Revista internacional de Arte - Cultura - Gnosis |
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MÍTICOS DE ROMA (Segunda parte) LUCRECIA HERRERA |
![]() Entrada a la caverna de la Sibila de Cumas. Cumas, Italia. |
El Canto VI en el que ahora nos adentramos se considera el centro y corazón de los XII Libros que conforman la Eneida. Trata de la llegada de Eneas a Cumas donde está el templo de Apolo, dios de la Poesía, la Profecía y la Adivinación, y la caverna donde habita la Sibila cumea, “a la que inspira el dios profético” y por donde se entra al inframundo y al reino de Plutón —del griego Plouton, “el rico”—, y Prosérpina, hija de Ceres y Júpiter, a quien él raptó haciéndola su esposa y reina. Virgilio relata el descenso al mundo de las sombras, símbolo por otra parte del descenso a los infiernos de nuestra caótica psiqué. Eneas, acompañado por la Sibila, baja a ese mundo subterráneo en el que vive la muerte, y vuelve a nacer tras sufrir varias purificaciones internas regenerado por las “aguas” en un hombre nuevo, preparado para afrontar las más duras pruebas, internas y externas, hasta cumplir su glorioso destino. Por eso es que se dice que al salir del inframundo él ya no es el mismo de antes pues,
se ha despojado de su antiguo yo y se enfrenta con la inmutabilidad del Sí Mismo.2 Adelante pues, y sumerjámonos en estos cantos inspirados por las Musas al gran poeta latino; diosas, hijas de la Memoria —Mnemosine, la que insufla la anamnesis en los hombres—, que cantan el recuerdo de cómo todo ha venido a ser, de quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Ya decía Federico González Frías que recordarse a sí mismo es Ser, y asumir la parte divina que preside nuestra dualidad, entregarnos a ella y ver pasar el conjunto de incongruencias que hemos bebido en el Leteo.3 Es por lo tanto emerger del Hades, volver a nacer y agradecer para siempre al dios Hermes el habernos podido rescatar por su intermedio, recorriendo el camino inverso que nos llevó hasta allí.4 |
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Llegada a Cumas Llegan, por fin, los troyanos a tierras de Italia y fondean en el puerto de Cumas. En tanto sus hombres se adentran en los bosques, Eneas se encamina a la cumbre en donde Apolo asienta su alto trono y a la ingente caverna en donde mora aislada la hórrida Sibila, aquella a la que inspira el dios profético de Delos su poderoso pensamiento y su espíritu y le esclarece el porvenir.5 Mientras Eneas recorría su vista por todo aquel lugar, aparece su amigo Acates con la sacerdotisa de Febo, llamada también Deífobe —nombre que proviene del griego y significa “deidad o forma de dios”—, quien le habla al rey así: “No es el momento de pararse a mirar esas escenas. Ahora sería mejor sacrificar siete novillos de vacada no uncida y otras tantas ovejas elegidas según rito”.6 |
![]() François Perrier. Eneas y la Sibila de Cumas, c. 1646. Museo Nacional de Varsovia, Polonia. |
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Los hombres de Eneas no tardan en cumplir su sagrado mandato y la Sibila llama a los troyanos al templo de la cumbre. Llegados al umbral, la virgen prorrumpe: “Es el momento de que pidas tu oráculo. ¡El dios, míralo, el dios!” Un frío terror corre a través de los huesos de los teucros. Entonces, de lo hondo de su pecho, el rey Eneas da rienda suelta a sus súplicas: “¡Febo, que siempre te apiadaste de los graves sufrimientos de Troya, que guiaste los dardos de los dárdanos y la mano de Paris contra el cuerpo de Aquiles, con tu guía he cruzado tantos mares que bañan anchas tierras! (...) Ya hemos llegado al fin a las costas de Italia, siempre esquiva a nuestras manos. (...) Justo es perdonéis ya a la raza de Pérgamo, (...) Pérgamo, dioses y diosas todas, celosos de Ilión y la gran gloria dárdana. Y cesa de hablar. En tanto la adivina, todavía no sometida a Apolo, corre por la caverna enfurecida por si puede sacudir de su pecho el poderoso espíritu del dios. Pero éste hace estallar con mayor fuerza su boca espumeante y domeña su frenesí y lo fuerza y moldea a su capricho. Ya se han abierto las cien enormes puertas del recinto por sí solas y van dando a las brisas las respuestas que emite la adivina: |
![]() Philips Galle. Sibila Cumea, 1575. Rijksmuseum, Amsterdam. |
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Así vaticina de lo hondo del recinto sagrado la Sibila cumea a Eneas, bramando su voz desde el interior de la caverna, “entrevelando en sombras la verdad”. La sacerdotisa anima al héroe troyano a redoblar, a no ceder, a plantar cara a la adversidad, pues este gesto le llevará, si la fortuna le acompaña, a la Victoria. Suplica, entonces, el héroe troyano y le pide una gracia: poder llegar a ver a su padre querido, “cara a cara”, y que le muestre el camino descorriendo las puertas sagradas a su paso. “Apiádate del hijo, apiádate del padre, alentadora, te lo ruego, tú que todo lo puedes. No en vano te encargó Hécate de los bosques del Averno”.16 Dirigía Eneas estos ruegos con las manos puestas sobre el altar cuando la profetisa comienza a hablar así: “Troyano, hijo de Anquises, descendiente de sangre de dioses, la bajada al Averno es cosa fácil. La puerta del sombrío Plutón está de par en par abierta noche y día, pero volver pie atrás y salir a las auras de la vida, eso es lo trabajoso, ahí está el riesgo”.17 Virgilio se refiere a los Misterios de la Iniciación. La bajada al inframundo, a lo más bajo e inferior que el hombre porta en sí, y penetrar en el interior de nuestra consciencia, esa es la labor. Estamos hechos a imagen y semejanza del Creador pero vivimos muy por debajo de nuestras posibilidades divinas. Y es esta bajada al infierno de nuestra caótica y desacraliza psiqué lo que permite vernos y morir a esos estados inferiores que portamos dentro, purgarlos. Y purificada el alma por las “aguas” y el fuego del Amor, volver a nacer a una nueva realidad o concepción de nosotros mismos relacionada con nuestra psiqué superior, los estados superiores del ser, el Hombre Nuevo o Verdadero y la auténtica Identidad. Pero no sin antes haber superado profundas dificultades: la ilusión de lo que creemos ser y del mundo en el que vivimos, nuestra ignorancia, el error, la tontera, la soberbia, el miedo, nuestros condicionamientos, y un largo etc. de pesadeces de todo tipo que habría que nombrar, y apostar por su opuesto en un viaje hacia adentro, hacia el centro de nosotros mismos, morada del Sí Mismo, que simultáneamente conecta con lo vertical y ascendente, y la salida “a las auras de la [verdadera] vida”. Difíciles y riesgosos trabajos internos que van produciendo una lenta transmutación interior al punto de no ser ya el mismo de antes. Y sigue diciendo la Sibila: “Unos pocos, de origen divino, a quienes Júpiter benévolo hizo objeto de su amor, o que encumbró a los cielos su férvido heroísmo, lo lograron. A lo largo del camino intermedio se extienden unos bosques y fluye en derredor con sus negros repliegues el Cocito. Pero si es tan ardiente, tan grande tu deseo de atravesar dos veces la laguna Estigia y otras dos el tenebroso Tártaro y te agrada arrostrar tan insensato empeño, escucha lo que antes has de hacer”.18 |
![]() Philips Galle. Sibila Cumea, 1575. Rijksmuseum, Amsterdam. |
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Entonces la Sibila le revela que “entre la espesa fronda de un árbol” se encuentra oculto un ramo con hojas y tallo de oro, consagrado a Prosérpina, la bella muchacha hija de Ceres y Júpiter, que habita junto a Plutón en las profundidades del Averno. “A nadie se permite bajar a las profundas regiones de las sombras si no logra arrancar antes del árbol el ramo de flotantes hojas de oro. Es un don que ha dispuesto se le ofrezca la hermosa Prosérpina. Cortado el primer ramo aparece otro igual y el tallo se reviste de hojas de oro. Así que alza los ojos y escudriña, y una vez que lo encuentres cógelo con la mano como debes, pues él se irá contigo de grado dócilmente si te es propicio tu hado. En otro caso no habrá fuerza capaz de doblegarlo ni duro hierro que lo arranque”.19 Dicho esto, la profetisa le adelanta que uno de sus hombres ha muerto mientras estaban consultando los oráculos y debe darle honrosa sepultura. Que ofrezca en sacrifico ovejas negras pues ésta será la primera ofrenda expiatoria. Sólo así logrará “ver los bosques sagrados de la Estigia y los reinos que a los vivos no es dado recorrer”. Dice esto y enmudece. Sin saber a quién se refiere la Sibila, Eneas se adelanta y deja la caverna, afligida su alma, vuelve a la playa acompañado de Acates y ven en la orilla tendido sobre la arena a su compañero Miseno sin vida. Era hijo de Eolo que en otra época había sido compañero de Héctor —el valiente príncipe troyano, hijo de Príamo, en la guerra—, y “aventajaba a todos en lanzar al combate a los guerreros a toque de clarín y encenderlos con sus sones”.20 Había encontrado la muerte desafiando con su canto a los dioses, insensatamente, al hacer resonar el mar con su cóncava concha. Dicen que Tritón, celoso de él, le tomó de improviso hundiéndolo bajo las olas dándole muerte. Entristecidos sus corazones, Eneas y sus compañeros preparan los ritos prescritos para darle digna sepultura, como lo ordena la Sibila. Se adentran en un viejo bosque y van cortando pinos y apilando troncos para la pira y el sepulcro. Pero Eneas, con los ojos fijos en el inmenso bosque, da vueltas y más vueltas a su aflicción y dirige esta súplica: “¡Si se me apareciera en este instante el ramo de oro en su árbol entre la ingente fronda de este bosque!” Apenas dice, cuando delante de sus ojos volando desde el cielo desciende una pareja de palomas que van a posarse sobre el césped. Reconoce el gran héroe a las aves de su madre y suplica gozoso: “¡Sed vosotras mi guía y si hay algún camino, vosotras por el aire dirigidme los pasos hacia aquella arboleda donde el preciado ramo sombrea el fértil suelo! |
![]() Wenzel Hollar. La rama dorada, s. XVII. British Museum, Londres. |
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Atento ve dónde se dirigen las palomas que dando vueltas se deslizan por el aire y se posan sobre el árbol donde brilla un fulgor de oro entre las ramas. Eneas, al instante, se apodera del ramo que al principio se resiste dada su impaciencia; lo arranca y lo lleva a la gruta en la que mora la Sibila. Una vez realizado el funeral de Miseno, Eneas se apresura a acabar de cumplir la orden de la pitonisa. En un sombrío bosque había una honda cueva protegida de un lago de aguas negras que despedía un hediondo hálito tal que sobre ella no volaba ningún ave. Allí, la sacerdotisa cumea primero alinea cuatro novillos y va vertiendo vino por sus frentes; corta las puntas de las cerdas en medio de las astas y las hecha sobre el fuego sagrado. Entonces, llama a voces a Hécate, “poderosa en el cielo y el Érebo”, mientras otros recogen en tazas la tibia sangre de los cuellos de las víctimas. El mismo Eneas degüella con su espada una cordera negra en honor a la madre de las Furias y una vaca estéril en honor a Prosérpina. Entonces la Sibila inaugura “el altar de los nocturnos ritos en honra del monarca de la Estigia”.22 |
![]() Hécate, la triple diosa, s. III. Museo Arqueológico Antalya, Turquía. |
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Al despuntar el día les parece distinguir a las perras aullando a través de las sombras a medida que se acerca la diosa Hécate. “Lejos, lejos de aquí —prorrumpe la adivina—, salid de los linderos de este bosque. Y con estas profundas y reverentes palabras sigue Virgilio: ¡Dioses que domináis sobre las almas, sombras sin vida, Caos y Flegetonte24 y tú, ancho espacio de la muda noche, séame permitido referir lo que oí, pueda con vuestra venia revelar los arcanos inmersos en la sombra de lo hondo de la tierra!25 |
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Entrada al inframundo En el vestíbulo “al entrar en la misma hoz del Orco”,26 aparecen el Dolor, los Remordimientos, los Morbos, la Vejez, el Miedo y el Hambre, la Pobreza, la Muerte y la Pena. Están también el Sueño, hermano de la Muerte, la Guerra y las Euménides, la Discordia y otras monstruosas fieras que allí moran: la Hidra de Lerna, la Quimera, las Górgonas y las Harpías, entre otras. De pronto, a Eneas le asalta un súbito terror y echa mano a la espada pero la Sibila, sabedora de ello, le advierte que son sutiles almas sin cuerpo las que ve volar bajo apariencia de fantasmas. |
![]() Jan Brueghel el viejo. Eneas y la Sibila en el Inframundo, c. 1600. Museo de Historia del Arte de Viena. |
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Y sigue cantando Virgilio: De allí parte el camino que lleva al Aqueronte, vasta ciénaga hirviente que en turbio remolino va eructando oleadas de arena en el Cocito. Se apiñaba a su barca una turba de gente que se encontraba esparcida por la orilla: héroes, esposos, madres, niños, doncellas, etc. pidiendo ser los primeros en pasar el río. Pero el barquero va acogiendo en su nave a unos y luego otros y rechaza a los demás. Turbada su alma por el tumulto, pregunta el héroe troyano: “Dime, virgen, ¿qué significa esa afluencia al río? ¿Qué quieren esas almas? Y ¿por qué razón se retira a las unas de la orilla mientras pasan las otras con los remos que barren la lívida corriente?” Le responde con brevedad la anciana profetisa: |
![]() Wenceslaus Holler. Eneas y Caronte. Thomas Fisher Rare Book Library, Universidad de Toronto, Canadá. |
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Siguen su camino y se acercan al río. El barquero que los ha visto cruzar el bosque silencioso y acercarse a la orilla se adelanta a hablarles y les reprende airado: “¡Tú, quienquiera que seas, que armado te encaminas a mi río, ea, dime a qué vienes desde el sitio en que estás, detén el paso! Es ésta la morada de las sombras, del sueño y la adormecedora noche”.29 Y agrega que le está vedado trasladar cuerpos vivos a bordo de su barca. Pero “la inspirada del dios” le contesta brevemente: “El troyano Eneas, afamado por su piedad y su valor guerrero, baja al hondo del Érebo sombrío en busca de su padre. Si no te mueve el alma el dechado de tal amor filial, reconoce a lo menos este ramo”.30 Le muestra el ramo que lleva oculto bajo el manto y apacigua su enfurecido pecho. No se habla más. Asombrado queda Caronte admirando “el don sagrado, el ramo del destino que no veía hacía tiempo y va virando la popa verdiazul y se acerca a la orilla”. Echa afuera las almas que lleva sentadas en los bancos y acoge a bordo al “corpulento” Eneas. Cruje bajo su peso “la recosida barca”, colándose el agua por sus juntas. Y “al cabo pasa el río y deja a la adivina y al troyano salvos sobre un informe marjal de glaucas ovas”.31 |
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Entre el Aqueronte y el Tártaro |
![]() William Blake. Cerbero, 1824-7. Tate Gallery Collections, Londres. |
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Guarda el umbral del Tártaro el enorme Cerbero32 que con su ladrido ensordece este reino y tendido en la entrada impide el paso. Inmediatamente la Sibila, al ver que se le erizan las sierpes del cuello le lanza una torta con miel y adormideras. Abiertas sus tres fauces devora la torta, y cae sumido en sueño extendiendo su enorme cuerpo en todo el antro. Eneas gana la entrada y se aleja velozmente de la orilla y “de las ondas de las que nadie vuelve”.33 Aquí están los niños que han muerto antes de tiempo y cerca de ellos están los muertos por falsa acusación que Minos, rey de Creta, “célebre por las leyes que dictó en vida”, preside aquí como juez de los muertos, oyendo los relatos y discerniendo sus delitos. A lo lejos están los campos de las lágrimas, donde se encuentran los que “el duro amor consumió con su cruel congoja”. Entre tantas almas iba la fenicia Dido vagando entre un bosque con la herida aún abierta. El héroe troyano se detiene cerca de ella tratando de apaciguar la cólera de su alma pero a ella no le mueven sus palabras y se aparta bruscamente huyendo de su presencia. Continúan su camino y llegan donde moran los varones famosos en la guerra. Hablaba largamente Eneas con Deífobo, hijo de Príamo, escuchando sus desventuras cuando la Sibila le advierte y apresura: “La noche cae, Eneas, estamos malgastando el tiempo en llantos. Aquí es donde el camino se bifurca. Este de la derecha, al hilo de los muros del gran Plutón, nos lleva hacia el Elisio. En cambio el de la izquierda conduce a donde penan los malvados, por él se va al Tártaro impío”.34 |
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El Tártaro Eneas mira hacia atrás y ve a mano izquierda un enorme recinto envuelto en triple muro. Lo ciñe en borbollones de llamas el Flegetonte del Tártaro, cuya rauda corriente va rodando peñascos resonantes. Enfrente hay una puerta gigantesca con columnas de sólido adamante, tales que ni los hombres ni los mismos habitantes celestes lograrían descuajar con su embate. Una torre de hierro se alza firme a los aires. Tisífone sentada allí, ceñida de sangriento manto guarda la entrada en vela noche y día.35 |
![]() William-Adolphe Bouguereau (fragmento). Las Furias, 1862. Museo Chrysler, Norfolk, U. S. A. |
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Vengadora del asesinato, Tisífone, era una de las Furias o Erinias, hijas de la Noche y de Cronos. Dice de ellas Federico González Frías en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos que eran divinidades griegas adoptadas por los romanos que se asimilaban a demonios que atacaban interiormente a los seres humanos produciéndoles toda clase de dificultades entre ellas los remordimientos y las culpas.36 Y agrega que permanecían atadas ya que desatarlas suponía terrible desventura. Desde la entrada se oían gemidos y el rechinar de hierros y cadenas. En ese instante Eneas frena el paso y aterrado, pregunta a la Sibila: “¿Qué crímenes son esos?, dime, virgen. ¿Con qué castigos los torturan, qué grito tan horrendo hiere el aire?”37 La adivina empieza a hablar así: “¡Afamado caudillo de los teucros, le está velado al puro de corazón poner pie en este umbral del crimen! Pero a mí cuando me confió Hécate la custodia del bosque del Averno me instruyó en los castigos impuestos por los dioses y me guió en persona por todo este recinto”. |
![]() Ludwig Mack. Los tres jueces de los muertos: Minos, Radamanto y Éaco, 1826. Stuttgart. |
Radamanto de Cnosos38 es el que ejerce aquí su férreo mando. Ya castiga, ya escucha los delitos, ya fuerza a confesar las culpas que cada uno allá arriba celaba entre vana alegría y relegó expiar hasta el momento demasiado tardío de la muerte. Tisífone al instante, látigo en mano, salta vengadora y azota a los culpables, y azuzando con la izquierda el manojo de sus horrendas sierpes llama en su ayuda a la tropa feroz de sus hermanas. Se descorren entonces con hórrido chirrido sobre sus goznes las sagradas puertas. La profetisa le señala a Eneas que allí ruedan en lo más hondo del abismo la raza de Titanes, los viejos hijos de la Tierra, derrocados de lo alto por el rayo de Júpiter. Pero, veamos, ¿quiénes son los Titanes y por qué yacen en el fondo del abismo? Virgilio se refiere al antiguo mito griego narrado con todo detalle por Hesíodo en su Teogonía, donde relata la terrible batalla que duró diez años —un ciclo completo—, entre la primera generación de dioses (los primordiales hijos de la gran diosa madre, Gea, la Tierra, y Urano, el Cielo), y los jóvenes dioses Olímpicos —segunda generación de dioses, hijos de Crono y Rea. De Gea y Urano, nacieron doce hijos, seis hombres y seis mujeres, que representan las fuerzas primordiales de la naturaleza; por eso su nombre de “Titán”. Se dice que por miedo a que lo derrocaran, Urano mantenía a sus hijos dentro de su madre Gea. Pero ésta a punto ya de reventar trama con su hijo menor, Crono, una emboscada. Con una gran hoz éste castra a su padre Urano, y libera a sus hermanos encerrados en la Tierra proclamándose rey del mundo unido a su hermana Rea. Mas Océano, hermano mayor de Crono, se mantuvo siempre al margen sin apoyar a Crono. Luego sucedió que Crono, por temor a una profecía que decía sería derrocado por uno de sus hijos, los va devorando al nacer. Enojada Rea por este asunto cuando estaba a punto de dar a luz a su hijo menor, Zeus, y aconsejada por Gea, da a Crono una piedra envuelta en pañales que él, confiado, se traga. Al nacer Zeus, Rea lo esconde en Creta para ser educado allí por Gea. Cuando Zeus fue ya adulto engaña a Crono y le da una poción que le hace vomitar al resto de sus hermanos previamente devorados, provocando una encarnizada batalla entre los Titanes y los Olímpicos. En esta lucha, liderada por Zeus con sus hermanos: Atenea, Apolo, Hera, Poseidón, Plutón, etc., tuvieron como aliados a Océano, a los gigantes Giges, Coto y Briareo y a los Cíclopes, hijos también de Gea y Urano, que Zeus había liberado del Érebo, pues yacían allí encadenados por aquéllos. Agradecidos los Cíclopes que eran forjadores de armas en la fragua de Hefesto, dieron a Zeus sus poderosas armas: el rayo, el trueno y el relámpago, gracias a las cuales, finalmente, los Titanes fueron vencidos y enviados al profundo Tártaro donde son custodiados por los gigantes. Nos habla el mito de distintos períodos cíclicos en sus cosmogonías, aunque también hay quienes se preguntan: ¿Qué venció en aquel momento? Seguramente no sólo nombres, sino valores esenciales, se dice en el Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos de Federico González Frías citando a Walter F. Otto en su libro Los Dioses de Grecia.40 Pues bien, dicho esto, sigue diciendo la Sibila a Eneas. “Allí están los que en vida no dejaron de odiar a sus hermanos; los que alzaron la mano contra el padre; el que prendió en engaños al cliente, o aquellos que empollaron a solas los caudales adquiridos sin dar parte a los suyos —éstos son incontables— (…)41 Luego de haber vislumbrado a lo lejos los reinos más inferiores del Tártaro donde yacen aquellas almas castigadas con crueles y terribles tormentos “se apresuran a salvar el espacio intermedio y se acercan a las puertas,” que dan tránsito a los Campos del Elisio, donde mora la felicidad y habitan los sabios y poetas de antaño. Una vez purificado su cuerpo, es decir su parte mortal en agua viva, Eneas se reúne con su padre, Anquises, quien le revela su futuro y el de su descendencia, y le muestra las almas de los aún no nacidos que más tarde en el tiempo serán los reyes y padres de reyes que regirán Roma. Adelante. |
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Los Campos del Elisio Gana Eneas la entrada, purifica su cuerpo en agua viva y prende el ramo de oro en el dintel frontero.44 Una vez cumplido su deber con Prosérpina, llegan a la región del gozo y a las verdes praderas donde la dicha tiene su morada. Un ancho haz de aire puro viste de luz púrpura estos campos que ven lucir su sol y sus estrellas. Los unos se ejercitan en la herbosa palestra de estos prados, se enfrentan y combaten en la rojiza arena. Otros pulsan la tierra con los pies danzando en coros y entonando cánticos. El sacerdote tracio de larga veste45 les va dando consonante respuesta en las siete notas de su lira, que tañe con los dedos unas veces y pulsa otras su plectro de marfil.46 Se encuentra allí la antigua dinastía de Teucro, su descendencia, los héroes magnánimos nacidos en otros tiempos más dichosos. Estaban Ilo, Asáraco y Dárdano, el fundador de Troya. Eneas sorprendido ve los carros vacíos, las armas esparcidas, las lanzas sobre la tierra y sueltos los corceles que pacen por el llano. Su antigua afición por criar lucidos potros perduraba en ellos viva bajo la tierra. De pronto Eneas ve allí a otros cantando en coro un himno de gozo en honor a Febo en un bosque de fragantes laureles donde brota el río Erídano, “caudaloso camino de la tierra rodando entre arboledas”. Allí están los que fueron toda su vida sacerdotes castos, allí los vates fieles a los dioses, cuya canción sonó digna de Apolo, y los que ennoblecieron la vida con las artes que idearon y los que haciendo el bien lograron perdurable recuerdo entre los hombres. Todos llevan ceñidas a sus sienes vendas como la nieve. Una breve respuesta les da el héroe: “Ninguno tiene aquí lugar fijo. Moramos en los umbrosos bosques. Lecho nos brindan las riberas. Poblamos las praderas que sin cesar refrescan los arroyos. Pero si os fuerza el alma tan hondo afán, doblad ese collado y en seguida os pondré en camino seguro”. |
![]() Alexandre Ubeleski. Eneas y Anquises en el Hades, s. XVII. Colección Privada. |
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Eneas y la Sibila descienden de la cima y en el fondo de un verde valle ven a Anquises, afanado en pasar revista pensativo a unas almas encerradas allí, que un día subirían a gozar de la luz. Entonces casualmente recontaba todos sus descendientes, los que serían sus amados nietos. Pensaba en su destino, en su fortuna, en sus personas, en sus lances de guerra.50 Enseguida que Anquises ve a Eneas avanzando sobre el césped a su encuentro, extiende sus manos hacia él con los ojos llenos de lágrimas y prorrumpe en un grito: “¡Has venido por fin! Tu amor filial en que tu padre tenía puesta el alma, triunfó de los rigores del camino. Me es dado ver tu rostro, hijo, y oír tu voz que conozco tan bien y hablar contigo. Sí, mi alma lo esperaba. Me imaginaba que habrías de venir y contaba los días. No me engañó mi afán. ¿Qué tierras, qué anchos mares has cruzado antes de que pudiera yo acogerte? ¡Qué riesgos, hijo mío, has arrostrado? ¡Cuánto temí que el poderío de Libia te llegara a dañar!” Tres veces trató de rodearle el cuello con sus brazos pero tres veces la sombra asida en vano escapó de sus manos, “lo mismo que aura leve, en todo parecida a un sueño alado”.52 En esto estaban cuando Eneas vislumbra en un valle apartado un bosque solitario resonante de susurros, “y ve el río Leteo que fluye por delante de aquel lugar de paz”. En torno a su corriente revolaban las almas de tribus y pueblos incontables, como por las praderas en el claro sosiego del estío las abejas van posando su vuelo en cada flor y se derraman en torno a la blancura de los lirios. Resuena su zumbido por toda la campiña.53 Eneas sin saber que es todo esto pregunta por su causa, qué río es el que tiene delante y quiénes son aquellos que están apiñados en sus riberas. A lo que Anquises le responde: “Son las almas a que destina el hado a vivir otra vez en nuevos cuerpos. A orillas del Leteo están bebiendo agua que libra de cuidados e infunde pleno olvido del pasado. Por cierto que hace tiempo estaba deseando hablarte de ellos, mostrarlos a tu vista y recontar la serie completa de los míos para que todavía te alegres más conmigo de haber llegado a Italia”.54 A lo que Eneas pregunta: “Pero, ¿es posible, padre, creer que hay almas que remonten el vuelo desde ahí hasta la altura de la tierra y vuelvan otra vez a la torpe envoltura de los cuerpos? Y, seguidamente, “le revela todos los secretos por su orden”. “Ante todo sustenta cielo y tierra y los líquidos llanos y el luminoso globo de la luna y los titánicos astros un espíritu interno y un alma que penetra cada parte y que pone su mole en movimiento y se infunde en su fábrica imponente. Deja de hablar Anquises y va conduciendo a Eneas y a la Sibila hasta el centro “de aquella densa turba vocinglera, y ocupa un altozano para tomar de frente la larga hilera de héroes y conocer sus rostros según pasan”.58 Entonces le hace ver la gloria que le reserva el porvenir al linaje de Dárdano y las almas ilustres que han de llevar un día su nombre. Y dice: “Te voy a revelar tu destino. Aquel joven, ¿lo ves? —va apoyado en su lanza sin hierro—, que la suerte ha emplazado más cercano a la luz, será el primero en subir a las auras de la altura llevando ya mezclada sangre itálica. Es Silvio, nombre albano, hijo tuyo postrero que te dará tu esposa Lavinia, don tardío, avanzada tu edad, y criará en los bosques, rey y padre de reyes.59 Nuestra raza por él mandará en Alba Longa”.60 Y en adelante va nombrando a los que sucederán a Silvio: Procas, luego Capis y Númitor, abuelo de Rómulo y Remo, “que renovará tu nombre, Silvio Eneas, excelso como tú por la piedad de su alma y por las armas si llegara a ganar un día el trono de Alba”.61 Y más adelante, mientras le va mostrando su descendencia, le dice: “Mira también aquél, Rómulo, hijo de Marte, que se unirá a su abuelo y seguirá a su lado, a quien Ilia, su madre, dará vida de la sangre de Asáraco. ¿Ves cómo el doble airón62 se alza en su frente, y cómo le designa desde ahora con su emblema su padre para el mundo de allá arriba? ¡Mira, hijo, con su auspicio aquella Roma extenderá gloriosa su dominio a los lindes de la tierra y su ánimo a la altura del Olimpo! Y cercará de un muro sus siete ciudadelas, gozosa con su prole de héroes. (...)63 |
![]() Jean-Baptiste Nattier. Rómulo siendo conducido al Olimpo por Marte, hacia fines del siglo XVII. Museum of John Paul II Collection, Varsovia. |
Ahora vuelve los ojos y contempla a este pueblo, tus romanos. Éste es Cesar, ésta es la numerosa descendencia de Julo destinada a subir a la región que cubre el ancho cielo. Éste es, éste el que vienes oyendo tantas veces que te está prometido, Augusto César, de divino origen, que fundará de nuevo la edad de oro en los campos del Lacio en que Saturno reinó un día, y extenderá su imperio hasta los garamantes64 y los indios, a la tierra que yace más allá de los astros, allende los caminos que en su curso del año el sol recorre, en donde Atlante, el portador del cielo, hace girar en sus hombros la bóveda celeste tachonada de estrellas rutilantes. (...)65 |
![]() Giovanni Battista Tiepolo. Mecenas presentando las Artes Liberales al Emperador Augusto, 1743. Museo del Hermitage, San Petesburgo. |
Pero, ¿quién es aquel que veo allí lejos coronado de olivo? Va llevando en sus manos los objetos de culto. Reconozco por sus cabellos y la blanca barba al rey romano,66 aquel que llamado desde su parva Cures y de su pobre tierra a un poderoso mando, ha de basar en leyes la incipiente ciudad”.67 |
![]() Felice Giani. Numa Pompilio recibe las leyes de Roma de la ninfa Egeria, 1806. Palacio de la Embajada de España, Roma. |
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Y sigue, largamente, nombrando a toda su descendencia. Así hablaba Anquises a Eneas, hasta que llega el momento en que aparece el joven Marcelo, “de extremada belleza y esplendente armadura pero triste la frente”, hijo de Octavia, que sin saber quién es Eneas inquiere: “¿Quién es, padre, ese joven?68 (...) ¿Qué sorda aclamación en torno a él? ¿Qué noble aplomo en su figura? Pero vuela ciñendo su cabeza la negra noche con su aciaga sombra”.69 A esto, Anquises le responde así, rompiendo en lágrimas: “No inquieras, hijo mío, el duelo inconsolable de los tuyos. Los hados a ese joven no harán sino mostrárselo a la tierra, mostrarlo, no más que eso. Sobrado poderoso os pareciera, dioses, el linaje romano si este don vuestro fuera duradero. (...) Jamás un joven de troyana estirpe elevará tan alto la esperanza de sus antepasados latinos ni la tierra de Rómulo podrá ufanarse igual de ningún otro de sus hijos.70 (...) ¡Ay, mozo infortunado! ¡Si pudieras de algún modo romper el cerco de tus duros hados! Cuando Anquises había ya llevado a su hijo por todos aquellos parajes y enardecido su alma con el ansia de la gloria cercana, le habla de las guerras que le esperan; también le habla de los pueblos laurentes y de la ciudad de Latino, y de cómo evitar y soportar cada una de las pruebas. Y llegado el momento de la despedida, canta así Virgilio: Dos puertas hay del Sueño. Una de ellas de cuerno, según dicen, por donde se permite fácil paso a las sombras verdaderas, la otra es toda brillante con la lumbre del albo marfil resplandeciente. Por ésta los espíritus sólo mandan visiones ilusorias a la luz de la altura. Y, como ya señalamos, al salir a la luz Eneas ya no será el mismo de antes y no recordará nada de lo que ha visto y oído, le parecerá como un sueño. Ataja Eneas el camino a las naves y se reúne con sus compañeros. Al hilo de la costa ponen rumbo hacia el puerto de Cayeta. Echan anclas a proa y quedan alineadas las popas en la playa.73 Damos término a este extraordinario Canto VI con la salida a la luz de Eneas acompañado de la Sibila de Cumas, y abrimos la puerta a la segunda parte del poema épico de la Eneida. A partir del Libro VII se van proyectando en el tiempo todas las profecías proferidas a Eneas en la primera parte de la epopeya. En adelante, presentaremos una breve síntesis de los próximos Libros —recordemos que son XII—, narrando muy sucintamente el contenido de los cantos que restan, destacando aquellos en los cuales se van concretando las profecías en el tiempo y algunos ritos vinculados con ellas. Aunque instamos al lector a sumergirse en la obra, a leerla con el furor y el amor que el mito requiere y, dado su carácter transformador, de pronto, ser arrebatado a los mismos cielos donde habitan los inmortales dioses. Abiertos a esa posibilidad, sigamos, pues, con este viaje que hemos emprendido hacia el centro de nosotros mismos, de la mano del mito cantado por Virgilio. Canta el gran poeta latino la llegada de Eneas al Lacio y las duras pruebas que ahora debe enfrentar. “Guerras, horrendas guerras estoy viendo y al Tíber espumante de raudales de sangre”, predijo la Sibila a Eneas, al consultar el oráculo en Cumas. Guerras que no cesarán hasta el fin de la epopeya cuando cae Turno, rey de los rútulos, vencido por su soberbia, sus bajas pasiones y la espada de Eneas forjada por Vulcano. Recordemos que la espada es símbolo del eje vertical que atraviesa todos los planos y mundos fecundándolos con la luz de la Inteligencia. Y es significativo que el poeta latino termine su gran poema épico con ese último gesto: cuando Eneas está a punto de clavar la espada en Turno, el ruego de la víctima comienza a ablandar cada vez más su ánimo, (la pietas romana). Pero al ver el tahalí en lo alto de su hombro y en su cinto el oro de las bolas del trofeo arrebatado a Palante —hijo de Evandro a quién Eneas amaba por su valor y nobleza de alma—, en una injusta batalla, “ardiendo en furia, en arrebato aterrador”, Eneas exclama: “Es Palante, Palante el que con esta herida va a inmolarte y se venga en tu sangre de tu crimen”.74 Entonces Eneas no duda más y hunde la espada en pleno pecho. Sobre el simbolismo de la espada con la que finalmente Eneas vence a Turno en la lucha por la conquista de un mundo nuevo donde habrá de fundarse la ciudad —centro del mundo y del hombre, Roma-Amor palabra rebis— por la voluntad del Cielo, leemos lo siguiente: Más que ninguna otra arma, quizá sea la espada la que mejor sirve para representar la lucha que cualquier aspirante al Conocimiento ha de emprender en un determinado momento de su proceso contra aquellos que constituyen sus auténticos enemigos: los que porta en sí mismo. (…) Por otra parte, no hay que olvidar, en este sentido, que la espada es el principal atributo del dios Marte, el númen que infunde el espíritu guerrero en el hombre, dotándole al mismo tiempo del rigor necesario para que sepa distinguir el error de la verdad y negar la negación. De hecho, casi todos los héroes y dioses solares y civilizadores vencen a las potencias de las tinieblas y del caos (representadas en todos los mitos por las entidades ctónicas y telúricas como los Titanes, los dragones o las serpientes) ayudados con espadas, o con cualquier otra arma semejante, como la lanza, las flechas, el hacha simple o de doble filo. En este sentido, todas estas son armas que tradicionalmente se han asociado al rayo y a la luminosidad fulgurante del relámpago, es decir que tienen una conexión directa con el simbolismo de la luz, entendida como una energía esencialmente fecundante, al mismo tiempo que destructora de todo lo que se opone a lo superior, es decir la oscuridad tenebrosa y la ignorancia.75 Virgilio, también, nos habla más arriba de la victoria de Eneas, pero no de aquella victoria obtenida sobre los “otros”, sino “el auténtico triunfo sobre uno mismo” pues ha atravesado las más duras pruebas internas y externas y las ha vencido, porque sabe que lo más pequeño es lo más poderoso, es decir la potencia del Espíritu dentro de sí. Invoca, pues, Virgilio a la Musa Erato con estas palabras: ¡Ea, ayúdame, Erato! Ahora voy a cantar quiénes eran los reyes y los remotos hechos y el estado en que el antiguo Lacio se encontraba cuando por vez primera arribó con sus naves a las playas ausonias un ejército extranjero. (...) |
![]() Musa Erato. Gran Gimnasio de Pompeya, frescos de Moregine, s. I d. C., Pompeya. |
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Canta, entonces, el poeta el recuerdo de aquellos tiempos remotos donde había reinado Saturno en una Edad de Oro. El rey Latino ya anciano seguía gobernando campos y ciudades en larga paz. Era hijo del rey Fauno y la ninfa laurente Marcia. A su vez, Fauno, el adivino, fue hijo de Pico, de singular belleza y dones proféticos, que se jactaba de ser hijo del mismo Saturno, fundador de este linaje. Pero el rey Latino no tenía descendiente varón pues le había sido arrebatado de muy pequeño. Tenía, sin embargo, una hija, ya de edad casadera, que muchos pretendían a lo ancho de la Ausonia entera. Entre sus pretendientes destacaba uno, el más hermoso de ellos, Turno, “alentado por un largo linaje”, a quién la misma esposa del rey Latino, Amata, ansiaba tenerle por yerno. Pero diversos prodigios de los dioses no le eran propicios. Estremecido el rey por tales portentos acude a consultar los oráculos de su padre, el adivino Fauno, “al pie de la moheda Albúnea”, el mayor de los bosques “donde resuena el eco de la fuente sagrada”. Allí acudían en busca del oráculo los pueblos itálicos. Se decía que estas fuentes eran aptas para la revelación de los sueños y pasaban por ser lugares de comunicación con el reino de los muertos. Allí se dirigió el rey Latino y tendido en la tierra sobre sus pieles de pronto le llega la voz de su padre, Fauno, desde lo hondo del bosque advirtiéndole: “No trates, hijo mío, de casar a tu hija con esposo latino, ni tengas fe en el tálamo dispuesto. Llegarán de fuera quienes han de ser tus hijos, cuya sangre alzará nuestro nombre hasta los cielos”.77 Estas advertencias recibidas de su padre Fauno en el silencio de la noche, no las guardó para sí el rey Latino. Así corrió la Fama volandera por las ciudades de Ausonia cuando en ese momento fondeaban las naves troyanas a orillas del río Tíber. “¡Salve, tierra que el hado me tenía reservada! Y vosotros también, ¡salve, fieles Penates de mi Troya! Éste es el paradero. Aquí está nuestra patria”.78 Esto exclama Eneas y de inmediato lleva a cabo los ritos requeridos y recuerda a su padre Anquises, y aquello que le dijo debía hacer nomás arribar a las playas del Lacio. Una vez consumados los manjares, “por cansado que te halles, espera encontrar allí morada, y no te olvides poner con tus manos los cimientos de la ciudad y de montar sus muros de defensa”.79 Por lo que con el primer albor del sol deberán salir a explorar qué lugares son ésos, qué hombres los habitan y dónde se alzará la ciudad.80 Ofrecen libaciones a Júpiter e invocan a Anquises con plegarias y en seguida Eneas se ciñe sus sienes con ramos y dirige sus ruegos al genio del lugar y a la Tierra, “la primera de todas las deidades, y a las ninfas y ríos todavía desconocidos”. Invoca primero a la Noche y a las estrellas que asomaban entre las sombras, y a Júpiter del Ida y a la Madre de Frigia [Cibeles]; invoca a sus padres, el uno en el Empíreo y el otro en el Érebo. De pronto desde lo alto del cielo, tronó por tres veces el Padre omnipotente. Y blandiéndola él mismo con su mano desplegó de la cima del aire ante sus ojos una nube rutilante de luz y rayos de oro.81 Era la señal. Rápidamente se difunde entre los troyanos el rumor de que ha llegado el día de fundar la ciudad prometida, y llenos de gozo por tal presagio “ponen las jarras y las colman de vino”. Al siguiente día cuando la aurora apenas alumbraba la tierra con su tenue luz se lanzan en distintas direcciones a explorar la ciudad, las tierras y riberas de aquel pueblo. Manda, entonces, Eneas cien embajadores elegidos a la ciudad del rey Latino llevando valiosos presentes anunciándole su llegada y solicitando la paz. Otros se apresuran a cumplir lo mandado mientras Eneas va cavando una zanja somera para trazar el cerco de los muros y emprende su obra allí y asienta su primera morada a la orilla del mar como si fuera un campamento con una valla y terraplén.82 Describe a continuación Virgilio el espléndido palacio de Latino construido antaño por el laurentino rey Pico. Sentado en el centro del templo de los dioses, sobre el trono de sus antepasados el rey invita a entrar a los troyanos y recuerda la predicción del viejo Fauno; guarda silencio y luego prorrumpe gozoso y envía mensaje a Eneas para que se presente en persona: “—Para mí será prenda de paz el estrechar la mano a vuestro rey”, dice, enviándole promesas de paz y la mano de su hija Lavinia, como lo designa el hado. |
![]() Alfonso Cano. La diosa Juno, c. 1638 y 1651. Museo del Prado, Madrid. |
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Pero, ay, regresaba la implacable Juno de Argos en su carrera por el aire cuando divisa desde el cielo a Eneas, jubiloso, alzando sus casas. De nada valdrán las constantes intervenciones de Juno para impedir que se cumplan los designios de los hados y la voluntad de Zeus. “Le punza vivo dolor el alma”, llegando al extremo de hacer salir a Alecto —una de la Furias— de las tinieblas infernales para que siembre el odio, la pasión iracunda, la traición y la discordia a través de los pueblos del Lacio vertiendo su veneno en el corazón de la reina Amata, esposa de Latino. Luego se encarga también de Turno, prometido de Lavinia, a quien inflama con las más bajas y terribles pasiones y llena su alma de ira hacia Eneas y los troyanos, avivando el odio entre la gente y convocando a la flor de sus guerreros para que preparen las armas. Mientras tanto, la infernal Alecto trama un desafortunado suceso que será la primera de las desgracias. Andaba el joven Ascanio cazando por el bosque con sus perros cuando, instigados por la Furia, enardecidos, acosan a un bello ciervo cuidado por Silvia, la hermana del pastor de los rebaños del rey. Pero al verlo Ascanio se entusiasma y tensa su arco y lanza la flecha certera que penetra el vientre del venado. Herido el animal corre a refugiarse a la casa que conoce implorando auxilio con quejidos por toda la morada. |
![]() Claude Lorrain. Paisaje con Ascanio asaeteando el ciervo de Silvia, 1682. Museo Ashmolean, Oxford, Reino Unido. |
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Alzados los campesinos latinos por lo sucedido, no hay quien contenga ya la contienda, por más que el anciano rey se resiste a romper las promesas dadas a Eneas y a declarar la guerra. Se encierra en el palacio y abandona las riendas del gobierno. Canta, entonces, Virgilio: Hay dos puertas parejas de la guerra —es así como se llaman— consagradas por culto reverente y por terror del despiadado Marte. Están cerradas con cien barras de bronce y con firme solidez del hierro. Jamás deja el umbral su guardián Jano.83 Deslizándose del cielo baja la reina de los dioses y empuja con su mano “la mole de las morosas puertas”, gira el quicio y se van abriendo las puertas del templo de Jano. Llegan desfilando los pueblos de Italia en ayuda de Turno y éste da la señal de guerra. Angustiada su alma por los acontecimientos, Eneas va dando vueltas en su mente y se tumba a descansar a orillas del río Tíber. Como era de noche, rendido su cuerpo, Eneas se queda dormido pero de pronto surge del lecho de las aguas el anciano Tiberino, divinidad del río, y haciéndose visible va calmando sus angustias. Le dice que “todas las iras de los dioses se han calmado” y le adelanta que ahora encontrará tendida, al pie de las encinas de la orilla, una cerda blanca gigante y sus treinta lechoncitos que acaba de parir. “Ése será el lugar de tu ciudad, ése el descanso fijado a tus fatigas”, donde, con el transcurrir del tiempo, “Ascanio ha de fundar la ciudad de Alba”. Y en pocas palabras le dice: “En compañía de su rey Evandro siguiendo sus banderas, llegaron a estas playas unos Árcades, familia descendiente de Palante y, eligiendo el lugar, fundaron la ciudad sobre colinas y por su antecesor Palante le llamaron Palanteo. Viven en incesante guerra con los latinos. Asocia tú sus fuerzas con las tuyas, traba alianza con ellos. Te guiaré yo mismo al hilo de mi orilla, río arriba, por que logres remando remontar la corriente. ¡Ea, hijo de una diosa, levántate y al punto en que comienzan a ponerse las estrellas, ofrece tus plegarias a Juno en forma debida y aplaca la amenaza de su enojo con votos suplicantes!”84 Dijo esto el río y se hundió en lo hondo del remanso. Al instante Eneas se levanta y vueltos sus ojos hacia los primeros rayos del sol “retiene según rito agua viva en el cuenco de sus manos” y eleva hacia el cielo sus súplicas. Dice y de repente se presenta ante su vista la señal. Tendida allí, estaba la cerda blanca con sus crías. Entonces las ofrece en sacrificio a Juno, como le ha indicado el padre Tíber, y emprende viaje río arriba con dos naves acompañado por Acates y algunos de sus hombres hacia la ciudad de Palanteo. |
![]() Eneas recibido por Evandro en la costa del Lacio. Grabado del siglo XVII, Metropolitan Museum of Art, Nueva York. |
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Sucedió que ese día el rey arcadio rendía homenaje a Hércules y a los dioses en un bosque cercano a la ciudad. Estaba con él su hijo Palante y todos los mozos principales ofreciendo incienso cuando divisan las naves acercarse a la orilla. Aterrados por el arribo de naves desconocidas se retiran rápidamente de las mesas, pero Palante prohíbe se interrumpa la fiesta y desde una colina les grita preguntándoles: “¿A dónde vais? ¿De qué raza sois? ¿De qué patria venís? ¿Nos traéis paz o guerra?”85 Inmediatamente Eneas se identifica y responde a sus preguntas. Desembarcan y Palante lleva a Eneas ante su padre, al que le habla así: “¡Oh, el mejor de los griegos, ante quien ha querido la fortuna que acuda suplicante con estos ramos ataviados de ínfulas! (…) En seguida Eneas le dice al rey que ambos tienen a Atlante como antepasado. Por su lado, “Dárdano, el primer padre y fundador de la ciudad de Ilión”, es nacido de Electra, una de las siete Pléyades, hija Atlante. Y por el otro lado, Hermes-Mercurio, padre de Evandro, es hijo de Maya, la mayor de las Pléyades, engendrada por el mismo Atlante. “Así nuestras familias son dos ramas, las dos de un mismo tronco”.87 La reunión no puede ser más llena de gozo ya que, también, el anciano rey guarda en su corazón gratos recuerdos de Anquises cuando joven, por lo que le acoge con gran alegría. Es entonces el momento en que Eneas les pone al tanto de los sucesos y acuerdan una alianza. Se reponen los manjares y las copas en las mesas mientras el rey Evandro va sentando a sus huéspedes en la grama y acomoda a Eneas sobre un asiento cubierto con la piel de un león. En tanto unos jóvenes escogidos les sirven viandas y llenan unos cestillos con los dones de Ceres, el rey les va relatando la lucha entre Hércules y Caco y el culto que todos los años celebraban con la comida ritual y el altar en honor a los antiguos dioses. |
![]() Wenceslas Hollar. Evandro y Eneas en Palanteo. Thomas Fisher Rare Book Library, University of Toronto, Toronto. |
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Una vez terminadas las sagradas ceremonias, Evandro va mostrando a Eneas los alrededores mientras le relata detalladamente los recuerdos de los hombres anteriores, los primeros pobladores del Lacio, los faunos y ninfas que habitaban los bosques y sotos de esas tierras. Ocurrió que alzados en armas, la Etruria entera exigía vengar los crímenes del arrogante rey Mezencio, que logrando huir se encontraba ahora acogido por Turno. Dado que el oráculo les dictaba que ningún hombre latino podía mandar a tan gran pueblo se vieron en la necesidad de elegir un caudillo extranjero. Al ver que el gran ejército conducido por su jefe, el héroe etrusco, Tarcón, acampaba listo en el llano con sus tirrenos y que Evandro, a quién pedían tomase posesión del reino, rechazaba el mando dada su avanzada edad, éste pide a Eneas acometa la empresa y envía a su hijo Palante y a centenares de jinetes árcades se unan a Eneas ante las amenazas de guerra. |
![]() Anthony van Dyck. Venus pide a Vulcano forje las armas para Eneas, entre 1630 y 1632. Museo del Louvre, París. |
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Mientras tanto Venus, estremecido su corazón por lo que se avecina se dirige a su esposo, Vulcano, dios herrero y domador del fuego, e infundiendo a sus palabras amor divino le pide forje unas armas para Eneas. Como él vacilaba, le tiende sus brazos acariciándole con su abrazo. Al instante, Vulcano percibe la llama acostumbrada y no puede resistir la belleza de su esposa. Encadenado por ese amor accede a su pedido y de inmediato baja del cielo el dios del fuego a los antros del monte Etna donde mora y apresura a los Cíclopes en la forja de las armas del bravo guerrero. De inmediato, todos se vuelcan sobre el yunque repartiendo el trabajo por igual. Al ver que Eneas se encontraba solo en un valle a orilla de una corriente, Venus se dirige a él y abrazándole, deposita, bajo una encina, los dones ya acabados: un enorme y esplendido escudo de bronce cincelado con toda la historia de sus antepasados y el porvenir; el yelmo “pavoroso con su penacho y su raudal en llamas”, la espada, el duro coselete color de sangre y forjado de bronce, la lanza y las relucientes grebas de electro de oro. |
![]() Pompeo Girolamo Batoni. Venus presenta las armas forjadas por Vulcano a Eneas, 1748. Liechtenstein. The Princely Collectiones, Vaduz–Viena. |
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Sin dilación, Juno intervine y envía a Iris, su mensajera, para que entere a Turno que Eneas está ausente; que ha ido en busca de Evandro, a su reino del monte Palatino, y que es el momento para atacar el campamento y las naves troyanas. Al percatarse Turno que éstas están sin protección decide prenderles fuego pero sucede un gran portento. Convirtiéndose ellas en delfines y luego en bellas ninfas se sumergen en el río y desaparecen. Pero, “¿qué dios desvió de los teucros tan atroz incendio?” Ante el terrible acoso del ejercito latino frente a las puertas del campamento, dos valientes jóvenes teucros se ofrecen para ir en busca de Eneas a la ciudad de Palanteo pero son sorprendidos por los rútulos y sus cabezas expuestas en picas. En eso, Ascanio, que se encontraba cerca del muro, escucha cómo un tal Rémulo se burlaba de los teucros y se jactaba de su superioridad. Vuelto hacia él retesa su saeta en la cuerda de su arco, se detiene y dirige sus súplicas al omnipotente Júpiter. Le oye el dios y retumba un trueno por la izquierda por la parte del cielo despejada de nubes. Suena a la par el arco portador de la muerte e impulsada hacia atrás irrumpe la saeta con hórrido estribor y atraviesa la cabeza de Rémulo. (…) “Anda, insulta el valor con palabras infatuadas. Ahí tienes respuesta que a los rútulos dan unos frigios dos veces capturados”. No dice más Ascanio. Entonces casualmente estaba Apolo, el de la larga cabellera, contemplando desde lo alto del cielo el ejército ausonio y el recinto de los teucros, sentado en una nube y al victorioso Julo le dice estas palabras: “¡Bravo, muchacho, por tu joven valor! ¡Así se llega hasta los mismos astros, tú, vástago divino, tú que un día serás padre de dioses!”88 Encendidos sus ánimos, los teucros van cobrando bríos y Turno de a poco va retirándose echando paso atrás ardiendo en ira, pero, “la Saturnia Juno”, ya no se atreve a infundirle bríos. De pronto Júpiter desde lo alto del cielo hace bajar a Iris con órdenes severas para su hermana “en caso de que Turno no se aleje de los altos baluartes de los teucros”. Retirada la ayuda divina, Turno ya no puede resistir los embates troyanos y se precipita en el río. |
![]() Zeus y Eros. De la Basilica Augusteum, Herculano, 1-37 a. C. Nápoles. |
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Entretanto, se abren las puertas del cielo y Júpiter, convoca una asamblea y con su mirada puesta en la tierra les amonesta diciendo: “Moradores egregios de los cielos, ¿por qué cambiáis de parecer y disputáis con tanto encono? Había yo prohibido que Italia se enfrentara en guerra con los teucros. ¿qué contienda es, pues, ésta en contra de mis ordenes?”89 No habla más. Pero ante la tenaz discordia entre Venus y Juno por el apoyo a sus distintos protegidos, Júpiter decide permanecer neutral y deja que “sus propias obras deparen a cada cual su infortunio o su triunfo. Júpiter es un rey igual para todos”, dice, e inclinando su cabeza hace temblar el Olimpo entero. Y con ese gesto se levanta la asamblea. En eso vuelve Eneas con Palante, acompañado de las tropas aliadas formadas por los árcades y los pueblos etruscos. Se entabla una encarnizada batalla donde brilla el heroísmo de Palante, más cae por la espada del arrogante Turno. Llega la noticia a oídos de Eneas que busca a Turno ensoberbecido por los estragos. Pero Juno viendo el peligro que corre su protegido aleja a Turno con una ingeniosa traza. Los latinos piden una tregua para dar sepultura a los muertos y celebrar los ritos imprescindibles. Entonces Eneas dirige sus pasos a donde los árcades han llevado el cuerpo de Palante y lo tiende sobre un lecho de follaje que han preparado. Saca dos clámides bordadas en oro que Dido había tejido para él un día y en una, envuelve el cuerpo sin vida de Palante y cubre sus cabellos con la otra. Pone a su lado los trofeos que había ganado a los laurentinos y su caballo guerrero, Etón, le sigue detrás. Desfilan carros de guerra acompañados por mil hombres elegidos escoltando el cuerpo sin vida de Palante que Eneas envía a su anciano padre, Evandro. Entonces, Eneas se detiene y exhalando un profundo gemido: “¡Salve por siempre tú, Palante, el más noble entre todos, por siempre adiós!” Y toma el camino hacia el campamento. Angustiados por estos sucesos los latinos envían una embajada de paz a los teucros y conciertan doce días de tregua. Reunidos ambos ejércitos en el llano con sus armas puestas hacia abajo mientras el rey Latino y Eneas firmaban un pacto de paz, de pronto, misteriosamente, una flecha hiere a Eneas. Horrorizados los troyanos le llevan, todo ensangrentado, al campamento. Estaba ya a su lado el anciano médico, Yápige, “más querido de Febo que ninguno”, pero en vano trata de remover su mano la punta del dardo. En tanto, se enfurece la batalla y asciende por los aires el alarido de los hombres que luchan y los que sucumben “bajo la dura mano del dios Marte”. Entonces, Venus, movida del dolor inmerecido de su hijo, recoge del monte Ida de Creta con materna solicitud la yerba del dictamo, (…) yerba bien conocida de las cabras montesas siempre que se la clavan en el flanco saetas voladoras. Venus baja a traérsela envuelto su rostro en una oscura nube. Antes impregna de ella el agua viva vertida en un brillante recipiente. Y le infunde su secreta virtud. Y le rocía con el jugo vital de ambrosía y fragante panacea. Lava el anciano Yápige la herida con ella bien ajeno a su virtud. Y al punto —fue verdad—, huyó todo el dolor y el flujo de la sangre se le detiene en lo hondo de la herida. Y la flecha siguiendo la mano se desprende sin que nadie la obligue.90 De inmediato Eneas recupera nuevas fuerzas, se ajusta las armas y estrecha a Ascanio rodeándole con sus brazos: “Aprende, hijo, de mí el valor y el esfuerzo verdadero, de los otros la fortuna. Mi brazo te va a defender ahora combatiendo y te va a conducir a donde obtengas las grandes recompensas. Tú, cuando den los años madurez a tu vida, no lo olvides, y siempre que en tu mente evoques el ejemplo de los tuyos, que acucien tu alma Eneas, tu padre, y tu tío Héctor”.91 Le dice y se lanza fuera de las puertas con sus imponentes armas seguido por sus valientes hombres. Y es aquí cuando en un angustioso combate cuerpo a cuerpo entre Eneas y Turno, la ninfa Juturna, hermana de Turno, le presta ayuda hasta que Juno, por mandato de Júpiter la retira de la batalla y Turno ya desamparado de ayuda divina, se derrumba y encuentra la muerte por la centelleante espada que Eneas hunde en lo hondo de su pecho. |
![]() Luca Giordano. Eneas y Turno, 1688. Palazzo Corsini, Florencia, Italia. |
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Al punto nos viene a la memoria aquello que dejó escrito nuestro mentor en un bellísimo canto a Venus que dice: ¿Contra qué debe uno rebelarse si el destino ya está escrito?92 Luego, transcurridos los años, Ya las virtudes de Eneas habían movido a todos los dioses y aún a la misma Juno a poner fin a sus antiguos rencores; ya Iulo se hacía hombre y su poder se hallaba bien asentado; ya el héroe hijo de Citerea estaba maduro para el cielo. Venus se había granjeado el apoyo de los celestiales y colgada del cuello de su padre le había dicho: “Padre, jamás fuiste severo conmigo; sé ahora más complaciente que nunca, te lo pido, y a mi Eneas, que te hizo abuelo por mi sangre, concédele, augusto, una naturaleza divina, aunque sea menor, con tal que le concedas alguna. Basta con haber visto una vez el reino odioso, con haber atravesado una vez las aguas de la Estige”. Asintieron los dioses, y la regia esposa no mantuvo su cabeza erguida; la inclinó con rostro amable. Entonces dijo el padre: “Dignos sois de la condición divina tú que la pides y aquel por quien la pides; ten, hija, lo que deseas”. |
![]() Pier Leone Ghezzi. La purificación de Eneas en el río Numicius, c. 1725. Kelvingrove Art Gallery and Museum, Glasgow, Escocia. |
Dijo; alegre da ella las gracias a su padre y atravesando las ligeras brisas en su yunta de palomas alcanza la costa laurente, donde el Numicio cubierto de juncos serpentea con sus ondas fluviales hasta el mar vecino. Ordena al río lavar a Eneas de cuanto esté sujeto a la muerte y arrastrarlo al mar en su sigilosa corriente. El astado ejecuta el mandato de Venus y con sus aguas limpia y lava todo lo que era mortal en Eneas; su parte mejor permaneció en él. |
![]() Merry-Joseph Blondel. Eneas se hace un dios, c. 1820. Museo del Prado, Madrid. |
Así purificado, su madre ungió su cuerpo con un perfume divino, tocó sus labios con ambrosía y dulce néctar y lo hizo un dios, a quien el pueblo de Quirino llama Índiges y lo ha acogido en un templo y en sus altares.93 Y con estas palabras de Ovidio en su Metamorfosis damos fin a esta extraordinaria epopeya. |
| NOTAS | |
| 1 | Virgilio. Eneida. Introducción de Vicente Cristóbal; traducción y notas de Javier de Echave-Sustaeta. Ed. Gredos, Madrid, 1992. Como ya dijimos en la primera parte, todas las citas están extraídas de esta traducción de la Eneida, al igual que algunas notas que aparecen en el texto “a pie de página” que compartiremos aquí ya que nos han parecido esclarecedoras para la comprensión cabal del texto. |
| 2 | Federico González Frías. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: “Hombre Nuevo”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013. Integramente en versión online: Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. |
| 3 | “Río del olvido del Sí Mismo equiparable a la muerte espiritual. Los hombres hemos bebido de esas aguas y por lo tanto somos prácticamente incapaces de recordar nuestro auténtico Yo, aunque la metafísica y la enseñanza en los misterios pueden transportarnos a ese mundo de la Inteligencia y la Sabiduría espiritual. Pero hay que hacer notar que las aguas del Leteo son tanto atroces como beneficiosas, pues se trata de la pérdida de la memoria en uno y otro sentido, o sea que nos hacen olvidar lo sagrado pero también lo profano cuando emprendemos el ascenso hacia nuestro verdadero origen”. Federico González Frías, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: “Leteo (gr.)”, ibid. |
| 4 | Ibid. Entrada: “Hades-Leteo (gr.)”. |
| 5 | Virgilio. Eneida. Libro VI 9-10, op. cit. |
| 6 | Ibid. Libro VI 34-40. |
| 7 | Ibid. Libro VI 45-53. |
| 8 | “Alude al templo dedicado a Apolo en el Palatino el año 28 a. C. y a los juegos Apolinares fundados en el año 212 a. C.”. Nota del traductor. |
| 9 | Trivia, es el nombre latino de Hécate, la triple diosa, de la que la Sibila de Cumas es también sacerdotisa. |
| 10 | “Se refiere a la colocación de los oráculos sibilinos bajo el pedestal de la estatua de Apolo en el Capitolio, y al colegio de sacerdotes dedicados a su culto”. Nota del traductor. |
| 11 | Virgilio. Eneida. Libro VI 56-73, ibid. |
| 12 | Se refiere a Turno, rey de los rútulos y prometido de Lavinia, hija del rey Latino. Dice aquí Virgilio que Turno es hijo de una diosa pero más adelante, en el Canto X, agrega que su madre es una ninfa acuática llamada Venilia. También es hermano de Yuturna o Juturna, ninfa de las fuentes cuya agua tenía cualidades curativas. Instigada por Juno, ella interviene a favor de Turno en la última gran batalla, cuerpo a cuerpo, con Eneas. |
| 13 | Alude a Palanteo, la ciudad que fundara del rey arcadio, Evandro —hijo de Mercurio y la ninfa Carmeta, poseedora del don de la profecía—, que condujo a su pueblo desde Grecia hasta el Lacio. Allí, en una colina a la orilla del Tíber asentó su ciudad, donde más tarde se alzaría Roma, tomando la colina el nombre de Palatino. Fue aliado de Eneas en la guerra contra los rútulos y envió a su hijo Palante acompañado de un gran ejército formado por los pueblos de Etruria, liderado por Eneas. |
| 14 | Virgilio se refiere aquí a la princesa Lavinia, hija del rey Latino y prometida de Turno, como señalamos más arriba, que luego será esposa de Eneas. |
| 15 | Virgilio. Eneida. Libro VI 83-97, ibid. |
| 16 | Ibid. Libro VI 117-118. |
| 17 | Ibid. Libro VI 125-127. Para profundizar en el conocimiento de lo que simboliza el descenso a los infiernos recomendamos al lector la atenta lectura del artículo: “Comentario al Infierno de la Divina Comedia”, de Carlos Alcolea en las actualizaciones de la Revista SYMBOLOS Nº 69 y 70. “Literatura Sagrada I-II”: Artículos I y II. |
| 18 | Ibid. Libro VI 128-136. |
| 19 | Ibid. Libro VI 140-146. |
| 20 | Ibid. Libro VI 164-166. |
| 21 | Ibid. Libro VI 193-195. |
| 22 | Ibid. Libro VI 251. |
| 23 | Ibid. Libro VI 259-263. |
| 24 | “Caos, propiamente “abertura”, es el vacío infinito que se identifica con los infiernos. Flegetonte es el río que rodea los muros del Tártaro. Aquí se toma por los ríos del infierno en general. Son éstos el Aqueronte, el Cocito, y la Estigia”. Nota del traductor. |
| 25 | Virgilio. Eneida. Libro VI 264-267, ibid. |
| 26 | “Divinidad del reino de las sombras, tomada aquí por dicho reino”. Nota del traductor. |
| 27 | Virgilio. Eneida. Libro VI 295-303, ibid. |
| 28 | Ibid. Libro VI 318-333. |
| 29 | Ibid. Libro VI 385-390. |
| 30 | Ibid. Libro VI 403-406. |
| 31 | Ibid. Libro VI 415-16. |
| 32 | Sobre Cerbero dice Federico González Frías lo siguiente en su Diccionario: “Perro monstruoso de tres cabezas que guardaba la morada de Hades (Plutón) en la laguna Estigia. (…) Es el encargado de vigilar las puertas del Tártaro, en el inframundo, para que no escape ningún condenado hacia el mundo. Símbolo del mal en estado puro y de la muerte del alma se dice que su triple cabeza es un símbolo invertido de la triunidad más alta: valentía, sabiduría, fuerza. Animal caótico (ira, orgullo, maldad); rompe con la idea de la proporción y la templanza griega por lo que no sorprende que se halle donde se halla y cumpliendo tal función”. Federico González Frías. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: “Cerbero”, ibid. |
| 33 | Virgilio. Eneida. Libro VI 424, ibid. |
| 34 | Ibid. Libro VI 538-542. |
| 35 | Ibid. Libro VI 549-555. |
| 36 | Federico González Frías. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: “Furias-Erinias”, ibid. |
| 37 | Virgilio. Eneida. Libro VI 560, ibid. |
| 38 | “En nombre de Plutón administraban justicia en el Hades: Minos, rey de Creta, Éaco, rey de la isla Egina y Radamanto, hermano de Minos”. Nota del traductor. |
| 39 | Virgilio. Eneida. Libro VI 561-579, ibid. |
| 40 | Federico González Frías. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: “Titanes”, ibid. |
| 41 | Virgilio. Eneida. Libro VI 607-611, ibid. |
| 42 | Ibid. Libro VI 625-627. |
| 43 | Ibid. Libro VI 627-633. |
| 44 | Ibid. Libro VI 635-636. |
| 45 | Virgilio se refiere aquí a Orfeo, primer cantor legendario griego. “Dios de la música y la poesía por excelencia, es el inventor de la cítara como Hermes lo es de la lira. También se lo hace hijo de Apolo, con el que así es vinculado, por lo tanto con la lira que Hermes obsequia al dios solar”. Federico González Frías, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: “Orfeo”, ibid. |
| 46 | Virgilio. Eneida. Libro VI 640-646, ibid. |
| 47 | Poeta y cantor legendario, discípulo de Orfeo. |
| 48 | Virgilio. Eneida. Libro VI 661-671, ibid. |
| 49 | Ibid. Libro VI 673-678. |
| 50 | Ibid. Libro VI 679-683. |
| 51 | Ibid. Libro VI 686-698. |
| 52 | Ibid. Libro VI 703. |
| 53 | Ibid. Libro VI 705-709. |
| 54 | Ibid. Libro VI 712-718. (Ver nota 3). |
| 55 | Ibid. Libro VI 718-723. |
| 56 | “Esta mente o espíritu es el anima mundi. Tiene la naturaleza del fuego y es fuente de toda vida. Su espíritu o, como dice aquí, sus propios Manes siguen acompañando al hombre en su purificación después de la vida, en que sufre el castigo merecido. Una clase de almas, según Virgilio, permanecen purificándose en el Elisio en el ciclo del gran año del mundo equivalente a diez mil años, hasta recobrar su primera pureza. Otra clase, la más numerosa, se purifica en el valle del Leteo, el río del olvido, para tornar al cabo de mil años a sus cuerpos en la tierra”. Nota del traductor. |
| 57 | Virgilio. Eneida. Libro VI 725-751, ibid. |
| 58 | Ibid. Libro VI 752-775. |
| 59 | Lavinia, la segunda esposa de Eneas, se refugia en un bosque a la muerte de su esposo. Allí da a luz a un niño al que llama Silvio. Éste es el sucesor legendario de Julo (Ascanio), su medio hermano, que será rey de Alba Longa dando nombre a la descendencia de reyes que gobernarán Alba Longa y de donde desciende la dinastía de los Silvio; la gens Julia desciende de Julo (Ascanio), primogénito de Eneas con Creúsa. |
| 60 | Virgilio. Eneida. Libro VI 760-765, ibid. |
| 61 | Ibid. Libro VI 768-9. |
| 62 | “Es el doble airón de plumas que lucía Marte en su yelmo”. Nota del traductor. |
| 63 | Virgilio. Eneida. Libro VI 777-783, ibid. |
| 64 | “Nombre de un pueblo de Libia. Vaticina Virgilio que Augusto extendería sus dominios por Oriente y Mediodía, más allá de las tierras a que alcanzaba entonces el Imperio Romano”. Nota del traductor. |
| 65 | Virgilio. Eneida. Libro VI 787-798, ibid. |
| 66 | Virgilio se refiere a Numa, segundo rey de Roma “que crea el colegio sacerdotal y el primer calendario, y es significativo que su nombre esté invertido silábicamente con respecto al de Manu, que en la tradición hindú simboliza al Ancestro y Legislador primordial”. Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Revista SYMBOLOS 25-26, Barcelona, 2003. Ver online: Programa Agartha. |
| 67 | Virgilio. Eneida. Libro VI 808-810, ibid. |
| 68 | “El joven Marcelo, hijo de Octavia, hermana de Augusto quien lo había adoptado para que le sucediera en el Imperio. Murió a los 19 años el 23 a. C. y fue enterrado en el mausoleo del emperador a la orilla del Tíber”. Nota del traductor. |
| 69 | Virgilio. Eneida. Libro VI 863-866, ibid. |
| 70 | Ibid. Libro VI 868-876. |
| 71 | Ibid. Libro VI 881-885. |
| 72 | Ibid. Libro VI 893-898. |
| 73 | Ibid. Libro VI 898-901. |
| 74 | Ibid. Libro XII 948-949. |
| 75 | Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha, op. cit. |
| 76 | Virgilio. Eneida. Libro VII 36-45, ibid. |
| 77 | Ibid. Libro VII 96-98. |
| 78 | Ibid. Libro VII 120-122. |
| 79 | Ibid. Libro VII 126-128. |
| 80 | Ibid. Libro VII 125-131. |
| 81 | Ibid. Libro VII 141-144. |
| 82 | Ibid. Libro VII 156-159. |
| 83 | Ibid. Libro VII 607-610. |
| 84 | Ibid. Libro VIII 51-60. |
| 85 | Ibid. Libro VIII 112-113. |
| 86 | Ibid. Libro VIII 126-132. |
| 87 | Ibid. Libro VIII 134-142. |
| 88 | Ibid. Libro IX 621-642. |
| 89 | Ibid. Libro X 7-9. |
| 90 | Ibid. Libro XII 411-423. |
| 91 | Ibid. Libro XII 435-440. |
| 92 | Federico González Frías. Rapsodia. Obra en tres cuadros. Ed. SYMBOLOS, Barcelona, 2015. |
| 93 | Ovidio. Metamorfosis, “Apoteosis de Eneas”. Libro XIV 581-595. Introducción y notas de Antonio Ramírez de Verger. Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín. Ed. Alianza, Madrid, 1995. |
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