SYMBOLOS

Revista internacional de
Arte - Cultura - Gnosis

BARTOLOMÉ DE LAS CASAS:
ÉTICA Y UTOPÍA

PATRICIA SERDÁ

Hermes, Pastor del rebaño celeste, Dios verdaderamente Universal, es al mismo tiempo la deidad más antigua de todos los panteones –siendo antediluviano– y por lo tanto un Numen que bien pudiera ser calificado de arquetípico, o mejor el Arquetipo de la deidad en el plano intermediario, o identificado a la Enseñanza, como forma de comunicación, por mediación del Conocimiento, con los planos más altos de la Cosmogonía y la Ontología, y por lo mismo con los auténticos soportes de la Metafísica.1

A ti Memoria, que eres camino, candil y cayado en el continuo peregrinar hacia nuestra verdadera morada.2



Tapiz de Hércules sosteniendo la esfera celeste. Manufactura Bruselense,
según cartón atribuido a Bernard van Orley (1487/91-1541).
El Renacimiento fue una época histórica extraordinaria, fecunda, luminosa y muy plástica, donde el soplo vivificador de Hermes que incita al furor, insufló un vigor tal que despertó posibilidades dormidas, latentes en el alma de Occidente, regenerándola. Se asiste a un resurgir del hermetismo, a una revitalización de las ideas herméticas, donde vuelve a florecer la Antigüedad clásica, la sabiduría griega y romana. Revolucionó las artes y las ciencias de su tiempo, imprimiendo sus brillos intelectuales, con mucha frescura y una gran belleza evocadora. La valorización del mito fue importantísima, y al igual que el poder del símbolo, son todavía actuantes; transmiten verdades ocultas que ellos manifiestan y se ritualizan, en base a la Cosmogonía, modelo del universo reproducido en el hombre que al fijarse de este modo en la propia memoria, se actualiza y encarna promoviendo la conciencia de Unidad.

Una corriente de Pensamiento venida de los órficos y griegos y conservada en Bizancio irrumpe en ese momento en Italia a través del sabio Gemisto Pletón, especialmente en Florencia, donde se refundó la Academia Platónica,3 “a semejanza de la ateniense y basada como ella en la búsqueda del Conocimiento, el cultivo de la filosofía y el ejercicio de la Ciencia Sagrada”,4 auspiciada por los Médici y recreada por uno de los protagonistas principales del Renacimiento, Marsilio Ficino, sabio y teúrgo que tradujo las obras de Platón y el Corpus Hermeticum, atribuido a Hermes Trismegisto. Esta visión hermética, secundada por toda una pléyade extraordinaria de hombres y mujeres de Conocimiento que se embebieron de todas estas ideas liberadoras, provocó una gran eclosión artística, rompió límites, y floreció como la primavera, con respecto a una visión anterior muy estructurada que imperó al final de la Edad Media. Dio nacimiento a nuevas posibilidades para penetrar en el verdadero sentido de este mundo y de nuestra existencia, o lo que es lo mismo, en el Conocimiento del Sí Mismo, ampliando sus horizontes creativos, relacionados también con los grandes viajes, como veremos, lo que generó un gran esplendor en todos los ámbitos de la cultura, que llevó por ejemplo a la fundación de todas las Academias no sólo en Italia sino por toda Europa.

Reaparecen entonces ciertas artes escondidas u olvidadas, como el Arte de la Memoria, nombre de la diosa Mnemosine, madre de las Musas, las que inspiran las artes y ciencias:

Esta ciencia y arte es verdaderamente extraordinaria por las posibilidades supra nemotécnicas que implica, más relacionadas con la magia que despiertan los símbolos y sus potencias más altas, ligadas a la metafísica, y a la “reminiscencia” platónica.5


El Parnaso de Rafael. Museo Vaticano.
También tuvo gran importancia la Cábala cristiana o Cábala hermético-alquímica, que fue y sigue siendo fundamental desde el punto de vista intelectual y didáctico –patrocinada por Pico de la Mirándola, otro de los protagonistas principales del Renacimiento–, cuya doctrina se sintetiza en el Árbol de la Vida sefirótico, modelo ejemplar del universo con un gran poder mágico-teúrgico para aquellos que laboran con él; un Orden que además nos muestra lo que está más allá de él, su trascendencia, el ámbito de la metafísica.

Pico decía, ante cualquier concilio sagrado que le escuchara, que él pensaba que nada prueba tan bien la divinidad de Cristo y la verdad del Nuevo Testamento como la Cábala.6

Otra de las artes y ciencias que nace en ese momento es la ciencia experimental, llamada magia natural; también la perspectiva matemática y sus leyes; la construcción de jardines simbólicos y mágicos, como templos al aire libre; la invención de la imprenta que posibilitó la difusión del Conocimiento: “La literatura y su mundo constituyen un espacio intelectual que es también una imagen de la ciudad celeste”.7 La revitalización de la mitología y su proyección en las artes, como se ha destacado, que al ser comprendida con el corazón ejerce su poder transformador, etc. Como se ve, todas ellas son vehículos de Conocimiento, cuyo verdadero sentido está relacionado con el proceso iniciático y sus misterios, con la idea y función de la Utopía, la que incluso se ha visualizado como una ciudad o una isla, que también ha sido un género literario inaugurado por Tomas Moro, con antecedentes en la República y Las Leyes de Platón,8 “además de lo asentado en el Critias donde se refiere a la desaparecida Atlántida, el auténtico Arquetipo de las versiones posteriores”.9 Esta visión prendió vivamente en el Renacimiento: la posibilidad de acceder a otros mundos o planos jerárquicos del Ser Universal, invisibles y sutiles que coexisten simultáneamente y se complementan con la realidad literal que de ordinario conocemos, o con otros estados de la conciencia distintos de los específicamente humanos. La utopía supone entonces el ingreso a ámbitos desconocidos, que se pueden vivenciar en el eterno presente, “que no es computable ni visible sino al ojo del corazón, y en donde viven los ancestros”,10 los antepasados míticos. Es una entidad ideal, “en cuanto a la idea original”, la realidad de la Ciudad Celeste, que no tiene ni espacio ni tiempo, que está dentro de uno mismo y se puede penetrar en ella a través de la navegación por el plano intermediario del alma. ¿Cómo? entregándose a esta aventura, a este viaje o proceso de transmutación que supone la realización espiritual, a la que todos hemos sido invitados, en pos del Conocimiento. Marsilio Ficino la llamó “la altísima ciudadela de la bienaventuranza celeste”.

Todas las Tradiciones han conocido, bajo otros nombres, esta idea del otro mundo a la que apodaban: “Ciudad de los Inmortales”, “Ciudad de Dios”, “Tierra de los Vivos”, “Tierra de los Bienaventurados”, Colegio Invisible, o Iglesia Secreta, Olimpo o Elíseos, Jerusalén Celeste, etc., las utopías de todo el mundo como testimonio de que puede arribarse a ese sitio. Allí moran los dioses y los inmortales, o sea, los que han realizado la unión última entre el Ser Universal y lo que No-Es, aceptando el mundo tal como es, y su ignorancia propia de ese mismo mundo a la par que su condición. Lo cierto es que al lugar se lo presenta siempre como lo mejor que hay, un tesoro entre tesoros y esto, curiosamente, lo han hecho todos los pueblos.11


Theodor de Bry, ilustración de Grand voyages, 1596.
Uno de los acontecimientos más fascinantes y extraordinarios de un gran valor simbólico y científico que se produjo en el Renacimiento, y que está directamente vinculado con la idea de Utopía, fue el descubrimiento de América, protagonizado por Cristóbal Colón, figura ejemplar de este Renacimiento, que pese a las grandes incomprensiones que padeció antes, durante y después del descubrimiento –soportando innumerables vejaciones, maltratos e impedimentos de todo tipo–, no lograron amedrentarlo en su propósito, sino que gracias a su lucidez, intuición, valentía y furor, además de la intervención del destino, logró lanzarse a esta gran gesta heroica guiado por la Providencia, atravesando las aguas en busca de la tierra mítica, el Paraíso Terrestre, cuya secreta intención halló en los salmos y las profecías de la Biblia.

Ya dije que para la ejecución de la empresa de las Indias no me aprovechó razón ni matemática ni mapamundis; llenamente se cumplió lo que dijo Isaías.12

Una utopía que le llevó misteriosamente a éste su inmenso hallazgo, el descubrimiento de un Mundo Nuevo, asombroso y verdaderamente significativo, un legado inestimable.

En diversas tradiciones el Paraíso es representado por el corazón, que es el centro del estado humano, equivalente como hemos dicho al “Corazón del Mundo”, al “Santo Palacio” interno, o a Brahma-Pura (“la Ciudad de Brahma”). Por ello ha de entenderse la existencia de una analogía entre la Geografía mítica o sagrada y el propio espacio interior o espiritual del hombre. En ese espacio también se encuentran comarcas y regiones que no son sino estados de conciencia que el ser va reconociendo en las diferentes etapas o grados de su evolución espiritual. “El Reino de Dios está dentro de vosotros”, dice el Evangelio; y el lamaísmo budista: “Shambala (la Comarca Suprema o Paraíso) está en nuestro corazón”. A la luz de esas concepciones el espacio geográfico se transforma en su arquetipo celeste, donde se vislumbra lo atemporal.13

En su tercer viaje, el Almirante escribe una carta a los Reyes en la que puede leerse:

Mas yo mui asentado tengo en el ánima que allí, adonde dixe, es el Parayso Terrenal, y descanso sobre las razones y autoridades sobrescriptas.14

Las crónicas llamadas “de Indias” o “de la conquista” florecieron a raíz del descubrimiento del Nuevo Mundo, cuyos pueblos eran herederos, al igual que los egipcios y otras culturas del Mediterráneo, de la mítica Atlántida descrita por Platón, quien nos da testimonio del origen antediluviano de la Tradición Hermética análogo al de las tradiciones del otro lado del Atlántico, con sus dioses en perfecta correspondencia con el dios Hermes: Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, Kukulkán, Gucumatz, Bochica, Viracocha, etc.,15 “los que bien podrían ser llamados los Hermes Atlantes”.16 Deidades que han trasmitido a los pueblos americanos el Conocimiento, la Sabiduría perenne, es decir, su cultura.

Estas crónicas fueron muy variadas, algunas de ellas relatan acontecimientos extraordinarios y muy misteriosos de aquellos primeros encuentros que vivieron los cronistas directamente con los naturales. También son documentos históricos, narraciones de los viajeros, y algunas poseen un gran valor esotérico; crónicas que han informado acerca de los modelos de carácter cosmogónico y metafísico de los nativos de América, que revelan su cosmovisión y teogonía, sus símbolos, ritos y mitos, así como sus usos y costumbres, sus lenguas, historias, etc., dándonos la oportunidad como sujetos del Conocimiento, de arribar a este Nuevo Mundo y de explorar su territorio ante el asombro y la belleza de estos pueblos y civilizaciones. Su gran riqueza simbólica y mítica, siempre viva y actual, se presta a ser vivificada, encarnada secretamente en nuestra intimidad, pues es fruto de un Pensamiento o Tradición Unánime y universal, cuyo origen es atemporal y metafísico.17

Quetzalcoatl, como se mostraba en el Codex Magliabechiano, s. XVI.

Nos encontramos entonces ante el realismo utópico, es decir, la realidad de lo utópico encarnada contemporáneamente al Renacimiento en el siglo XVI en el Nuevo Mundo, a cargo de pueblos indígenas, con sus sabios, sacerdotes, reyes y emperadores que fueron capaces de practicar el rito fundacional y sumarse al mito arquetípico de la ciudad celeste, y llevar así́ a cabo la obra constructiva de la creación de ciudades, es decir estructuras culturales, incluso civilizaciones, de acuerdo a las leyes de la analogía, donde la ciudad terrestre es un reflejo de la ciudad del cielo, estableciéndose así́ relaciones teúrgicas que vinculan a los hombres con los dioses, y a las almas individuales con el Alma Universal, tal cual lo hacen las utopías renacentistas.18

Colón plasmó su Aventura en sus diarios de navegación, unos de los documentos más importantes y de un gran valor testimonial acerca del descubrimiento, y a pesar de que los originales se encuentran perdidos desde hace siglos, hemos podido leerlos gracias a la labor del gran cronista español Bartolomé de las Casas, que tuvo acceso en esa época a la documentación del archivo y los libros de la familia de Colón, pues trabó amistad con su hijo Diego, primogénito del Almirante. Bartolomé se hizo con una copia del diario que si bien no transcribió entero, excepto el prólogo, parece que afortunadamente sí lo realizó “sumariamente” como él mismo apuntó. Añadió, además, al propio documento un gran número de apostillas escritas de su puño y letra, pues lo utilizó posteriormente para escribir su gran obra: Historia de las Indias, en tres tomos, que estuvo rodeada de un gran misterio pues no fue publicada hasta 1875, más de tres siglos después,19 donde además de narrar la vida de Colón y todo lo relacionado con su gesta, descubrimiento, exploración y colonización del Nuevo Mundo, también escribió su propia experiencia y dio testimonio de la vida de los indios y de las injusticias y vejaciones cometidas contra ellos por parte de los conquistadores. El mismo Bartolomé nos dice en el prólogo del diario:

Este es el primer viaje y las derrotas y camino que hizo el Almirante don Cristóbal Colón cuando descubrió las Indias, puesto sumariamente, sin el prólogo que hizo a los Reyes, que va a la letra y comienza de esta manera: In Nomine Domini Nostri Jesu Christi.20

Bartolomé de las Casas destacó siempre la grandeza de Colón21 al que defendió como el elegido por Dios para cumplir con su designio divino y así lo relata:22

Llegado, pues, ya el tiempo de las maravillas misericordiosas de Dios, cuando por estas partes de la tierra (sembrada la simiente ó palabra de la vida) se habia de coger el ubérrimo fruto que á este Orbe cabia de los predestinados, y las grandezas de las divinas riquezas y bondad infinita más copiosamente, despues de más conocidas, más debian ser magnificadas, escogió el divino y sumo Maestro entre los hijos de Adan que en estos tiempos nuestros habia en la tierra, aquel ilustre y grande Colon, conviene á saber, de nombre y de obra poblador primero, para de su virtud, ingenio, industria, trabajos, saber y prudencia, confiar una de las más egregias divinas hazañas que por el siglo presente quiso en su mundo hacer; y porque de costumbre tiene la suma y divinal Providencia de proveer á todas las cosas, segun la natural condicion de cada una, y mucho más y por modo singular las criaturas racionales, como ya se dijo, y cuando alguna elige para, mediante su ministerio, efectuar alguna heróica y señalada obra, la dota y adorna de todo aquello que para cumplimiento y efecto della le es necesario, y como este fuese tan alto y tan árduo y divino negocio, á cuya dignidad y dificultad otro alguno igualar no se puede; por ende á este su ministro y apóstol primero destas Indias, creedera cosa es haberle Dios esmaltado de tales calidades naturales y adquisitas, cuantas y cuales para el discurso de los tiempos y la muchedumbre y angustiosa inmensidad de los peligros y trabajos propincuísimos á la muerte, la frecuencia de los inconvenientes, la diversidad y dureza terrible de las condiciones de los que le habian de ayudar, y finalmente, la cuasi invincible importuna contradiccion que en todo siempre tuvo, como por el discurso desta historia en lo que refiriere á él tocante, sabia que habia bien menester. Y por llevar por órden de historia lo que de su persona entendemos referir, primero se requiere, hablando de personas notables, comenzar por el orígen y patria dellas.

Y más adelante en el capítulo III nos habla elogiosamente de su formación y estudios, destacando en ellos las Artes Liberales y el arte de la navegación “tan necesarias para el ministerio que Dios le elegía”:

Y porque Dios le dotó de alto juicio, de gran memoria y de veemente afeccion, tratando muchas veces con hombres doctos, y con su infatigable trabajo estudioso, y principalmente, á lo que yo cierto puedo y debo conjeturar y aún creer, por la gracia singular que le concedió para el ministerio que le cometia, consiguió la médula y sustancia necesaria de las otras ciencias, conviene á saber, de la geometría, geografía, cosmografía, astrología ó astronomía y marinería.

Y sigue con el tema en el mismo capítulo, en el que incluye una carta que escribió Colón a los Reyes:

Esto todo se colige muy claro de lo que escribia en los viajes que hizo á estas Indias, y de algunas cartas suyas que escribió á los Reyes, que vinieron á mis manos; en las cuales, como era hombre temeroso de Dios y moderado, y consideradas las personas Reales á quien escribia, es de creer que de lo que fuese verdad no excedia, de las cuales aquí determino poner algunas cláusulas, porque juzgo de que sean á todos manifiestas son dignas. “Muy altos Reyes: De muy pequeña edad entré la mar navegando, y lo he continuado hasta hoy; la misma arte inclina á quien la prosigue á desear saber los secretos deste mundo; ya pasan de cuarenta años que yo voy en este uso. Todo lo que hasta hoy se navega he andado. Tracto é conversacion he tenido con gentes sabias, eclesiásticos y seglares, latinos y griegos, judíos y moros, y con otros muchos de otras sectas; á este mi deseo hallé á Nuestro Señor muy propicio, y hube dél para ello espíritu de inteligencia. En la marinería me hizo abundoso, de astrología me dió lo que abastaba, y ansí de geometría y aritmética, é ingenio en el ánima y manos para dibujar esta esfera, y en ella las ciudades, rios y montañas, islas y puertos, todo en su propio sitio. En este tiempo he yo visto y puesto estudio en ver todas escrituras, cosmografía, historias, crónicas y filosofía y de otras artes, de forma que me abrió Nuestro Señor el entendimiento con mano palpable, á que era hacedero navegar de aquí á las Indias, y me abrasó la voluntad para la ejecucion dello, y con este fuego vine á Vuestras Altezas. Todos aquellos que supieron de mi empresa, con risa y burlando la negaban; todas las sciencias que dije no aprovechaban, ni las autoridades dellas, en sólos Vuestras Altezas quedó la fe y constancia”. Estas son palabras del Almirante que escribió á los Reyes el año de 1501, creo que de Cádiz ó de Sevilla, con la cual carta les envió cierta figura redonda ó esfera. (…) Creemos que Cristóbal Colon en el arte de navegar excedió sin alguna duda á todos cuantos en su tiempo en el mundo habia, porque Dios le concedió cumplidamente más que á otro estos dones, pues más que á otro del mundo eligió para la obra más soberana que la divina Providencia en el mundo entónces tenia.

En el mismo libro, en el cap. XXXVII, narra como Colón durante su primera navegación antes de arribar a tierra firme tuvo que sufrir y enfrentarse en varias ocasiones a la desconfianza y murmuraciones de su tripulación. Aquí el propio Colón se identifica con Moisés y las tribulaciones que le acontecieron cuando salió de Egipto con las tribus de Israel.

Él [Colón] pasaba y cumplia con todos, tratando siempre del menor número, porque no desmayasen, lo cual cuanto más vian que estaban léjos de España, mayor angustia y turbacion los comprendia, y cada hora crecian en murmurar, y más miraban en cada cosa de las señales que vian, aunque las que habian visto, de aquellas aves, luego les daban esperanza; pero como nunca la tierra parecia, no creian ya cosa, que habian estimado que aquellas señales, pues faltaban, que iban por otro nuevo mundo de donde jamás no volverian.

Las cosas grandes y de que Dios tiene mucha estima, como son las que han de resultar en honra y gloria suya y en provecho universal de su Iglesia, y finalmente para bien y conclusion del número de sus predestinados, apénas se alcanzan, sino con innumerables dificultades, contradicciones, trabajos y peligros, ordenándolo así el divino saber y poder, porque esta es una de las leyes inviolables que tiene puestas en su mundo en todas las cosas que de su jaez y naturaleza son buenas, puesto que sean temporales, y mucho más en las que dirigen los hombres á la verdadera vida y bondad eternal, queriendo que á la grande fiesta preceda grande vigilia. Esto parece, por lo que el Hijo de Dios por su boca divina manifestó por Sant Lúcas, capítulo postrero: “Necesario fué Cristo padecer, y ansí, por pasion, entrar en su propia gloria”. (…)

Por estas razones aparejó Dios á Cristóbal Colon incomparables angustias y tentaciones con que le quiso probar, no de la mar ni de los vientos (aunque para despues esto tambien le reservó), sino de hombres compañeros que le debieron de ayudar, las cuales suelan ser más que otras intolerables.

Cristóbal Colon, viéndose cercado de tantas amarguras, que le angustiaban el corazon más, por ventura, que si se viera dentro de las olas de la mar, extranjero y entre gente mal domada, suelta de palabra, y de obras más que otra insolentísima, como es por la mayor parte la que profesa el arte de marear, con muy dulces y amorosas palabras, gracioso y alegre rostro, como él lo tenia, y de autoridad, disimulando con gran paciencia y prudencia sus temerarios desacatos, los esforzaba, y animaba, y rogaba que mirasen lo que hasta allí habian trabajado, que era lo más, y que por lo ménos que les restaba no quisiesen perder lo pasado, y que las cosas grandes no se habian de alcanzar sino con grandes trabajos y dificultad; cuanto ganaron los que sufrieron, cuanto vituperio seria de la animosidad de los españoles volverse, sin haber visto lo que deseaban, vacíos, y que él esperaba en Dios que más presto de lo que estimaban los habia á todos de alegrar y consolar, y cognoscerian como á los Reyes que lo enviaban y á ellos que con él venian habia dicho verdad. Con estas y otras palabras cumplia lo que de su parte podia, puesto que á ellos poco los aplacase, ántes se encendian como gente desordenada y cuasi desesperada; y porque Dios queria confundir la inconstancia dellos y favorecer la humildad de Cristóbal Colon, y andaba cerca de manifestar su verdad, el sábado, 22 de Setiembre, tuvieron vientos contrarios, ventavales, anduvieron á una parte y á otra fuera del camino derecho 30 leguas, y el domingo, 23 de Setiembre, se levantó mucho la mar, tanto que los que temian por hacer siempre brisas y vientos hácia estas partes, y, por ser llana y mansa la mar, no pensaban poder volver á España, temblaban ya con tanto viento contrario y con la braveza de la mar. Dice aquí el Almirante, que le fué muy necesaria esta contrariedad de vientos y que la mar se alterase mucho, por que la gente perdiese su errada opinion de que les habia de faltar mar y vientos para tornarse, y ansí fué causa esto de algo asosegarse ó no tanto desesperar, puesto que aún no les faltaba que oponer cuanto al viento, diciendo que aquel viento no era durable, hasta que el domingo siguiente, que ya dije, no tuvieron que responder cuando vieron la mar tan alterada. Por lo cual, dice aquí Cristóbal Colon, que hacia Dios con él y con ellos, como hizo con Moises y los judios cuando los sacó de Egipto, mostrando señales para confusion dellos y para el favor y ayuda dél.


Cristóbal Colón (1446-1506).
Además, aparecen en este libro otros temas bien interesantes ligados a la aventura de Colón y a ciertos datos tradicionales importantísimos, como lo que escribe en el cap. VI del conocimiento de la Atlántida, la isla descrita por Platón y de la que Marsilio Ficino, al que también cita reconociendo su autoridad, nos dice “de no ser fábula sino historia verdadera”.

Para mostrar que los antiguos tuvieron sospecha y probabilidad de haber tierras habitables y habitadas en el mar Océano, ó á la parte de Oriente ó del Occidente y Austral, quiero aquí traer una cosa dignísima de admiracion y nunca otra tal oida, que cuenta Platon de una isla que estaba cerca de la boca del estrecho de Gibraltar, la cual llama Isla del Atlántico, que fué el primero Rey della y de quien todo ó cuasi todo el mar Océano se nombró Atlántico; y dice que era mayor que Asia y África, el sitio de la cual se extendia la vía del Austro. En esta isla eran muchos Reyes y Príncipes, y por ella diz que se podia ir y navegar para otras islas comarcanas, y de aquellas para la tierra firme que de la otra parte estar se creia. Refiere Platon de la fertilidad, felicidad, abundancia desta isla, de los rios, de las fuentes, de la llaneza, campiñas, montes, sierras, florestas, vergeles, frutas, ciudades, edificios, fortalezas, templos, casas reales, política, órden y gobernacion, ganados, caballos, elefantes, metales riquísimos, excepto oro, del poder y fuerzas y facultad potentísima por mar y por tierra, victorias y dilatacion de su imperio sobre otras muchas diversas naciones, cosas extrañísimas y en gran manera admirables y á muchos no creibles. En el cual estado prosperísimo y felicísimo creció y permaneció por muchos siglos, en tanto que al culto divino y á la guarda de las justas leyes y al ejercicio de la virtud las gentes della se dieron, pero despues que aquellos ejercicios y solicitud virtuosa, con sus corruptas afecciones y costumbres culpables, dejaron y olvidaron, con un diluvio y terrible terremoto de un dia y una noche, la isla tan próspera y felice y de tan inmensa grandeza, con todos sus reinos, ciudades y gentes, sin quedar rastro de todos ellos ni vestigio, sino todo el mar ciego y atollado, que no se pudo por muchos tiempos navegar, se hundieron. No osara referir por historia sino por fábula las maravillas que Platon de aquella isla dice, sino hallara confirmarlo Marsilio Ficino en su compendio sobre el Timeo de Platon, cap. 6.o, y en el argumento que hace sobre otro siguiente diálogo al Timeo que Platon hizo, á quien puso nombre Cricia ó Atlántica, donde trata de la antigüedad del mundo; el cual, conviene á saber Marsilio, afirma no ser fábula sino historia verdadera, y pruébalo por sentencia de muchos estudiosos de las obras de Platon, y todos ellos fundándose en palabras platónicas, que ántes que á hablar de la dicha isla comenzase, dijo: Sermo futurus valde mirabilis, sed omnino verus; la cual historia dice Platon haberla recibido de sus mayores, y Cricia de su abuelo Cricia, y aquel de Solon, su tio, y Solon de los sacerdotes de Egipto, á quien, como digimos en el prólogo desta historia, en las corónicas se les daba todo crédito. Tambien hallo á Plinio haber hecho mencion desta isla hundida, puesto que brevísimamente, lib. II, capítulo 92, donde dice: In totum abstulit terras primum omnium ubi Atlanticum mare est, si Platoni credimus, in medio spatio, etc. Della tambien se acordó Séneca en el lib. VI de sus Morales, diciendo que Tucidides dijo: que en los tiempos de la guerra peloponesiaca que fué se hundió aquella isla que se llamaba Atlántica. Della eso mismo hizo mencion Philon, judío doctísimo (y tambien San Jerónimo y San Agustin y otros doctores críticos por su doctrina laudatísima) (…)

En el diálogo siguiente, que llamó Cricias ó Atlántico, pone muy copiosamente la grandeza de las riquezas, poder y felicidad desta isla, que nunca en el universo jamás se hallaron ni escribieron, ni parece que se pudieron pensar. De lo dicho se ve claro que en tiempo de Platon que fué cuatrocientos veintitres años ántes del advenimiento de nuestro Redentor y Salvador Jesucristo, y ansí ha pocos ménos de dos mil años, como parece por el dicho Marsilio en el principio de las obras de Platon, el mar Océano, desde el estrecho de Gibraltar, ó cuasi á la boca del de donde comenzaba la dicha isla, no se podia navegar por estar todo anegado; de la manera que agora hallamos algunas islas ó tierras anegadas en estas Indias, que están á las primeras tierras que topamos viniendo acá, y se llaman las Anegadas, por las cuales aquel compás no se puede navegar, y ha acaecido perderse allí navíos. Y si la dicha isla era mayor que Asia y África, bien podrian ser las dichas Anegadas parte della, pues no están sino cuasi leguas. No contradice á esto estar las Canarias, que llamaban los antiguos Fortunadas, en el camino porque podria tambien haber sido que las islas de Canaria fuesen parte de la tierra de la misma isla Atlántica, y aún de allí les hubiese venido el nombre Fortunadas, por la felicidad de la tierra; ó que despues de aquella hundida hubiesen criádose ó nacido, como en muchas regiones del mundo muchas islas y ciudades y parte de tierra firme se hayan hundido, y otras en parte anegado y en parte quedado, y en otras lo que era tierra ser agora mar, y en otras lo que era mar es agora tierra, y ansí donde no las habia hacerse y aparecer, ó súbito ó poco á poco, por diuturnidad de tiempo, algunas islas. (…)

Destas mudanzas que ha habido en la mar y en la tierra, trata bien Plinio en el lib. II de su Natural historia por muchos capítulos, desde el cap. 87 hasta el 97; y ansí se hizo isla Sicilia, que era tierra firme junta con Italia, y la isla de Chipre, que era toda una con la tierra de Siria, y la isla de Eubea, que agora se llama Negroponte, se cortó de la provincia de Boecia, y otras que allí pone Plinio en el capítulo 90 y lib. IV, cap. 12. En nuestra España hubo tambien lo mismo, que ciertas islas cerca de Cáliz, que se llamaban las islas Ophrodisias, donde habia ciudades populosas y grandes edificios, segun cuentan nuestras historias, y Plinio, lib. IV, cap. 32, habla dellas, y de una dice que tenia 200.000 pasos, que son más de 50 leguas de luengo, y 12 ó 15 leguas de ancho, hoy no hay ya memoria dellas. Pero lo que más admirable cosa es, que segun dice Pedro de Aliaco, en el tratado De Mapa mundi, ser opinion antigua que España y África por la parte de Mauritania, ó por allí cerca, era todo tierra y se contaba hasta allí España, por manera que no habia estrecho de Gibraltar que llamamos, y que el mar Océano comió por debajo de la tierra, y ansí se juntó con el mar Mediterráneo; y desta manera tenemos sospecha que la isla de Cuba se apartó desta Española, cuya punta que se llama cabo de San Nicolás está frontero, leste gueste, de la punta de Maici de la isla de Cuba, y en medio dellas están 18 leguas de mar; lo mismo se presume del postrero cabo y occidental de Cuba, que se llama de San Anton, y del cabo de Coroche de la tierra de Yucatan, como abajo se tocará (…)


Mapa de Atlantis de Athanasius Kircher, 1669.
Y más adelante y relacionando el tema directamente con la gesta de Colón:

Tornando al propósito cómo Cristóbal Colon pudiese haber leido por Platon que de la dicha isla Atlántica parecia puerta y camino para otras islas comarcanas y para la tierra firme, y que desde el mar Bermejo ó Pérsico hubiesen salido navíos á descubrir hácia el Occidente, y los Cartaginenses por estotra parte pasado el estrecho, y el Rey Darío hácia el Oriente y la India, y todos hubiesen hallado el Océano desembarazado y navegable y no hallasen fin á la tierra, razonablemente pudo Cristóbal Colon creer y esperar que aunque aquella grande isla fuese perdida y hundida, quedarian otras, ó al ménos la tierra firme, y que buscando las podria hallar.

También es bien interesante lo que nos dice en su cap. XX acerca de los Campos Elíseos, citando a hombres de Conocimiento cuyo punto de vista es esotérico, –si bien el de Bartolomé, aunque fuera un hombre culto y amplio, se mantuvo en un ámbito religioso–, y que utiliza como argumento para alabar y defender las aptitudes y cualidades de los indios, un tema que este cronista defenderá en todas sus obras:

De oir tanta fertilidad y felicidad de estas islas, los bárbaros concibieron y tuvieron por probable opinion, que aquellas islas de Canarias eran los Campos Elíseos, en que el poeta Homero afirmaba estar constituidas las moradas y Paraiso, que despues de esta vida se daban á los bienaventurados. Por esta razon se solian llamar por los antiguos, las dichas islas de Canaria, Bienaventuradas, ó, segun Sant Isidro y Ptolemeo y otros muchos antiguos filósofos y cosmógrafos é históricos, las Fortunadas, cuasi llenas de todos los bienes, dichosas, felices, y bienaventuradas por la multitud de los frutos y abundancia de las cosas para sustentacion, consuelo y recreacion de la vida humana.

Es aquí de saber que fué una opinion muy celebrada entre los antiguos filósofos que creian la inmortalidad del ánima, que, despues de esta vida, las ánimas de los que virtuosamente habian vivido en este mundo, tenian sus moradas aparejadas en unos campos fertilísimos y amenísimos donde todas las riquezas y bienes poseian en abundancia, carecientes de toda otra cosa que fuese á su voluntad contraria; y segun Gregorio Nazianzeno en la 8.a oracion fúnebre sobre la muerte de Sant Basilio, esta opinion tomaron los filósofos griegos de los libros de Moises, como nosotros el Paraiso, puesto que con diversos nombres, errando, lo mostrasen; estos llamó aquel ilustre y celebratísimo poeta Homero, en el libro que intituló Odissea, donde tracta de Ulise, lib. IV de aquella obra, los Campos Elíseos, que quiere decir moradas de los justos y píos, y estos decian que eran los prados donde se criaba la hierba asphodelo, por sus grandes virtudes y efectos medicinales, de los antiguos celebratísima, que tambien nombraban Heroyon, cuasi divina, consagrada, segun los Griegos, á los dioses infernales y á la diosa Proserpina; y á ésta, con la diosa Diana, en la isla de Rodas, coronaban por grande excelencia, segun refiere Rodigino en el lib. VII, cap. 8.o de las “Lecciones antiguas”. Desta preciada hierba asphodelo, quien quisiere ver las propiedades, lea, en el lib. XXII, cap. 22, de la “Natural Historia”, á Plinio. Á estos Campos Elíseos introduce Homero, en el libro arriba dicho, haber vaticinado Proteo, dios de la mar, hijo de Océano y Thetios, que era adivino, que habia de ir á gozar Menelao, rey de Esparta, ciudad de la provincia de Laconia, de la region de Acaya, marido de Elena, por la cual se destruyó Troya. Destos campos y prados de deleites, fingian los poetas, ó los creian ser dignos, Minos, rey de Creta, y Rhadamantus, rey de Licia, por el celo insigne y grande que tuvieron con efecto de la ejecucion de la justicia; por la misma causa los fingieron tambien haber sido constituidos jueces de los infiernos, y que viesen la punicion de los dañados. Estos Campos Elíseos, asignaba Homero estar en España, por las riquezas de los metales, fertilidad, grosedad y opulencia de la tierra, de la cual, admirándose Posidonio, (histórico, que escribió despues de Polibio en tiempo de Estrabon), decia, que en los soterráneos de España moraba, no el infierno, sino el Pluton mismo, conviene á saber, el dios de la opulencia y riquezas. (…)

Más largo recita las calidades de los Campos Elíseos, Xenócrates, discípulo de Platon, refiriendo á Gobrías, persiano, suegro de Darío, ántes que fuese Darío rey, el conjuro con Darío, segun cuenta Herodoto al principio de su lib. VII. Este Gobrías, siendo Gobernador ó guarda de la isla Delos, en tiempo de Xerges, halló escritas unas tablas de metal, el cual, conviene á saber, Xenócrates, dice así: Ubi ver quidem assiduum variis omnis generisque fructibus viget, ibidem que læti frontes præmittentibus undis blanditer obmurmurant, et prata virentibus herbis, variis depicta coloribus. Neque desunt philosophantium cœtus, poetarumque et musarum cori, suavissimè concinentes. Jocunda et grata convivia; tum potantium venusti ac hilares cœtus, lætitia vero inviolabilis et vitæ suavitas maxima. Necnon frigoris illic aut æstus nimium, sed cœli perfectio, salubritate aeris et calore solis omnia æque amena atque temperata. Et hæc est beatorum sedes, ubi expiatis animis semper misteria celebrantur, etc. Quiere decir, que en los Campos Elíseos siempre es primavera; hay todo género de frutas, las fuentes alegres que manan bullendo con suave y blando sonido; los prados de verdes hierbas pintados con varios colores; allí hay filósofos, coros de poetas y musas que cantan suavísimos cantos; alegres y agradables convites, hermoso regocijo con gracia de los que beben, inviolable y perpétua alegría, suavidad de la vida muy grande; no hay frio ni estío demasiado, sino perfeccion y templanza del cielo, porque la igualdad del aire y del calor del sol, todas las cosas templa y amenas hace. Estas son las moradas y sillas de los justos y bienaventurados, donde, con los ánimos limpios, los divinos misterios siempre son celebrados. Virgilio tambien toca de estos Campos en el 6.o de las Eneidas:

Hic locus est parteis ubi se via findit in ambas: dextera quæ ditis magni sub mœnia tendit, hic iter Elisium nobis, ac læva malorum exercet pœnas, et ad impia Tartara mittit.

Poco les faltaba á estos filósofos de referir las cosas del cielo y verdaderas moradas de los justos, si alcanzáran por la fe los secretos de la bienaventuranza. De maravillar y de loar es justamente, que, por razon natural, gente sin gracia y sin fe, cognosciesen, que á los que virtuosamente viviesen y en esta vida se guiasen por razon, se les daba en la otra, como á los malos pena (segun Virgilio allí, é prosigue Gobrías), perpetuo galardon. Y lo que más es de considerar, que alcanzasen que la principal parte de su premio consistiese con los ánimos ocuparse en la divina contemplacion. En el Evangelio, dijo Cristo nuestro Redentor: “Bienaventurados los limpios de corazon, porque serán dispuestos y aptos para contemplar á Dios”. Desta doctrina de los filósofos, se derivó por todos los hombres aquella fama y opinion de los Campos Elíseos ó moradas de los bienaventurados, donde iban las ánimas despues que deste mundo salian; puesto que entre muchas naciones solamente tuviesen que las ánimas iban despues de muertos los hombres á parar en aquellos Campos, sin hacer diferencia de malos á buenos, ó de buenos á malos.

Esta opinion tienen hoy los moros y turcos, creyendo que á los que guardasen la ley de Mahoma, se les ha de dar un paraíso de deleites, tierra amenísima de aguas dulces, so cielo puro y templado, lleno de todos manjares que desearse pueden, siendo servidos con vasos de plata y oro, en los de oro leche y en los de plata vino rubio; los ángeles los han de servir de ministros ó coperos; los vestidos de seda y púrpura, y de las doncellas hermosísimas, cuantas y cuales quisieren, y de todas las cosas otras que podrian desear, conforme á su voluntad, cumplidamente. Pero mucho discrepan de la limpieza de corazon y aptitud para los ejercicios espirituales y contemplacion que los susodichos filósofos, arriba, de los Campos Elíseos entendieron. Y mejor y más propincuos andaban destos Campos Elíseos los indios, de quien determinamos principalmente hablar en esta Corónica, como aparecerá, si Dios diere favor y tiempo, adelante.


Fray Bartolomé de las Casas (1474-1566).
Bartolomé de las Casas nació en Sevilla y era clérigo. En 1502, con 28 años de edad y siguiendo los pasos de su padre Pedro de las Casas que acompañó a Colón en su segundo viaje a América, se embarcó hacia La Española, hoy República Dominicana. Recibió una encomienda en la Villa de la Concepción de la Vega, la cual administró hasta 1506. Hombre culto y apasionado, luchador empedernido por sus ideales y uno de los grandes cronistas de la conquista y colonización del Nuevo Mundo, que vivió directamente ese gran acontecimiento en persona. Llegó a ser fraile dominico e incluso fue nombrado “Obispo de Chiapas”. Siendo en aquel entonces fraile encomendero, cuando el arribo de los primeros dominicos a La Española a los que hizo de intérprete, le fue negado el derecho a confesión por tener esclavos indios. No fue hasta el año 1514 cuando le sucedió algo extraordinario que cambiaría por completo su vida y que se ha comparado con la experiencia que vivió San Pablo. El fraile estaba preparando una lectura bíblica para el sermón de la Pascua de Pentecostés que iba a pronunciar en la nueva colonia de Sancti Spíritus, cuando según su propio testimonio, al leer el versículo 34, 22 del Eclesiastés: “Mata a su prójimo quien le arrebata su sustento, vierte sangre quien quita el jornal al jornalero”, estas palabras operaron en él una transformación tal que a partir de entonces renunció a sus encomiendas y a todos sus esclavos indios, entregándose incondicionalmente hasta el final de sus días –murió a los 92 años–, a denunciar los abusos que se cometían contra los indios y a defender sus derechos.

No podemos abarcar en este pequeño escrito lo que vivió, enfrentó y escribió –libros, cartas, tratados, historias, opúsculos teológicos, disquisiciones jurídicas y políticas, etc.–, además de sus innumerables intervenciones y consecuencias –fruto de su fervorosa entrega, dedicación y pasión incondicional–, en favor de los nativos de América, labor incansable que le dio fama mundialmente. Valgan sólo como ejemplo estas palabras:


Teodoro de Bry, América.

La Providencia divina estableció, para todo el mundo y para todos los tiempos, un solo, mismo y único modo de enseñarles a los hombres la verdadera religión, a saber: la persuasión del entendimiento por medio de razones, y la invitación y suave moción de la voluntad. Se trata, indudablemente, de un modo que debe ser común a todos los hombres del mundo, sin ninguna distinción de sectas, errores, o corrupción de costumbres.23

Emprendió una extraordinaria e infatigable defensa y protección hacia ellos para derrocar su esclavitud, por lo que ha sido llamado “el Apóstol de los indios”; una ardua labor, plena de sacrificios y derrotas aunque también algunas conquistas, que llevó a cabo durante casi 60 años, luchando contra viento y marea, llegando incluso, por este motivo, a despertar odios en los propios conquistadores, colonos y encomenderos que veían en su decidido tesón y empeño un peligro para sus propios intereses, ya que Bartolomé denunciaba que las guerras contra los indios eran injustas y tiránicas y todo aquello que se les había arrebatado tenía que serles devuelto. Persistió sin cesar en la necesidad de que su evangelización se llevara a cabo de forma pacífica, defendiéndolo con ardor y firme determinación, no solo a través de sus innumerables escritos sino también directamente ante el Consejo de Indias, ante las Cortes, apelando a Reyes y Papas, consejeros y viajando y emprendiendo numerosas campañas, denunciando incansablemente todo aquello que fuera contrario a sus objetivos.

Bartolomé de las Casas trató de llevar a cabo una utopía, que si bien no se regía por un punto de vista esotérico, pues él siempre permaneció ubicado en el religioso, sí fue capaz de presentar un Memorial ante las Cortes de las Indias en defensa de los indios. Consiguió que el rey Carlos I aceptara su proyecto de evangelización pacífica, fundando una comunidad de indios libres, con labriegos indígenas y españoles en la costa de Paria, región de Cumaná, al norte de la actual Venezuela, aunque el proyecto finalmente fracasó.

A la muerte del rey se entrevista con los regentes Cisneros y Adriano de Utrech y les dirige el Memorial de remedios para las Indias de 1516, un plan de reforma basado en la explotación agrícola por parte de labradores castellanos e indios libres, con el cual Las Casas participa de lleno en la literatura utópica de su momento, y que no en vano ha sido comparado con la Utopía de Tomás Moro, publicada en el mismo año. Por primera vez, y desde luego no la última, se concebía para América el plan de un mundo ideal que incluía minuciosos detalles sobre el establecimiento y regimiento de pueblos nuevos, con modos de producción capaces de asegurar la subsistencia de la comunidad y el pago de beneficios a la corona. La mera explotación del indio quedaba substituida por un período de evangelización e instrucción en técnicas agrícolas europeas, y por la fusión de las razas que resultaría de la convivencia.
Las Casas no lograría llevar su utopía a sus últimas consecuencias, pero sí que los regentes pusieran el gobierno de La Española en manos de tres frailes jerónimos, como expertos en explotaciones agrícolas, con Las Casas como consejero (1517). El fracaso de este modelo fue inmediato: los nuevos gobernadores se dejaron ganar por los intereses de los colonos y el protector de indios regresó a España, donde consiguió hacerse oír por Carlos I y sus ministros y promover otros dos proyectos de corta vida: el primero, para colonizar La Española con labradores castellanos, fue abortado en la misma corte; para el segundo, Las Casas obtuvo una capitulación que le convertía en verdadero empresario dedicado a poblar y hacer rentables, sin más españoles que los misioneros, 200 leguas de costa venezolana, junto a la península de Paria, iniciativa que también fracasó rápidamente una vez sobre el terreno, debido a su enfrentamiento con los explotadores de perlas de la isla de Cubagua (1521).24

En 1521, tras el fracaso de colonización pacífica en Venezuela, se retiró al convento de los dominicos en Santo Domingo y entró en la orden dos años más tarde.

Fruto de ese momento de preocupación acerca de los métodos misionales es su libro: De Unico Vocationis Modo, donde Bartolomé defiende la práctica de una verdadera evangelización, distinta de la cristianización forzosa y los bautizos en masa practicados por los franciscanos, que desde la perspectiva lascasiana eran una estratagema que permitía a los encomenderos hacer trabajar constantemente a los indios, sin darles el tiempo de descanso estipulado para su formación religiosa, puesto que formalmente ya eran cristianos. Además, estas conversiones, pese a ser pro forma, ponían a los indios bajo poder de la Inquisición, que de este modo podía perseguirlos por cuestiones de moral y dogma que ellos desconocían.25

En 1536 ensaya otro proyecto de evangelización y colonización pacífica sin armas ni soldados en Guatemala, en la llamada  “Tierra de Guerra” de indios no conquistados, logrando que quedaran excluidos conquistadores y colonos, lo que parecía imposible y que acabó llamándose desde entonces Vera Paz, en la región de Tuzulutlán, cerca del golfo Dulce en Guatemala.

En 1542, en Valladolid, inicia su período de más influencia política en la corte: lee ante el Consejo de Indias una versión previa de la Brevísima relación, un catálogo de los crímenes cometidos en la conquista, y hace otras denuncias, logrando del Emperador una investigación y consiguiente purga entre los miembros del corrupto Consejo e impulsando la promulgación de las Leyes Nuevas (1542), que él mismo repudiaría más adelante porque nacieron privadas de las provisiones que podrían haberlas hecho realmente útiles. Las Casas parecía haber llegado al zenit de su carrera con la concesión en 1543 del prestigioso y rico obispado del Cuzco; sin embargo lo rechazó, obteniendo en cambio el muy pobre de Chiapas. El trueque es muestra a la vez de su desencanto y de su idealismo: mientras que en el Perú los excesivos intereses económicos de los colonos no prometían nada bueno para los reformadores, Chiapas incluía entonces el territorio no colonizado de la Vera Paz, donde Las Casas todavía soñaba con encontrar la inocencia primigenia del paraíso, para cristianizarlo sin el concurso de colonos. Su fracaso en esta nueva fase fue casi inmediato, pues pronto se enfrentó violentamente con los colonos españoles, que no le perdonaban su supuesto papel en la redacción de las Leyes Nuevas, sobre todo porque impedían que las encomiendas se perpetuasen mediante la herencia. Tampoco consentían que usase la excomunión como arma para combatir los abusos cometidos, en especial la esclavitud irregular. De esta época son sus Avisos y Reglas para los confesores, o Confesionario, pequeño manual con contenidos tan espinosos para el proyecto colonial que los sacerdotes tenían que mantenerlo en secreto, en previsión de problemas como los que más adelante tendría su autor, que a su regreso a España fue acusado nada menos que de poner en duda en él el derecho del Emperador a la posesión de las Indias.26

Años después escribe en su testamento:

Porque por la bondad y misericordia de Dios, que tuvo a bien de elegirme por su ministro sin yo merecerlo, para procurar y convertir aquellas numerosas gentes de las que llamamos Indias, para proclamar los daños, males y agravios nunca otros tales vistos ni oídos, que de nosotros han recibido contra toda razón y justicia.27

Federico González lo cita como una de las grandes figuras del Renacimiento español, y en su libro, refiriéndose a la idea de utopía, nos dice que: “no hay utopía sin un profundo sentido ético”.28 Pensamos que fue este sentido ético el que llevó a De las Casas a defender los derechos de los indios incansablemente hasta el fin de sus días.

NOTAS
1 Federico González, Hermetismo y Masonería. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
2 Himnos del Agartha, textos del Ateneo del Agartha. “A Mnemosine y otras diosas”. Colección Aleteo de Mercurio, nº 6. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2019.
3 “Una corriente –influida por Bizancio y el pensamiento griego– comienza a manifestarse en la Italia del siglo XV, centro otrora del antiguo poder romano y su cultura, sede también de la Iglesia Católica, aunque no se oponen estos nuevos valores sapienciales a los del cristianismo, sino que bien por el contrario, encuentran su conjunción, de la que participan sabios de un acendrado conocimiento metafísico encarnado por religiosos y laicos de la talla de Nicolás de Cusa, el cardenal Bessarion, el también cardenal Egidio de Viterbo, y sobre todo Marsilio Ficino, el representante más destacado de esa corriente que complementa el cristianismo con la filosofía de Platón y Hermes Trimegisto. (…) Esta etapa de esplendor del autentico Renacimiento, antes de ser disuelto por los intereses de la Reforma y la Contrarreforma, es decir por las guerras religiosas, o mejor, simplemente por la religión en detrimento de la sabiduría y el conocimiento tradicionales, pese a que ha sido tratada por numerosos autores desde hace años en sus múltiples aspectos, se sigue desconociendo”. Federico González, Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
4 Ibíd.
5 Federico González, Hermetismo y Masonería, op. cit.
6 Federico González y Mireia Valls, Presencia viva de la Cábala II, cap. I. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
7 Federico González, Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo, cap. X, op. cit.
8 “Con precedentes históricos en la antigüedad: Platón, Plutarco, Cicerón, etc., se efectiviza en el Renacimiento por obra del autor inglés: Tomás Moro, que la bautiza con el nombre de Utopía –U = ningún, nada; topos = lugar– y que es imitada posteriormente por otras obras renacentistas en el mismo sentido: Campanella, V. Andrae, F. Bacon, etc., las que incluso siguen hoy actuales de una u otra forma, ya que junto con otros valores que acuñó dicho periodo, basándose en la antigüedad, han sido capaces de proyectarse hasta nuestras fechas manteniendo así su vigencia, y por ello mismo los contenidos de nuestra cultura”. Ibíd.
9 “La Ciudad del Sol de Campanella tiene una estructura análoga a la descrita por Platón para la capital de la Atlántida”, cap. II, ibíd.
10 Federico González Frías, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: “Ciudad Celeste”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013.
11 Ibíd.
12 Carta a D. Luis Santangel,  Relaciones y Cartas de Cristóbal Colón. Ed. Biblioteca Clásica, tomo CLXIV. Imprenta de la Viuda de Hernando y Cª, Madrid, 1892.
13 Federico González y Col. Introducción a la Ciencia Sagrada, Programa Agartha. Texto extraído del Modulo II, acápite 34. “Nota”. Revista SYMBOLOS nº 25-26, Barcelona, 2003.
14 Tercera carta escrita a los Reyes Católicos en 1498. Relaciones y Cartas de Cristóbal Colón, tomo CLXIV, ibíd.
15 Ver Mireia Valls, Al-Hermes-de-América, Revista SYMBOLOS nº 61, Y en Canal SYMBOLOS YouTube, el vídeo.
16 Federico González, Hermetismo y Masonería, ibíd.
17 Ver el libro de Federico González, El Simbolismo Precolombino. Cosmovisión de las Culturas Arcaicas. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
18 Federico González, Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo, ibíd.
19 Obra que empezó a escribir en 1552 a los 78 años de edad concluyéndola en el año 1561 cinco antes de su muerte y que vino a sumarse a muchos otros libros suyos, además de cartas, documentos, etc. Su Historia de las Indias, tuvo la particularidad de que cuando Bartolomé la terminó de escribir, añadió de forma testamentaria: “Esta historia dejo yo Fray Bartolomé de las Casas, Obispo que fué de Chiapa, en confianza á este Colegio de Sant Gregorio, rogando y pidiendo por caridad al padre Rector y Consiliarios dél, que por tiempo fueren, que á ningun seglar la den para que, ni dentro del dicho Colegio, ni mucho ménos de fuera dél, la lea por tiempo de cuarenta años, desde este de sesenta que entrará, comenzados á contar; sobre lo cual les encargo la consciencia. Y pasados aquellos cuarenta años, si vieren que conviene para el bien de los indios y de España, la pueden mandar imprimir para gloria de Dios y manifestacion de la verdad principalmente. Y no parece convenir que todos los colegiales la lean, sino los más prudentes, porque no se publique ántes de tiempo, porque no hay para qué ni ha de aprovechar. Fecha por Noviembre de 1559. Deo gratias”. Sin embargo no llegó a publicarse hasta el año 1875. Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias, tomo I, II, III. Ed. Fondo de Cultura Económico, México, 2017.
20 Cristóbal Colón, Diario de a bordo. Ed. Arlanza, Madrid, 2002.
21 Federico González, Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo, ibíd.
22 Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias I, cap. II, op. cit.
23 Bartolomé de las Casas, Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión. Ed. Fondo de Cultura Económico, México, 1975.
24 José Miguel Martínez Torrejón, Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.
25 Ibíd.
26 Ibíd.
27 Bartolomé de las Casas, Testamento 1566. Colección de Documentos Inéditos para la Historia de México, T. II.
28 Federico González, Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo, ibíd.
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