SYMBOLOS
Revista internacional de 
Arte - Cultura - Gnosis
 
SIMBOLISMO DEL CARNAVAL
M ª ANGELES DIAZ

Conferencia impartida en el Centro de Estudios de Simbología de Barcelona el 29 de Febrero de 2008.

En primer lugar queremos dar las gracias a todos por su asistencia a esta nueva actividad del Centro de Estudios de Simbología de Barcelona y patrocinada la revista SYMBOLOS. Dos entidades culturales fundadas por Federico González en esta ciudad, que no han dejado de promover la investigación y la difusión de los códigos simbólicos, no sólo herméticos, sino de todos los pueblos, a través del arte, la literatura, y todas aquellas vías de Conocimiento que conducen igualmente al encuentro con la Filosofía Perenne.

Importancia cultural e iniciática de los calendarios
Las fiestas, y las celebraciones en general, estructuran el tiempo de una cultura y lo organizan. Sin ellas todo sería un fluir continuo y amorfo. Estos días especiales producen escisiones en el tiempo lineal y lo cualifican, le dan relieve y por ello son tan beneficiosas tanto para el cuerpo como para el alma y el espíritu. Ya sabemos que hoy en día las fiestas tradicionales no significan nada, o casi nada, aunque siguen siendo alegres y continúan manteniendo su carácter lúdico y terapéutico.

Sin embargo, el que hoy se desconozca el valor interno que tienen las distintas celebraciones o festividades tradicionales, aquel que le dieron quienes las crearon, no significa que lo hayan perdido para siempre, y por consiguiente ese sentido puede ser recuperado. En realidad todas las investigaciones que se realizan sobre la mitología de los pueblos, su arte, sus leyendas, su folklore, así como desde las aproximaciones actuales llevadas a cabo desde el campo de la arqueoastronomía, revelan  un código de signos interesantísimos que apenas se comienzan a comprender amplían la perspectiva que se tiene sobre las cosas y sobre uno mismo. Es curioso observar, como muy bien sintetizó con estas palabras Joseph Campbell, que en realidad

toda mitología, sea popular o culta, preserva la iconografía de una aventura espiritual que los seres humanos han realizado una y otra vez durante siglos y que cuando ocurre revela unos rasgos tan constantes que las innumerables mitologías del mundo se parecen entre sí como dialectos de un único lenguaje.1

Podemos observar que las fiestas tradicionales conforman los puntos más significativos en el calendario, al señalar los acontecimientos más relevantes de la sociedad, aquellos que los han constituido y les han dado una entidad como pueblo, es decir como grupo cultural. En todas las épocas, las fechas señaladas como especiales en los calendarios, marcan hitos,  tanto míticos, históricos como astronómicos, y están destinados a mantener viva la memoria, y a la vez regenerar el tiempo actuando de mediadoras para devolver a cada ciclo la capacidad de generar una nueva posibilidad. Prístina como cualquier amanecer.

Desde el punto de vista geocéntrico es evidente que los solsticios y los equinoccios, las fases de la Luna y la relación de todo ello con las estaciones, la fertilidad de la tierra, la reproducción de la especie, el celo de los animales, son hechos que evidencian la concatenación que hay entre las cosas, algo que vemos palmariamente y con todo su esplendor y belleza reflejado en el mundo de la naturaleza vegetal y salvaje, en los cambios y precipitaciones atmosféricas, en las mareas y grandes caudales de agua y en todas partes donde está muy presente el misterio, la fuerza y la fiereza de la vida.

Los pueblos cuyos calendarios hemos heredado crearon no sólo su tiempo, sino también el nuestro, y lo hicieron con parámetros muy elaborados, teniendo en cuenta todas esas concordancias y jerarquías cósmicas. Y así designaron sus grandes días, y nuestros días festivos. Federico González, que ha estudiado en profundidad el tema de los calendarios, los define como “Arte y Ciencia de la Memoria Cósmica y Ciencia de los Ciclos y los Ritmos”. Y por ello los señala como auxiliares poderosos de la iniciación para aquel que ha penetrado en la mecánica celeste.2

Por ejemplo, muchos sabemos que el conocimiento ancestral del calendario maya guiaba la existencia de esos pueblos desde el momento de su nacimiento, de modo que todas las etapas de la vida estaban bajo la su influencia. Estos constructores de pirámides astronómicas llevaban varias cuentas calendáricas, de 365 días las más importantes.

Los calendarios solares, como es el cristiano o como el llamado Haab, de los pueblos Mayas, se basan en el recorrido anual de la Tierra alrededor del Sol, lo cual tiene una duración de 365 días y pico. Cinco días más de los 360 grados de una circunferencia. Eso es una indicación que nos hace ver la razón por la cual distintas sociedades tradicionales, entre ellas las pre-colombinas, han considerado estos días fuera del orden, y propicios para efectuar ritos que marcaran esa circunstancia. No cuesta creer que en esa concepción subyace la idea de celebrar el caos, que es lo propio de fiestas como el Carnaval, dado que su principal característica es justamente reflejar el desorden.

El Carnaval, tiempo de desorden
Para hablar con propiedad del Carnaval, lo primero que debemos saber es que no podemos pensar en una fiesta concreta que responda a un solo patrón, sino que es necesario que sepamos que dentro de las fiestas carnavalescas se encuentran huellas de distintas celebraciones, religiones y creencias. Manifestaciones todas ellas destinadas a señalar el final y principio del ciclo anual.3 En nuestro calendario, el periodo concreto para celebrar los festejos carnavaleros va desde Navidad al Miércoles de Ceniza, aunque se concrete o se sintetice en los tres días anteriores, incluyendo el propio miércoles.

En realidad, y siendo mucho más precisos, debemos decir que las fiestas carnavalescas esconden bajo su manto, o bajo sus mascaradas, un sinfín de antiguos cultos y que son algo así como un arca de mitos y leyendas ancestrales que han subsistido en ese espacio del calendario destinado a acoger ciertas fiestas libres de normas.

No deja de ser irónico, y si nos fijamos es algo que define muy bien a la sociedad actual, que lo único que perdure de la memoria de antiguas tradiciones sapienciales sean sus parodias. La gente en realidad lo que hace a través del folklore, es sostener unos símbolos que no comprenden, pero que conservan y en alguna medida mantienen despierto el interés por ellos, dando así la oportunidad para que algunos intenten rescatar lo verdaderamente valioso que hay en esas huellas simbólicas. Aunque debemos reconocer que cada vez cobran más valor las palabras de Caro Baroja (quien mejor ha estudiado y recopilado en España sobre las fiestas de Carnaval), al decir que la mayoría de los festejos se quedan siempre en una “mezquina diversión”.4

Desde el punto de vista de su simbolismo, el Carnaval representa un periodo que está fuera del orden, una fiesta (o una cualificación del tiempo), creada conscientemente para abolir el orden establecido, y de ese modo liberar lastre, o sea, que se trata de crear las condiciones propicias para poder dejar atrás aquellos condicionamientos que nos hemos fijado en nuestra psiqué y que nada tienen que ver con nuestra verdadera naturaleza. Ese caos al que se vuelve cíclicamente es, desde el punto de vista del viaje iniciático, un paso ineludible en el camino del Conocimiento. En la Cábala, es decir, en el esoterismo judeocristiano, se le llama plano de Yetsirah, en el que se dice que uno debe perderse para encontrarse. Se trata de la necesidad de volver al caos primigenio, o lo que es lo mismo, de la posibilidad de renacer a un nuevo y superior estado de conciencia. Ese punto de vista sobre las cosas es el que hace que una fiesta folklórica y profana se convierta en un símbolo sagrado, y revelador para aquel que logra despertar su significado, aunque éste pueda seguir siendo totalmente desconocido incluso para quien participa de tales festejos.

Por otra parte, eso ha sido siempre así; me refiero a que no todos, en una sociedad tradicional, han tenido totalmente claro qué fuerzas o qué ideas-fuerza se estaban invocando en cada fiesta ritual, y siempre hubieron iniciados que las celebraban de un modo y el resto de la comunidad que hacía de ellas otra lectura y asociaciones particulares, muchas veces reflejadas en el costumbrismo y las leyendas locales. En cualquier caso, lo que conviene saber es que las sociedades tradicionales de todos los tiempos han considerado imprescindible contar con un poder espiritual, que no siempre estuvo del lado de la Iglesia (nos referimos al exoterismo eclesial que no siempre comprendió), que mantuviera un eje entre los distintos planos de la realidad, para ayudar a compensar la tendencia del hombre caído a descender a sus estados inferiores. Aquéllos ligados con su parte animal. En Occidente, ese poder de invocación de la luz inteligente ha permanecido en manos de distintas organizaciones iniciáticas, cuya testificación está en una larga cadena de nombres, entre los que se encuentran filósofos, hombres de ciencia, astrónomos, artistas, así como también algunos hombres de Iglesia, como el cardenal Nicolás de Cusa, impulsor, junto a Marsilio Ficino y otros afines, de ese gran movimiento cultural que se dio en la época del Renacimiento, llamado así precisamente por ese renacer.

El Carnaval representa un tiempo destinado a los ritos de purificación, y por lo tanto un espacio donde lo grotesco y la fealdad son exaltados. Esa es la razón de que sea tan característico de los carnavales resaltar todo aquello que exprese inversión de roles, cambio de papeles, de sexo, de identidad. Desde el punto de vista simbólico, se trata de un espacio creado para que lo invertido y oscuro que llevamos dentro salga a la luz, se exprese y concluya así su ciclo. De ese modo, tras su muerte, se consigue que estas influencias dejen de constituir un impedimento a la posibilidad de alcanzar un nuevo renacer.Dicho de otro modo, un tiempo destinado a que las bajas pasiones y las tendencias inferiores se manifiesten y puedan así vivir su existencia y agotarse antes de que inicie el ciclo nuevo, siendo eso precisamente lo que da sentido a tales festejos.

“Se trata -dice Guénon- de ‘canalizar’ de alguna forma esas tendencias y hacerlas lo más inofensivas posibles dándoles ocasión de manifestarse, pero sólo durante periodos muy breves y en circunstancias bien determinadas, y asignando además a esa manifestación límites estrictos que no se le permite sobrepasar. Si no fuera así, esas mismas tendencias, faltas del mínimo de satisfacción exigido por el estado actual de la humanidad, arriesgarían producir una explosión, si así puede decirse, y extender sus efectos a la existencia entera, tanto colectiva como individual, causando un desorden muchísimo más grave que el que se produce únicamente durante algunos días expresamente reservados a ese fin, y además tanto menos temible cuanto que se encuentra por eso mismo como ‘regularizado’, pues, por una parte, esos días están como puestos fuera del curso normal de las cosas, de modo que no ejerza sobre éste ningún influjo apreciable, y empero, por otra parte, el hecho de que no haya nada de imprevisto ‘normaliza’ en cierto modo el desorden mismo y lo integra en el orden total”.5

Sin embargo, en este sentido, podemos añadir con este autor que dado que vivimos ya en un eterno Carnaval, estas fiestas han perdido su razón de ser, y como decíamos no van más allá de un simple divertimento.

Las Saturnales en los orígenes del Carnaval
Son muchas las fuentes que hacen remontar el Carnaval actual a las antiguas Saturnales, unas fiestas donde todo el mundo participaba en un juego teatral de inversiones que pretendía cambiar la realidad social, y para ello, durante el tiempo de los festejos, el señor actuaba como esclavo y el esclavo como señor. Con esto se obtenía una imagen de un mundo al revés. Incluso cambiaban las leyes y lo prohibido era permitido; se llevaba a cabo, pues, toda una escenificación de cambio de roles.6

Durante el Medioevo existía también una celebración bastante extraña e invertida, conocida como “fiesta del asno”, en la cual este animal, que tiene en muchas tradiciones un marcado simbolismo maléfico, era introducido hasta el mismo coro de la iglesia, donde ocupaba el sitio de honor y recibía la veneración más extraordinaria. Era pues algo grotesco, pero permitido, al estar ritualizado, es decir delimitado a un espacio y un tiempo concretos. Precisamente desde el simbolismo cristiano, la figura de Jesús montado sobre un asno a su entrada en Jerusalén representa el Triunfo de Cristo sobre las fuerzas maléficas, triunfo cuya realización constituye propiamente la Redención misma.

En este mismo orden de alteraciones, caos y tendencias invertidas con respecto a la verdadera naturaleza humana, está otra fiesta carnavalesca llamada de los locos, donde el propio clero participaba de las peores inconveniencias parodiando incluso la liturgia. Son diversos los ejemplos con los que nos hemos encontrado a lo largo de este estudio, de fiestas en que la curia participa de festejos de este tipo; donde lo obsceno y el esperpento forman parte del rito y la liturgia. Incluso eran días donde en ciertos conventos de clausura estaba permitido dejar salir a los frailes fuera del convento.

El mismo sentido tiene otra fiesta carnavalesca, o carnavalera, que nos llega a través de las notas de un viajero que comenta que en Murcia, a principios de 1900, existía la costumbre de que un personaje burlesco ejecutara una parodia dentro de la iglesia. Ésta consistía en esconder el misal al cura, antes de que oficiara la ceremonia, entre las faldas de una moza que acompañaba en la comparsa. Luego, al preguntar el clérigo por el libro, la muchacha, dice el comentarista, se lo comenzaba a buscar de forma “inocente” entre sus ropas, ante el jolgorio y el alboroto de todos los asistentes.

Matronales y fiestas de mujeres
Pero el Carnaval alberga otras fiestas principales: nos referimos a las Lupercales, unas celebraciones que han ido dejando huellas en toda la Península y que descienden de antiguos cultos, todos ellos relacionados con la Luz, que es tomada como un símbolo de la fuerza fecundadora, y a las Matronales, conocidas ambas como fiestas de las mujeres y de alguna manera relacionadas entre sí. Son característicos de estas celebraciones  ciertos cultos relativos a la generación, la fertilidad y la procreación del ganado, siendo el macho cabrío la figura principal en la fiesta. Festejos que nunca acabaron de borrarse de la memoria popular, ya que siguiéndoles la pista, los hemos encontrado albergados en el día de Santa Agueda, o Agata (el 5 de febrero), una heroína siciliana del siglo III de la que se dice se relacionó con estas mujeres, y que prefirió ser cruelmente martirizada antes que renegar de su fe y dejar de considerarse esposa de Cristo. Hoy esa santa es patrona de Catania y de toda Sicilia, y de ella cuentan que les protege del fuego y de la lava del Etna.

Sobre las huellas de estos ritos de fecundación en las fiestas de Santa Agueda, hay un artículo descriptivo de 1839, firmado por J. M. Avrial, que indica que éstas se celebraban en aquella época en varios lugares. Por ejemplo, hay constancia de estas matronales, actualmente ya residuales, en Zamora, Salamanca, Segovia, Castilla, La Rioja y Cataluña, entre otros lugares, donde siguen siendo organizadas por cofradías de mujeres, casi todas casadas.

Se añade en el artículo de referencia que esta comparsa carnavalesca en honor a Santa Agueda constituía una fiesta muy ruidosa donde las damas, en comitiva y al son del tamboril y la dulzaina, tomaban la alcaldía y con ella la vara de la justicia y la iniciativa en una danza “nalgueante”, que a decir del cronista, tenía un sonido negro y primitivo. En algunos pueblos, como Frades (Salamanca), las mayordomas o alcaldesas de la cofradía de mujeres se acompañaban durante el día de dos jóvenes varones, que ellas mismas elegían y a los que llamaban zánganos. La fiesta terminaba con una corrida de gallos y un ágape donde participaban todos.

Las informaciones de esa época añaden que estas celebraciones eran auténticas fiestas dionisíacas en las cuales las “Aguedas magnedas” (así se las llama) oficiaban de anfitrionas convidando a la mesa a los mozos y casados que habían acudido al baile, arrojándolos después con gran estrépito para quedarse solas y hacer la designación electiva de las mayordomas del año siguiente.

El tamboril y la dulzaina -nos cuenta este informante, refiriéndose a un pueblo de Segovia- anuncian desde muy temprano que éste es día de asueto y holganza para las mujeres, las cuales, engalanadas con todo el lujo del traje zamarriego, toman la vara de la justicia y toda la autoridad queda en sus manos, mientras los maridos y el resto de hombres las obedecen y se ocupan de los niños, pues dicen que “ese día mandan ellas”.

Una nota de Joan Amades relativa a Cataluña nos refiere que hasta hace poco existía igualmente un residuo de estas matronales, que muchos hacen remontar al culto a Juno, el 5 de febrero, una fiesta de la que también se dice que “elles manaven”(“ellas mandaban”).
Sin duda, todo este folklore popular es un recuerdo de aquella idea que había respecto a las mujeres que seguían el culto a Dionisos, de las que se decía que por amar la filosofía abandonaban el huso y la rueca. La fiesta de Santa Inés (21 de enero) tejedora de lana de cordero, acuñó otro refrán: “Por Santa Inés mujeres no hiléis”.

Fue en el s. XIII cuando esta fiesta arcaica y mujeril, que pasó a ser conocida como de “las  hermanas de Santa Agueda”, resurgió y puso en movimiento su fuerza ancestral ligada a la energía sexual, en Zamarramala, una pequeña localidad segoviana, y fue a raíz de un episodio protagonizado por las mujeres con el que se logró recuperar el Alcázar que había sido invadido por los musulmanes. Resulta que estas mujeres tuvieron una actuación decisiva al ponerse de acuerdo y salir engalanadas con sus trajes típicos, para bailar al son de la dulzaina y el tamboril. Los musulmanes, sorprendidos de tal acontecimiento, dejaron sus puestos en el Alcázar para contemplarlas de cerca, momento de descuido en la defensa de la fortaleza que aprovecharon los hombres para entrar y hacerse nuevamente con el recinto.

De Asturias tomamos esta otra noticia donde se añade que para pertenecer a la cofradía de mujeres de Santa Agueda se ha de estar casada y pagar dos celemines de trigo. Sólo un tamborilero y el dulzainero pueden participar en su ágape, siendo norma del festejo que durante la danza ellas saquen a bailar de grado o a la fuerza al hombre que prefieran.

Una montera de dos picos, de terciopelo, cuyas puntas rematan en tres borlas de estambre amarillo y rojo, y debajo de ellas una estrella bordada y seis grandes y característicos botones de plata, es parte principal de esta indumentaria tradicional. Es evidente la relación simbólica que estos trajes tienen con los cuernos, así como con el mito de la corona que Dionisos entregó a Ariadna, tema sobre el que volveremos más adelante.

Participa en la fiesta de las “Aguedas” asturianas un muñeco relleno de paja con el que bailan para terminar quemado el espantajo en medio de la plaza. Nada diremos del despropósito actual en el que han caído estos festejos, pero un premio llamado “matahombres”, que conceden las alcaldesas en su día de mando a alguna mujer destacada por su actividad feminista, lo dice todo.
 
Uno de los nombres por el que se conoce esta fiesta tradicional carnavalera es Andrakunde o Emakunde, que en vasco designan la palabra matronalia y matrona,  respectivamente. Así pues, Emakunde y Andrakunde, refieren a la fiesta de las mujeres que en Guipúzcoa se convierte en: etxe andre dantza, danza de la mujer de la casa.

La zona meridional de Cataluña, concretamente Tortosa, también aparece como una de las localidades donde estas fiestas sensuales, licenciosas y carnales protagonizadas por mujeres tuvieron más raigambre.

Las Lupercales
Las Lupercales son unas importantes fiestas que encontramos insertadas en el Carnaval. Proceden de los ritos que llevaban a cabo las sacerdotisas, consideradas por otros como hechiceras o brujas, que se metamorfoseaban en lobas, es decir, se enmascaraban e imitaban la apariencia de tales animales para revestirse de su poder e influir sobre la Naturaleza. Estas buscaban, para realizar sus ritos mágicos, los solsticios y fenómenos que coincidían con ciertas posiciones y movimientos astrales, imitando, incluso en las formas de sus propios gestos rituales, a las constelaciones durante sus ceremonias mistéricas y de Iniciación.

Una numerosa testificación de documentos, la mayoría depositados en museos y bibliotecas, nos permite comprender la fuerza que tuvo este culto y cómo se propagó por las regiones de la Europa arcaica. Creencias todas ellas asociadas a los misterios de Dionisos (o Dionisio), el dios del vino y del frenesí, pero al mismo tiempo de la domesticación y sublimación de la naturaleza montaraz y salvaje, representada por la transformación que experimenta la uva hasta convertirse en vino, un proceso que tiene que ver con la sublimación del agua por el fuego.

Desde el punto de vista de la historia de las ideas, Dionisos es un dios que nace para revitalizar el tiempo, como lo es Cristo, otro arquetipo de la deidad. Significa que su culto estuvo insertado en la propia tradición primordial, y ese es el sentido simbólico que tiene su nacimiento, producido en el Monte Mêru, sede simbólica de la Tradición Polar. O en el muslo de Zeus, lo cual no cambia su significado, ya que en ese caso Dionisos es gestado directamente por el padre Olímpico.

Dionisos es una idea, o deidad, con la que se identificó toda el área del Mediterráneo, un dios alegre y vital al cual seguían especialmente las mujeres, las bacantes, se dice que “en delirio nocturno”.

Los centros consagrados a él representan un importantísimo eslabón de la cadena iniciática de Occidente, del mismo modo que el Pitagorismo supuso una nueva adaptación de dicha tradición, siendo a Orfeo, el poeta lírico, hijo de Calíope, la musa de la Poesía épica, a quien se debe la creación de los ritos destinados a invocarlo. Esa es la razón de que en la actualidad decir órfico o dionisíaco es referirse a los mismos Misterios.

Por eso Dionisos es un dios venerado junto a Apolo (quien recibió de Hermes la Lira) y a Deméter, la diosa de las espigas y de los misterios de Eleusis. De ese modo los griegos celebraban juntas las fiestas de la vendimia y las de las mieses. Precisamente fue durante el periodo que duraron estos cultos a ambos dioses cuando estas fiestas y las iniciaciones mistéricas que promovían ambas deidades (Dionisos y Deméter) tuvieron más relevancia.

De hecho, las dionisíacas eran fiestas que ocupaban varias etapas del calendario. Era durante el mes de Neptuno o Poseidón, cuando se celebraban las Fiestas de invierno, las del mes de los Desposorios, llamadas leneas y las Anthesterias o Grandes Dionisíacas en el periodo del solsticio de invierno, donde se producían las iniciaciones.

Estas, entre el gran público, se repetían del siguiente modo: el primer día se abrían las cubas que contenían el vino nuevo. El segundo se celebraba el matrimonio entre Dionisos con la Reina de Atenas. Y el tercer día era de pura embriaguez.

Dionisos, que en la mitología aparece como un dios niño perseguido para ser descuartizado por los titanes, las furias del ciclo anterior, se ve simbolizado por el vino nuevo, siendo la reina de Atenas la propia Ariadna, esto es, la elegida por el dios para reinar como su esposa en el cielo bajo la constelación de la Aurora Boreal, cuya forma de corona, dice la tradición, se corresponde con la diadema con que Dionisos la coronó, premiando de ese modo su amor e inteligencia en la estrategia empleada para rescatar a Teseo del laberinto a donde fue a matar al Minotauro.

Las lobas, sacerdotisas del Lupanar
Las Lupercas eran sacerdotisas que aparecen directamente relacionadas con las vestales, las vírgenes que en Roma cuidaban del fuego, y con el mito romano según el cual Rómulo y Remo fueron amamantados por una Loba.  Se conoce por las investigaciones arqueológicas y epigráficas que Laurencia, Acca Fáustula, Acca Larentia, Larentina, fue un personaje que  vivió en Roma en tiempos de Anco Marcio, de la que se dice era una loba. Se referían con este nombre a las sacerdotisas, a las que también se les daba el título de Lupa, Luperca, Luperci, o sea Lobas, ministras del culto, las que ejercían sus funciones en una gruta-santuario llamado Lupercal, o Lupanar. No se trataba sólo de un templo, sino que también era un centro político y religioso, y una gruta abierta en las laderas del Palatino de Roma.



Los datos acerca de estas mujeres y sus santuarios han demostrado que las Lupercas no sólo realizaban ritos mágicos y aquelarres para fertilizar la tierra y atraer las energías celestes al ámbito del hombre, con el fin de fecundarlo y vigorizarlo. Estas mujeres, además, tenían entre sus múltiples funciones ejercer de maestras, nodrizas de niños ajenos, amas de cría, es decir, que criaban e instruían, o que nutrían en el Lupanar.

En la novela La Dama de Urtubi, Pío Baroja pone en boca de uno de los personajes la siguiente frase: “Perdonad que un poeta del Bearn intervenga en vuestras lupercales y penetre en este antro recóndito y sagrado para dirigiros un saludo”.

Estas cofradías de mujeres, ya desde época remota, daban culto desde los templos a sus deidades, y transmitían el Conocimiento a través de la enseñanza de la escritura, la gramática, la música, el relato de los mitos antiguos, la magia natural y formas de la magia egipcia, la confección de talismanes y las diferentes técnicas artesanales. Santuarios-bibliotecas donde se acumulaban las tablillas con escritos, pergaminos o libros que contenían todo el Saber acumulado.

Una investigación arqueológica7 ha reunido los nombres de 65 de estas escuelas-templos, todas ellas identificadas con distintas Diosas, a las que estas sacerdotisas o maestras-nodrizas, amas de cría, daban culto, y, en el nombre de estas deidades, educaban y enseñaban a leer y escribir. Algunos de los nombres de estos Santuarios son: Afrodisión de Afrodita, Argirión de Afrodita Argé, Artemisión de Artemisa, Ateneo de Atenea, Eleusinión de Deméter (Eleusis), Heraión de Hera, Iseion de Isis, Letoón de Leto, Lupanar y Lupercal de Acca Lupa o Acca Luperca, Minervión de Minerva, Miseón de Cibeles Misa, Murcia de Venus Murcia, Museión de Musa, Tesmoforión de Deméter Tesmófora,…

Precisamente, la palabra alumna procede de alimentadora, y es el epíteto que se daba a las sacerdotisas de Deméter, en Eleusis, llamadas maestras nodrizas, o abejas, o sea las que nutren, maestras alimentadoras del espíritu y la inteligencia.8

Cicerón habla de las Luperci, y también Plutarco, quien relaciona estas celebraciones con el Lobo, y Ovidio, quien destaca su carácter purificatorio y su relación con el culto a Pan. Una deidad seguida por los pastores, pero imbricada en el culto a Dionisos, que siguieron conservándose mediante un ritual relacionado con el Lobo, animal cuya ferocidad invocaban para que fuera el protector del ganado frente a las demás fieras.

Este es el origen de la fiesta vasca llamada Otsoa Bilk: otso, que se traduce por Lobo, y bilk, recoger. De este modo quedan invertidos los papeles: pedir para el lobo con tal de saciarlo. Lo que traducido al lenguaje iniciático significa alimentar todos los bajos instintos de modo que éstos queden excluidos por agotamiento. Por otro lado, Otsa-illa es febrero y significa mes de los lobos, siendo además en esta época cuando estos animales entran en celo.

La razón de que estas mujeres se identificaran con el lobo es que tenían muy presente que este animal es un símbolo de la luz, y al mismo tiempo de la oscuridad. Representa pues la Unión de los contrarios.9 Por un lado es feroz y maléfico, por otro es un animal luminoso capaz de ver en la noche.

La boca del lobo, en muchas mitologías, por ejemplo la escandinava, es un símbolo de reintegración cíclica. Algunos textos comentan que la boca del lobo se traga el sol en cada final de ciclo, y que lo vuelve a desembuchar cuando inicia el ciclo siguiente. En ese sentido simboliza la muerte cósmica, y por eso se le tiene como dios de los infiernos, o como el propio Diablo, a veces también identificado con el perro, guardián del umbral entre la vida y la muerte.

De esa enseñanza simbólica proceden refranes como los que aún utilizamos en nuestras lenguas; cuando algo está muy oscuro decimos que está más negro que la boca de un lobo, o cuando alguien ha estado en grave peligro de muerte, se dice que le ha visto las orejas al lobo. Acometer un asunto difícil es meterse en la boca del lobo. En catalán también se repite la frase: “fosc com la gola del llop”.10

Decimos que en su aspecto luminoso el lobo es un símbolo solar y que así lo han visto los distintos pueblos, como los mongoles, que lo toman  netamente como símbolo celeste. O la China, que igualmente conocía un lobo celeste, la estrella Sirius, que es el guardián del palacio celestial, la Osa Mayor.

Es así que los participantes del Sabath o Aquelarre llevaban máscaras de lobo, y las mujeres una prenda, que solía ser una liga, hecha con la piel de este animal. Francisco Ariza, en la introducción a la obra de teatro Noche de Brujas, de Federico González (un Auto Sacramental donde se escenifica uno de estos Aquelarres, palabra vasca que significa “prado del macho cabrío”), nos explica que ésta es una práctica que se introdujo a través de la magia judía, mezclándose con prácticas de similar tipo que pervivían en Europa desde muy antiguo, y que por eso los amuletos utilizados en los aquelarres fueron de origen judío, más concretamente cabalístico, empezando por los nombres de las energías, númenes o ángeles invocados. Y señala que bajo los cimientos de Notre Dame de París, existía un altar consagrado a una Divinidad cornuda, a la que se destinaba un cierto culto ligado a los misterios telúricos, donde la práctica sexual, como ceremonia iniciática, no estaba excluida. De las Lupercales deviene la fiesta de San Valentín, el 14 de Febrero, muy astutamente restituida por el comercio.

De hecho, la palabra Luperca es un compuesto entre lupus “lobo” e hircus “macho cabrío”. Por eso el nombre popular por el que eran conocidos los Lupercos era capri, relativo a la cabra, la cual en algunos casos era sacrificada durante el ritual, cuando no un perro-lobo.

De esta cofradía de Lupercos, se cuenta que, vestidos con piel de cabra, llevaban a cabo una carrera purificatoria en torno al Palatino, y mientras corrían golpeaban a los transeúntes con correas, también de esa misma piel, para fecundarlos. Las mujeres se exponían a sus golpes para obtener la fertilidad. Este tipo de rituales fustigadores han dejado su huella en varias fiestas de Carnaval, donde un personaje animalesco azota a todo el que encuentra a su paso.

Una novela hermética cuyo título es Defensa de Montjuic por las donas de Barcelona, relata:

Los hijos de la luz tienen una marca invisible en la frente, como la de esos cofrades romanos, los Lupercos, que el día de San Valentín desfilaban desnudos alrededor del Palatino con una piel de cabra en las manos con la que azotaban a las mujeres, fecundándolas; ese animal estaba asociado al rayo, y por tanto a la luz y a la fecundación espiritual. Antes, un sacerdote les había hecho la señal con la sangre de la cabra inmolada (también un perro era sacrificado), que luego borraba con lana impregnada en leche. Entre sus muchas significaciones el perro es psicopompos, guardián de encrucijadas y se relaciona igualmente con el fuego que se dice robó, ya sea al cielo o al interior de la tierra, transportándolo en su rabo como una antorcha, y donándolo luego a los hombres. Es también deidad ctónica, vinculada con la sexualidad, la fuerza vital y el alimento espiritual, al igual que sucede con los lobos.

El rito se desarrollaba en el santuario de Fauno Luperco, en la vertiente noroeste del Palatino. Rito de invocación de la Luz, asimilada a la Sabiduría y a uno de sus emisarios, el dios del rayo diamantino y del trueno, Júpiter, el Zeus griego, dos de las culturas, la griega y la romana, que igualmente poblaron estas tierras insulares, civilizándolas.
11

Continuación

NOTAS
1 Citado por Julio Caro Baroja en su libro Carnaval. Análisis histórico-cultural.
2 “El Ser del Tiempo y el Origen de los Calendarios”, cap. III de Simbolismo y Arte.
3 Debemos considerar, por tanto, que estas celebraciones de año nuevo no estuvieron  siempre ligadas a un periodo, sino que el año se ha comenzado por distintas épocas, como puede ser por primavera, marzo concretamente.
4 Julio Caro Baroja, Op. Cit.
5 René Guénon. “Sobre la significación de las fiestas ‘Carnavalescas’”. Cap. XXI de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada.
6 Un dato curioso es el que señala esta fiesta saturnal como el origen de que los sindicatos reclamaran para las empleadas de hogar un día libre, ya que siguió siendo una costumbre carnavalesca en Barcelona dar permiso a la criada para ir al teatro durante uno de los días que duraba el festejo. Parece ser que las amas de la casa se ocupaban de engalanar o disfrazar, con los mejores trajes y joyas, a sus criadas. Según cuenta Joan Amades, había incluso competencia entre los señores de las casas pudientes por vestir a sus minyones para la ocasión de la forma más elegante.
7 Ver los estudios de Francisca Martín Cano en su web.
8 Alumnor, aris, ari = alimentar, educar, criar. Del latín alere = alimentar. Espasa Tomo 4, (1988, 1033). Poeta = alumno de las musas. Ver además, nuestro artículo: “En Pos de Deméter”. En Symbolos, 27-28 y en symbolos.com.
9 Esa unión de los contrarios está ampliamente expresada en los trajes de los arlequines que aparecen en la escenografía de los diferentes Carnavales.
10 “Oscuro como la garganta del lobo”.
11 Obra inédita de Federico González.


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