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EL SIGNIFICADO ASTRONÓMICO FELICE VINCI |
Sumario: El artículo presenta los resultados de un estudio destinado a proporcionar un significado racional a la figura del fénix, el ave mítica que muere y renace de sus cenizas. Se encuentra con características muy similares en mitologías incluso muy distantes en el espacio y en el tiempo. Generalmente es un ave de rapiña —un águila o un halcón— o un gallo, posado sobre un gran árbol que se corresponde con el Árbol Cósmico o el Eje del Mundo. Esta imagen es idónea para simbolizar a la Estrella Polar, hacia la cual apunta el eje de la Tierra. La Polar se mantiene aparentemente fija en el cielo nocturno mientras las demás estrellas giran a su alrededor. Pero el fénix está destinado a morir, porque el eje de la Tierra no permanece fijo sino que sigue un movimiento circular muy lento, similar al del eje de una peonza. Este movimiento extremadamente lento pero continuo, a lo largo de milenios, causa tanto la precesión de los equinoccios como la alternancia de las estrellas que, una tras otra, se acercan al Polo Norte Celeste. Cada una de éstas, al convertirse en la Estrella Polar, puede considerarse metafóricamente como la reencarnación de la que la precedió en dicho papel. Esto explica porqué cada era ha tenido un solo fénix, porqué era considerado muy longevo e incluso porqué en diversas culturas era un símbolo de la realeza, la que en cada dinastía se transmite del rey reinante a su sucesor de forma similar a la Estrella Polar. Esta metáfora astronómica también explica las disputas, atestiguadas en diversas mitologías, entre el ave posada en la cima del Árbol Cósmico y la serpiente que roe sus raíces. Finalmente, exploraremos la hipótesis de que ciertas características atribuidas al fénix pudieron estar inspiradas inicialmente en la apariencia y el comportamiento de un ave real, el urogallo.
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Introducción En este artículo vamos a examinar primeramente las características atribuidas al fénix —el ave mitológica dotada de una longevidad extraordinaria y del poder de renacer tras la muerte— en diversos contextos históricos y literarios del mundo antiguo para luego centrarnos en su asociación con un gran árbol que, como veremos, puede identificarse con el Árbol Cósmico. Partiendo de esta base, desarrollaremos la hipótesis de que la figura del fénix posado en el árbol podría esconder una metáfora astronómica que alude a la Estrella Polar, la cual “muere” y “renace” periódicamente en cada una de las estrellas que, una tras otra, se acercan al polo celeste a lo largo de los milenios debido al movimiento del eje terrestre que produce la precesión de los equinoccios. Para ello adoptaremos una metodología que consiste en un nuevo examen crítico de fuentes fiables, no solo clásicas, sino también de otros contextos literarios y científicos, comparando y explorando analogías y semejanzas, pero también anomalías y enigmas. Éstos, particularmente en el campo de la mitología, pueden revelar significados metafóricos ocultos que pueden abrir nuevos horizontes hermenéuticos. Esto es lo que vimos en un artículo anterior (Vinci, 2024a) donde mostramos que, tras el secreto de la prodigiosa fuerza de Sansón, vinculada a su cabellera sin cortar, subyace una sugerente metáfora de un fenómeno astronómico específico. A este respecto, siempre tendremos presente, a lo largo de este trabajo, que “un enfoque racionalista resulta estéril sin el esfuerzo de sumergirse en la mentalidad de la época y de las personas de las que nos ocupamos” para abordar adecuadamente las cuestiones que aquí trataremos (Ferri, 2010, p. 219). También quisiéramos destacar que por la novedad de la hipótesis aquí propuesta, y considerando que este tema podría ser de interés más allá del ámbito académico, nos hemos esforzado por lograr la máxima claridad y legibilidad de este artículo, incluso a riesgo de la repetición ocasional de determinados conceptos. El artículo se organiza en siete secciones, incluida esta introducción. La segunda sección ofrece información general sobre la figura del fénix y sus características. En la tercera se profundiza en la estrecha relación entre el fénix y un árbol en particular, identificable con el Árbol Cósmico o Árbol del Mundo, sobre el cual se posa. La cuarta sección se centra en la hipótesis de que el fénix es una metáfora de la sucesión cíclica de estrellas que, una tras otra, asumen la función de Estrella Polar en las inmediaciones del polo norte celeste. En la quinta se explora la metáfora asociada a las constantes disputas entre el águila y la serpiente, que en diversas mitologías se vinculan con el Árbol Cósmico, y la conexión de éstas con la Rueda del Mundo, los destinos humanos y los ciclos cósmicos. La sexta sección desarrolla la hipótesis de que ciertas características tradicionalmente atribuidas al fénix podrían haberse inspirado inicialmente en la apariencia y el comportamiento de un ave en particular, el urogallo. En la sección final se recogen las conclusiones del estudio. |
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Generalidades sobre el fénix En primer lugar, solo existía un fénix y era muy longevo. Aparece en numerosas mitologías con formas más o menos similares. Su apariencia es parecida a la de un águila y a veces también a la de un gallo, con el cual comparte la habilidad de cantar. Además, suele estar asociado al Sol y a un gran árbol. Esto es lo que dice sobre el fénix el historiador griego Heródoto (c. 484 - c. 425 a. C.), quien lo cita al hablar de los animales que habitaban en Egipto:
El modelo original del fénix griego pudo haber sido Benu, una antigua deidad egipcia vinculada al Sol, la creación y el renacimiento. Según la mitología egipcia, Benu era un ser autocreado del que se decía que había intervenido en la creación del mundo. Un título de Benu es “el que vino a ser por sí mismo”, y su nombre está relacionado con el verbo egipcio wbn, que significa “surgir en esplendor”. Benu también aparece en amuletos funerarios de escarabajos como símbolo de renacimiento. El nombre del fénix puede derivar de “Benu”, y su renacimiento y conexiones con el Sol son similares a lo que se dice de Benu (Hart, 2005, p. 48). Siendo Benu un símbolo de renacimiento, se lo asoció con Osiris y se le llamó “Señor de los Jubileos”, epíteto referido a la creencia de que se renovaba periódicamente “como el Sol que sale al amanecer” (Wilkinson, 2003, p. 212). De hecho,
He aquí un pasaje en que el escritor romano Plinio el Viejo (23-79 d. C.) reflexiona sobre el fénix: En particular, Etiopía e India producen aves de plumaje muy diverso que sobrepasan toda descripción. Entre ellas destaca el fénix, aquella famosa ave de Arabia; aunque no estoy del todo seguro de que su existencia no sea una fábula. Se dice que sólo existe un ejemplar en todo el mundo y que rara vez se le ve. Se cuenta que esta ave es del tamaño de un águila y que tiene un plumaje dorado brillante alrededor del cuello, mientras que el resto del cuerpo es de color púrpura excepto la cola, que es azul celeste con largas plumas entreveradas de un tono rosado; la garganta está adornada con una cresta y la cabeza, con un mechón de plumas. El primer romano que describió esta ave y que lo hizo con la mayor exactitud fue el senador Manilio, tan famoso por su erudición —que por otra parte no debía a la instrucción de maestro alguno—. Nos dice que nadie ha visto comer jamás a esta ave; que en Arabia se la considera consagrada al Sol; que vive quinientos cuarenta años; que cuando envejece construye un nido de casia y ramitas de incienso que llena de perfumes, y luego deposita su cuerpo sobre él para morir; que de sus huesos y médula brota primero una especie de pequeño gusano que con el tiempo se transforma en un pajarito; que lo primero que hace es realizar las exequias de su predecesor y llevar el nido entero a la ciudad del Sol, cerca de Panchaia, depositándolo allí en el altar dedicado a esta divinidad. El mismo Manilio afirma también que la revolución del Gran Año se completa durante la vida de esta ave, y que luego comienza un nuevo ciclo con las mismas características que el anterior en cuanto a las estaciones y la aparición de las estrellas (Historia Natural 10, 2).1 Siguiendo con la literatura latina, en el poema De ave Phoenice (“El ave fénix”) de Lactancio (c. 250 - c. 325), del cual examinaremos a continuación algunos pasajes, se citan las características principales que se atribuyen al fénix, y en particular su relación con un árbol muy alto. El De ave Phoenice comienza con una descripción del lugar fabuloso donde habita el fénix:
El fénix construye un nuevo nido allí y se prepara para morir, hasta que su cuerpo “arde y, una vez quemado, es disuelto en cenizas” (versículo 98). Pero el fénix resurge de sus cenizas y recupera su apariencia anterior (hermoso y colorido, con predominio del rojo y del oro); más tarde vuela a Egipto y finalmente regresa al lugar celestial del que había descendido. En estos versos abundan las referencias a un escenario que no es terrenal, sino celeste. Esto ya se sugiere cuando al inicio del poema se describe el mundo paradisíaco en que vive el fénix, un lugar donde “el Sol derrama el día desde el cielo estival” —en latín “Sol verno fundit ab axe diem”— (versículo 4). Se trata de una referencia astronómica precisa al día del equinoccio, en el cual el Sol aparece sobre el punto vernal (que es, en lenguaje astronómico, el punto de intersección del ecuador celeste con la eclíptica). Esta ubicación astronómica es confirmada en un versículo posterior: “Y cuando el Sol ha abierto el umbral de la fulgente puerta” (versículo 43). Esta no es una puerta cualquiera sino la puerta astronómica3 que se corresponde con “las puertas del cielo que las Horas custodiaban” (Homero, Ilíada 5, 749), siendo las Horas las estaciones del año, marcadas por los equinoccios y los solsticios. Ovidio las menciona en los Fasti (1, 125) cuando Jano, el dios romano de las puertas, dice: “Me siento a las puertas del cielo con las apacibles Horas”. La difusión de la figura del fénix en el espacio y en el tiempo así como su dimensión intrínsecamente celestial se evidencia en el llamado “fénix chino”, nombre con el que se conoce en Occidente al ave mítica llamada feng o fenghuang en China (también es conocida con otros nombres en otros países del Lejano Oriente). El feng aparece para anunciar el comienzo de una nueva era, desciende del cielo a la tierra y luego regresa a su hogar celestial para esperar la siguiente. En China también se le llama el “gallo de agosto” y se dice que tiene su origen en el Sol. Puede ser multicolor —negro, blanco, rojo, amarillo y verde— y a veces se le representa con una bola de fuego o con la apariencia de un gallo rojo. Existen leyendas que alaban su canto (Nozedar, 2006, p. 37). La imagen del feng estaba vinculada a la figura del Emperador, hasta el punto de que sólo el Emperador y la Emperatriz, que residían en la Ciudad Prohibida de Pekín, estaban autorizados a portar su símbolo. El nombre en chino de la Ciudad Prohibida era Zijincheng, “Ciudad Prohibida Púrpura”, donde zi, “púrpura”, hace referencia a la Estrella Polar, el astro alrededor del cual giran todas las demás estrellas en el cielo nocturno. En la antigua China se la conocía como Ziwei, la “Estrella Púrpura”, que era considerada la morada del Emperador celestial. Su contraparte terrenal era la Ciudad Prohibida Púrpura, la residencia del Emperador terrenal, el rey-sacerdote intermediario entre la Tierra y el Cosmos, ubicada en el centro de nuestro mundo, reflejo e imagen del mundo celestial (Barmé, 2008, p. 26). Todo esto confirma la importancia y la amplia difusión de la figura del fénix en la antigüedad. Pero no es menos extraordinaria su continuidad a lo largo del tiempo hasta la era moderna, como atestiguan algunos versos de Enrique VIII —obra histórica escrita en colaboración por William Shakespeare y John Fletcher— que hacen referencia a la reina Isabel I (con una referencia final a una estrella):
En cuanto al fénix húngaro, llamado Turul, vemos que
Aquí se hace referencia a la dinastía Árpád, linaje gobernante del Principado de Hungría en los siglos IX y X y del Reino de Hungría desde el año 1000 hasta el 1301. Su nombre procede del Gran Príncipe Árpád (c. 845 - c. 907); también era conocida como la dinastía Turul. Su origen “se remonta a Atila, el Gran Rey de los Hunos” (Neparáczki, 2022, p. 260), quien aparece representado con un escudo en el que figura la imagen del ave Turul (ver figura 1). La relación del Turul con la realeza húngara demuestra la importancia atribuida a esta ave mítica, y lo que es aún más importante, es semejante a la ya mencionada relación del feng con el emperador chino y del fénix con la reina Isabel I. Por cierto, puede que no sea una casualidad que Isabel, además de ser comparada por Shakespeare con el fénix, aparezca en el “Retrato del Fénix” (c. 1575) con una joya en el pecho en la que representa un fénix. |
![]() La imagen del fénix en el “Retrato del Fénix” de la reina Isabel I (c. 1575) y una representación del rey Atila con el pájaro Turul en su escudo (c. 1360). |
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Tras haber descrito la figura del fénix en algunas mitologías, es el momento de profundizar en sus características distintivas, y en particular, en su relación con el Árbol Cósmico. Como se verá, esto es crucial para comprender el significado oculto de la figura del ave mítica que muere y renace. |
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El Fénix y el Árbol Cósmico Comparemos el altísimo árbol en el que, según el ya mencionado De ave Phoenice (versículos 39-42), el fénix espera para cantar su melodía al Sol naciente con el mítico fresno Yggdrasil de la mitología nórdica:
Este “árbol alto” es la imagen del
El concepto del Árbol Cósmico o Eje del Mundo (Axis Mundi), representado por Yggdrasil, es fundamental en la mitología nórdica:
Además,
Un concepto similar se encuentra entre los sajones, quienes
En cuanto al águila posada en las ramas del Árbol Cósmico, como hemos visto anteriormente en el pasaje de Heródoto citado, el fénix egipcio “es muy similar a un águila en apariencia y en tamaño”. Por otra parte, el fénix se compara en algunas mitologías con un ave de rapiña y tanto el águila como el halcón —pensemos en el Turul de la mitología húngara— se ajustan bien a esta metáfora. En cuanto al gallo, que es comparable al feng chino, los animales posados en las ramas del Árbol Cósmico de la mitología nórdica son
Aquí observamos, por una parte, que Gullinkambi significa “cresta dorada” (Mastrelli 1982, p. 313) —lo que se corresponde con la “corona radiante” sobre la cabeza del fénix que Lactancio compara con la brillante cabeza de Apolo (De ave Phoenice, versículos 139-140)—, y por otra, que el gallo Vidhófnir, “que, resplandeciente, se posa en las ramas del árbol de Mimir” (Svipdgasmál, estr. 24), tiene en su cola una “pluma brillante” que es considerada como una joya que hay que “guardar en un cofre” (Svipdgasmál, estr. 29), la cual, por tanto, parece comparable a la preciosa cola del fénix que “se extiende cubierta por un metal rojizo, en cuyas manchas la púrpura mezclada enrojece” (De ave Phoenice, versículos 131-132). Llegados a este punto, incluso la enigmática afirmación “en el cuerpo de Vidhófnir hay dos alas asadas” (Svipdgasmál, estr. 18) parece encontrar una explicación lógica en el contexto de su identificación con el fénix. En efecto, si este último renace de sus propias cenizas tras quemarse, es razonable suponer que sus anteriores alas, consumidas por el fuego, hayan dejado una huella en su nuevo cuerpo. Además
De hecho, según la mitología nórdica, el protagonista de un singular episodio de muerte y renacimiento a caballo de este mundo y del más allá es precisamente un gallo. Nos estamos refiriendo al pasaje en que Saxo Grammaticus, narrando una aventura del héroe Hadingus, dice que fue transportado repentinamente bajo la tierra hasta el mundo del más allá, y que allí, en cierto momento, una mujer
La muerte y la resurrección o la naturaleza cíclica de la vida, el tema dominante de la figura del fénix que regresa, aparece aquí vinculado al gallo, un ave que en la mitología nórdica, como acabamos de ver, posee puntos de contacto importantes con el pájaro sagrado que, según Lactancio, canta cada mañana para anunciar el regreso del Sol. Así, la comparación entre el águila posada en las ramas del fresno Yggdrasil y el fénix de Lactancio en la cima de su altísimo árbol ha puesto de relieve analogías muy significativas. La imagen del ave mítica posada en el árbol sagrado también se encuentra en la mitología húngara: el Turul, al que hemos mencionado anteriormente por su conexión con la realeza,
Asimismo, en la mitología persa preislámica se menciona un ave sagrada llamada Simurgh (ver figura 2) que vivió 1.700 años antes de arrojarse a las llamas. Ésta se posaba sobre el Árbol Cósmico de la tradición persa, llamado Gaokerena, el cual estaba protegido por dos peces del ataque de una rana malvada (Farmanyan y Mickaelian, 2016, p. 248), un ser destructivo que podría corresponderse con la serpiente Nidhhöggr —la que, como vimos anteriormente, “roe incesantemente las raíces del árbol”—. |
![]() A la izquierda mosaico de Simurgh frente a la madraza Nadir Divan Begi en Bukhara, Uzbekistán. A derecha el emblema de Uzbekistan. |
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Además, el Simurgh era tan antiguo que presenció la destrucción del mundo tres veces, y gracias a su longevidad, adquirió el conocimiento de todas las épocas (Aro, 1976, p. 25). En cuanto al término persa sīmurğ, éste deriva del persa medio sēnmurw, que a su vez proviene del avéstico mərəγō Saēnō, “el ave Saēna”, que originalmente se pensaba que era un ave de rapiña, probablemente un águila, un halcón o un gavilán (Christensen, 1941, p. 66). Señalemos ahora que en un texto sumerio encontramos otro árbol mítico habitado por criaturas comparables a los extraños habitantes de Yggdrasil y Gaokerena: el árbol Huluppu, en cuya base
Aquí se observa de inmediato la correspondencia que hay, por un lado, entre las aves que se hallan en las copas de los respectivos árboles, y por otro, entre las serpientes que se encuentran en sus bases. Además, la similitud entre el nombre de Zu, el ave sumeria del árbol Huluppu, y Zi, el nombre de la Estrella Polar4 en China, resulta curiosa, especialmente si se considera que el feng, o fénix chino, suele estar vinculado al dragón, incluso en las imágenes (ver figura 3). Por otra parte, puede que no sea una coincidencia que la imagen del águila, el árbol y la serpiente también se encuentre en los mitos fundacionales de dos ciudades muy distantes, la ciudad fenicia de Tiro (Medlej, 2013) y la ciudad azteca de Tenochtitlán (Bahr, 2004), así como en el centro de la bandera mexicana. |
![]() Imagen del feng chino frente al dragón y del águila con una serpiente en su pico en el centro de la bandera mexicana. |
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Diremos también que en la Ilíada hay una imagen semejante. Mientras los troyanos atacan el campamento aqueo, un águila aparece en el campo de batalla “sosteniendo una enorme serpiente roja entre sus garras” (Ilíada 12, 202); sin embargo, la serpiente logra herir al águila (204) y la obliga a soltarla (205-206). Esto se considera un “prodigio” (τέρας) de Zeus (209) con valor profético, como reitera un soldado troyano en los versículos siguientes, cuando aconseja en vano a Héctor que desista del ataque (216-229), el cual tendrá un resultado desastroso para su ejército. La imagen del águila y la serpiente, por lo tanto, está ligada a los destinos humanos. Tras haber comprobado que existe una estrecha relación entre la figura del fénix y el Árbol Cósmico en diversas mitologías, ha llegado el momento de investigar su significado metafórico. |
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El fénix y la Estrella Polar En la estrecha relación entre el fénix y el Árbol Cósmico, que como acabamos de señalar es común a varias mitologías, hay una aparente anomalía. A primera vista parece contradictorio conectar la figura del fénix —un ser sujeto a un ciclo infinito de muerte y de renacimiento, que, al ser un ave, viene a representar la idea de ligereza e inestabilidad más que ningún otro animal— con la del Árbol Cósmico, que en cambio parece erigirse como un emblema de estabilidad y permanencia a lo largo del tiempo. Pero hemos leído hace poco una frase que pone en duda la estabilidad inmutable del Árbol Cósmico: “Cuando se tambalea, es una señal inequívoca del inminente fin del mundo” (Chiesa Isnardi, 1996). El eje de la Tierra, de hecho, no permanece fijo en absoluto, sino que se mueve gradualmente al transcurrir el tiempo con un movimiento muy lento pero inexorable denominado “precesión de los equinoccios”. Se trata de una rotación del eje terrestre, similar al de una peonza, en la que completa una vuelta entera en poco menos de 26.000 años, el llamado “Gran Año” o “Año Platónico” (que, como hemos visto anteriormente, Plinio relaciona directamente con el mito del fénix). Como resultado, las coordenadas celestes de las estrellas visibles en un lugar determinado varían gradualmente con el tiempo siguiendo la lenta oscilación del eje terrestre. Una de las consecuencias de la precesión de los equinoccios es que la constelación zodiacal correspondiente a la salida del Sol en el equinoccio de primavera tiende a cambiar con el tiempo, aunque muy lentamente, de modo que después de unos dos milenios cede el paso a la que la que la precede en el cinto zodiacal. Durante el Neolítico, el equinoccio de primavera se producía con el Sol en la constelación de Tauro, la que más tarde, debido a la precesión, fue reemplazada por Aries y posteriormente (alrededor del nacimiento de Cristo) por Piscis, que continúa siendo la constelación referente del equinoccio de primavera en la actualidad. En un futuro próximo, le tocará el turno a Acuario y así sucesivamente, hasta que todo el ciclo comience de nuevo. Este movimiento del eje terrestre, además de determinar la alternancia de las constelaciones zodiacales sobre las que sale el Sol en el equinoccio de primavera, va desplazando el polo norte celeste —hacia el cual el eje de la Tierra apunta— a lo largo del tiempo según una trayectoria circular. Esto determina la alternancia, a lo largo de los milenios, de las estrellas que van asumiendo una tras otra el papel de Estrella Polar, es decir, la estrella visible a simple vista más cercana al polo celeste norte en un momento dado (Figura 4). |
![]() El movimiento de precesión del eje terrestre, que desplaza gradualmente el punto donde sale el Sol en el equinoccio de primavera de una constelación zodíacal a la anterior, y provoca que ciertas estrellas accedan cíclicamente, una tras otra, a la posición de la Estrella Polar. |
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En efecto, a partir del próximo siglo, el polo celeste norte comenzará a alejarse de la actual Estrella Polar, Alfa Ursae Maioris, y se desplazará lentamente hacia Gamma Cephei, la cual está destinada a convertirse en la siguiente Estrella Polar. La siguiente Estrella Polar será Deneb, que luego será reemplazada por Vega (que ya había sido la Estrella Polar alrededor del año 12.000 a. C.). Vega será entonces reemplazada por Alfa Draconis (que era la Estrella Polar en la época de las pirámides), hasta que el ciclo comience de nuevo cuando, en unos 24.000 años, Alfa Ursae Maioris tome el relevo de Kochab (Beta Ursae Minoris) y vuelva a ser la Estrella Polar. Así, durante un período de tiempo mucho mayor que las generaciones humanas, el movimiento de precesión del eje terrestre da lugar a una sucesión lenta pero inexorable de los doce signos del Zodíaco a lo largo del Gran Año. Esto se corresponde con la alternancia de las estrellas que, una tras otra, asumen el papel de Estrella Polar, que es por definición la estrella visible que está más cerca del polo norte celeste, hacia el cual apunta el eje de la Tierra. La Estrella Polar, por lo tanto, da la impresión de marcar el inicio y el final de los ciclos correspondientes a las eras que reciben su nombre de las constelaciones del zodíaco y que, según las creencias astrológicas —en la antigüedad, los astrónomos eran a menudo también astrólogos—, tienen una fuerte influencia en los acontecimientos y el destino de los hombres y los pueblos. Teniendo en cuenta que un concepto abstracto como el eje de la Tierra puede ser representado por una mentalidad arcaica con la imagen de un árbol muy alto, el Árbol Cósmico —el que “se consideraba que unía el cielo y la tierra, representando una conexión vital entre el mundo de los dioses y el de los humanos” (Crews, 2003, p. 42)—, es natural suponer que la Estrella Polar, inmóvil en su cúspide, fuese vista como un pájaro posado sobre el Eje del Mundo, y las demás estrellas, desplazándose con un movimiento circular alrededor del polo norte celeste, como pájaros volando a su alrededor. Advirtamos que el nombre de la estrella Vega significa “buitre planeador” (Schaaf, 2008), y que a las Pléyades se las llama “las palomas”, πελειάδες en griego (Píndaro, Nemeas 2, 11). Por tanto, podemos suponer razonablemente que la imagen del árbol sobre el que se posa el fénix es una metáfora del eje terrestre apuntando hacia la Estrella Polar, alrededor de la cual gira el cielo nocturno. Esto está confirmado por la relación del fénix con el Gran Año, o el fenómeno de la precesión, que Plinio el Viejo expresa claramente en el pasaje citado más arriba. Destaquemos también un fragmento atribuido a Hesíodo, según el cual:
Pero ¿qué significa “ser hombres en la plenitud de la vida” (ἀνδρῶν ἡβώντων)? Si consideramos que la edad promedio para establecer récords mundiales en diversos deportes ronda los 26 años,6 la edad del fénix resultaría ser un número del orden de 25.000 años, muy cercano a la duración del Gran Año. Por cierto, esta convergencia con la duración del ciclo de la precesión de los equinoccios es sorprendente y merece un estudio más profundo, ya que Hesíodo es anterior en varios siglos a Hiparco (c. 190 - c. 120 a. C.), generalmente reconocido como el “descubridor de la precesión” (Jones, 2010, p. 36).7 La asociación del fénix con la Estrella Polar está respaldada además por el hecho de que el color rojo o dorado que a menudo se atribuye al fénix se corresponde con el color rojo anaranjado de Kochab, la Estrella Polar anterior a la actual. La dimensión astronómica del fénix también puede explicar la imagen del gallo tan extraño al que el poeta italiano Giacomo Leopardi8 dedicó una de sus Operette morali (“Obras morales menores”, 1827), titulada Il Cantico del Gallo Silvestre (“El canto del gallo silvestre”), cuyo comienzo citamos aquí:
La dimensión cósmica de este singular gallo suspendido entre la tierra y el cielo es evidente, e incluso aquí parece ser uno con el árbol en que suele posarse en los otros mitos que hemos examinado. En la continuación del relato, Leopardi menciona explícitamente el “canto matutino del gallo silvestre”, pero se muestra vago sobre su origen: “Se encontró en un antiguo pergamino, escrito en letras hebreas”. Sin embargo, a simple vista, esta imagen astronómica parece topar con una dificultad importante: una característica fundamental de la precesión del eje terrestre es su lentitud, y ello se traduce en el hecho de que la alternancia de las estrellas polares a lo largo de milenios ocurre en periodos de tiempo mucho mayores que la vida humana. Esto implica que en alguna civilización antigua y longeva debieron existir astrónomos capaces de transmitir las posiciones de las estrellas en el firmamento de generación en generación y, por consiguiente, de medir sus movimientos incluso durante periodos muy largos. Así, puede que no sea una casualidad que la evidencia más antigua de un ave mitológica comparable al fénix se encuentre precisamente en el antiguo Egipto, civilización que se mantuvo esencialmente estable durante milenios y que poseía un conocimiento astronómico considerable, como lo demuestra, por ejemplo, la orientación precisa de los monumentos egipcios con respecto a las estrellas.9 Uno se podría preguntar cómo fue posible que otras civilizaciones menos longevas que la egipcia conocieran al fénix. Esto puede explicarse por el hecho de que, según estudios recientes,
El arte de la navegación favoreció sin duda la difusión e intercambio de conocimientos astronómicos, incluso entre pueblos distantes; por otra parte, requería de conocimientos de astronomía adecuados, por lo que también pudo haber estimulado su desarrollo. Esto nos lleva a pensar, de una manera natural, en Odiseo, quien navegando desde Ogigia hacia Esqueria
Además, otro estudio reciente ha demostrado que la “tecnología marítima y de navegación avanzada” ya se había desarrollado durante la época megalítica (Paulsson, 2019). En este contexto, no es sorprendente que el conocimiento de la astronomía, presumiblemente vinculado al desarrollo de la navegación, se encuentre incluso en la época megalítica. Considérese, por ejemplo, la orientación astronómica de los cuadrángulos megalíticos de Stonehenge, Crucuno (Francia) y Xarez (Portugal) (Sparavigna, 2016), por no mencionar el Círculo de Goseck, una estructura neolítica en Sajonia-Anhalt (Alemania) que es considerada uno de los “observatorios solares” más antiguos del mundo —fue construido alrededor del 4.900 a. C. (Literski-Henkel, 2017, p. 70)—. En definitiva, el desarrollo de la navegación y el comercio incluso en épocas remotas hace plausible la idea de que la información astronómica también pudiera circular entre pueblos distantes. En este sentido, parece razonable suponer, a la vista del desarrollo de la navegación incluso a largas distancias, que no sólo los comerciantes sino también los eruditos e intelectuales, a menudo pertenecientes a familias nobles y adineradas, pudieron aprovecharla para ampliar e intercambiar sus conocimientos. A título de ejemplo, se dice que Pitágoras viajó a Egipto, Persia y Mesopotamia (Riedweg, 2005). Cabe señalar también que la gran distancia que separa a las culturas a las que nos referimos en este estudio podría apoyar la idea —aunque será muy difícil demostrarla— de que puede haber existido una civilización prehistórica con un conocimiento considerable tanto de astronomía como del arte de la navegación.11 Pero volvamos ahora al fénix, cuya identificación con la Estrella Polar aclara su relación con la realeza, a lo que nos referíamos antes. En efecto, la metáfora del fénix encaja a la perfección no sólo con la Estrella Polar, sino también con el concepto de realeza, según el cual los sucesores del fundador de una dinastía asumen el cargo de rey o reina uno tras otro —el ejemplo perfecto es la figura del emperador de China, quien, como hemos visto, está directamente conectado con el feng y reside en la Ciudad Prohibida Púrpura, la contraparte terrenal de la Estrella Polar, alrededor de la cual gira todo el cielo nocturno—. O sea que el fénix mítico parece revelarse desde esta perspectiva como la imagen y el símbolo de la Estrella Polar, ya que permanece perpetuamente en el ápice del Árbol Cósmico —es decir, en el polo norte celeste, proyección del eje de la Tierra sobre la bóveda celeste— a pesar de estar sujeto a un ciclo perenne de muertes y renacimientos, una metáfora sugerente de la sucesión de estrellas que ocupan la posición polar una tras otra. Desde allí es espectador y testigo, en cada una de sus sucesivas encarnaciones en la estrella destinada a asumir el papel de Estrella Polar, de la renovación perpetua de los ciclos de la vida, marcados por los cambios periódicos en la disposición de las constelaciones zodiacales —en el eterno carrusel de la esfera celeste, los destinos humanos sobre la Tierra son su reflejo (“como es arriba, es abajo”, dice una antigua cita de la Tabla Esmeralda. Weisser, 1979, p. 54)—. Todo lo cual explica porqué existía sólo un fénix a la vez y porqué era tan longevo. Ha llegado el momento de clarificar el significado metafórico de la serpiente que distintas mitologías asocian con el águila y el Árbol Cósmico. |
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La serpiente bajo el Árbol, la Rueda del Mundo y los ciclos cósmicos La hipótesis de identificar al fénix, el ave mítica posada sobre el Árbol Cósmico, con la Estrella Polar también nos permite otorgar un significado metafórico a la serpiente, que en algunas mitologías se asocia con un ave y un árbol. Consideremos, por ejemplo, el águila posada sobre Yggdrasil, el árbol sagrado nórdico, que
La identificación del águila con el fénix, o la Estrella Polar, y de Yggdrasil con el eje terrestre explica de inmediato la razón de estas constantes disputas: la serpiente que corroe las raíces del árbol comprometerá su estabilidad con el tiempo, y por lo tanto provocará la “muerte” del águila, es decir, la sustitución de la estrella que actúa como Estrella Polar por la que asumirá ese papel. En términos astronómicos, la precesión producida por el lento movimiento de rotación del eje terrestre retrasa el perihelio (el punto más cercano de la Tierra al Sol) en aproximadamente 20 minutos de arco cada año. Este desplazamiento del perihelio, cuando se pone en conexión con la revolución terrestre, equivale a un retraso de ésta de aproximadamente 3 segundos al día, demora que, acumulada por siglos, acabará provocando la “muerte” de la actual Estrella Polar, o el águila (o el fénix) Por lo tanto, si el árbol corresponde al eje de la Tierra y el águila a la Estrella Polar, se deduce que esta serpiente, “que roe sin cesar las raíces del árbol”, representa una metáfora muy apropiada de la precesión del eje de la Tierra, que en cierto sentido provoca el balanceo del árbol mítico con su retraso, y a causa de ello, la muerte del águila con al transcurrir el tiempo. En pocas palabras, el odio entre el águila y la serpiente encaja perfectamente en la metáfora astronómica que se oculta tras el mito del fénix, y al mismo tiempo, la completa y confirma. Volvamos ahora al hecho de que el movimiento de precesión del eje terrestre produce no sólo la alternancia de estrellas que se turnan para asumir el papel de Estrella Polar, sino también la sucesión cíclica, aproximadamente cada dos mil años, de la constelación zodiacal sobre la que sale el Sol en el equinoccio de primavera (ver figura 4). Los antiguos creían que esto tenía una profunda influencia en los asuntos humanos. La importancia atribuida a los movimientos de las estrellas y de las constelaciones, que marcaban la naturaleza cíclica de los acontecimientos y los destinos humanos, se evidencia claramente en el concepto de la Rueda o Molino del Mundo, que en la mitología nórdica
La mitología nórdica también narra que el ciclo actual acabará con el Ragnarök, el terrible “crepúsculo de los dioses” en el que tendrá lugar la batalla final entre los poderes de la luz y el orden y los de la oscuridad y el caos. Tras una serie de catástrofes aterradoras que alterarán el orden universal,
Todo esto concuerda con el hecho de que, según la mitología nórdica,
Este ciclo de muerte y destrucción por el fuego así como el posterior renacimiento evocan la historia del fénix, cuya leyenda, en perfecta armonía con la imagen del Árbol-Eje del Mundo, anuncia el desarrollo perenne, la conclusión y la renovación de los ciclos de la vida y las eras, marcados por la sucesión de las estrellas que, una tras otra, asumen el papel de Estrella Polar. Observemos también que el recuerdo del fénix, a pesar del olvido de su significado astronómico original, ha continuado transmitiéndose gracias a su extraordinario poder evocador, si bien con el tiempo se ha convertido en una metáfora de conceptos tales como la inmortalidad, la resurrección e incluso de algo que no existe o cuyo paradero se desconoce, como en la ópera cómica “Las mujeres son así, o la escuela de los amantes”, de Wolfgang Amadeus Mozart, en la que Don Alfonso afirma: “Todos juran que [el ave fénix] existe, pero nadie sabe dónde”. Incluso cabría preguntarse si el último reducto de su memoria no podría encontrarse en la estrella que adorna la punta del árbol de Navidad. Para concluir estas reflexiones, nos gustaría citar aquí los últimos versos (101-110) del poema Fénix del poeta latino Claudiano:
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El fénix y el urogallo En este punto, podríamos preguntarnos si las características del fénix mítico estaban inspiradas originalmente en un ave real. Pero ¿en cuál? Para intentar formular una hipótesis razonable sobre esta cuestión, partiremos del hecho de que los escritores antiguos que trataron del fénix elogiaban, por un lado, su canto, y por otro, lo comparaban con un gallo o un águila, generalmente posados sobre un gran árbol. Dicho esto, leamos el pasaje de la Ilíada en que Hipnos, el dios del sueño,
Pero ¿qué ave es? Hasta ahora no ha sido identificada, aunque es evidente que la imagen del extraordinario árbol con su misteriosa ave parece corresponderse con lo que leemos en De ave phoenice, poema donde el fénix, posado en la cima del árbol más alto, canta una canción maravillosa. Esta correspondencia se ve reforzada por el hecho de que esta “ave de montaña de voz clara” —mencionada por Homero junto con un dios y un abeto altísimo que “se elevaba entre la niebla hacia el cielo”— tenía dos nombres: uno dado por los hombres y otro por los dioses, lo que refuerza la idea de que se trataba de un animal al que el poeta atribuía gran importancia. Es decir, por un lado, nunca ha sido posible determinar la identidad de aquel ave de voz clara, oculta entre las ramas de un abeto, a la que los dioses llamaban Calcis y que estaba relacionada con el dios del sueño. Por otro lado, el fénix es representada como un ave cantora mitológica comparable tanto al gallo como al águila; sin embargo, la identidad del ave real que pudo haber inspirado su imagen sigue siendo un misterio a día de hoy. Pero la correspondencia entre la Calcis homérica y algunas características del fénix mítico sugiere una hipótesis que nos parece que puede resolver ambos enigmas simultáneamente. En efecto, considerando que χαλκίς tiene la misma raíz que χαλκός (“bronce o cobre”) y que se refiere probablemente a los tonos metálicos de su plumaje, esta enigmática “ave de voz clara” entre las ramas de un abeto podría identificarse con un ave muy concreta. Se trata del urogallo (Tetrao urogallus), la mayor de las gallináceas, frecuente en los bosques de abetos del norte —de cuyos brotes se alimenta— (Tripodi, 2013). El urogallo macho luce un plumaje espléndido con colores brillantes y tonalidades metálicas, destacando el pecho verde acero brillante, la cabeza con cuello y nuca azules, las alas de color bronce, una hermosa cola azul en forma de abanico con vetas blancas y una característica membrana roja brillante alrededor de los ojos (ver figura 5). |
![]() El urogallo macho con su brillante plumaje metálico y ojos con borde rojo. Al lado, su imagen estilizada en el emblema de la región central de Finlandia (Keski-Suomi). |
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Pero lo más característico de esta gran ave es su extraordinaria capacidad para cantar. El canto del urogallo macho comienza con los primeros rayos del amanecer cuando para otras aves la primavera aún no ha llegado y el bosque permanece en silencio. El urogallo, posado orgullosamente en una rama grande de un árbol desde donde vigila, con las plumas de la cola desplegadas como un abanico, el cuello erguido y el pico apuntando al cielo, comienza su típico trino para impresionar a las hembras, emitiendo llamadas intensas y guturales que resuenan en el bosque y son audibles a grandes distancias (Klaus, 2012, p. 183). Parece claro, pues, el porqué de la relación de esta gran ave, que con su inconfundible canto al amanecer despierta a toda la naturaleza, con Hipnos, el dios homérico del sueño. En cuanto a su tamaño, mucho mayor que el de un gallo, el urogallo macho puede alcanzar los 90 cm de longitud y los 5 kg de peso. Es, por consiguiente, de un tamaño parecido al de un águila, la que Heródoto compara con el fénix egipcio. Esto parece coincidir con el hecho de que cuando las mitologías antiguas intentan identificar al fénix con un ave real, varían entre el gallo y el águila. El urogallo, de hecho, tiene el brillante plumaje del gallo (con el que está estrechamente emparentado) y canta por la mañana, pero es del mismo tamaño que el águila; además, comparte su porte orgulloso. Y ciertamente, este ave grande, orgullosa y hermosa, con su voz clara, no pasa desapercibida; no es una coincidencia que su silueta sea el emblema de Keski-Suomi, una región de Finlandia (ver figura 5). Por cierto, el hecho de que Homero sitúe al urogallo en Ida (Ilíada 14, 287), nombre de una región montañosa detrás de Troya —que el poeta no considera una sola montaña, sino una región montañosa y agreste (Ilíada 8, 47-48)—, también parece consistente con nuestra hipótesis sobre la ambientación nórdica original de los poemas homéricos (Vinci, 2017; Vinci, 2024b),12 la cual vendría a explicar todas sus aparentes incoherencias geográficas. Creemos que el primer rastro del fénix y el Árbol Cósmico en la literatura occidental se encuentra en el pasaje de la Ilíada que hemos leído antes, en la cual el aspecto naturalista también está vinculado con una dimensión mítica que surge de la relación entre el urogallo y el dios del sueño, así como del hecho de que uno de sus dos nombres le fue dado por los dioses (por no mencionar aquel “abeto altísimo” que “se elevaba hasta el cielo”). Cabe destacar, en relación con el Gallo Silvestre de Giacomo Leopardi, citado más arriba, que esta expresión es la traducción literal de “gallo de los bosques”, uno de los nombres del urogallo en el mundo anglosajón. Quisiéramos añadir un elemento más a las pistas que parecen indicar que el ave singular mencionada en la Ilíada es el urogallo. Hace referencia a una característica conductual muy particular del urogallo: su actitud sumamente agresiva durante la época de apareamiento, hasta el punto de que algunos individuos desafían a animales grandes como jabalíes y corzos, e incluso a humanos. El nivel de testosterona en algunos machos “atípicos” puede llegar a ser cinco veces mayor que el de otros machos (Milonoff, 1992, p. 556). Esta agresividad anómala y extremadamente fuerte sugiere un posible significado para el nombre que, según Homero, los humanos dieron a esta ave: κύμινδις. Esta palabra es similar al verbo κυμαίνω, “estar furioso, enojado”,13 que se ajusta bien a la naturaleza particular de este animal. Confiamos esta hipótesis a los lingüistas para continuar la investigación, la cual, de arrojar resultados positivos, podría confirmar que esta enigmática ave es identificable con el urogallo, especialmente si se tiene en cuenta que el otro nombre que se le atribuye en la Ilíada, encaja muy bien con una de sus características distintivas: el brillo metálico de su plumaje. De confirmarse la afinidad sugerida entre κύμινδις y κυμαίνω, convergirían simultaneamente dos de las características más típicas del urogallo —una relacionada con su apariencia y la otra con su comportamiento— con los respectivos significados de los dos nombres que Homero atribuye al “ave de montaña de voz clara, a la que los dioses llaman Calcis y los hombres Cimindis”. Sin embargo, es evidente que el urogallo sólo puede reflejar algunas de las características atribuidas al fénix como su peso y tamaño, su extraordinaria belleza, su canto matutino y su conexión con el sol naciente, pero no su inmortalidad. De hecho, es normal que una metáfora, por muy acertada que sea, nunca capture todas las características de la entidad que pretende representar. En cuanto a su hábitat, el urogallo no vive ni en la costa mediterránea ni en Anatolia, lo que explica la imposibilidad de identificarlo en el contexto tradicional del mundo homérico. Pero ¿cómo podemos explicar el recuerdo de ciertas características únicas del ave entre pueblos alejados de los bosques de abetos? A este respecto, ya hemos mencionado que durante la Edad del Bronce debieron existir rutas comerciales complejas y extensas entre Europa y el Mediterráneo oriental. Además, hemos visto que, según estudios recientes, el arte de la navegación probablemente ya estaba desarrollado durante la era megalítica, cuando, gracias al Óptimo Climático del Holoceno (OCH), las temperaturas medias eran significativamente más altas que las actuales. Sin embargo, el clima más frío que siguió al fin del OCH obligó a las poblaciones que vivían en el extremo norte en aquel entonces a migrar a latitudes más bajas, lejos de los bosques de abetos que constituyen el hábitat natural del urogallo. Aunque todo el tema requiere más estudio y exploración, esta consideración puede ayudar a explicar cómo, a pesar de su desaparición, el recuerdo de algunas características de este pájaro cantor del tamaño de un águila ha persistido hasta nuestros días. |
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Conclusiones En este artículo hemos comparado, en primer lugar, la figura del mítico ave fénix transmitida por las fuentes clásicas con figuras similares presentes en las mitologías de otros pueblos y culturas, incluso muy distantes en el espacio y el tiempo. En este punto, considerando además que los nombres tradicionales de algunas estrellas corresponden a nombres de aves, surgió la hipótesis de que la imagen del fénix posado en el Árbol del Mundo ocultaba una metáfora astronómica: el ave mítica que muere y renace podría ser un símbolo de la Estrella Polar, la que, debido a la precesión del eje terrestre, no siempre permanece igual, sino que es reemplazada periódicamente por otra estrella que con el tiempo estará más cerca del polo norte celeste que la anterior, convirtiéndose así, en cierto sentido, en su reencarnación. Esto explica porqué el fénix ha sido vinculado directamente con la realeza, ya que también puede simbolizar la transmisión de la corona del rey fallecido a su sucesor. También hemos apuntado que, según revelan estudios recientes, el desarrollo de la navegación y el comercio a larga distancia, incluso en épocas muy antiguas, hace plausible la hipótesis del intercambio de información astronómica entre culturas diversas y distantes, lo que podría explicar la difusión de la figura del fénix entre ellas. Posteriormente, al preguntarnos si las características del fénix están inspiradas en un ave real, un pasaje de la Ilíada que menciona un ave mitológica no identificada hasta hoy nos ha llevado a plantear la hipótesis de que algunos aspectos de la figura del fénix podrían haberse inspirado inicialmente en el espléndido plumaje, el tamaño y el peculiar comportamiento del urogallo. Hemos analizado las limitaciones asociadas a esta identificación tanto en sus aspectos simbólicos (una metáfora, por muy acertada que sea, nunca puede corresponder plenamente a las características de la entidad que pretende representar) como geográficos, dado que el urogallo no habita ni en la costa mediterránea ni en Anatolia. Respecto a este último punto, hemos especulado sobre las razones —probablemente relacionadas con el cambio climático tras el fin del Óptimo Climático del Holoceno— que pudieron llevar a algunos pueblos antiguos a abandonar las tierras que compartían con el urogallo. En cualquier caso, la memoria del ave que inspiró al fénix se ha ido perdiendo con el tiempo, probablemente debido a las migraciones de población hacia latitudes más bajas, lejos de los bosques de abetos que constituyen el hábitat natural de aquélla, creándose así el mito de su desaparición. También, a lo largo de los siglos, el significado astronómico oculto tras la metáfora del fénix posado en su majestuoso árbol ha ido desapareciendo. Sin embargo, esta imagen simbólica ha continuado transmitiéndose gracias a su extraordinario poder evocador a pesar de la pérdida de su significado original, al punto de convertirse en una metáfora de otros conceptos, como la inmortalidad y la resurrección. Por último, sería conveniente que los contactos directos o indirectos entre las diversas civilizaciones cuya mitología presenta una figura similar al fénix fueran investigados a fondo en futuros estudios. Este contexto más amplio escapa al alcance de este estudio, pero creemos que merece continuar siendo explorado e investigado en el futuro. Al fin y al cabo es bien sabido que, en cualquier campo del conocimiento, una solución propuesta a un problema suele conducir a la necesidad de resolver nuevos interrogantes. |
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Agradecimientos Quisiéramos agradecer a tres revisores anónimos por sus comentarios constructivos. Los errores restantes son atribuibles al autor. Trad. Marc García |
| NOTAS. | |
| * | La versión original en inglés de este trabajo, remitido por su autor a SYMBOLOS, ha sido publicada en el nº 11 de la Athens Journal of Mediterranean Studies, ATINER, Atenas, 2025. |
| 1 | Traducción de Karl Friedrich Theodor Mayhoff. |
| 2 | Traducción de María Fernanda Zaldívar Turrent. La traductora considera que el fénix es hembra, pero el sexo del fénix suele ser indefinido o bien motivo de debate, ya que el ciclo vital del ave, que renace de sus propias cenizas, no se basa en la reproducción sexual. |
| 3 | El concepto de una puerta astronómica se encuentra también en algunos hallazgos arqueológicos que datan de la Edad del Bronce temprana: “El disco de Nebra y el rombo de Bush Barrow parecen haber sido diseñados para reflejar el ciclo solar anual” (MacKie, 2009, p. 41). En efecto, los ángulos correspondientes al arco del horizonte comprendido entre los puntos por donde sale el Sol en los solsticios de invierno y de verano a las latitudes en que fueron descubiertos dichos objetos están reflejados en determinadas características de tales importantes hallazgos. |
| 4 | Es curioso que los nombres de los dos principios masculino y femenino de la filosofía china, yang y yin, se asemejen a las raíces de las palabras que en griego indican hombre y mujer respectivamente, las que aparecen emparejadas en un verso de Homero: ἀνὴρ ἠδὲ γυνή (Odisea 6, 184). Asimismo, es llamativo que la palabra que en chino indica rey, wang, sea casi idéntica a la homérica ἄναξ (Ilíada 1, 7) y a la micénica wanax, que tienen el mismo significado. Todo esto parecería coherente con la hipótesis de Christopher Beckwith sobre las influencias indoeuropeas en la antigua China, concretamente durante la dinastía Shang (Beckwith, 2011). En este punto, la singular asonancia entre el nombre del feng chino y el del fénix griego merecería quizás una investigación más profunda (considerando también que, recientemente, como ya hemos visto, se ha planteado la hipótesis de una relación entre el nombre griego del fénix y el del dios egipcio Benu, dos figuras míticas comparables en cierto modo). En resumen, casi se podría sospechar que la similitud entre feng, Benu y el fénix no se debe enteramente al azar, a pesar de las distancias, tanto espaciales como temporales, que separan a estas tres civilizaciones. Probablemente será muy difícil resolver de manera definitiva esta cuestión. |
| 5 | Ἐννέα τοι ζώει γενεὰς λακέρυζα κορώνη/ ἀνδρῶν ἡβώντων· ἔλαφος δέ τε τετρακόρωνος·/ τρεῖς δ᾿ ἐλάφους ὁ κόραξ γηράσκεται· αὐτὰρ ὁ φοῖνιξ/ ἐννέα τοὺς κόρακας· δέκα δ᾿ ἡμεῖς τοὺς φοίνικας/ νύμφαι εὐπλόκαμοι, κοῦραι Διὸς Aἰγιόκοιο. |
| 6 | Cf. https://www.wired.com/2011/07/athletes-peak-age/ Asumiendo que la “plenitud de la vida” corresponde a la edad de 26 años, el resultado de multiplicar 26 x 9 x 4 x 3 x 9 es 25.272. |
| 7 | A este respecto, además de que el tema requiere mayor investigación por parte de especialistas, cabe señalar que, según una controvertida tesis de Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend (1969), el descubrimiento de la precesión de los equinoccios debería datarse en una época anterior a la que se cree actualmente. |
| 8 | “Giacomo Leopardi (nacido el 29 de junio de 1798 en Recanati, Estados Pontificios, y fallecido el 14 de junio de 1837 en Nápoles) fue un poeta, erudito y filósofo italiano cuyas destacadas obras académicas y filosóficas, así como su magnífica poesía lírica, lo sitúan entre los grandes escritores del siglo XIX”. https://www.britannica.com/biography/Giacomo-Leopardi |
| 9 | Por ejemplo, la escultura funeraria del ka de Djoser en su tumba de Saqqara se encontraba en un serdab (un tipo de cámara) en la base nororiental de su pirámide, inclinada 17 grados para permitir observar las estrellas circumpolares a través de dos orificios (Warburton 2012, p. 139). Otro ejemplo: el templo de Amón-Ra en Karnak estaba alineado con la salida del Sol en el solsticio de invierno (Krupp 1988, p. 487). |
| 10 | “El enigma del estaño de la Edad del Bronce. Investigadores utilizan métodos de las ciencias naturales para descubrir el origen geográfico de objetos arqueológicos de estaño procedentes del Mediterráneo”. Universidad de Heidelberg, Comunicado de prensa n.º 98/2019. https://www.uni-heidelberg.de/en/newsroom/the-enigma-of-bronze-age-tin |
| 11 | Existen razones para suponer que en la era megalítica, esta hipotética civilización prehistórica, favorecida por el hecho de que el Óptimo Climático del Holoceno (OCH) hizo navegable el océano Ártico, se extendió hasta el océano Pacífico y la Polinesia, donde pudieron ubicarse los míticos Campos Elíseos (Vinci, 2023). De hecho, el OCH, que propició que el actual desierto del Sahara fuera verde y húmedo entre el séptimo y el tercer milenio a. C. (Gwin, 2024) y que el océano Ártico fuera navegable durante el verano, también favoreció que sus costas fueran habitables. En ellas había exuberantes bosques de abetos que se extendían hasta el mar y la tundra había desaparecido (Pinna, 1977). En aquella época, las temperaturas medias eran significativamente más altas que las actuales (Beierlein et al., 2015). |
| 12 | Según esta hipótesis, respaldada por numerosas pistas, los poemas homéricos aluden a acontecimientos que preceden al descenso de los aqueos al Mediterráneo y al inicio de la civilización micénica en Grecia. Ello explica las innumerables contradicciones, geográficas y de otro tipo, presentes en ambos poemas. En particular, la región montañosa de Ida, que Homero sitúa tras Troya, puede identificarse con un territorio muy específico de Finlandia (Vinci, 2006; Vinci, 2024b), que por cierto es rico en bosques de abetos, el hábitat del urogallo. |
| 13 | El verbo κυμαίνω (de κῦμα, “espuma”, también referida a la espuma del mar embravecido, el que parece iracundo) corresponde al inglés to foam o to froth. De hecho, para indicar que una persona está muy enfadada se dice to froth at the mouth [echar espuma por la boca]. |
| BIBLIOGRAFÍA | |
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