SYMBOLOS
Revista internacional de
Arte - Cultura - Gnosis
 

LOS DIOSES DE SUMER

MIREIA VALLS

Los dioses son los dioses, ya sea en Sumer o en Egipto, en Grecia o Roma, entre los celtas o los escandinavos, en las culturas precolombinas, los pueblos de Asia, de Africa u Oceanía. Son siempre los mismos, aunque varíen sus nombres y sus aventuras se narren con imágenes adaptadas a idiosincrasias y geografías. Siendo universales, adoptan diferentes disfraces y máscaras, pero tras ellos se esconden idénticas ideas-fuerza, capaces de erigir el Cosmos y regenerarlo constantemente. No hay tradición que no los reconozca como las energías invisibles que median entre el Principio supremo y las concreciones materiales de todos los seres y las cosas. Estas emanaciones, que se despliegan siguiendo un orden dirigido por la Inteligencia y la Sabiduría, conforman una red de relaciones a distintos planos de la Realidad, aventuras que son las narradas por los mitos de todos los pueblos y culturas.

Los sumerios no son una excepción. Su panteón es casi inabarcable, tal la cantidad de entidades invisibles de distinta categoría que habitan cada minúscula porción del Universo. Desde las tríadas principales de deidades, pasando por las astrológicas, las del inframundo y las que gobiernan sobre cada actividad u oficio, además de las entidades psíquicas inferiores, los demonios, ya sean benéficos o maléficos.

Por eso, mucho tienen que revelarnos ahora, en estos tiempos en que el Kali Yuga se cierra. Y teniendo en cuenta que Sumer fue la civilización que tuvo su esplendor al inicio de esta edad oscura, ir al encuentro de sus dioses en este momento es algo así como recuperar la memoria del origen. De su mano, invocándolos y viviendo en nuestro interior sus hazañas, vamos remontando una escala que nos conduce a un “lugar” misterioso en el que todo lo manifestado es reabsorbido.

Sabemos el nombre de muchas de las deidades del panteón sumerio, conocemos sus atributos, sus funciones, las ciudades que fundaron y que les rendían culto, los templos que se levantaron para darles albergue y celebrar los ritos y el nombre específico de cada santuario. Nos han llegado también muchas de las gestas mitológicas que protagonizaron, sus apareamientos, descendencia, así como los diferentes nombres que adoptaron en las culturas que los asimilaron, esto es entre los acadios, los babilonios y los asirios. Mucho se ha escrito sobre todo ello, muchos datos recabados por arqueólogos, lingüistas, historiadores y traductores. Informaciones valiosas, eruditas, pero casi siempre marcadas por los prejuicios del hombre moderno que lo analiza todo desde unos parámetros económicos, políticos, sociales y utilitaristas, totalmente profanos, desacralizados y distantes, que nada tienen que ver con los valores de aquellos antepasados inmersos en un mundo simbólico y trascendente.

Todo se lo debemos a los dioses, hasta nuestra creación, la de los seres humanos capaces de conocerlos, de descubrirlos como las potencias o energías que conforman el macro y microcosmos, o sea el Universo. Y si algo percibimos a bote pronto de los dioses sumerios es que son, –al igual que en todas las tradiciones de la tierra– los intermediarios entre el aspecto más alto de la deidad y su concreción material; unos instrumentos al servicio del Principio Supremo sometidos a enormes labores, nada menos que las del alzamiento y mantenimiento de la arquitectura cósmica, en permanente movimiento y regeneración. Los encontramos copando cada región del Mundo, cada ámbito del Ser Universal, de modo que cada dios y diosa son un aspecto de este Ser único y tienen una función asignada, una labor invisible pero real e imprescindible, necesaria para que esto que se llama Manifestación sea hasta sus últimas consecuencias.

Otra cosa que percibimos es su cercanía a todo lo tocante con lo humano; se diría que dioses y hombre son íntimos, se reconocen mutuamente, dialogan todo el tiempo y su interpenetración es tal que los dioses viven la vida de los seres humanos y éstos la de los dioses. Y con asombro, los descubrimos aquí, a nuestra vera, en nuestra alma. Otra cosa que llama la atención: el despliegue teogónico sumerio está exento de moral, los dioses se relacionan sin juicios ni prejuicios sobre lo que está bien o lo que está mal, pues quien los dirige es la Sabiduría con su aliada la Inteligencia, cuyos valores no funcionan por sí o por no, sino que se profieren desde la unidad que está por encima de cualquier dualidad. La vida de los dioses sumerios tiene, además, muchos bises teatrales, tragicómicos; se diría que están en una representación permanente de la que nosotros no somos sólo espectadores, sino copartícipes de todas sus aventuras y desventuras.

¿Tendrán algo que revelarnos, ahora, a nosotros, estas deidades arcanas tan alejadas en el tiempo y en el espacio pero tan próximas a la vez? El propio rito de este escrito lo irá develando.

El caos

Las palabras siempre son insuficientes (porque limitan al nombrar) para referirse a lo anterior al Origen, a aquel ámbito del No Ser en el que nada está diferenciado y es lo más parecido a un Océano infinito. El mito Enuma Elis o Poema de la Creación Babilónico, basado totalmente en los saberes de los sumerios, comienza su relato refiriéndose a una inmensidad acuosa en la que nada había, y sin explicar cómo, se nombra a un aspecto masculino, Apsû, que sería la masa de las aguas dulces, y su pareja femenina Tiamat, las aguas saladas. De la mezcla de estas aguas surgen unas primeras entidades, Lahmu y Lahamu, y luego Anshar (“totalidad de los elementos superiores”) y Kishar (“totalidad de los elementos inferiores”); de esta última pareja nacerá An o Anu.

Cuando allá en lo alto el cielo aún no había sido nombrado, y, abajo, la tierra firme no había sido mencionada con un nombre, solos Apsu –el abismo primordial–, su progenitor, y la madre Tiamat –la masa de agua salada–, la generatriz de todos, mezclaban juntos sus aguas. Aún no se habían aglomerado los juncales, ni las cañas habían sido provistas.
Cuando los dioses aún no habían aparecido, ni habían sido llamados con un nombre, ni fijado ningún destino, los dioses fueron procreados dentro de ellos, dentro de las aguas de Apsu y de Tiamat. Lahmu y Lahamu –dos entes serpentiformes– aparecieron como la primera pareja y fueron llamados con un nombre. Antes de que estos dos seres se hicieran grandes y fuertes, fueron creados Anshar, el cielo todo, y Kishar, toda la tierra, superiores a aquéllos.
Tras prolongar sus días, multiplicando sus años, Anu fue su hijo, igual a sus padres.1

An o Anu, a la cabeza de los dioses

An –que en sumerio significa “Cielo estrellado”– es también el “Elevado”, el “Dios Supremo”, “Padre de los dioses“, “Rey de los dioses” y de él se dice que una vez aparecido, permanece siempre reposando en su santuario, el Eanna o “Casa del Cielo”. No es el dios creador, o sea el demiurgo, sino el Principio inmutable. Es, además, el Monarca del Universo al que gobierna sin moverse de su estrado. No se conocen representaciones plásticas de él, sin embargo se lo equipara al Toro, animal fecundo y de un extraordinario vigor y fuerza. El toro bravo y potente, que mira de frente, acaba de clavar su mirada en la tuya y profiriendo un mugido penetrante, dice: “Yo soy Tú”.

No deja de ser significativo que la civilización sumeria postdiluviana se desarrolla durante el periodo de la era zodiacal de Tauro que va desde el 4.450 hasta el 2290 a.C.

En el cielo está Anu sobre su trono, revestido de todos los atributos de la soberanía: el cetro, la diadema, el tocado, el báculo. (…) Se le llama “padre” más en sentido de autoridad soberana que en un sentido familiar.2

An es, pues, el símbolo del Principio, la primera determinación que contiene en estado potencial todo lo que ha de ser. Es el Ser replegado en sí mismo, el que concibe en su Pensamiento lo que ha de manifestarse como esto o lo otro, y por tanto, el que conoce el nombre de cada una de sus emanaciones, encargadas de la ejecución de su proyecto cósmico. Así se habla de An en un mito sumerio:

Al principio de los tiempos, An, el señor, iluminaba el primer elemento del cosmos, el cielo atmosférico, mientras la tierra estaba en el vacío y en la Montaña mítica, en el Kur, lugar en donde se crearía toda cosa, la mirada no podía penetrar. Del Abismo no fluían aguas, nada se producía sin ellas. En la vasta tierra no se habían excavado surcos para las plantas.
Enki, el excelso exorcista de Enlil, todavía no existía. Por lo tanto no podían seguirse los ritos de purificación. La hieródula del cielo, la santa Inanna, no se hallaba presente, pues no existía. No se proclamaban sus alabanzas.
Cielo y tierra se hallaban ligados uno a la otra, formando un todo unitario, pues todavía no se habían desposado. La luna todavía no resplandecía y, al no existir el sol, la oscuridad se extendía por todas partes, lo cubría todo.
An manifestaba su esplendor en un misterioso lugar, distinto del cielo. La tierra, por su parte, en el misterioso lugar que ocupaba no presentaba ni siquiera trazas de vegetación.
Los me, esto es los grandes poderes del dios Enlil, no habían sido distribuidos en los países, poderes gracias a los cuales sería posible la vida sobre la tierra, dado que todas las cosas serían me. Inanna, la santa señora del templo Eanna de Uruk, no recibía ofrendas todavía. Los grandes dioses, los Anunna –progenie celeste– no recorrían ni los cielos ni el submundo, porque aquellos dioses tampoco existían todavía. Tampoco los dioses del cielo y de la tierra.3

De alguna manera, con estas palabras se expresa la idea de un ámbito en el que nada está todavía distinguido; un “lugar” no espacial ni sometido al tiempo, distinto del cielo por estar más allá de él, o en todo caso en su clave de bóveda, donde se empiezan a concebir e idear los primeros lineamientos cosmogenésicos. Sin embargo, allí nada ha venido a la existencia todavía. Es la potencialidad en estado puro.

Entonces, a partir de ese Principio –An– se produce la primera polarización y la aparición de un principio femenino, iniciándose las cópulas de las dos corrientes cósmicas por ellos simbolizadas que se repetirán a distintos niveles para ir dando vida a los mundos y seres del cosmos. Las imágenes de estas primeras hierogamias sagradas protagonizadas por An y sus consortes son tremendamente potentes. He aquí la de su unión con Ki, la Tierra:

En aquellos días lejanos el Kiur-gal, la Gran Tierra, se hizo resplandecer a sí misma, su grandioso cuerpo floreció alegremente. La Gran Tierra sujetó a su cuerpo hermosos ornamentos de metal precioso y de rico y brillante lapislázuli. En efecto, se atavió mágicamente con negra y purísima diorita, con calcedonia, con irisada cornalina y con resplandeciente elmeshu, piedras componentes todas de los más exquisitos vestidos nupciales.
Por su parte, el Cielo, el todopoderoso An, se levantó majestuosamente allá en su bóveda. La Tierra pura se mostró engalanada al puro An. Se mostró ataviada en una plaza inmaculada, en una plaza cósmica, inimaginable de concebir con el pensamiento. An, el Alto Cielo, consumó el matrimonio con la Gran Tierra, implantó mágicamente el esperma de los bosques y cañas en su seno…4

Pero esto no ha hecho más que comenzar, An lo tiene todo bien pensado y necesita proveerse de ayudantes para ejecutar el plan divino. De hecho, todas las estrellas del firmamento conformarán su ejército.

En un instante, antes de toda la creación, en la magnífica Montaña del Cielo y de la Tierra, An, el padre de los dioses decidió generar a los dioses Anunna, los dioses que le acompañaban en el cielo. (…) Ni siquiera An había dado nacimiento al alimento de las puras criaturas vivientes, diseño tan solo en su mente de lo que luego serían los dioses.5

Los Anunna, los grandes dioses del cielo hijos de An (que después lo acabarán siendo del infierno), en número variable –a veces se dice que llegan hasta cincuenta–, ya están dispuestos a participar en la labor de construcción, pero necesitan “alimentarse”:

Entonces, en la Sala de la creación de los dioses, enigmático lugar, llamado Ki-ulutim, en la Montaña Pura, el Duku, situada al este del universo, fueron formados Lahar [la diosa que cuidaba del ganado menor] y Ashnan [la diosa del grano].6

Gracias a la nutrición propiciada por estas diosas prosigue el despliegue. En cuanto aparezcan en escena Enlil y Enki, podrá ejecutarse y completarse el divino proyecto, mientras que An seguirá en su trono, imperturbable, “durmiendo”. ¿Será toda la existencia fruto de sus sueños? An está siempre envuelto en el misterio. Lo suyo es no actuar; esto lo deja para su descendencia. Por eso,

An… contó con ocho esposas, catorce hijas, dioses ayudantes (lugartenientes, criados, su porta-espada, tres jefes de cocina, dos pastores-jefe, el jardinero, sus consejeros con sus respectivas familias).7

O sea, que lo rodea una corte completa y perfectamente jerarquizada, a cuya cabeza siempre figura él, el Rey, poseedor de todos los me que luego legará a sus hijos para que los pongan en práctica en todos los ámbitos del Universo; y cuando haya sido creado el ser humano, entonces la realeza detentada por An descenderá del cielo, y el rey terrestre operará como símbolo del celeste. Según apunta Mircea Eliade, An:

Es el soberano por excelencia, y las insignias de su realeza constituyen la fuente y la justificación de la autoridad monárquica; simbólicamente, el rey recibe su poder directamente de Anu. (…) Por eso le invocan sólo los soberanos y no el resto de los mortales.8

No podemos dejar de ver una estrecha relación entre la función de este dios-rey y la de Manu, o sea el “Rey del Mundo” de la tradición hindú, entendiendo que éste es:

el legislador primordial y universal, cuyo nombre (Manu) puede encontrarse bajo formas diversas en gran número de pueblos antiguos; recordemos solamente, a título de ejemplo, al Mina o Menes de los egipcios, el Menw de los celtas y al Minos de los griegos. Este nombre, por otra parte, no se refiere de ningún modo a determinado personaje histórico más o menos legendario; a lo que en realidad apunta es a un principio, a esa Inteligencia cósmica capaz de reflejar la luz espiritual pura y de formular la ley (dharma) apropiada para las condiciones concretas de nuestro mundo o de nuestro ciclo de existencia.9

Función que como veremos más adelante se vehiculará a través de tres entidades denominadas en el hinduismo Brahâtmâ, Mahâtmâ y Mahângâ, muy análogas a las de la terna formada por An, Enlil y Enki, lo cual da indicios de una posible vinculación directa de la tradición sumeria a la Tradición Primordial, igual como sucede con la hindú, además de que haya podido recibir también el influjo de otras ramas secundarias de esa Tradición Unánime –como por ejemplo la Atlante–, pues algunos de los mitos sobre los orígenes de los sumerios narran la llegada por mar de un fabuloso ser, U.an.na, luego llamado Oannés por los babilonios, que les transmitió todos los saberes y conocimientos, y que más tarde otros seis seres análogos también arribaron, pero sólo para “aclarar todas aquellas cosas que Oannés había dicho de manera muy sumaria”, según relata el sabio Beroso en su libro Babyloniaka, del que por desgracia se han conservado muy pocos fragmentos. Desde luego, estos siete hombres-pez son los Siete Sabios –en sumerio apkallu– que acompañan a Manu a lo largo de todo el ciclo cósmico, transmitiendo la Sabiduría Perenne y vehiculando la Ley o Dharma que lo rige.

Pero ahora, invocamos con el fragmento de este himno al que está en la cúspide del Universo y de nuestro fuero interno, para que se despierte en nosotros este altísimo estado de la conciencia.

¡Señor Supremo, que precedes a todos, que has hecho / poderosas las "fuerzas divinas" perfectas, / el más anciano de los señores! / El que levanta la cabeza, el enorme, el toro, del que sale todo germen, / el del nombre importante, revestido de poderoso terror, / cuya suprema sentencia nadie derriba…10

Y continúa este canto de alabanza al dios más elevado, en cuyo honor se erigió aquí en la tierra, en la ciudad de Uruk, un templo para que pudiera morar entre nosotros.



La tiara de múltiples cuernos, atributo de los dioses mayores, sobre un altar.*

Enlil, divinidad del viento y del huracán

Enlil es hijo de An y de él se dice que separó a sus progenitores, hasta entonces siempre unidos, de manera que An se ubicó en lo alto y la Tierra (o Ki) fue llevada por su hijo hacia abajo. Enlil ocupó el espacio intermedio, la atmósfera, de ahí su epíteto de “Señor del Aire”, atribuyéndosele los fenómenos meteorológicos. Por eso se le conoce también como ûmu, “tempestad” y dado que gobierna igualmente las aguas, fue el causante del diluvio universal, enorme catástrofe que acabó con una humanidad corrompida y ruidosa que molestaba el descanso de este dios y de su padre An. Por lo que decidió desencadenar una devastadora inundación que aterrorizó a los mismísimos dioses, y de la que sólo salió un humano a flote en una pequeña barquichuela.11

Éste es el impetuoso Enlil, que tan pronto está distribuyendo los poderes divinos que sustentan el cosmos, como se transforma en un torbellino capaz de arrasar con todo lo creado –de ahí su otro epíteto, alim, “el poderoso”– gesto que paradójicamente opera profundas purificaciones y regeneraciones. En este sentido, Enlil es un dios no sólo destructor, sino también transformador.

Se narra que vive junto a su esposa Ninlil o Ningalla en la cima de la Gran Montaña o Kurgal. Y en la tierra, en las ciudades de Nippur y de Lagash, se le levantaron templos denominados Ekur, “Casa de la Montaña”.

Enlil hereda las funciones de su progenitor An y deviene el Rey del cielo y de la tierra; se encarga de determinar los destinos de todos los seres e igualmente de la aplicación de la ley. Y al recibir los me o poderes divinos de An, tiene el cometido de distribuirlos por todo el cosmos.

Se han encontrado diversas tablillas en las que se le dedican himnos y también varios relatos míticos de los que es protagonista. Dos de ellos son especialmente significativos, pues refiriéndose a un mismo hecho –su unión con la joven Ninlil– en uno predominan ideas cosmogenésicas desempeñadas por esta pareja, y en el otro cuestiones vinculadas al formalismo de la relación y a las funciones que adquiere la esposa al unirse al Rey del cielo y de la tierra. En ambos casos, empero, se utiliza un lenguaje de gran impacto, con imágenes brillantes en escenarios tan cercanos que uno pensaría que son de aquellas tierras fecundas ubicadas entre el Éufrates y el Tigris, aunque en realidad acontecen en el mundo de los dioses, en los planos invisibles donde se prefiguran los dos ríos y los cañaverales, las montañas del norte y la temible puerta del infierno, las ciudades y los templos. Todo está en el cielo antes de descender aquí abajo y materializarse, y los sumerios esto lo sabían muy bien.

En el mito que Bottéro y Kramer titulan Enlil y Ninlil, el dios queda prendado de una joven que desobedece los consejos de su madre:

¡Se fijaría en ti!
¡El pastor…, de brillante mirada, que determina los destinos,
Se fijaría en ti:
Te penetraría, te besaría:
Alegremente te preñaría con la voluptuosa simiente
que iba a dejar en tu interior.
¡Cuán sabias eran las palabras de estas advertencias!12

La doncella, sin embargo, se sumerge en las aguas del río, el dios-rey la ve, la asalta y la posee dejándola encinta del que será Sin-Asinbabbar [el dios Luna, “el de brillante aparición”], una deidad celeste de gran importancia en el panteón sumerio que estudiaremos un poco más adelante. Este coito clandestino no ha pasado desapercibido en el cielo y,

El conjunto de los cincuenta grandes dioses
Además de los siete dioses que determinan los destinos,
Le hicieron saber lo siguiente en pleno kiur:
“¡Enlil, le dijeron, violador! ¡Abandona la ciudad!13

Él deja de inmediato el cielo e inicia el descenso que lo llevará hasta la mismísima puerta del infierno, donde adoptará la apariencia de su portero para poseer de nuevo a Ninlil, que lo ha seguido en su carrera descendente, y de esa unión la joven recibe la semilla que engendrará a Nergal-Meslamtaèa (el soberano del infierno). Enlil sigue huyendo y se encuentra más adelante con “el hombre del Río Infernal devorador de personas”, intercambia su identidad con la de él y cuando llega otra vez Ninlil, el dios la vuelve a engañar.

Bajo el aspecto del hombre del Río Infernal (…),
Enlil se dirigió entonces a la habitación para acostarse,
Y allí penetró y besó a Ninlil.
Y, mientras la penetraba y la besaba,
¡Vertió en su seno la semilla de Ninazu,
el patrón de la Égidda!14

De esta relación furtiva, Ninlil queda embarazada de Ninazu (el patrón del gran templo, del santuario de Énegi), para, en el siguiente y cuarto encuentro, suplantando Enlil al Barquero Infernal, inseminar a la joven que dará a luz a Enbilulu (el encargado de los cursos de agua sobre la tierra).

Con este mito de las hierogamias impulsivas y camufladas de Enlil con Ninlil y de las ubicaciones de los hijos que nacerán, uno en el cielo, el otro en el infierno, el tercero en un templo sobre la tierra y el cuarto en el agua, se revela que este dios tiene encomendada la labor de conformar el mundo intermediario entre lo más alto del cielo habitado por An y lo más profundo del inframundo, colocando a cada uno de sus descendientes a lo largo de esta escalera cósmica; así, como quien relata un cuento, ya tenemos el Universo en marcha, y los elementos circulando, alimentados por la quintaesencia…

El segundo relato mítico, que los estudiosos contemporáneos han titulado El matrimonio de Sud, cambia el tono y se vuelve formal y más poético. Eso tienen estos escritos sumerios, algunos son directos y sin ornamento, otros delicados y más elaborados.

El propósito de este encantador, maravilloso y tierno relato no es, tal como vimos que ocurría con el mito estudiado con anterioridad, justificar las diferencias de ubicación y de estado entre los hijos de Enlil, sino explicar por qué y cómo su paredro llegó a estar dotada de una personalidad compleja y polivalente.15

Enlil consigue en este caso a la doncella enviando a su mensajero Nuska ante Nanibgal, la diosa-madre de la joven, a la que agasaja con todo tipo de presentes, por lo que ésta acaba dando su conformidad al matrimonio:

Tú serás, así pues, la esposa favorita de Enlil:
¡Que te trate con dignidad!
Te tome entre sus brazos, a ti, la más bella de todas,
Y te diga: ¡Querida! ¡Déjate tomar!
¡Que no olvide los juegos y las risas amorosas!
¡Las prolongue mucho tiempo!
¡Haced el amor sobre la colina!:
¡Procread niños!16

Llega el momento de las nupcias y la hermana de Enlil, Aruru, acompaña a la novia:

Y Aruru tomando de la mano a Sud,
La introduce en el brillante Ekur.
¡Y rocía su cara con los perfumes más embriagadores!
En el dormitorio, sobre un lecho florido,
Embalsamado como un bosque de cedros,
¡Enlil hizo, con gran placer, el amor a su mujer!
Luego, y ante su trono soberano,
se puso de pie para bendecir a su esposa.
Y he aquí el modo en que el señor de la palabra sagrada
Determinó el Destino de la Dama que había elegido su corazón:
Le da por nombre Nintu…17

Y a continuación, el dios la inviste como patrona de las que van a dar a luz y de las comadronas y deviene también la diosa de la agricultura, del “grano que hace nacer la vida en Sumer”. Además, le asigna “el arte del escriba, las tablillas adornadas con signos, el cálamo, las planchas de tablillas, la contabilidad, el cálculo, la cuerda de agrimensura, los jalones de agrimensura, el cordón de medir, el establecimiento de mojones y la planificación de los canales y los diques”. De esta forma, entre él y su esposa, ejercen como dioses-soberanos del “espacio” que media entre el misterioso y elevadísimo habitáculo de An y la superficie de la tierra.

Mucho más podría decirse de este dios equiparado a la Montaña Sagrada, un accidente geográfico que por su forma triangular y elevada simboliza la unión del cielo y de la tierra; también la verdad que se hace visible para todos y en cuyas entrañas se guardan los secretos de la generación de otros dioses.

Visualicemos ahora esta montaña, majestuosa, en cuya cumbre vive él con su mujer-diosa, casi tocando el cielo de An, pero mirando siempre hacia los mundos inferiores, asegurando así el funcionamiento de la gran máquina del mundo. La de la montaña es también una idea gestada primero en el cielo, pues ya sabemos que Sumer era un territorio llano. Por eso se levantaron zigurats a modo de símbolos de la Montaña cósmica, y esos templos piramidales fueron el habitáculo de los dioses entre los hombres.

Sólo queremos destacar para finalizar, el poder de la palabra de Enlil, Verbo espermático que crea el Alma del Mundo:

Tu palabra en el cielo es un pilar, en la tierra plataforma,
en el cielo es de gran autoridad, se aproxima a la de An,
en la tierra es una plataforma que no puede ser volcada;
cuando se aproxima al cielo significa abundancia,
desde el cielo la abundancia llueve (sobre la tierra);
cuando se aproxima a la tierra significa exuberancia,
desde la tierra la abundancia retoña.
Tu palabra es grano, tus palabras son plantas,
tu palabra es la inundación, la vida de todas las tierras…18



Adorador frente a un incensario, un altar con ofrendas y un zigurat.

Enki, el amigo de los hombres

Irrumpe ahora en este escenario el tercer dios de la principal tríada sumeria, Enki, el “Señor de la Tierra o del Fundamento”, en el sentido de que las aguas dulces almacenadas en el seno de la madre tierra son el sustento de toda vida.

Las funciones atribuidas a cada uno de los integrantes de esta terna principal que Enki completa nos evocan directamente las tres funciones supremas que según la tradición hindú ejercen Brahâtmâ, Mahâtmâ y Mahângâ, siendo el primero “el soporte de las almas en el espíritu de Dios”, el segundo el “representante del alma universal” y el tercero el “símbolo de la organización material del cosmos”, relacionados respectivamente con el mundo principal no manifestado, el mundo de la manifestación sutil o psíquica y el mundo de la manifestación corporal. En este sentido, recordemos que An es el Rey del cielo que gobierna el Universo sin moverse de su estrado; Enlil es el Rey del cielo y de la tierra o sea que legisla el mundo intermediario, y Enki es el soberano del Fundamento, de la tierra firme que se asienta sobre las aguas, todo lo cual nos parece muy afín a las funciones de los tres principios hindúes que acabamos de nombrar, pues Brahâtmâ:

“Éste es el señor de todas las cosas, el omniscente (capaz de ver inmediatamente cualquier efecto atendiendo a su causa), el organizador interior (que reside en el centro del mundo rigiéndolo desde dentro, gobernando su movimiento sin participar de él), la fuente (de todo poder legítimo), el origen y el final de la totalidad de los seres (de esa manifestación cíclica del cual viene a ser la Ley”. Para servirnos también de otro simbolismo, no menos rigurosamente exacto, diremos que Mahângâ representa la base del triángulo iniciático y el Brahâtmâ su cima; entre ambos, Mahâtmâ encarna en cierto modo un principio mediador (la vitalidad cósmica, el Anima Mundi de los hermetistas).19

En consonancia, pues, con su labor organizadora y de sustento, Enki es jovial, rápido, habilidoso y muy cercano a los seres humanos. El lugar donde reside es el Eabzu, o sea la “Casa del Abzu”, siendo el Abzu el gran reservorio de agua dulce subterránea. Se lo considera el dios de la sabiduría y de la magia y las ciudades en las que se lo veneró fueron Eridu, Kish, Umma y Lagash. Justamente en Eridu, Enki se construye un templo para bajar a vivir en la tierra, denominado Eengurra, “Casa de las dulces aguas”, y lo hace tras previa consulta al oráculo:

Eengurra, al igual que cuando los sacerdotes examinan el interior de una cabra salvaje, cuyos mensajes no trascienden a nadie, sí saben ellos leer sus vísceras, pues son expertos en el arte oracular, así Nudimmud, el señor de Eridu, Enki, el señor que determina los Destinos, ha sabido contemplar claramente tu sapiencia, ha descifrado tu interior, que es como un regazo materno lleno de abundancia.20



El rey Gudea de Lagash introducido por su deidad patrona ante Enki.

Y en este otro fragmento puede observarse como este mismo dios es el que transmite las artes teúrgicas a los hombres, en este caso al sabio rey Enmerkar:

Enki prestó comprensión a Enmerkar. Y el señor de Kullab, según las augustas indicaciones recibidas del dios, dio las pertinentes instrucciones. El rey, a continuación, a modo de presagio, escogió de entre sus objetos mágicos un amuleto de piedra. Lo tomó en la mano, lo examinó atentamente, mordió en la piedra como en una hierba, y lo aplicó a una vara sushima. A tal vara reluciente la hizo pasar, gracias a aquel acto, “de la luz a la sombra” y de “la sombra a la luz”.21

Enki idea y colabora directamente en la creación del ser humano y vela siempre por él, pero también participa en la actividad ordenadora del cosmos. Es una deidad activa y actuante, ejecutiva, muy ingeniosa y además inventora y difusora de todas las técnicas. También es astuto, hábil y penetrante, mediando siempre en los conflictos y encontrando soluciones. ¿No estaremos en presencia del Hermes sumerio? ¡Son tantas las similitudes con el mensajero de los dioses greco-romanos y todas sus atribuciones! Además, tiene gran capacidad organizativa, de ahí que sea el depositario de todos los me que le otorga Enlil, o sea de los valores culturales y civilizadores que con mesura irá distribuyendo aquí y allá.

Se trata de un término [me] que no sólo presenta cierto aspecto ontológico, sino que, además, se aplica en principio a los “secretos”, atributo misterioso de los dioses y representado por ellos, y que se relaciona con los “destinos”, que al mismo tiempo se relacionan, tal como diríamos nosotros, con la naturaleza de las cosas, con aquello que las constituye, las distingue y las define, aquello que concede un sentido original a su existencia en cada caso y que condiciona su empleo particular, tanto dentro del orden cultural como natural.22

Por eso, cuando Enki asigna los poderes y éstos se ponen en práctica, se incrementa por todas partes la abundancia y la opulencia. Todo esto sigue aconteciendo en el mundo de los dioses, pero es tan verdadera la máxima hermética cuando afirma que “lo de arriba es como lo de abajo y lo de abajo es como lo de arriba” que Sumer –centro del mundo concebido primero en el cielo– deviene el habitáculo de las deidades en la tierra y es la proyección de ese orden celeste sobre una geografía concreta. Siempre sorprende que las aventuras en las que Enki está implicado sucedan en lugares identificables del próximo oriente, a la vera de esos dos grandes ríos que transportan el agua de vida; aguas que él mismo hace fecundas y a través de las cuales navega con su barca distribuyendo la riqueza por doquier. O sea que dicha geografía es el gran cuerpo en el que coagulan todas las energías vitales transmitidas por Enlil e ideadas por An.

¡Oh Sumer, gran país, territorio infinito,
Rodeado por una luz indefectible,
Dispensador de Poderes a todos los pueblos,
Desde Oriente hasta Occidente!
¡Sublimes e inaccesibles son tus Poderes
Y tu corazón está lleno de misterio, insondable,
Tu habilidad inventora, que incluso puede parir a los dioses,
Está tan fuera de alcance como el cielo.
Ella no sólo da nacimiento a los reyes,
A los que ciñe con la auténtica diadema,
Sino también a los sacerdotes que portan turbantes!23

Enki recorre constantemente su amado territorio, ya sea para ir a rendir pleitesía a Enlil y jurarle fidelidad, recibiendo de él todas las bendiciones, o bien para visitar con su barca cada porción de las llanuras, los cañaverales y las marismas, inseminándolas, lo que se relata con imágenes vibrantes como éstas pertenecientes a una tablilla que narra el extraordinario viaje del dios:

… el venerable Enki centró su atención en el Éufrates,
Se instala a sus pies, como un toro impaciente,
Alza su pene, eyacula
Y llena el río de agua brillante
(…)
El Tigris, enseguida, se sometió a él
Como un toro impaciente,
Que, con su pene levantado,
Produce “el regalo de bodas”.
Como un uro gigante a punto de saltar
Hizo disfrutar al Tigris,
Y el agua que así producía era brillante,
Suave y embriagadora,
¡El grano que producía con ella era denso y alimenticio!24

Tras esta excitante fecundación de los dos cursos de agua –símbolo, para aquella cultura, del agua de la vida y de la Sabiduría– Enki toca con su mano izquierda la tierra y ésta se torna riquísima, y con la derecha empuña su vara y pronuncia las palabras mágicas para que se mezclen las aguas de ambos caudales, conjunción que hará rezumar todo de prosperidad. Gestos teúrgicos cuya más alta significación alude a la permanente y necesaria conjunción de los opuestos de la que surgirá la vida en todas sus expresiones. Enki sigue navegando con su barca por el río y entonces

… fue a aquella que cabalga […]
En el precioso santuario,
A aquella que fomenta el apareamiento (?),
La gran Ola marina,
la Marejada, la Corriente Marina,
Surgida del fondo (?) del Mar,
La Señora de Sirara, Nanse la venerable,
A la que Enki nombró encargada del mar en toda su inmensidad.
Después evocó a la lluvia, al Agua celestial,
A la que colocó en lo alto, bajo la forma de nubes flotantes,
Y hace retroceder hasta el horizonte al viento que las mueve,
Para transformar los eriales en campos de cereales.
Y al jinete de las tempestades,
Que se abalanza sobre el relámpago,
Al que cierra el cielo con su augusta tranca,
Al hijo de An, el Inspector del universo,
A Iskur amo de la abundancia,
Enki lo nombra encargado de todo ello.25

Y continúa asignando funciones; a Enbilulu lo nombra encargado de los ríos, a Enkimdu –el patrono de las acequias y los levantamientos de tierra–, lo hace responsable de la agricultura; Ashnan será la encargada de los cereales y Kulla de los ladrillos moldeados; Musdamma es el gran albañil; Sakan, el rey de la montaña, es el responsable de la vida pastoril e Inanna difundirá el amor por las calles; por su parte, Dumuzi, el amante de la diosa, dirigirá el pastoreo. Después Enki establece el catastro y marca el suelo con estacas, para pasar a otorgar funciones a diversas diosas: a Uttu el arte de la tejeduría, a Ninmug la artesanía de la madera y el metal, Nintu es la comadrona del mundo, Ninisinna se convierte en la hieródula de An, Nisaba recibe la regla de medir, establece las fronteras, marca los límites y se convierte en la secretaria del país…y más y más hasta que no queda región ni labor gobernada por una deidad.



El ministro bifronte Usmu presenta a un hombre emplumado ante Enki.

Este dios tan prolífico se unirá con su consorte Ninki llamada también Ninmah y tendrá otros amores, procreando aquí y allá, incluso con su madre, su hija, su nieta y su bisnieta. Adulterios e incestos con los que dará vida a diosas, a plantas y a vegetales e incluso a seres deformes, de ahí que toda esta prodigalidad haga ver en él al Zeus sumerio, además de como ya hemos sugerido, a Hermes.

Uno de los acontecimientos más extraordinarios en los que colabora es el de la creación del ser humano –lo que está relatado en el Poema de Atrahasis y en otras tablillas encontradas en diferentes ciudades–, con el fin de aliviar el cansancio de los dioses por sus arduos trabajos constructivos. Realmente, erigir un Universo es tarea harto compleja y laboriosa, y llega un momento en el que los dioses se rebelan y piden unos sustitutos. Una de las narraciones es ésta:

Namnu, sin embargo, la madre primordial, la que dio a luz a todos los dioses, llevó a su hijo Enki la queja de los dioses:
– ¡Hijo mío, tu reposas, estás durmiendo, no interrumpes tu sueño, pero los dioses, mis criaturas, te recriminan eso. Abandona tu lecho, ejerce tus talentos con inteligencia y fabrica unos sustitutos a los dioses a fin de que ellos cesen de trabajar.
A las palabras de Namnu, su madre, Enki se levantó de su lecho y tras abandonar su santuario Halanku, su morada, el inteligente, el sabio, el avisado, el hábil, el creador que da forma a todo, confeccionó una matriz que situó cerca de sí y que estudió con suma atención.
Y cuando Enki, el creador por naturaleza, hubo sutilmente infundido parte de su inteligencia en el interior de la criatura, su emanación, se dirigió a su madre, a Namnu, y le dijo:
– Madre mía, la criatura en la que tú habías pensado, mírala aquí dispuesta a liberar a los dioses de su trabajo. Cuando hayas mezclado un pedazo de barro sacado de las orillas del Abzu, el barro tomará la forma de esta matriz, de este molde, y cuando quieras, tú misma, le darás la naturaleza, su espíritu, y se convertirá en hombre.
Tras decirle aquellas importantes palabras acerca de la creación de un nuevo ser, Enki continuó:
– En tal tarea te asistirá Ninmah, la diosa tierra. Y también Ninimma, Shuzianna, Ninmada, Ninbarag, Dududuh y Ereshgunna. Todas ellas serán tus auxiliares. Y tú, madre mía, decidirás el destino de la nueva criatura. Y Ninmah les ordenará que trabajen para los dioses. ¡Así ellos quedarán liberados de tal tarea!26

Hay otras versiones en las que el hombre es creado también con barro –la materia prima que simboliza su aspecto meramente humano–, mezclado con la sangre de dos deidades sacrificadas (incorporándose con este gesto la parte divina); e incluso en otro mito se relata que todos los dioses escupen sobre la arcilla que se ha amasado previamente con la carne y la sangre del dios We, recibiendo de este modo el hombre la chispa divina que le permitirá recordar su origen celeste.

Enki siempre es el artífice, pero no sólo piensa el prototipo del ser humano, sino que una vez creado, vela constantemente por él e incluso cuando el dios Enlil decide enviar el gran diluvio porque los hombres cada vez son más numerosos y molestan sobremanera a los dioses con su bulla, Enki se las ingenia para comunicar a través de una pared –“creyendo” que no hay nadie al otro lado y sin contravenir, por tanto, el juramento que ha hecho a Enlil de no revelar a nadie la decisión de barrer a la humanidad– al más sabio de todos ellos, al rey Ziusudra, la hecatombe que se avecina y todo lo que debe hacer para salvar la esencia del genero humano y de la vida terrestre. Así es la naturaleza de Enki, generosa y protectora de lo que ha venido a manifestarse, pues sabe que el Universo entero es el símbolo de una realidad que lo trasciende.

Vida que como ya hemos apuntado más arriba incluye el abanico de todas las posibilidades de ser, incluso la manifestación de deformidades y anomalías, de las que nos dice Federico González Frías en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos:

Las deformidades como todo lo monstruoso han llamado siempre la atención de los pueblos arcaicos. Jorobados y enanos han formado parte de las cortes y se los ha considerado portadores de buena fortuna. Todo lo que excede una aparente normalidad (incluso los gemelos) es una anomalía digna de ser tomada en cuenta dentro del general de todos los pueblos, incluso los niños con ciertos retardos y dificultades tienen a veces virtudes especiales, para la aritmética por ejemplo, que han sido tomadas como sagradas para muchos pueblos tradicionales. También para la predicción y para un sinfín de cuestiones ligadas con la sensibilidad y relacionadas con diferentes objetos y cosas: tal el clima, los fenómenos atmosféricos y aun el conocimiento del futuro.

Sin embargo en otras Tradiciones les son vedados el acceso a determinadas sociedades esotéricas dándose muchas veces la razón para justificar este hecho en la desviación de la columna vertebral y la imposibilidad de la verticalidad.27

En este sentido, existe un mito en el que Ninmah reta a Enki después que éste ha creado al ser humano diciéndole que ella será siempre capaz de procurar un destino bueno o malo a todos los hombres. Enki, haciendo gala de su gran apertura, deja entonces que se introduzcan carencias e imperfecciones en la existencia, pero le responde que él siempre tendrá los medios “para compensar el desequilibrio que se pueda producir”, de manera que cada vez que Ninmah alumbra a humanos con distintas deficiencias, Enki les encuentra una ocupación compensatoria en la que ser brillantes. Por ejemplo:

El segundo hombre que creó la diosa no podía ver, era ciego. Enki, a aquel hombre ciego, incapaz de ver, le asignó como destino el arte del canto. Hizo de él el gran maestro del Ushumgal, esto es, el maestro músico del instrumento “Gran-Dragón”.28

En cambio, cuando le toca el turno a Enki y éste crea un ser totalmente atrofiado, un umul, que es

…una criatura semejante a un anciano, porque no se habían cumplido los días de gestación. Aquel ser tenía la cabeza inerte, la respiración entrecortada, el tórax raquítico, el pecho flácido, el corazón enfermo y el vientre también enfermo. Las manos eran incapaces de aguantar la cabeza, incluso de llevarse el alimento a la boca, la columna la tenía penosamente curvada, los hombros caídos, los pies dificultosos, incapaces de caminar por el campo.29

… a éste, Ninmah es incapaz de encontrarle una ocupación, ni siquiera sabe cómo arreglárselas para que subsista. Debido a esa prepotencia de la diosa, han irrumpido las penurias, las dificultades y las calamidades en la existencia. Sin embargo, todo está incluido en el concierto cósmico, hasta lo imposible tiene su lugar y su razón de ser, de ahí que finalmente Enki vuelva a intervenir:

– Ninmah, ¿quién puede cambiar las palabras salidas de tu boca? Aleja de tu regazo con tu mano al umul, a esa criatura impotente. ¡Existe ya en la tierra! A tu obra, a lo que hiciste, yo la he mirado favorablemente. A lo que creaste imperfecto yo traté de que sobreviviera ¿Quién puede mejorarlo? Pueda el hombre, hasta el final de sus días, llevar su mano a la altura de la boca en señal de reverencia.30

Pueda, pues, el ser humano llegar a desentrañar el sentido sacro de la imposibilidad con la que se topa tantas veces en su vida y ponerla a su favor para que se produzcan aperturas en la conciencia y llegue así a liberarse de todo lo que represente una dualidad, encontrando el sendero de la Unidad del Ser. Las siguientes palabras de un sabio alejado en el tiempo de esta afrenta entre Enki y Ninmah aportan una luz sobre el tema:

Te doy gracias, Dios mío, porque me has descubierto que no existe otro camino para llegar a ti excepto aquel que parece completamente inaccesible e imposible a todos los hombres, incluso a los filósofos más doctos, ya que tu me has mostrado que puedes ser visto solamente donde comparece y nos viene al encuentro la imposibilidad. Señor, tú que eres alimento de los fuertes, me has alentado a que me haga violencia a mí mismo para que admita que la imposibilidad coincide con la necesidad. Y he descubierto el lugar en el que apareces de modo manifiesto, el recinto de la coincidencia de los opuestos.31

Por eso, a este dios tan cercano y benévolo, paciente, dúctil y también contradictorio y a veces un tanto tramposo, se le cantan muchos himnos con inspiradas palabras, que ahora reiteramos con fe y confianza, pues bien haríamos en voltear la mirada hacia él, que mucho ama al género humano y que está predispuesto a protegerlo ante cualquier eventualidad, revelándole las artes y las técnicas con las que poder deificarse:

Señor, de ojos hechizantes, que conoce la firme decisión, cuya voluntad es inexplorable, que lo sabe todo, Enki, lleno de ilimitado entendimiento, supremo consejero de los Anunna, gran sabio, que fija el conjuro en fórmulas (sabias) y adivina la decisión, que instaura el derecho, que aconseja desde la salida hasta la puesta del sol. ¡Enki, Señor de toda palabra verídica, a ti te alabaré para siempre!32

La tríada astrológica: Nanna-Zu’en, Utu e Inanna

Junto a esta primera tríada principal de dioses que han participado en el levantamiento del armazón cósmico y que se lo han repartido según su jerarquía en tres grandes regiones, a saber, lo más alto del cielo, el mundo atmosférico intermediario y la tierra sustentada sobre el mundo de las aguas dulces subterráneas, encontramos ahora a una segunda tríada astrológica simbolizada por la Luna, el Sol y Venus, que son denominados respectivamente en sumerio Nanna –también Zu’en–, Utu e Inanna, los que tendrán la función de marcar los ritmos y pautas de esa arquitectura, dotándola de movimiento e instaurando el tiempo, tanto el cíclico y recurrente como el cronológico.



El dios Utu de pie sobre un caballo y bajo los símbolos de Nanna e Inanna.
Dos hombres toro, a quienes flanquean Oannes y un adorador, sostienen sus alas.

Los grandes dioses decidieron así su aparición y les asignaron sus dominios:

Cuando Anu, Enlil y Ea [Enki], los grandes dioses
Crearon el Cielo y la Tierra,
Quisieron hacer evidentes los signos (astrológicos):
¡Establecieron, entonces, las Estaciones
E instituyeron las posiciones de los Astros;
Diseñaron las Estrellas
Y les concedieron sus trayectorias;
Agruparon, siguiendo su propia imagen,
las Estrellas en Constelaciones;
Midieron la duración del Día y de la Noche;
Crearon los Meses y el Año;
Trazaron las rutas de la Luna y el Sol!
Así adoptaron sus decisiones
Relativas al Cielo y a la Tierra.33

El primero en importancia fue Nanna o Zu’en, el dios asociado a la Luna, hijo de Enlil o de An según otras versiones, llamado también Ashimbabbar cuando se correspondía con la Luna nueva. Su habitáculo era el Ekishnugal, la “Casa de la gran luz” y aquí en la tierra se le veneró en Ur, Uruk y en Lagash. Con su esposa Ningal, “La Gran Señora”, tuvo a Utu (Sol) y a Inanna (Venus), aunque otras genealogías hacen de esta última hija de Enki.



La diosa Ningal, esposa de Nanna.

Nanna regía sobre los ganados y su fecundidad:

¡Cómo multiplica las terneras, cómo las multiplica!
¡El establo, Zu’en, qué numeroso lo vuelve!
(…)
Señor del santo establo, que das lustre a los ritos,
eres la vida de la mansión pura, la cuerda de lapislázuli.
(…)
El pastoreo del país, el puro An te [ha confiado],
Enlil te ha impuesto un hermoso nombre:
Tú eres la “Palabra fiel”…34

Con sus ritmos y ciclos, ora crecientes, ora decrecientes, establecía módulos y ordenaba el tiempo en semanas y meses –tal como ahora lo sigue haciendo– y con sus eclipses anunciaba acontecimientos funestos, que influían en la vida de todos los seres y acontecimientos de la tierra. Así lo atestigua este himno que se le dedica bajo el nombre de Sin, que es el que adoptó posteriormente en las culturas semíticas de la zona, donde se ve, además, que es el dios de la adivinación, al que todos consultan:

– A causa del mal que presagia el eclipse de Sin, que se produjo en días pasados y el mal que anuncian los signos y los presagios malignos y desfavorables, que tuvieron lugar en mi palacio y en mi país, los Grandes dioses te interrogan para que tú te pronuncies, ocupan su asiento en la Asamblea, discuten a tus pies.
– ¡Oh Sin, el más resplandeciente del templo Ekur, en la ciudad de Nippur, ellos te interrogan y tú das respuesta a la consulta de los dioses! El día en que tú te ocultas –día llamado bubbulu– es día de tu oráculo, secreto de los Grandes dioses; el día siguiente, el trigésimo, es tu fiesta, día de fasto para tu divinidad.35

En otro mito también se narra un tremendo eclipse de Nanna provocado por siete demonios malvados creados nada menos que por An y donde de nuevo Enki, “el poderoso guía de los dioses”, agudiza su ingenio para rescatar a Sin, que se halla turbado en su sede como un ser apático, lo que ha desencadenado una gran desolación y muerte por toda la tierra. Para ello, Enki pide ayuda a su hijo Asarluhi, dándole estas indicaciones acerca de los ritos mágicos que debe realizar en el templo de Nanna:

En la casa de la abundancia y la plenitud, donde se halla el resplandor divino. En la puerta del palacio pondrás una cuerda, entrelaza una cuerda de dos colores con pelo de cabra que haya sido montada y con la lana de cordero virgen, átala a los costados del rey, hijo de su dios. Por eso el hijo de su dios que detiene la vida del país así como la hoz de Sin la pondrá como la señal de gloria sobre su cabeza, así como la luna nueva.
Para alejar el mal coloca sobre su cabeza la rama de tamarisco, recita luego el “encantamiento de Eridu”, la ciudad del dios Ea. Tráele un incensario, una antorcha, lávalo con agua pura y purifica y asperge al rey, hijo de su dios.36

Y a modo de exorcismo final, Asarluhi debe formular estas palabras:

Que el espíritu malvado, el demonio malvado, el espíritu de los muertos malvados, el malvado fantasma, el dios malvado, el malvado enemigo no entren en la casa. Que no se acerquen a los muros del palacio. Que ellos no se acerquen al rey. Que no correteen en torno a la ciudad. Que no entren en la casa.37

A través de estos y otros mitos protagonizados por los dioses, podemos conocer el poder que le concedían a la palabra y la gran cantidad de fórmulas, ensalmos y conjuros con los que daban la vida o la quitaban, creaban y mantenían en orden a todas las entidades que pueblan el universo, tanto las benéficas como las maléficas.

Y ahora, entonamos este bello canto a esta primera deidad astrológica:

¡Sin, luminaria resplandeciente en los cielos puros, Sin, que te renuevas sin cesar, que iluminas la oscuridad, que procuras la claridad a las gentes que viven en multitud, que prodigas tu brillante luz a los “cabezas negras”!
Luminosa es tu aparición en los cielos puros, magnífica es tu antorcha y tu resplandor es como el de Girra, el dios del fuego. Tu destello llena la vasta tierra y las gentes rivalizan fieramente por verte.38



El dios Nanna con sus atributos.

Curiosamente, Utu es hijo de Nanna, o sea que el Sol ocupa un rango inferior a la Luna en la cultura sumeria. Es apodado también Babbar, “Resplandor”, siendo su habitáculo el Ebabbar, la “Casa del Resplandor”, y además de ser el dios dador de la vida, es también una entidad guerrera que vela por la justicia y el orden, promulgando leyes y castigos.

¡Utu, el juez de los dioses!
¡Utu, el creador de la decisión!
(…)
Es tuyo llevar a cabo el poder y la justicia.
Es tuyo llevar a cabo las decisiones de las tierras.
Desde el mar inferior al mar superior…39

Como no podría ser de otra manera, sus funciones le son asignadas por Enki –que le antecede en el orden jerárquico del universo– con estas palabras:

Al león rugiente,
A Utu el valiente, el toro bien plantado
Que, orgulloso, hace ostentación de su poder.
Al padre de la “Gran Ciudad”,40 en el Oriente,
Al gran heraldo del sagrado An,
Al juez, el que dicta las sentencias
En lugar de los dioses
Al que, adornado con una barba de lapislázuli,
Sube desde el horizonte hasta el cielo,
A Utu, el hijo de Ningal
(Al que) nombra encargado de (todo el universo).41



Dos representaciones de Utu desempeñando su función de juez.

Desde luego que Utu tiene también un estrecho vínculo con el inframundo, pues lo recorre secretamente cada noche, y consecuentemente, una indiscutible relación con el mundo de los muertos. Más adelante, en las culturas acadias y babilónicas, será ensalzado y ocupará un lugar central en su teogonía, conociéndoselo como Samash.



El dios Utu en su barca.

Y llegamos así al encuentro con la tercera deidad astrológica, en este caso la diosa asociada al planeta Venus –Inanna, hija de Nanna o de Enki– cuyo culto e importancia se extendió por toda Mesopotamia, adoptando los nombres de Ishtar, Astaré, Aserah, etc. Ella conjuga en su seno el vínculo amoroso y el odio furibundo, de ahí que sea la patrona del amor y de la guerra y de todas las luchas en general, así como también de la fecundidad que sigue a las uniones. Empero, los amores con su amante Dumuzi no son muy afortunados… paradojas que son las propias del discurso cosmogónico.

Se han encontrado muchos himnos que la invocan, quizás sea la deidad que reúna una mitología más completa, permitiéndonos conocer muchas ideas relacionadas con la iniciación en los misterios del amor y de la muerte, así como la valiosísima relación de todos los me o poderes divinos que aparecen enumerados en uno de esos relatos.

Justamente este mito comienza con el viaje de Inanna al templo de Enki, quien la recibe y la agasaja con un gran banquete; mientras festejan, comiendo y bebiendo alegremente vino y cerveza –y cuando Enki ya se encuentra un tanto ebrio–, éste empieza a legar todos los atributos divinos a la diosa, que los recibe en silencio y los sube a su barca celeste para llevárselos a Uruk. El listado es ciertamente una síntesis de las ideas imprescindibles para la instauración de la civilización, abarcando desde las funciones sacerdotales, reales y guerreras hasta las artesanales, así como las referentes a todas las ciencias y las técnicas y a otros aspectos esenciales de la doctrina tradicional.42

Cuando Enki despierta de su sopor y se da cuenta de lo que acaba de hacer intenta recuperar de nuevo los me enviando todo tipo de entidades tremendas contra Inanna, como los Enkum, los Cincuenta Gigantes de Éridu, los Cincuenta Lahamu de Engur, los Grandes peces y finalmente los Guardias de Uruk, pero ninguno de ellos logran hacerse con el contenido de la barca, gracias a la intercesión de la criada de Inanna, que al no haber tocado nunca el agua con su mano ni su pie, protege de este modo a su ama y su bajel. Ianna llega así a su ciudad, que prosperará bajo la dirección de estos poderes. Finalmente, Enki acepta su gesto de transmisión, dando con ello idea de cómo se legan las ideas ordenadoras de una deidad a otra, de una ciudad a otra que toma así el relevo de la anterior manteniendo siempre viva una misma esencia imperecedera.



La Reina del Cielo en su santuario con su sirvienta.

¡Y a saber por qué estaremos nosotros ahora recuperando todos estos saberes, sacándolos a la luz y recogiéndolos en estas páginas, en esta pequeña arca que también estamos construyendo y llenando de ideas arquetípicas! Hay otra serie de mitos que relatan la relación de Inanna y Dumuzi, su enamoramiento, la boda, los adulterios del pastor, el descenso de Inanna a los Infiernos, su retorno, el trágico final de Dumuzi y su condena a permanecer la mitad del año en el inframundo y la otra mitad sobre la tierra. Constituyen tanto compendios del arte amatoria como expresiones de ritos purificadores y regeneradores en los que se destaca la simbólica de la hierogamia sagrada, repetida en los templos de Mesopotamia con motivo de la celebración del Año Nuevo, donde esos esponsales divinos eran escenificados por una hieródula sagrada en el papel de Inanna y el rey como el dios al que se une. Ritos que regeneraban el tiempo y el espacio, sacralizándolo y aportando fecundidad y unión entre todos los planos del Ser Universal.

Mas dejémonos arrebatar por la narración de dichos cortejos tan vívidamente evocados en los mitos:

Dos jóvenes dioses se enamoran un día. Inanna y Dumuzi se enamoran tras haber sido creado el mundo, los animales y las plantas. Se enamoran un día cualquiera. Inanna había dejado pasar las horas de aquel día y deseaba en lo más profundo del corazón que se hiciera de noche para que Dumuzi, después de terminar su día de trabajo, acudiera junto a ella.43

La doncella se prepara y toma sus baños rituales:

– Me he lavado con agua, me froté con jabón, me lavé con el agua de la jofaina de bronce, me froté con jabón del cuenco de piedra brillante, me ungí con el dulce aceite de la jarra de piedra pulida y me vestí con ropas de reina, con ropas de la diosa del cielo. No debes olvidar que como estrella de la mañana y también de la tarde soy llamada “Reina del cielo”. Por eso, cuidando de mi persona, me hallaba encerrada en la casa.
Después de detallarle lo que había estado haciendo, y que, obviamente, lo había efectuado con vistas a recibir a su novio, Inanna continuó.
– Así refrescada y vestida, vagué por la Casa, puse luego Khol en mis ojos, alisé mi pelo, que se revolvía en la nuca. Ajusté mi botellín a la cintura, lo llené de agua. Incluso probé mi arma. (…) Ahora no la preciso, pero esa arma hará que los años de reinado de mi rey, del esposo que me ha sido escogido, sean agradables. Le darán un reinado propicio. Seré celebrada también como diosa de la guerra. Lo sé desde que fui concebida.44



Imagen guerrera de Inanna.

El novio ya se acerca y ella se dirige a sus amigas empleando términos de una gran carga erótica, como es muy habitual en las relaciones de los dioses mesopotámicos, en las que el sexo no es tabú, sino la clara expresión del necesario y permanente encuentro y desencuentro de las dos corrientes cósmicas, la positiva y la negativa, abocadas a uniones y repulsiones expresadas sin tapujos:

Mirad, mis pechos están erguidos, palpitan, mirad, ha crecido vello en mi vulva. Regocijémonos yendo al regazo del novio, el que ha traído tantos regalos. ¡Danzad, danzad! ¡Oh diosa Baba, regocijémonos con mi vulva! ¡Bailad, danzad! Al final de nuestro encuentro él se hallará complacido, se hallará totalmente feliz.45

Llega el día de la boda. Inanna se viste ritualmente, se peina, se enjoya, se coloca piedras preciosas y metales en puntos significativos del cuerpo: las de lapislázuli para adornar su pecho y su moño, cuentas ovoides para sus nalgas, brillantes gemas para su cabeza, cintas de oro para el cabello; cogió también la piedra llamada “la que cubre la Casa principesca” y la clavó en su nariz, pendientes de oro en sus orejas y colgantes de bronce en los lóbulos; puso unos adornos de madera de ciprés y boj entorno al ombligo en el cual había pinchado un bonito anillo en forma de paloma; tomó una cadenilla y la situó alrededor de sus caderas, y puso una brillante piedra de alabastro en su muslo; y en la vulva, incrustó una joyita en forma de negro sauce. Y así ataviada, en “el ombligo el cielo”, en el aposento que Enlil tenía en el Eanna de Uruk, el en (Señor) la encontró. En el Eanna, el pastor de Enlil, Dumuzi, la halló y la diosa comenzó entonces a cantar y a danzar.

Luego, penetraron en la Casa y consumaron el matrimonio. Al día siguiente se celebró un magnífico banquete de bodas. Todos los dioses invitados degustaron los manjares que se habían dispuesto para celebrar tan fausto acontecimiento: los esponsales de dos divinidades.46

Son varios los relatos de este magno acontecimiento, al que sigue la ida de los esposos a su nuevo hogar y el juramento que toma Inanna a Dumuzi de no volver a fijar su mirada sobre ninguna otra doncella. Sin embargo, parece ser que ni los dioses están curados de tentaciones, y Dumuzi acaba siendo infiel a su esposa, que enterada del adulterio, arroja a la esclava al exterior de la muralla de la ciudad por el matacán. No contenta con la muerte de su contrincante, sale en busca de su esposo, el cual había tenido un sueño premonitorio de su propia muerte que le es interpretado por su hermana Geshtinanna. Ésta le aconseja que se oculte primero entre la hierba y luego entre las plantas pequeñas y entre los arbustos, pero demonios furibundos y terribles acaban encontrándolo en una profunda grieta; el pastor escapa gracias a la intercesión de Utu, y tras una serie de peripecias vuelve a casa de su hermana y se esconde en el redil donde finalmente los demonios dan con él y le quitan la vida.

Interrumpimos en este punto el mito para prestar atención a lo que está haciendo mientras tanto Inanna, que si bien por venganza deseaba la muerte de Dumuzi, por otro lado lo llorará con amargura cuando lo vea muerto, aunque le viene muy bien su defunción porque así ella podrá liberarse del Infierno al que ha decidido descender. Desde luego que esta trama poco difiere de muchas de las correrías de los seres humanos. ¿Será que los dioses están sometidos igualmente a los embates de las pasiones, de los odios, las venganzas y traiciones? ¿Qué es, entonces, lo que los hace distintos de los seres humanos? Pues aquí los vemos peleando, festejando, comiendo, trabajando incansablemente, haciendo el amor, viajando del cielo a la tierra y viceversa, y también bebiendo a troche y moche, acicalándose, dialogando, muriendo y resucitando. O sea, que de alguna manera parecen dirigidos igualmente por unos hilos invisibles que los mantienen en perpetuo movimiento, alimentando con sus acciones la Rueda de la existencia. Y es tanta su actividad en esos planos invisibles que acaban agotados y por eso deciden crear al ser humano, para que coadyuve en la obra creacional y la complete hasta sus más concretas manifestaciones, cosa que ellos, por ser invisibles, no pueden nunca llegar a materializar. Éste es el punto que los distingue de los seres humanos; y la grandeza del hombre, habitar el mundo de la concreción material, pero simultáneamente poder vivenciar todos esos planos invisibles en su conciencia.

Es notorio que todos los dioses trabajan; todos menos uno que permanece siempre inmóvil, inafectado por este devenir de mundos y dioses, demonios y seres humanos… En él estará, pues, la clave de tanto trajín y también la de la posibilidad de salirse de él… pero no nos precipitemos.

Volvamos a Inanna, que no contenta con ser la Reina del Cielo decidió un día presentarse en los dominios de su hermana Ereshkigal –la temible diosa del Infierno que acababa de perder a su esposo Nergal–, habiendo dado primero todo tipo de instrucciones a su asistenta por si acaso no regresaba de su descenso, pues

Inanna conocía las leyes del Más Allá. Sabía qué les ocurría a los muertos.47

Cuando llegó a las puertas del palacio de Ganzir, llamó para que le abriesen la puerta. El portero la interrogó y después de conocer su identidad fue a consultar a su Señora, que le dio la venia para que Inanna accediera a sus dominios, pero con la condición de someterse sin ninguna objeción a sus leyes. Inanna se ve obligada, ante cada una de las siete puertas del Infierno, a despojarse de todos sus abalorios y vestimentas, desde la corona, el cetro, las joyas, el tapa senos, etc., hasta que

Cuando franqueó la séptima48 puerta le fue quitado de su cuerpo el manto real.
– ¿Qué significa esto?
– Calla Inanna. Los poderes de los Infiernos son irreprochables. No protestes contra los ritos del Mundo de abajo.49

Ya en presencia de su hermana, ésta le lanza una mirada fulminante e Inanna cae muerta. La diosa ha conocido los misterios de la vida, del amor y de la muerte a la que ha llegado despojada de todo, completamente desnuda y sola. Ha unido con su recorrido descendente lo más elevado del cielo con lo más profundo del inframundo, y es a través de su historia ejemplar –análoga al viaje iniciático que posibilita al ser humano conocer y recorrer en sí todos los estados del ser–, que nos revelará las pistas de su resurrección y la posibilidad de invertir el sentido de ese viaje, volviéndolo ahora un ascenso desde este punto más bajo hasta el punto inmóvil de la cúspide del cielo. Inanna remontará contracorriente la escala de los mundos, hasta ser finalmente exaltada junto a An.

Su retorno a la vida se produce por intermediación de la magia de Enki, el cual forma dos seres –Kurgarru, a quien le entrega el “Alimento de la Vida” y Kalaturru a quien le da el “Agua de la Vida”– con la porquería que le quedó en las uñas tras la creación del ser humano. Ambos seres descienden a los dominios de Ereshkigal, y después de restablecer a la temible y sanguinaria diosa que se encontraba enferma, le piden a cambio de su curación el cadáver de Inanna que pendía de un clavo sobre el que derramarán sus dones, devolviéndola a la vida. Pero al dirigirse hacia la salida del Infierno, los Anunna exclamaron:

– ¿Quién de los que han bajado a los Infiernos, han podido salir indemnes? Si Inanna quiere salir de los Infiernos, ¡que nos entregue a alguien en su lugar!50

Y aquí es donde entra de nuevo en escena Dumuzi, que como ya sabemos ha muerto y será el escogido por la diosa para entregarlo a cambio de su liberación, quedando el dios obligado a permanecer en los Infiernos la mitad el año, y la otra mitad su hermana Geshtinanna. Vemos así como ciertos dioses no pueden escapar a sus destinos, obligados a seguir alimentando la rueda de las mutaciones, tal el caso de estos dos hermanos, que simbolizan el constante perecer y renacer de los años y de otros ciclos mayores.



Adorador en el interior del santuario de Inanna, flanqueado por dos seres alados con bolsito.

Sin embargo, el destino para Inanna es otro, mucho más elevado, pues ella logra sustraerse del encadenamiento de la Existencia y trazar la ruta, con su exaltación final, de la única salida totalmente liberadora, que es la restitución de la Androginia original y la vivencia del estado de Unidad. Todo este tramo final queda recogido en un mito babilónico en el que An o Anu eleva a la diosa hasta la cúspide más alta del cielo, a petición de todos los otros dioses:

– Oh, padre de los dioses, tu palabra es el fundamento del cielo y de la tierra, ¿quién de nosotros te sería rebelde? Tú eres el señor prudente que únicamente tomas consejo de ti mismo, ¿qué valdría nuestro consejo? A la joven Ishtar, que tú has poseído, ¡dale la mano! Hazle conocer, en nuestra Asamblea, tu “sí” inmutable, que es augusto como el cielo.
Otro de los dioses, con profundo respeto, –y llamando Innin a la diosa Ishtar– le dijo a Anu:
– A Innin, la diosa que tú has poseído, concédele el conjunto de tus poderes divinos, que ella sea Antu, la esposa, tu igual, que ella se eleve hasta la altura de tu nombre. Mucho más: que su mano tome también posesión de los derechos de Enlil y de Ea [Enki]. Que únicamente ella tenga las riendas de los cielos y de la tierra ¡Que sea la más poderosa entre nosotros!51

Así se hace. Inanna, victoriosa en el amor y en la guerra, ha logrado atravesar todas las puertas y velos sutiles del universo –análogos a los estados de la conciencia del ser– gracias a su constante y aguerrida lucha, a su intrepidez y bravura, conjugando siempre las atractivas artes amatorias con las más encarnizadas peleas. Así es también cómo se producen las luchas en el interior del alma que desea retornar a su Origen. La culminación es de nuevo una conjunción, una cópula entre la diosa y su Principio (simbolizado en este caso por An). Reunión gloriosa que es narrada de este modo en su mito de exaltación:

– ¡Oh Ishtar, guíales! Haz tuya la totalidad de su dominio, sé tú sola la soberana. Ven –indicó luego– sube hasta el trono de mi realeza y reside en el más alto de los cielos. En réplica a mi propio nombre que “Antu, la excelsa”, sea tu nombre. Que mi fiel mensajero, de preciosos labios, que conoce todos mis secretos, que Ilabrat, el dios de alas, el mensajero apropiado a mi rango, sea también para ti el que interceda. Que haga que, siempre, las palabras que los dioses y las diosas pronuncien ante ti, y que oigas involuntariamente, te sean favorables presagios. En los fundamentos eternos del cielo y de la tierra, en las innumerables constelaciones divinas, al comienzo de los tiempos Anu, Enlil y Ea hicieron el reparto de las partes. Para los dos dioses, custodios de los cielos y la tierra, los cuales abren la puerta de Anu, para Sin y para Shamash el día y la noche fueron hechos en partes iguales. Se les asignó sus tareas cotidianas desde la base de los cielos hasta el vértice de los cielos. Como unos surcos que confinan entre sí fueron hechas todas las estrellas del cielo. Al igual que los bueyes, los dioses que marchan en cabeza, sus frentes tomaron el buen camino. En este lugar, oh Ishtar, elévate tú a la realeza sobre todos ellos.52

Y para terminar, An la inviste Soberana del Universo, le entrega su templo con su cámara más secreta, el cetro y le pone la tiara sobre la cabeza:

– ¡Oh Innin –prosiguió Anu–, sé tú la más brillante entre ellos, y que te llamen “Ishtar de las estrellas”!, Que, soberanamente, al lado de ellos tu lugar se convierta en el más importante. Que, lejos de la protección de Sin y de Samash, sea radiante tu esplendor. Que el brillante flamear de tu antorcha se encienda en medio del cielo. Como entre los dioses tú no tienes a nadie que se te aproxime, ¡que los pueblos te admiren!53



Inanna exaltada como Reina del Universo.

Anu y Antum ocupan desde este momento la cúspide del universo. De dos, con su matrimonio, han hecho uno. Este Uno es la clave para liberarse de las historias recurrentes, de todos los amores y de las indefinidas luchas.54 Todo el tiempo, circular y cronológico, es reabsorbido en este punto. El espacio ha desaparecido, ya no media nada entre el uno y la otra, pues se ha realizado la Unidad indiferenciada. Gracias a la historia ejemplar de Inanna sabemos que hay una salida olvidada de esta Rueda de la Existencia y un salto allende la Cadena de los Mundos. La tiara con la que es coronada Inanna, que es la misma que la de Anu, indica dominio sobre los tres mundos que conforman el Universo, y a la vez, entrega a lo que está más allá de él. Acerca de lo que hay por encima de esa tiara real, los sumerios no nos hablaron. Quizás no se han hallado las tablillas que lo hagan, o quizás nunca lo hicieron por la propia naturaleza inexpresable de lo que está más allá del Cosmos.

Nergal, Ereshkigal y las catervas de demonios

En el polo opuesto de esta pareja suprema nos encontramos con otra, la conformada por el dios Nergal y su esposa Ereshkigal. Estos son los reyes del inframundo, aquel lugar del que nadie regresa, o casi nadie, pues ya hemos visto que Inanna sí lo consiguió.

El infierno, también llamado el Más Allá, es un lugar lúgubre y polvoriento,

… la Casa en la que los que entran quedan desprovistos de luz, donde el polvo alimenta su hambre y donde su pan es la arcilla, donde están vestidos como pájaros, sin jamás ver el día, y donde están acurrucados en las esquinas, llenos de gemidos, pasando sus días llorando como tórtolas.55

En una tablilla se relata el sueño de un príncipe asirio que ha tenido una visión de la jerarquía de entidades que rigen y guardan este ámbito. Pongámonos a temblar, pues de estas prisiones pocos escapan.

– He tenido un sueño. Durante el mismo fui transportado al Más Allá. Y desde el lugar en que estaba retenido vi el terrible resplandor que lo inundaba todo. Vi a Namtar, el Visir del Mundo Inferior, el que crea los omina de las vísceras. Ante él estaba un hombre que sujetaba el pelo de su cabeza en su mano izquierda, mientras en su derecha sujetaba una espada.
– Namtartu, su concubina tenía una cabeza de kuribu, en forma de esfinge, sus manos y sus pies eran humanos. El dios de la muerte, Mutu, tenía cabeza de dragón; sus manos eran humanas, sus pies eran de pájaro.
– El malvado demonio Shedu tenía cabeza y manos de hombre; su tocado era una tiara; sus pies eran los de un pájaro agi. Con su pie izquierdo pisaba encima de un cocodrilo.
– Allahappu, “Red de caza”, tenía la cabeza de un león, cuatro manos y pies humanos.
– Mukilreshlemutti, “Sustentáculo del mal”, tenía la cabeza de un pájaro; sus alas estaban abiertas en el momento de volar de un lado para otro; sus manos y pies eran humanos.
– Humuttabal, “El que lleva velozmente”, el barquero del Más Allá, tenía la cabeza de pájaro Anzu; cuatro manos y pies de hombre.
– Etemmu, el “Espectro de los muertos”, tenía la cabeza de un buey, cuatro manos y pies humanos.
– El malvado Utukku, el “Genio maléfico”, tenía la cabeza de un león, manos y pies de pájaro Anzu.
– Shulak, parecido a un león normal, estaba constantemente de pie sobre sus patas traseras.
– Mamitu, “Juramento”, tenía la cabeza de una cabra, manos y pies humanos.
– Petu, el portero del infierno, tenía la cabeza de un león, manos humanas, pies de pájaro.
– Mimma-lemnu, “Todo mal”, tenía dos cabezas, una cabeza era la de un león, la otra la de una pantera.
– Muhra tenía tres patas: las dos delanteras eran las de un pájaro, la de atrás la de un buey. Estaba rodeado por un resplandor pavoroso.
– De dos dioses, de los cuales ignoro sus nombres, uno tenía la cabeza, las manos y los pies de pájaro Anzû; en su izquierda tenía garras. El otro estaba provisto de cabeza humana, su tocado era una tiara; en su mano derecha llevaba una maza; en su izquierda, ante él, sostenía una lanza.
– En total estaban presentes allí quince dioses. Yo los vi, yo les supliqué.56

Y ahora viene la visión del rey del inframundo:

– Cuando moví mis ojos, vi que el esforzado Nergal estaba sentado sobre un trono regio. Su tocado era la corona de la realeza; en sus dos manos sujetaba dos terroríficas mazas, cuyas dos cabezas finalizaban en leones. De sus manos relampagueaba continuamente un rayo…
– El infierno estaba lleno de terror. Ante el Hijo del Príncipe, esto es, ante Nergal, había un silencio total…57



Imagen de Nergal, dios del inframundo.

Como ya sabemos, del Infierno sólo pudo salir airosa Inanna, no sin antes haber muerto y resucitado gracias a las artes de Enki. Nergal también podrá bajar y subir por esta escala cósmica, pero sólo hasta que sella su definitivo pacto con la diosa Ereshkigal, momento desde el que permanecerá atado a ese mundo inferior por siempre más. De este modo queda perfectamente trazado el eje que conecta lo más profundo del inframundo con la cúspide del cielo y los regentes de cada uno de estos dos extremos. Existen dos tablillas que relatan el mito de la relación protagonizada por los soberanos del Infierno; son de época posterior a los sumerios, pero cabe pensar que inspiradas directamente por su panteón, en el que no podían faltar los soberanos del Más Allá.

De los dos relatos, el más antiguo nos presenta a la reina Ereshkigal instalada en sus dominios y sin posibilidad de poder subir al cielo para participar del ágape mensual que celebran todos los dioses. Por eso, envía siempre a su visir a recoger la parte que le corresponde del banquete. Al llegar al cielo, todos los dioses se ponen de pie para recibirlo, todos excepto uno que lo ignora, Nergal. Informada la reina de esta afrenta, se siente totalmente ofendida y envía de nuevo a su mensajero para que le traiga a ese dios insolente, y así poder darle muerte. El visir sube de nuevo y no es capaz de reconocerlo porque Nergal, a instancias de Enki, se ha rasurado la cabeza para camuflarse. Y así sucede durante un tiempo, hasta que Nergal, temeroso de que finalmente lo identifique y aconsejado igualmente por Enki, decide bajar al infierno con catorce guardianes y enfrentarse con violencia a la temible diosa. Así lo hace, y con la ayuda de esos aguerridos acompañantes toma posesión de las catorce puertas del infierno y logra rebajar a Ereshkigal, quien le suplica clemencia cuando el dios está a punto de darle muerte. ¡Y vaya cosa sorprendente que le ofrece la diosa!

–Sé mi esposo y yo seré tu mujer. Te haré poseer la realeza sobre los infiernos. Te entregaré además la Tablilla de la Sabiduría. Tú serás el Señor, yo la Señora.58

Estos sumerios lo explicaban todo con relatos aparentemente sencillos –pero profundos en conocimientos– copados de grandes luchas, ingenio y estrategia e indisolubles conjunciones que catapultaban a otros estados. Lo hemos visto con todas las bodas entre dioses: después del enlace, la nueva reina o rey divinos adquieren atributos y funciones que no poseían, lo que viene a ser un símbolo de las constantes transmutaciones, las propias de este organismo vivo que es el universo, que se alimenta, muere y regenera a través de dichas operaciones acaecidas en el interior de sí mismo, produciendo ya sea materializaciones o sublimaciones, fermentaciones y exaltaciones.

Eso son las gestas de los dioses, tránsitos a través de los estados múltiples del Ser, y ellos, el símbolo de cada uno de esos estados, los que sólo pueden concretarse si el ser humano los encarna. Hay, entonces, deidades que representan los estados superiores y más altos, y otras los inferiores. Y en el justo medio, el hombre religando lo de arriba con lo de abajo en su corazón y conociendo todas estas posibilidades, o sea identificándose con ellas, dándoles vida, de ahí que en un himno se hable que los sumerios podían “parir a los dioses” y actuar todas sus gestas.



Nergal y un demonio león castigan a un pecador.

Pero volvamos al segundo relato de los soberanos del Infierno que comienza del mismo modo que el anterior, o sea, con esa afrenta por el menosprecio de Nergal hacia el visir de Ereshkigal y la exigencia de la diosa de traer ante su presencia al desvergonzado. En este caso, el valiente dios decide bajar al Infierno sin demora y pedir perdón a la diosa, eso sí, siguiendo los consejos que le da Enki de no aceptar el trono que se le ofrecerá nomás llegar, ni la comida ni la bebida, ni mucho menos que se deje seducir por la reina; sin embargo Nergal sucumbe a los encantos de la diosa y duerme con ella seis noches, mas antes de que se cumpla la séptima, “plazo de máxima permanencia provisional”, le pide poder retornar al cielo con la promesa de que volverá.59 Empero el dios incumple su palabra y Ereshkigal envía a su visir para buscarlo, pero no da con él, pues en esta ocasión no solamente es calvo sino que además se ha vuelto bizco y patituerto. Finalmente, Enki le da nuevas instrucciones a Nergal para descender ante Ereshkigal y el desenlace es éste:

Desposeído de todos sus objetos, entró al final en el amplio patio de Ereshkigal. Sonriendo, se dirigió hacia ella. Y la cogió por su chal y la hizo descender de lo alto de su trono. Luego, cogiéndola por sus cabellos rizados la apretó contra sí, manifestándole todo el amor que sentía en su corazón por ella. Y arrebatados de nuevo, uno y otro, por una mutua pasión, se precipitaron con ardor en el lecho. Un primer día, un segundo día, la reina Ereshkigal y Nergal durmieron juntos. Igualmente un tercero, un cuarto, un quinto, un sexto y un séptimo día, consumiendo así las siete noches en el Infierno. Cuando llegó el octavo, Anu, desde el cielo, abrió su boca y dirigió estas palabras a su mensajero Kakka:
– Kakka, te voy a enviar al país sin retorno, a la morada de Ereshkigal que reside en el Infierno para que le digas: “Este dios que te he enviado permanecerá contigo toda la eternidad. Él no formará ya nunca más parte del Mundo Superior, sino que, en adelante, lo será del Mundo Inferior”.60

Conforman esta corte infernal, además de dichos soberanos, un conjunto de demonios malvados enviados también por An, en número indefinido, pero con siete cabecillas llamados los Utukku,

responsables de los eclipses lunares y de determinadas enfermedades, además de acarrear intranquilidad, desorden y confusión en el mundo. Residían indistintamente en el desierto, en el Infierno, en cavernas, en las sepulturas o en casas derruidas. A pesar de ello fueron considerados hijos de los dioses y mensajeros de los mismos. Tenían funciones determinadas. Así, por ejemplo, el asakku atacaba al hombre en la cabeza, el alu limnu en el pecho, el namtaru en la garganta, el utukku en el cuello, el etemmu en el vientre, el gallu en la mano y el ilu limnu en el pie.61

Estas son algunas de sus fechorías:

¡Ellos son violentas tormentas, utukku, dioses malignos! ¡Son espíritus sin piedad, que nacieron en la bóveda celeste! ¡Son agentes de desgracias! ¡Son agentes del mal, que diariamente, no piensan más que en el mal y avanzan para cometer muertes! De entre los siete, el primero es el desecador Viento del Sur, el segundo es un dragón con sus fauces ampliamente abiertas, el tercero es un leopardo, colérico como una fiera a la que se ha raptado sus pequeños, el cuarto es una serpiente aterradora, descomunal en su tamaño, el quinto es un león pleno de rabia, a quien no se le puede hacer recular, el sexto es un morueco enhiesto que incluso acomete al dios y al rey, y el séptimo es una tormenta, un viento malvado, que no perdona a nadie.62

Empero, no todos son malignos, sino que algunos eran benéficos, tal el caso de Karibu, Shedu o Lamassu, aunque generalmente sus intenciones eran más bien destructivas y mortíferas. Según explica Lara Peinado:

Tales entes se habían originado de dos maneras: a partir del “fantasma” o espíritu de los difuntos o bien habían sido creados por los dioses. No conocían reglas y eran los causantes, sobre todo, de las enfermedades. Sus “cuerpos”, aunque eran invisibles por naturaleza, estaban formados por una sustancia semejante a la de los dioses, siendo llamados –no se conoció ni en sumerio ni en acadio la palabra “demonio”– usualmente como dingir o ilu, esto es, “dioses”. Fueron considerados impuros, creyéndose que despedían nauseabundos olores y adoptaban, según los textos y las representaciones que de ellos ha llegado, temibles aspectos y figuraciones. Actuaban sobre sus víctimas bien por contacto (mediante el viento o el veneno), bien mediante la captura, efectuada ésta envueltos por un halo de invisibilidad, no oponiéndoseles ningún obstáculo. De hecho, acompañaban al hombre durante toda su vida para castigarlo y en muy pocas ocasiones premiarlo. Contra toda la caterva demoníaca, repartida en numerosas categorías, los mesopotámicos elaboraron diferentes técnicas de ataque y defensa, basadas en instrumentos, objetos, minerales, plantas, apósitos, aceites, formulas de encantamiento y conjuro o en explicaciones mitológicas y médicas, según se sabe, originándose así la magia, practicada por magos (ashipu) y en menor medida por magas (ashiptu). Frente a los magos se hallaban los brujos (kashshapu) y las brujas (kashshaptu), que solían actuar durante la noche para aprovechar las sombras, los ruidos e incluso los silencios.63

Malditos todos ellos. Malditas estas entidades de orden psíquico que no hacen más que entorpecer y poner trabas tanto a dioses como a seres humanos; por eso mejor no darles bola y mantenerlos a raya, aunque alguna vez gracias a su intervención se producen fuertes sacudidas que provocan muertes, purificaciones y resurrecciones; nos hacen reconocer el error, la estupidez y las flaquezas, y aprovechando su poderosa energía, podemos salir volando a otras esferas que ellos nunca jamás alcanzarán.

Porqué, ¿dónde es que no llega ni la enfermedad, ni el miedo, ni la muerte? ¿Quién lo sabe? Pues quien lo descubra, no se lo revele a estos malditos empozoñadores que se alimentan de sudores y sufrimientos y del veneno de las excrecencias psíquicas. Para ellos tal comida. Y como decía un viejo conocido: nosotros, “vivimos de arriba”.

Otras deidades secundarias

Ya hemos visto que en este grandioso escenario han comparecido otras deidades que acompañan a las principales, como son las esposas de An, Enlil y Enki; también otras diosas, las protectoras de los ganados, de los cereales, las que custodian la escritura, las asistentas en los partos y la crianza, la diosa del mar, la sanadora… conformando entre todos unas cortes con pajes, visires, guerreros, jardineros, médicos, cocineros, etc. A destacar los igigi, deidades excavadoras de los canales que dan curso a las aguas y permiten la vida en las ciudades y la fertilidad de los campos y pastizales; siendo primero terrestres, son ascendidos posteriormente al cielo. Por otra parte, el nombre genérico con el que se conoce a los hijos de An es el de Anunna. Se dice que llegaron a ser cincuenta. No se sabe porqué motivo algunos de ellos pasaron de ser celestes a vivir en el inframundo y a ejercer como jueces de este ámbito.

Es imposible conocer a todas las deidades sumerias, que además cambiaban de nombres en las distintas ciudades, aunque sus funciones fuesen las mismas. Esto da idea de un mundo orgánico, donde las energías cósmicas están vivas y son actuantes a través de los seres humanas que las recrean. Los dioses necesitan de nosotros para que todo el flujo de energías que ellos simbolizan acabe concretándose en la tierra, y nosotros los necesitamos para que se abran esos espacios de la conciencia sutiles, invisibles y cada vez más elevados y universales que duermen en el fondo de nuestra alma.

Hemos tenido oportunidad de asistir a las asambleas que convocan constantemente para plantear y resolver los innumerables problemas y conflictos que comporta crear y mantener el movimiento del universo; hemos escrutado sus pensamientos, conocido sus decisiones, tanto las constructivas como las destructivas; hemos asistido a la creación del género humano y a su intento de exterminio.64 Nos hemos enamorado con ellos, amado, peleado, hemos bajado a los bajos fondos y nos hemos muerto de miedo. Nos hemos quedado desnudos, sin nada. Y conociendo sus miserias, envidias, confrontaciones, ansias de poder, su incansable capacidad de generación y combate, hemos reconocido el tejido de nuestra alma humana y más que humana.

Por eso, toda la existencia de los sumerios era una escenificación reiterada de las aventuras divinas. A través de estos ritos llevados a cabo por los sacerdotes, reyes, artesanos, campesinos y otros componentes del entramado social de sus ciudades, atraían las energías celestes a su cotidianidad, que transmutadas al ser aprehendidas, tenían el poder de elevar el pensamiento de todos los participantes a su fuente original. En definitiva, una magia y teúrgia permanente que es la propia respiración del Ser Universal.

Era preciso que a los dioses, al igual que les sucedía a los príncipes terrenales, se les construyesen espléndidas moradas: templos, santuarios, capillas, mucho más grandes y fastuosas que los palacios y que debían ser constantemente embellecidas y restauradas. También había que prepararles ricas y fascinantes estatuas e imágenes de culto –en piedra o en madera de gran cualidad, recubiertas con láminas de metales preciosos– para que los representasen en la sala principal del santuario, en el sancta sanctorum, según nuestra denominación, asegurándose, por medio de ellos, su presencia, que al mismo tiempo, era tan misteriosa como real. Estas estatuas se vestían lujosamente, se las adornaba con todo un tesoro de joyas de gran valor, se las limpiaba y engalanaba; se las sacaba en solemnes procesiones, en carro o en barca, y, varias veces al día, con gran pompa en algunas ocasiones festivas, siguiendo una etiqueta todavía más magnífica que la de la corte, se convertían en centro del fastuoso ceremonial desarrollado en torno a la “comida” que se les servía, auténtico ejemplo de alta cocina, regada con las bebidas más exquisitas y acompañada, de acuerdo con la moda de época, por sahumerios balsámicos, o durante esas otras celebraciones, más episódicas, como la que, por ejemplo, ofrecía su matrimonio… Estos rituales, en cuyas celebraciones, con frecuencia, se recitaba, salmodiaba o cantaba música, cánticos o composiciones corales –e incluso mitos– en honor y gloria de los dioses, constituían la trama de una compleja y pomposa liturgia que alternaba fiestas y celebraciones más solemnes, conmemoraciones y días de fiesta que se repetían de acuerdo con el doble ciclo mensual y anual y cuyos rituales más minuciosos conocemos.65



Un adorador frente a dos altares con los atributos
de Nanna y Nergal.

No podemos terminar sin referirnos a una última divinidad, Ninurta, hijo de Enlil y considerado un gran guerrero, el prototipo del héroe triunfador. Él es protagonista de un relato épico, Lugal.le o Ninurta y las piedras, en el que lucha contra el terrible monstruo Asag que se ha apoderado de la Montaña mítica, el Kur, e incluso se enfrenta con la Montaña misma, con todas sus piedras amotinadas que van cayendo sobre el héroe; una batalla de connotaciones cósmicas e históricas, pues se refiere tanto a la guerra que Sumer mantuvo con los habitantes de las montañas del norte como a la lucha titánica contra las energías adversas que pretenden apoderarse de los lugares sagrados y erigirse como sus regentes. Ninurta sale victorioso de la gesta con la ayuda de sus extraordinarias armas y de los consejos mágicos de Enki.66 Pero nos interesa ahondar un poco más en el tema de la usurpación de poder –un peligro siempre al acecho para aquél que emprende una senda deificadora–, hecho que está muy presente en todos los mitos protagonizados por este dios-héroe. En otro de ellos, titulado El mito de Anzû, tiene que enfrentarse al espantoso pájaro Anzû, un ave creada por Enki con la misión inicial de proteger y custodiar el ámbito más sagrado del templo de Enlil que guarda los secretos de los me. Sin embargo, llega un momento en el que el pajarraco:

A la entrada del sanctasantorum que él vigilaba,
Esperó el momento oportuno.
Y, mientras Enlil tomaba su baño de agua clara,
Despojado de su vestimenta
Y con la corona colocada sobre el trono,
Anzû se apodera de la Tablilla de los Destinos,
Y se apropia, en su beneficio, de la Soberanía,
Haciéndose cargo, así, de los Poderes divinos.
Tras lo cual huyó, a todo vuelo, a su Montaña.
¡Rápidamente la Inmovilidad se extendió por todas partes
Y reinó el Silencio!67

Ante tal fechoría el universo se paraliza, Enlil también se paraliza.68 La soberanía ha sido usurpada por un impostor. An convoca a todos los dioses y propone de entre ellos a los más aguerridos para ir a enfrentarse a la bestia. Pero ni Adad su hijo, ni Girru hijo de Annunît, ni Sara hijo de Inanna aceptan el reto por miedo. Finalmente Enki, pidiendo consejo a la Madre de los grandes dioses, señala a Ninurta como elegido. Bien instruido por su madre y por Enki, el fortísimo dios emprende la batalla, pero tras un primer intento fracasa a causa de los poderes sobrenaturales de Anzû. En una segunda ocasión, Enki le revela la táctica a seguir:

Agota a Anzû hasta tal punto,
Exponiéndolo a los golpes de los Vientos,
Que él deje caer sus alas:
Entonces, en vez de tus dardos,
Toma un arma cortante,
Y córtaselas, mutilándole la derecha y la izquierda,
De modo que al ver sus alas en este estado
Su boca no tenga palabras.
¡No hará más que reclamar primero un ala y luego la otra!
¡Entonces no tengas ningún temor,
Solamente tensa tu arco y que de su panza
Partan las flechas como relámpagos…69



Ninurta luchando con el pájaro Anzû.

Ninurta logra así vencerlo, los Poderes divinos retornan inmediatamente a su lugar y al pájaro se le corta la cabeza. El héroe regresa vencedor y se le da lo prometido, reconocimiento, gloria y omnipotencia entre los dioses y capillas levantadas en su honor por todos los lugares. Pero entonces, esa parte oscura y egótica de su alma (que es el propio pájaro Anzû que acaba de matar) comienza a engrandecerse en su interior y alimenta el deseo de acaparar para sí los Poderes que acaba de rescatar. Poco a poco va creciendo su soberbia y esas ansias irrefrenables de convertirse en el supremo soberano.

Su rostro, amarillento y oscurecido de despecho, reflejaba por ello lo que sentía en su interior. Su pensamiento volvía, sin decir palabra, a la ambición engañada y al resentimiento. Rumiaba deseos inconfesables.70

Pero Enki, que escruta los corazones y conoce las ocultas aspiraciones de Ninurta, planea una estrategia para humillarlo. Crea con un poco de barro del Abzu una tortuga que atrae al héroe hasta la entrada de su santuario, y cuando lo tiene cerca, el animal lo agarra por detrás del tobillo, lo arrastra a empujones y con sus garras va excavando una fosa en la que hace caer al altanero.

– ¡Quiero salir! –gritaba Ninurta– ¡Sacadme de aquí!
El animal echaba tierra con sus patas sobre Ninurta, lo iba enterrando.
Entonces Enki, el gran Señor, le dijo a Ninurta:
– Puesto que has sabido que mis me, arrancados a Amar-Anzû, han vuelto a mi control y dado que has meditado suplantarme, te he humillado en tu pretensión. Te has vuelto contra mi, ¿por qué? ¿De que te ha servido tu fuerza? ¿Dónde está tu valentía? Has saqueado la gran Montaña, después de vencerla, pero, ¿qué te queda ahora? Tanta lucha para acabar siendo derrotado por una tortuga.71

Gracias, Enki, porque acabas siempre devolviendo todo a su lugar, amigo muy cercano, guía en nuestro peregrinar. Intercede hoy por nosotros, en estos tiempos tan atribulados, manteniéndonos firmes en los conflictos que todavía nos aguardan. Infúndenos valor, paciencia y amor a cada paso, para no caer en las garras de la soberbia o de la estúpida tontera. Ábrenos el ojo del corazón, y aunque sabemos que el fin del mundo ya fue, debemos concurrir al cierre de esta función guardando en la memoria la integridad de lo que se nos ha legado, para entregarlo sin mácula en el regazo de la Gran Matriz.

Apunte final

Todos los dioses navegan en barcas. Todos excepto An que no la necesita, por ser el que mora en el puerto de destino. Nanna llena la suya de fastuosos regalos cuando va a visitar a Enlil a su templo de Nippur; tan grande es el bajel que cuando la proa arriba a una nueva ciudad, la popa todavía toca el puerto de la que partió. Enki, tras el ritual de purificación, se sube a su “Ibice del Apsû” que lo transportará alegremente por todo su territorio, organizándolo. Inanna carga todos los me que le entrega Enki en su barca celeste para viajar hasta Uruk y dar esplendor a su ciudad. En la barca “Salva vidas” que Enki dibuja sobre un pedazo de tierra, se subió luego de construirla el muy sabio con su mujer, su familia, parentela, artesanos y animales para protegerse del Diluvio, guardando en esa caja-cubo los gérmenes de un nuevo mundo.

Sabemos de una barca invisible que ahora surca las aguas recalando en algunos puertos, donde acuden a su encuentro ciertas almas sin apenas equipaje. No esperan subir para salvarse, sino para depositar en ella lo que debe ser resguardado. ¡Ojo de no confundirla con la barca del barquero infernal! Intentará engañar a más de uno y quedarse con el botín, o embarcar a los ilusos que pretenden salvar su pellejo perentorio y se los llevará hasta el Infierno.

Esta otra misteriosa barca está hecha a prueba de agua y fuego. Tiene espacio para el Rey del Mundo y sus siete acompañantes, aquellos hombres-pez que un día salieron del mar cerca de las tierras de Sumer, con un pequeño bolsito que quizás contenía todos los secretos del Universo. Ahora, estos siete sabios –los apkallu– y su Soberano no tardarán mucho en emprender el vuelo tras recoger en su bajel lo único que debe ser rescatado de este viejo mundo.



Oannés con su bolsito.



NOTAS.
* Todas las imágenes de este artículo, a excepción de la última, pertenecen a sellos publicados en el Diccionario ilustrado de Jeremy Black y Antony Green: Gods, Demons and Symbols of Ancient Mesopotamia, an illustrated Dictionary, publicado por el British Museum Press, Londres, 1992.
1 Federico Lara Peinado, Mitos de la antigua Mesopotamia. Héroes, dioses y seres fantásticos, “El cosmos en tiempos míticos”. Dilema Editorial, Madrid, 2017. A propósito de Lahmu y Lahamu se explica en la Wikipedia: Lahmu (Lakhmu) y Lahamu (Lakhamu) son dos gigantes de Babilonia y hermanos de la mitología mesopotámica, hijos de Apsu y Tiamat; normalmente se los conoce como “los melenudos” o “barbudos”, o también como “los fangosos” y “los pensantes”. Tenían tres pares de rizos y estaban desnudos excepto por una triple faja roja, y solían ser representados como una serpiente. Se dice que representaban al suelo (lodo), o al sedimento, de ahí “los fangosos”. Quizás fueron padres de Anshar y Kishar, horizontes del cielo y la tierra.
2 Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones. Ediciones Cristiandad, Madrid, 1981.
3 Federico Lara Peinado, Mitos de la Antigua Mesopotamia. Héroes, dioses y seres fantásticos, op. cit.
4 Ibíd.
5 Ibíd.
6 Ibíd.
7 Ibíd.
8 Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones, op. cit.
9 René Guénon, El Rey del Mundo. Paidós Orientalia, Barcelona, 2003.
10 Himno a An tomado de la entrada “Himnos Sumerios” del Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos de Federico González Frías. (Libros del Innombrable, Zaragoza 2013).
11 Para el tema del diluvio ver el artículo de Marc García y el de Lucrecia Herrera en este mismo número de la revista.
12 J. Bottéro, S. N. Kramer, Cuando los dioses hacían de hombres. Mitología Mesopotámica. Akal, Madrid, 2004.
13 Ibíd.
14 Ibíd.
15 Ibíd.
16 Ibíd.
17 Ibíd.
18 Himnos Sumerios, Estudio preliminar, traducción y notas de Federico Lara Peinado. Ed Tecnos, Madrid, 2006.
19 René Guénon, El Rey del Mundo, op. cit.
20 Federico Lara Peinado, Mitos de la Antigua Mesopotamia. Héroes, dioses y seres fantásticos, op. cit.
21 Ibíd.
22 En el libro Hermetismo y Masonería de Federico González, se dice esto acerca de la Potencia o Poder en una nota: "lo que por sí mismo es productivo”. De las Definiciones, textos atribuidos a la Academia platónica. (Platón. Diálogos VII, pág. 246. Ed. Gredos, Madrid 1992).
23 J. Bottéro, S. N. Kramer, Cuando los dioses hacían de hombres. Mitología Mesopotámica, op. cit.
24 Ibíd.
25 Ibíd.
26 Federico Lara Peinado, Mitos de la Antigua Mesopotamia. Héroes, dioses y seres fantásticos, ibíd.
27 Federico González Frías, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013.
28 Federico Lara Peinado, Mitos de la Antigua Mesopotamia. Héroes, dioses y seres fantásticos, ibíd.
29 Ibíd.
30 Ibíd.
31 Nicolás de Cusa, La Visión de Dios, cap. IX. Eunsa, Navarra, 2001.
32 Himnos Sumerios, estudio preliminar, traducción y notas de Federico Lara Peinado, op. cit.
33 J. Bottéro, S. N. Kramer, Cuando los dioses hacían de hombres. Mitología Mesopotámica, ibíd.
34 Himnos Sumerios, estudio preliminar, traducción y notas de Federico Lara Peinado, ibíd.
35 Federico Lara Peinado, Mitos de la Antigua Mesopotamia. Héroes, dioses y seres fantásticos, ibíd.
36 Ibíd.
37 Ibíd.
38 Ibíd.
39 Ibíd.
40 J. Bottéro, S. N. Kramer, Cuando los dioses hacían de hombres. Mitología Mesopotámica, ibíd En nota, dicen estos autores: “En Mesopotamia, la ‘Gran Ciudad’ era una de las denominaciones del Infierno: Utu/Samas, el Sol, penetraba allí, misteriosamente, todas las tardes por occidente para salir, a la mañana siguiente, por oriente”.
41 Ibíd.
42 Ver el siguiente artículo titulado La barca de Inanna en el nº 7 de LETRA VIVA, http://letraviva.es/La-barca-de-Inann, así como Las aventuras de Inanna de Carlos Alcolea, en este nº 58 de la Revista SYMBOLOS.
43 Federico Lara Peinado, Mitos de la Antigua Mesopotamia. Héroes, dioses y seres fantásticos, ibíd.
44 Ibíd.
45 Ibíd.
46 Ibíd.
47 Ibíd.
48 El 7 es un número destacadísimo en muchos mitos sumerios. En el caso de los de Inanna, 7 son las puertas del infierno, 7 los atributos de los que se va despojando la diosa hasta quedar en una total desnudez, 7 los demonios que acaban con la vida de Dumuzi, etc., etc. Desde luego que este es un módulo que tiene que ver con un ciclo completo (recordemos los 7 días de la semana, los 7 planetas visibles a simple vista, los 7 metales de la alquimia), puesto que su reducción aritmosófica vuelve al origen, pues 7 = 7+6+5+4+3+2+1 = 28 = 2+8 = 10 = 1+0 = 1. Por otra parte, en la Cábala, 7 es el número de las sefiroth de construcción cósmica.
49 Federico Lara Peinado, Mitos de la Antigua Mesopotamia. Héroes, dioses y seres fantásticos, ibíd.
50 Ibíd.
51 Ibíd.
52 Ibíd.
53 Ibíd.
54 Ya se sabe que el Furor de Amor presidido por Venus (la análoga a Inanna en la tradición greco-latina), es el más alto de todos, aquél por el cual todas las dualidades se resuelven en la Unidad esencial. Ver el artículo de Carlos Alcolea, Las aventuras de Inanna, en esta entrega de la revista SYMBOLOS dedicado a Inanna-Isthar.
55 Federico Lara Peinado, Mitos de la Antigua Mesopotamia. Héroes, dioses y seres fantásticos, ibíd.
56 Ibíd.
57 Ibíd.
58 Ibíd.
59 De nuevo la simbólica del número siete comentada en la nota 48.
60 Federico Lara Peinado, Mitos de la Antigua Mesopotamia. Héroes, dioses y seres fantásticos, ibíd.
61 Ibíd.
62 Ibíd.
63 Ibíd.
64 Ver el artículo de Lucrecia Herrera en esta entrega de SYMBOLOS donde se trata el tema del diluvio, así como el de Marc García.
65 J. Bottéro, S. N. Kramer, Cuando los dioses hacían de hombres. Mitología Mesopotámica, ibíd.
66 Ver el artículo de Cristina Florez-Estrada en este mismo número de la revista SYMBOLOS.
67 J. Bottéro, S. N. Kramer, Cuando los dioses hacían de hombres. Mitología Mesopotámica, ibíd.
68 En este caso la parálisis total se produce por el delito de un usurpador que pretende arrogarse unas funciones que por naturaleza no le corresponden. Este robo produce un miedo extremo en todo el universo al advertir lo que se avecina, el gran peligro de un gobierno absolutamente invertido. Otra cosa muy distinta es la detención producida por una influencia espiritual muy potente, tal la de Manu –el Legislador Universal o Rey del Mundo–, acontecida incluso en tiempos muy recientes a los nuestros, como relata René Guénon en un pasaje muy misterioso de su libro “El Rey del Mundo”: “Saint-Yves explica que durante la celebración subterránea de los ‘misterios cósmicos’ hay momentos en que los viajeros que se encuentran en el desierto se detienen, o en que los propios animales permanecen aquietados en silencio; M. Ossendowski llega a asegurar que él mismo ha asistido a uno de tales momentos de recogimiento general”. Esta primavera del 2020, mientras escribimos estos textos, se ha producido un recogimiento mundial debido a la peste del covid 19. Se nos está dando la posibilidad para advertir simultáneamente las dos caras de esta detención.
69 J. Bottéro, S. N. Kramer, Cuando los dioses hacían de hombres. Mitología Mesopotámica, ibíd.
70 Federico Lara Peinado, Mitos de la Antigua Mesopotamia. Héroes, dioses y seres fantásticos, ibíd.
71 Ibíd.

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