrapongan: a eso nombran eje del Tao. Sólo acomodándose a ese eje se puede penetrar en el círculo, para así corresponder a los infinitos cambios. Los cambios del “es” son infinitos, e infinitos los cambios del “no es”. Por eso se dice: nada mejor que una mente iluminada.18
Sólo quien ha alcanzado la sabiduría conoce que los millones de seres son uno, y así no se aferra a sus prejuicios y se atiene a lo común. Lo común es útil, lo útil aprovecha, el provecho es logro. Conseguido el logro, se ha llegado al fin. Esto es acomodarse (al Cielo); acomodarse (al Cielo) sin saber por qué, a eso se nombra Tao.19

Estudio de flores. Yun Bing, s. XVII.
Museo Metropolitano de Arte.
Fácil es no caminar, mas caminar sin dejar huellas asaz de difícil es. Fácil es engañar cuando se obedece a las pasiones, difícil si se actúa conforme al Cielo. He oído decir que sólo los seres alados vuelan, y nunca que sin alas se puede volar. He oído decir que sólo conoce el que tiene entendimiento, nunca que sin entendimiento se pueda conocer. Considera el estado de Luminosa Vacuidad, y verás cómo de ese estado mental brota blanca claridad. La felicidad se asienta en una mente sosegada. Una mente sin sosiego, a eso llaman “correr veloz mientras se está sentado”. Cuando llevas la vista y el oído a una comprensión interior, y al tiempo suprimes todo pensamiento, los démones acuden a visitarte, ¡cuánto más no acudirán los hombres! Así es como se puede transformar a todos los seres, y en ello está la clave de la sabiduría de Yu y de Shun, y la norma de la conducta de Fuxi y de Jiqu. ¡Con cuánta mayor razón no habrán de estar las del hombre común!20

La gira de inspección al sur del emperador Kangxi. Rollo tercero: de Jinan al monte Tai.
Wang Hui, 1698. Museo Metropolitano de Arte.
A quien es capaz de acomodarse a las leyes del Cielo y de la Tierra para, así, dominar las mutaciones de las seis energías cósmicas y poder viajar por el espacio sin límites, ¿fuérale aún menester depender de algo?
Por eso se dice: “El hombre perfecto no tiene yo, el hombre espiritual no tiene éxito, los grandes sabios no tienen nombre”.21

Paisajes en tinta con poemas. Gong Xian, 1688.
Museo Metropolitano de Arte.
Dejar la mente en libertad conformándose a la naturaleza de las cosas, y alimentar la armonía del espíritu asumiendo lo inexcusable, he ahí la suma perfección. Así que, ¿por qué habríais de actuar pensando en la respuesta que podéis recibir? Más vale que os tengáis dentro de los términos del Cielo, que ahí reside la mayor dificultad.22

Arroyos y montañas sin fin. Wang Yuan, 1710.
Museo Metropolitano de Arte.
Rechaza la idea de ganar fama. Rechaza la inteligencia que imagina trazas. Rechaza el obrar por determinación arbitraria. Rechaza la primacía del hábil conocimiento. Penetra en lo que no tiene límites y lleva tu mente al estado de quietud; acepta los dones recibidos del Cielo, y no hagas alarde de haberlos ganado tú. Entonces tu mente habrá alcanzado el estado de Luminosa Vacuidad. La mente del hombre perfecto es como un espejo: deja que las cosas vengan y vayan sin acogerlas ni despedirlas; responde a los demás sin esconder nada. De ahí que esté sobre las cosas, sin que de ellas reciba tuerto.23
Los hombres verdaderos de la antigüedad no conocían ni el amor a la vida ni el horror a la muerte. Ni se holgaban de haber nacido, ni dejaban de aceptar su muerte. Partíanse tan naturalmente como habían venido; eso era todo. No olvidaban su origen, y no buscaban su final. Aceptaban alegres lo que les venía, y cuando algo perdían teníanlo por retorno. Esto es no menoscabar el Tao por usar de la propia mente, y no pretender ayudar al Cielo usando de humanas acciones. Esos son los hombres verdaderos.24

Arroyos y montañas sin fin. Wang Yuan, 1710.
Museo Metropolitano de Arte.
(El Cielo y el hombre son uno), y no importa si el hombre gusta de ello o deja de gustar, que todo es uno. Ni tampoco importa si el hombre lo tiene por uno o no lo tiene, que todo es uno. Considerar que el Cielo y el hombre son uno, es acordarse con el Cielo; considerar que no lo son, es acordarse con el hombre. El Cielo y el hombre no se oponen mutuamente: a quien esto ve, llaman hombre verdadero.25

Hasta aquí el artículo sobre la tradición extremo oriental. Si el lector se ha sentido identificado con lo profundo de estas citas le invitamos a que se haga con alguno de los volúmenes publicados sobre taoísmo, pues son de acceso fácil y nada mejor que la concentración y la reflexión que éstos proponen para acercarse a esta tradición.

NOTAS
1 De hecho, el sinograma wén que significa escritura y literatura aparece asociado con las marcas de los caparazones de tortuga que eran utilizadas para la adivinación.
2 Isabelle Robinet. Taoist Meditation. The Mao-Shan tradition of great purity. Ed. State University of New York, Nueva York, 1993.
3 Conjunto de textos taoístas revelados por Wei Hua-ts’ a Yang Hsi entre el año 367 y 370 de nuestra era.
4 Ibid.
5 Como también ocurrió en Occidente, el acto de transmisión estaba reservado a unos pocos y aparecía ligado a la relación maestro-aprendiz.
6 Lo cual aparece descrito de forma precisa por los comentadores de ching.
7 Pa-su fu-shih jih-yüeh chüeh, p. 5ª, ibid.
8 Ch’ing-yao tzu-shu, ibid.
9 Tzu-tu yen-kuang, TT 1030, p. 6b, ibid.
10 Nada que ver con el punto de vista moral o social, que como hemos dicho queda recogido en su complementario el confucianismo.
11 El simbolismo del bol de arroz también enraíza directamente el taoísmo y su parte más excelsa, metafísica, con una de las revelaciones del fundador de su cultura, Fo-Hi: las artes culinarias.
12 Iñaki Preciado Idoeta. Zhuang Zi, “Maestro Chuang Tsé”. Ed. Kairós, Barcelona, 1996.
13 Ibid.
14 Ibid.
15 Ibid.
16 Ibid.
17 Ibid.
18 Ibid.
19 Ibid.
20 Ibid.
21 Ibid.
22 Ibid.
23 Ibid.
24 Ibid.
25 Ibid.

Bibliografía

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