SYMBOLOS
Revista internacional de 
Arte - Cultura - Gnosis
 
LA MEMORIA, CORAZÓN DEL TIEMPO
PATRICIA SERDA
Es en el discurso del Tiempo donde se produce la revelación y es por medio de éste y su sucesión y las pautas que lo caracterizan, que se comprende la simultaneidad de un solo gesto creativo, cuyas ondas se expanden en un espacio indefinido, creando mundos y generando permanentemente nuevas posibilidades.

Por eso el origen es siempre entendido y vivenciado como lo que está "detrás", constituyendo el pasado; pero este pasado no es cronológico, sino meta-histórico, no es en verdad lineal, sino vertical, esencialmente mítico y por lo tanto perteneciente a "otro" tiempo y "otro" espacio, ligados íntimamente con las "reminiscencias", o sea con la Memoria como corazón del tiempo e introductora de un mundo o plano diferente del Ser Universal.

Federico González: Simbolismo y Arte,
capítulo III, "El Ser del Tiempo".

Conocer a Federico González y su Obra abriéndonos a su influjo ha supuesto conectar con el rayo que ilumina la senda interior hacia nuestro Centro inmutable; o lo que es lo mismo, con el Eje que une el Cielo con la Tierra. Y como verdadero Teúrgo lo ha realizado mediante el mensaje revelador y liberador de la Tradición Hermética y la Ciencia Sagrada, las que reconocemos como un único legado espiritual-intelectual que nos liga con una meta-historia vertical y una geografía sagrada o espacio mítico, aquel en el que habitan nuestros ancestros o antepasados: dioses, héroes, sabios, iniciados; poderosos aliados a los que estamos unidos por lazos indestructibles ya que se han enfrentado a la muerte y la han vencido, cuyas voces traen a la memoria lo que siempre ha excedido los tiempos históricos al encarnar el Conocimiento transmitiendo su Luz. Una oportunidad que está siempre aquí y ahora y que se nos va revelando en el interior de la conciencia; una posibilidad trascendente que podemos efectivizar encarando ese Conocimiento que nos habla de los Principios Universales de las cosas, de sus raíces, y por tanto nos conecta con el verdadero sentido de la vida y del hombre y con el Dios Desconocido, con lo verdaderamente ilimitado, la Metafísica. Un punto de vista simbólico que no excluye a los demás sino que los integra pues abarca y comprende toda la realidad, a la que al mismo tiempo trasciende. Federico González, como foco de luz cosmizado, ha generado un Centro que señala el Eje al que uno puede asirse y que une todos los mundos entre sí, lo que está simbolizado por el Caduceo de Hermes, cuyo soplo emitido por el movimiento veloz y sutil de su influjo ilumina y guía el viaje vertical y arquetípico hacia nuestra verdadera Identidad por la función polar del Eje mismo.

Entonces, y como tantas otras cosas, lo que habíamos entendido por historia y geografía, a la luz de la Filosofía Perenne pasan a ser algo de otro orden muy superior, y absolutamente liberador, ya que expresan leyes universales, cuyo auténtico motor es la revelación de la doctrina esotérica, directamente relacionada con la recuperación de la Memoria, con la urdimbre vertical, que es la que da sentido a la cultura, y por consiguiente nuestra visión horizontal, es decir la trama cronológica y sucesiva, se amplía y se eleva, escapando poco a poco de la repetición incesante de la "Rueda del Samsara", de sus pautas cíclicas exteriores de causa-efecto perennes, advirtiendo que en su centro reside la realidad inmutable no afectada por los cambios continuos de la periferia de la Rueda, cuyo eje señala la salida por arriba, cenital. Esa Luz que nos viene a través de la Ciencia Sagrada nos revela los Misterios de la Cosmogonía Perenne, de la Harmonia Mundi, y los Principios Universales que la rigen y gobiernan, emanados de la Unidad del Ser, primera determinación del No-Ser; es decir, la auténtica Medicina, el Conocimiento de la Cosmogonía como soporte del Ser, y paso previo a la Metafísica, lo absolutamente ilimitado e incondicionado, la No Dualidad. Este mensaje además ha fecundado en un tiempo que es el nuestro, en nuestra propia ciudad, Barcelona, donde Federico González, nuestro guía intelectual, fundó el Centro de Estudios Simbólicos en 1978-79, transmitiendo la Ciencia Sagrada o Tradición Unánime tanto de viva voz como también de forma escrita, siempre a través de una didáctica viva, certera, luminosa y posible, siendo además paradójica, multidimensional y volumétrica, lo que posibilita la conexión con espacios nuevos, olvidados y asombrosamente reales. La que ha germinado en el corazón de todos aquellos que se han dejado penetrar por su influjo sin reservas ni prejuicios; y esto mismo está ocurriendo actualmente entre todos aquellos que quieren acercarse a este Conocimiento encarando la senda interior que conduce hacia el Sí Mismo verdaderamente universal y liberador, constituyéndonos así en los protagonistas del Conocimiento al encarnar una historia ejemplar a través del mito, el símbolo y el rito. Un viaje arquetípico del que se ha dicho nos conducirá a nuestro destino si perseveramos hasta el final. Un viaje que comienza al conectarnos con el hilo conductor de la Tradición: el hilo de Ariadna, como ya lo hicieron Teseo, Ulises, Hércules, Orfeo y tantos otros, y del que nos habla el mismo Dante y también Virgilio en La Eneida, en donde el héroe Eneas, conducido por la Sibila penetra en el bosque en busca de la rama de oro, la que también llevaban los iniciados de Eleusis y que recuerda la acacia en la Masonería, símbolo de resurrección y de inmortalidad.1

Este es un hecho completamente extraordinario para muchos de nosotros, y una visión de la Historia providencial y significativa. Por ello, hemos querido aprovechar esta oportunidad para reconocerlo abiertamente y dar unas pinceladas guiados por algunas citas escogidas de la Obra de Federico González, las que hablan por sí solas de esta Enseñanza, que sólo podemos reconocer gracias a la certeza del corazón, es decir de aquello perennemente anhelado y siempre presentido y que va despertando la Intuición Intelectual, la Inteligencia divina que nos conducirá ante Sophia, la Sabiduría, cuyo Amor por ella mantiene viva la llama del iniciado y a la que no ha dejado de invocar con furor, fuerza y belleza Federico González, apuntando siempre hacia la Metafísica, una referencia esencial para emprender el camino de la verdadera Gnosis, en toda esta su magna Obra, la que actualmente constituye un auténtico Corpus doctrinal.

El Soplo de Hermes

Queremos evocar la doctrina de Hermes, cuya luz intelectual emanada de la Tradición Primordial ha fecundado Occidente bajo la forma de la Tradición Hermética, como lo testimonian su historia y geografía, y sorprendentemente sigue haciéndolo hoy día.2 Y vamos a empezar recordando el Himno IV a Hermes de los Himnos Homéricos:

Canta Musa, a Hermes, hijo de Zeus y Maya, que tutela Cilene y Arcadia, pródiga en rebaños, raudo mensajero de los inmortales, al que parió Maya, la Ninfa de hermosos bucles, tras haberse unido en amor a Zeus, ella la diosa venerable...

La Tradición Hermética es reveladora de la influencia espiritual que el propio dios simboliza y que muestra al hombre Occidental su legado ancestral y sagrado, "la Buena Nueva", a la que no han dejado de cantar las Musas nacidas de la Memoria, despertando al hombre del olvido en el que se encuentra esta humanidad desorientada y perdida, hoy más que nunca, ignorante de las verdades trascendentes y eternas debido a las condiciones de orden cíclico que nos ha tocado vivir, como puede advertirse en todo cuanto nos rodea, cercanos ya a la disolución de un mundo, la que será simultánea con el nacimiento de un mundo otro, completamente regenerado: una nueva tierra y un nuevo cielo, lo que ya ha sucedido otras veces en la cinta del devenir y que obedece a las leyes cíclicas que signan toda la manifestación.3 Este despertar supone la recuperación de la Memoria arquetípica, aquella que nos permite llevar a cabo la realización espiritual, resucitando finalmente en un cuerpo de gloria al ser reabsorbidos en el Tiempo original, ganando la Eternidad, a la que aspira todo auténtico iniciado.

En el Ser Universal existen orígenes atemporales, los que pretendemos recuperar. Por ello, esta Memoria nos liga directamente con las génesis cosmogónicas y las gestas de los héroes que las han realizado, y por tanto con el mito, el símbolo y el rito, grandes liberadores, trilogía sagrada indisolublemente unida entre sí y con la que toda cultura tradicional ha expresado su identidad al conectar al hombre con la realidad vertical y simultánea, o sea con sus orígenes atemporales, y a través de ellos con todos los mundos y estados del Ser. La vivencia de esta realidad y su misterio viene ante todo de la Gracia y de la fe interna que nace de la Intuición directa de la Verdad; también de nuestra perseverancia y del trabajo iniciático en el Modelo del Universo (cuya esencia nos es revelada por los vehículos simbólicos), y en fin de todo aquello que representa la idea de Centro y de Eje. El hombre es un símbolo de un mundo mucho más amplio y verdaderamente universal. Hay otros mundos que están en este, mundos que son otras lecturas de la realidad, otros estados interiores de la conciencia y que no por invisibles son menos reales; al contrario, nos conectan con tiempos y espacios cualitativos, escalonados y jerárquicos que coexisten con el plano horizontal y sucesivo, abarcándolos, e incluyéndolos sin negarlos. Los orígenes sagrados no están signados por el espacio y el tiempo ordinario, sino ligados al illo tempore vertical, al mito: a la posibilidad real de encarnarlo.

Leemos en Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha (p. 41), otra obra fundamental de Federico:

Vivir el mito es volver a recuperar la "memoria" de nuestro origen "no humano" (la anamnesis o reminiscencia platónica) donde todo es nuevo y virginal, y la idea de anterior y posterior queda anulada por un presente sin duración cronológica posible.4

Y más adelante (p. 475-476):

La reminiscencia es recordar el Origen y por ello penetrar en el Eterno Presente. Así la reminiscencia actualiza lo que siempre ha sido, o sea lo que es (y lo que da el ser) y el conocimiento de otra realidad multidimensional y el espacio en que ella se produce. Es también advertir que en ese otro ámbito se comprende –aunque fuera borrosamente– la presencia de una amplia cadena de testificación, desde los orígenes, incluyendo dioses, héroes o personajes increíbles que han transmitido estas energías que se reciben mediante operaciones alquímicas, se manifiestan siempre por la dualidad de opuestos solve-coagula, disolver y coagular, gracias al fuego del corazón que preside toda la Obra y se conjugan siempre en el Presente, que es el que otorga la auténtica maestría a los Adeptos al Conocimiento.

Esa visión horizontal (ilusoria en el fondo) de la que hablamos sobreviene en el hombre al perder la conciencia de Unidad, aquella en que vivían, "en estado de gracia", los hombres en el Paraíso o Edad de Oro, donde la Verdad era visible para todos. Esa pérdida es provocada por la caída en la esfera del devenir temporal, la que ha supuesto para el hombre, y conforme el ciclo avanzaba, la pérdida paulatina del estado virginal de los orígenes sagrados, llegando finalmente a percibir tan solo la realidad exterior siempre cambiante y relativa, la de nuestros sentidos corporales, quedando finalmente nuestra alma encerrada en la esfera sublunar; atados a lo contingente, hemos perdido la conexión con el centro y el consiguiente olvido de nuestro verdadero origen increado, que es también nuestro destino y nuestra verdadera identidad, aquella que sobrepasa a todas luces cualquier expectativa individual por más rica que fuere. Esa identidad es de esencia supra-humana, como la propia revelación del tiempo mítico, mágico, asombroso y siempre vivo, no sujeto a la degeneración del ciclo y que no obstante es coetáneo y simultáneo con el tiempo ordinario, y es esto lo que permite su constante actualización y regeneración:

Este fin está invertido con respecto a las posibilidades del hombre en el estado ordinario, que siempre busca la multiplicidad y la dispersión, mientras que todo proceso alquímico tiende a una síntesis, a una concentración de posibilidades del mismo, ya que en la esencia o en el "elixir", o en la "piedra filosofal", radican tanto el misterio del Ser Universal, como sus virtualidades, fuente de su poder, que podrá ser entonces desarrollado en cualquier dirección y en todo momento. Se trata pues de una "conversión", de una vuelta a los orígenes, o a la fuente primordial de donde todo ha emanado, o el viaje de regreso a casa, semejante al que se realiza de la multiplicidad a la unidad. Del punto casi inexistente ha nacido la Rueda del Mundo y debemos regresar a su inmutabilidad, incluso para encontrar sentido a lo que se mueve, para saber que uno también es eso, la inmovilidad del comienzo, y por lo tanto su simultaneidad, y comprender así la movilidad de lo sucesivo, como apariencia o proyección perpetua de la realidad central.5

Advertimos entonces que esa memoria o reminiscencia empieza a cobrar vida cuando este influjo de la Tradición Hermética, nuestra herencia espiritual-intelectual, se hace presente y toma cuerpo a través de una Enseñanza simbólica y viva, verdaderamente universal, y expresada de forma completamente actual, sin rebajar ni un ápice su verdad esencial, lo que puede advertirse al relacionarla con los Principios de todas las tradiciones, y con sus símbolos fundamentales en los que todas ellas coinciden, ya que la Verdad es esencialmente una y única. Una enseñanza especialmente adaptada a nuestra mentalidad occidental y contemporánea, lo que la hace posible y realizable con los elementos que uno tiene, aunque parezca increíble y, si es dable expresarse así, "sin necesidad de ir a ninguna parte", es decir, descubriendo con estas Enseñanzas que en verdad todo está en nosotros, lo que nos pone en contacto con los Misterios que portamos dentro.

Con el hilo conductor de la Tradición podremos viajar por el Eje del Cosmos, penetrando toda apariencia gracias a la revelación de los Principios y las Causas Universales, que son las que en definitiva pueden dar sentido al mundo y a nosotros mismos, así como a la Historia y la Geografía sagradas, donde se reflejan la Memoria arquetípica; y también a toda cultura o civilización, y a la posibilidad de realizar la aventura del Conocimiento, despojándonos de todo lo ilusorio y transitorio de esta vida pasajera y mortal: accediendo al fin, y gracias a la reminiscencia del origen, al núcleo de inmortalidad que se halla oculto en el centro de todo ser.

Esa aventura es el auténtico viaje iniciático y mágico-teúrgico, escalonado y jerárquico, el que a través de la constante revivificación de sus posibilidades nos regenera y conduce hacia nuestra verdadera Identidad, que es supra-humana y supra-cósmica. Lo que nos da una perspectiva y un punto de vista completamente otro del que hemos heredado de este medio profano e ignorante en el que vivimos los contemporáneos, donde prácticamente todos los valores están invertidos hasta tal punto que lo primero que reconoce quien se adentra en los misterios del Ser Universal es el reconocimiento de su ignorancia, que verdaderamente no sabe nada, siendo éste el mejor comienzo, ya que es necesaria una sincera receptividad de corazón para que las ideas universales nos invadan plenamente (la virginidad del alma presta a dejarse fecundar por los efluvios divinos). Vaciarnos de todas nuestras "creencias" y apegos, abriéndonos verdaderamente al influjo intelectual-espiritual, abonando una y otra vez nuestro jardín interno para que se produzca la posibilidad de una regeneración y el retorno al Origen.

Guiados por Hermes, la deidad instructora y educadora, nos dejamos fecundar por las verdades eternas que van resonando en nuestro interior, las que nos enseñan a pensar no de modo racional y dual, sino buscando siempre la síntesis y la conciliación de los contrarios, es decir que nos enseñan a pensar con el corazón, sede de la verdadera inteligencia y la Intuición Intelectual (y no de la sentimentalidad y lo devocional, propias de las religiones), a la que todas estas Enseñanzas apelan; o sea, a ponernos en contacto o en sintonía con la Inteligencia Universal, aquella que es capaz de generar un orden en nuestro caos, despertando al Maestro Interno.

Como podemos constatar a través de toda la Obra de Federico el mito (de mythos, misterio) es, y siempre ha sido para todos los pueblos tradicionales, la historia verdadera, la real y eficaz, la memoria de un hecho Original, donde los principios atemporales se hacen contemporáneos a través del rito, que es actuante pues es el símbolo en acción, permitiendo así la comunicación y unión de la tierra con el cielo, con lo Innombrable, con el Espíritu y con los dioses y héroes civilizadores, articulando y dando sentido a la inestabilidad del devenir. Porque la energía-fuerza contenida en el símbolo, al ser estimulada empieza a cobrar vida, se hace presente, consciente, pudiendo entonces revivificar el modelo ejemplar de vida y realización conforme a la Voluntad divina, la que permite al hombre insertarse en el Orden Cósmico, recreándolo a través de la Verdad y la Belleza, uniendo las contradicciones, ya que el rito "imita conscientemente el ritmo de la estructura cósmica", pues:

... más bien se trata de vivir al ritmo del compás cósmico, advirtiendo la sacralidad del entorno físico-anímico, derivado de un ser espiritual tan invisible como inteligente. No es pues sólo una sistematización de gestos o invocaciones que siempre acaban en forma esclerotizada, sino la intuición de la Verdad y la Belleza reunidas armónicamente en el cuerpo de la Inteligencia Universal, deidad tan precisa como esquiva, siempre aérea o radiante.6

Es también el factor aglutinante que ha dado cohesión a la existencia en todas las culturas tradicionales desde tiempo inmemorial, donde podemos advertir la sacralidad de la vida y la íntima interrelación y unión entre el mundo celeste y el terrestre y el papel central que juega el hombre como verdadero mediador que los une en el centro de su ser, en su corazón (análogo al sol), y su papel central en el Universo.

Vemos que el mito conforma el origen de toda cultura, pues es el que generará los prototipos simbólicos que revelan la Cosmogonía, de ahí su gran importancia; y el símbolo es la fijación o cristalización de la Idea Arquetípica:

Y al mismo tiempo su límite; lo que posibilita el retorno a lo ilimitado a través del cuerpo simbólico, que permite así las correspondientes transposiciones analógicas entre un plano de realidad y otro, facultando el conocimiento del ser universal en los distintos campos o mundos de su manifestación. Ya que expresa lo desconocido por su apariencia sensible y conocida.7

Por su lado, el rito pone en movimiento esa energía-fuerza a través del gesto ritmado. El rito a través del símbolo dramatiza el mito, actualizándolo, es decir dando cabida a la posibilidad de identificarse eventualmente con él, que es la función para la que fueron diseñados, esto es para que el ser humano pueda penetrar en ese "otro" tiempo y en ese "otro" espacio, atemporal y eterno, que coexistiendo con el espacio geográfico y con el tiempo histórico horizontal, sucesivo y cíclico, los trasciende al comprenderlos y vivenciarlos en el corazón; la conciencia de que todo es "aquí y ahora", regenerado y nuevo, fecundado perennemente por el espíritu. Es por tanto una memoria trascendente y absolutamente liberadora (por lo más alto), la Memoria de aquello que no debe ser olvidado8 porque constituye toda la realidad y nuestra verdadera identidad, ya que conecta al Hombre con la Unidad del Ser Universal y el misterio de su trascendencia; donde su origen es su destino, y viceversa.

De hecho, todos los pueblos coinciden en la fuente mítica, producida en la noche de la historia, más allá del tiempo. Además es unánime la idea de un Dios civilizador y ordenador, o la de un héroe liberador e instructor. Los símbolos necesitan ser enseñados, para que haya una comprensión real de las fuerzas que concentran. La energía que permanece oculta en el símbolo en estado potencial, requiere ser activada. Mediante el rito del aprendizaje, el estudio y la meditación se despierta al símbolo y éste actúa. La relación es mutua. La energía-fuerza que este expresa viene a nosotros, y nosotros a nuestra vez la proyectamos sobre él, estimulando su propia esencia. Se evoca entonces, además, la energía de todos los que han conocido, comprendido y transmitido el símbolo. Y esa misma entidad, o estructura arquetípica, actualiza los principios universales, haciendo que éstos devengan a nosotros y nosotros participemos de ellos, gracias a la identificación con el símbolo y la mediación simbólica, reactivada por una exégesis ritual, que es aquella que a lo largo del hilo de la historia ha mantenido viva la posibilidad de la regeneración, o lo que es lo mismo, la que hace factible que todo siempre sea nuevo y verdadero.9

Con el hilo de la Tradición, guiados por el soplo vivificador de Hermes y la fuerza mágica del símbolo nos adentramos en un viaje de autoconocimiento, que nos liga con una meta-historia arquetípica, en un espacio mítico como nos sugiere poderosamente el sintético y revelador fragmento de Simbolismo y Arte con el que encabezamos nuestro trabajo, y en realidad en todo este libro,10 inspirado por las Musas como toda la Obra memorable y providencial de Federico, que constituye en sí misma un símbolo de la realidad de lo sagrado. Realidad que se nos va revelando a través del Modelo del Universo como soporte de la Cosmogonía Perenne y la Doctrina Metafísica, a la que debemos apelar si aspiramos verdaderamente a conocer y revivificar nuestro auténtico "Yo" o "Sí mismo", que es el único que, a Dios gracias, nos despertará de este sueño que nos comprime y limita, y del que sólo podremos liberarnos si somos absorbidos por el Ser, a quien debemos nuestra vida e identidad.

Se trata, volvemos a repetir, de un viaje interior llevados de la mano de la Diosa Inteligencia, o de la Intuición del corazón, y que la Iniciación promueve a través de un proceso íntimo donde el hombre cambia el contenido de sus imágenes mentales gracias a la reforma total de su psique. Por tanto, supone la posibilidad de experimentar la paradoja de vivir la muerte, o lo que es lo mismo, la transmutación y transformación de nuestros estados inferiores, haciéndonos ver la ilusión de lo que transcurre siempre en un mismo plano, lineal y sucesivo, sin fisuras, sujeto a las leyes inexorables del devenir. Ese plano es un espacio "indeterminado, concebido como mecánico y simplemente utilitario", al que tomamos por real. En realidad, el espacio y el tiempo no son homogéneos, tienen escisiones y fisuras por donde se revela lo supra-histórico.11 Lo que permite romper con el movimiento homogéneo y reiterativo de la "Rueda del Samsara", de la que podremos liberarnos gracias al proceso iniciático. Leemos en el primer capítulo de El Simbolismo de la Rueda:

Geométricamente esta posibilidad esta marcada por la figura de la espiral, que es capaz de salir de la reincidencia rutinaria y proyectar un nuevo movimiento circular esta vez en un plano distinto.

Y en el capítulo IV de Simbolismo y Arte:

En las sociedades tradicionales, como lo fue por ejemplo la civilización maya, todo es simbólico. La vida es un rito perenne que se verifica en todas las labores cotidianas y de manera constante. Cualquier acción y aun cualquier pensamiento están signados por la presencia de lo significativo, de lo mágico, de lo trascendente, ya que todo sucede en distintos planos de la realidad y por eso también en el mundo de lo oculto, de lo invisible. El arte, o lo que nosotros hoy llamamos artes, son para estos pueblos unos gestos naturales que repiten y recrean una y otra vez al cosmos a través de símbolos precisos efectuados de manera ritual, los que han sido concebidos, o mejor, revelados, con ese fin a los hombres por inspiración legada de sus ancestros, para organizar su vida de acuerdo a la voluntad divina. El creador de todas esas estructuras culturales, que no hacen sino imitar las cosas del cielo, es el ejecutor de la obra, el hombre verdadero, el jefe, aquél que produce o gobierna con arte. Como se ve esta forma de encarar los hechos es diametralmente opuesta a la que nosotros los contemporáneos solemos adscribirnos respecto al creador y al arte. El artesano tradicional repite en forma ritual las ideas de su cosmovisión que son perfectamente claras para él, las plasma, es decir las genera, reiterando con esto el gesto creacional primigenio del Ser Universal.

Esta senda interior, es una realidad "otra" que unánimemente han iluminado las tradiciones de todos los pueblos, tanto arcaicos como grandes civilizaciones, siendo un testimonio siempre presente y vivo de la pervivencia de las Ideas Eternas y Unánimes capaces de establecer el vínculo con los Principios metafísicos, fundamento de toda Enseñanza tradicional y que en Occidente nos convoca con el nombre de Tradición Hermética. Este Conocimiento es el patrimonio divino que atesora la Tradición Primordial y Unánime, no afectada por los cambios que experimenta el devenir cíclico, ubicada eternamente en el Centro Supremo, verdadero foco intelectual que conforma la trama y la urdimbre del universo todo.

Las distintas tradiciones, como las ramas de un mismo Arbol, "El Arbol de la Vida", revelan este Conocimiento bajo formas distintas, adaptadas a la mentalidad y a las circunstancias históricas y geográficas de los hombres a los que se dirige y fecunda, circunstancias que configuran finalmente los tonos, los matices, los sonidos, con los que se han expresado todos los pueblos y culturas tradicionales desde tiempo inmemorial. Como no podría ser de otra manera ya que lo que revelan es la Cosmogonía Universal, aquella que nos permite conocer la verdad una e inmutable, perennemente viva. Este Modelo del Cosmos o cosmovisión esencial es una Ciencia Sagrada, como lo son todas las Artes y disciplinas que conforman sus códigos simbólicos, como el numérico, el alfabético o el geométrico, los que como dice Federico expresan cualidades, módulos paradigmáticos, presentes en toda cultura por conformar la estructura misma de cualquier Construcción, imprescindibles en el Plan del Universo. El denario es una clave mágica.

Con veintidós signos o claves conocidas con el nombre de letras se completa un código que abarca la totalidad de las cosas que pueden ser nombradas, sin exclusiones ni omisiones posibles. Diez son los dígitos con los que se puede obtener las indefinidas combinaciones de las posibilidades numéricas. Las letras son complementarias a los números como la geometría lo es a la aritmética. Conjuntamente definen a su manera las posibilidades de la forma en el espacio y el tiempo. Nada hay fuera del lenguaje salvo lo Innombrable. Un lenguaje es una estructura que revela la totalidad significativa y su significado significante. Es la expresión del Verbo hecho carne, encarnado. Todo lo manifestado configura un código o lenguaje, perfectamente legible y audible para quien quiera descifrarlo.12

El hombre es el único ser capaz de articular el lenguaje ya que nuestra naturaleza está diseñada por el Creador para ser auténticamente su reflejo, donde todos los números y las letras están en potencia y despiertan las vinculaciones que existen entre el universo y el hombre, el macrocosmos y el microcosmos, ya que hay una identidad esencial entre ambos. Son dos modelos a escala uno de otro, "hechos a imagen y semejanza", cuyas mutuas correspondencias y analogías los ligan íntimamente entre si. El hombre es una síntesis del universo, su corazón, y el que lo recrea y regenera permanentemente. Ubicado en el Centro del universo, entre el cielo y la tierra, recibe los efluvios de ambos mundos, conjugando permanentemente sus energías como verdadero mediador, el intermediario que las equilibra y une en el centro de su ser, en su corazón, análogo al Sol en el macrocosmos, un símbolo de donde nace la luz y la vida, se resuelven las contradicciones y se unen los opuestos; habitáculo de la deidad, morada simbólica de la Ciudad celeste, el Reino de los cielos o Brahma–pura (la residencia divina para la Tradición hindú), análogo al ara sacrificial del templo y sede de todas las teofanías; un vacío o receptáculo donde se hace efectiva la comunicación con los estados superiores del Ser. En este sentido el hombre tiene la posibilidad de participar simultáneamente de todos los estados del Ser, lo que constituye la senda interior del iniciado. El viaje hacia el Conocimiento del Sí Mismo, cuyo último destino apunta más allá del Ser, hacia lo absolutamente ilimitado, incondicionado e inmóvil, supra-humano y supra-cósmico, el misterio del No-Ser. Un viaje interior hacia la verdadera Libertad. "La Verdad os hará libres", leemos en el Evangelio de San Juan.

La realización de este conocimiento es entonces el propósito de la Iniciación, que es la toma de conciencia de todo lo que somos, viviendo la realidad en sí misma y despertando a la Intuición Intelectual, a la Inteligencia divina, la "que goza con aquello que la revela". La comprensión directa o la certeza intelectual cuyo despertar se produce a medida que la doctrina de Hermes va iluminando la conciencia en lo más íntimo del alma, posibilitando la vivificación de otros espacios desconocidos, o mejor dicho olvidados. Una perspectiva que nos convierte en los protagonistas del Conocimiento, estando dispuestos a comprender en lo más hondo del corazón el mensaje de la Creación, que es la forma en que se expresa su Creador, intermediario entre el hombre y el Sí Mismo, cumpliendo la misión que nos ha sido encomendada, nuestra realización interna, responsabilizándonos conscientemente de nuestra realidad y de nuestro papel en el mundo. Guiados por los dioses y con el auxilio de la doctrina; nuestros guías supra-humanos, donde el símbolo y su idea-fuerza se nos revela como el vehículo por excelencia en la búsqueda y hallazgo de nuestra verdadera Identidad.

Sin la presencia de los símbolos, ritos y mitos reveladores de lo supra-humano –y mediante los cuales se puede escapar de la recurrencia cíclica de los nacimientos y muertes signados por el Dios Tiempo que todo lo abarca– la historia carecería de sentido y no sería sino un absurdo, pues le faltaría lo más esencial, que es el Espíritu; o bien devendría una mera formulación de datos y fechas encasillados en compartimentos estancos sin relación entre sí, cuando en verdad es todo lo contrario: una poética donde queda impresa el alma de los hombres y los pueblos.13

Un peregrinaje mítico, que ha sido visto unánimemente como el regreso al Centro Original, a la fuente de la que todo emana y a la que todo finalmente ha de regresar, o como el ingreso en la verdadera Patria Celeste, llamada también Palacio interior, Tierra de los Vivos o de los Inmortales, donde habitan nuestros antepasados míticos y todos aquellos hombres y mujeres que a través de este viaje iniciático han podido y pueden penetrar en él. Esta idea ha sido también el propósito o el intento de revelar o plasmar de aquellas verdaderas Utopías (U-topos, ningún lugar) que se expresaron de distintas formas y que tanto influyeron en el Renacimiento, y de las que habla Federico en Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo,14 del que escogeremos las siguientes citas:15

La Utopía es un espacio distinto, un mundo invisible situado en el eterno presente. Por eso debe proyectarse hacia el futuro, como algo a conseguir, o hacia el pasado: una edad feliz, el Paraíso terrenal, la Tradición. En este último caso apoyada por razones que van de lo biológico a lo histórico y que la memoria atestigua. El mito del Origen, que es vertical y existe permanentemente y en simultaneidad, debe ser trasladado al pasado para ser comprendido en la sucesión. Igualmente el deseo y la voluntad de integrarse a él se proyectan en un futuro posible; tal la razón de la Utopía.

Los Manifiestos Rosacruz fijan el ingreso a ese mundo, que es real, en otro espacio, e invitan de modo masivo a compartir su verdad a aquellos que por selección natural –si se pudiera emplear hoy este término– están capacitados para ello, y coexisten así con los que han conocido esa patria invisible en todos los lugares y tiempos, la que siempre ha de proyectarse hacia el futuro mientras exista este mundo. Propósito de toda escuela de Conocimiento el abrir una puerta a la Sabiduría. (p. 77-78).

Y nos parece interesante, por su tremenda actualidad, añadir este fragmento que Federico cita de la Confessio, que junto a la Fama Fraternitatis, constituyen los dos manifiestos rosacruz:

Agregamos para desvelaros en pocas palabras nuestro pensamiento, que el objeto de todos nuestros esfuerzos no debe ser únicamente provocar la sorpresa ante la sugerencia y la exhortación que lanzamos. Es preciso que cada cual sepa que, pese a la alta estima en la que tenemos arcanos y secretos tan profundos, no nos parece contraria a la justicia su divulgación, su comprensión y su publicidad amplia. En efecto, es legítimo pensar y creer que una oferta graciosa e inesperada como la nuestra suscitará reflexiones tan múltiples como variadas entre los que aún (ya que el curso del mundo obliga a considerar el porvenir como presente) no han gustado de la revelación de las maravillas del sexto tiempo, y a los que toda clase de contratiempos propios de nuestra época, impiden vivir y deambular en este mundo de otra manera que como ciegos, que incluso a la plena luz del día, no disponen sino del tacto para distinguirse y conocerse.

Igualmente interesante es este otro, refiriéndose concretamente a la Masonería y a la Ciudad celeste:

Puede verse que la Franc-Masonería en tanto que vía edifica también un recinto simbólico y sagrado recipiendario de las grandes utopías renacentistas, a la par que su herencia constructiva, derivada de los collegia fabrorum romanos, de los constructores del románico, del gótico, y encarnada como hemos visto por arquitectos y tratadistas del Renacimiento, la cual mediante sus símbolos y ritos nos abre igualmente la puerta de la ciudad celeste (p. 257).

Y de esa misma ciudad nos dice también Federico en El Simbolismo Precolombino:16

La ciudad celeste es un espacio distinto, un país que coexiste con el nuestro, una patria de cuerpo espiritual en donde habitan los dioses, y los difuntos. Una realidad impalpable que ya conocían los egipcios: "Ignoras, o tu Asclepio que Egipto es la imagen del cielo y la proyección en este mundo de todo el ordenamiento de las cosas celestiales": Hermes Trismegisto, Corpus Hermeticum.

Todas las ciudades tradicionales han sido estructuradas conforme al modelo de esa ciudad celeste y mítica, revelada por los dioses o héroes civilizadores. Leemos en el Programa Agartha:

Las gestas míticas se vinculan con el descenso en la Tierra de las energías celestes, angélicas y espirituales.

Todos sus ciudadanos se han considerado como habitantes del Centro del Mundo, reflejo del Centro Primordial y Arquetípico.

Para la descripción cosmogónica conocida, tal vez la más antigua, la egipcia, el Mundo tiene sentido en cuanto reflejo de la Vida Eterna. La navegación del Nilo (fuente de vida) adquiere validez porque es una reproducción de un paradigma: la navegación del Nilo celeste, el recorrido del alma después de la muerte, representada y presidida por Osiris, su dios más importante. Este hecho en verdad es el fundamental en todas las tradiciones y el fin último de la cosmogonías y las simbólicas; se lo suele representar en el plano humano como un peregrinaje, remedo del peregrinaje final del alma, y todas las tradiciones han conocido ese rito, efectuado por los egipcios a la ciudad de Abidos (Tis) situada en la margen occidental del Nilo, en la ribera perteneciente a los muertos, lugar de culto del dios de los difuntos y su corte. Por eso, y ya que el Conocimiento de la realidad del Cosmos se funde con el Conocimiento de la Creación, de un Creador, esta ascesis puede alcanzarse, puesto que ha sido revelada a hombres inspirados, los que la han transmitido en el medio social a través de conocimientos y energías sutiles presentes en los símbolos, los mitos y los ritos. Esto es precisamente la Iniciación, que se presenta unánimemente en las culturas tradicionales, la cual consiste en enseñanzas que se reciben a través de los medios arriba señalados y cuyo fin último es la Realización total.17


Continuación
NOTAS
1 Este hilo conductor de la Tradición ya lo expresaba en su obra René Guénon. Una Obra a la que Federico González considera como guía espiritual-intelectual, y a la que como sabemos ha homenajeado dedicándole dos números enteros de SYMBOLOS y numerosos artículos aparecidos en ella a lo largo de los años.
2 Para este ciclo (la Edad de Hierro o Kali-Yuga) la Tradición Hermética tiene su origen histórico en Egipto, aunque se dice es antediluviana, lo que la hace heredera, al igual que la civilización caldea y precolombinas, de la Tradición Atlante, en un ciclo anterior al nuestro, que fue llamado Edad de Bronce por la Antigüedad Griega, en cuya Cosmogonía se conservaba la memoria de las cuatro Edades de la Humanidad: Edad de Oro, Edad de Plata, Edad de Bronce y Edad de Hierro.
3 Nuestra época constituye la fase final de la Edad de Hierro o Kali-yuga, considerada como la Era más sombría de todo el Manvántara, y por lo tanto la que se encuentra más alejada de la Unidad primordial, del polo esencial de la manifestación. Ese alejamiento es cada vez más pronunciado debido a su progresiva caída, la cual está a punto de llegar a su fin por todos los signos que vemos a nuestro alrededor, caracterizados por la inversión total y la tendencia hacia lo tamásico y lo cuantitativo. Ver El Simbolismo de la Rueda, de Federico González, cap. "Ciclos y ritmos".
4 "Por esa razón es justo que el pensamiento del filósofo tenga solo alas, pensamiento que se liga siempre cuanto es posible por el Recuerdo de las esencias a que Dios mismo debe su divinidad. El hombre que sabe servirse de estas reminiscencias está iniciado constantemente en los misterios de la infinita perfección y solo se hace él mismo, verdaderamente perfecto. Desprendido de los cuidados que agitan a los hombres y curándose sólo de las cosas divinas, el vulgo pretende sanarlo en su locura y no ve que es un hombre inspirado". Fedro, 249. Recogido de Simbolismo y Arte, cap. V, nota 5.
5 Federico González: Simbolismo y Arte, capítulo V.
6 Ibid., cap. VI, "Arte Teúrgica".
7 El Simbolismo de la Rueda, capítulo I: "De los Símbolos y la Simbólica".
8 "La fuerza del mito sigue presente; una prueba de ello son los diferentes folklores, leyendas y cuentos que perviven en el alma popular y que conservan la huella de los mitos y símbolos sagrados e iniciáticos, si bien es cierto que con frecuencia estos aparecen degradados y con fuertes dosis de superstición. Si no fuera por esa supervivencia nos sería prácticamente imposible tener conocimiento alguno de muchos de esos mitos y símbolos pues se hubieran perdido para siempre. En el simbolismo astrológico esta memoria se vincula a la esfera de la Luna –y a la sefirah Yesod–, que en la estructura sutil del cosmos cumple una función conservadora y receptora donde están 'depositados', en estado latente y potencial, los 'gérmenes' sutiles del ser individual. Una vez despertadas las posibilidades superiores contenidas en esos gérmenes seguirán un desarrollo gradual y ordenado cuya plenitud coincidirá con el nacimiento de un hombre nuevo y completamente regenerado, lo que equivale al renacimiento espiritual." Programa Agartha, p. 185.
9 El Simbolismo de la Rueda, Ibid.
10 En la portada de la edición de Symbolos (1998) aparece el caduceo de Hermes, y el primer capítulo está presidido por la diosa Fortuna sosteniendo la Rueda.
11 Un buen ejemplo de ello son los solsticios, palabra que quiere decir "el sol se detiene", y este hecho ha sido celebrado siempre como una fecha muy señalada en el calendario tradicional, pues en ella, y como el sol "está detenido", el tiempo no transcurre, y es un instante del ritmo solar en el que se nos revela el "no tiempo". Los dos solsticios, el de invierno y el de verano, se corresponden simbólicamente con las dos fases de la Iniciación, con la "Puerta de los Dioses" y con "la Puerta de los hombres", respectivamente; y asimismo con los dos San Juan: el de invierno, San Juan el Evangelista, que se corresponde con el signo zodiacal de Capricornio y el bautismo de fuego; y el de verano, San Juan Bautista, cuyo signo zodiacal es Cáncer y está relacionado con el bautismo de agua, que precede al anterior. Este último alude a la primera muerte y el segundo nacimiento, mientras que el bautismo de fuego está vinculado con la segunda muerte y con el tercer nacimiento. Por ello son consideradas por muchas tradiciones como las fiestas sagradas por excelencia, plenas de significado simbólico. Todo esto está testimoniado en los calendarios tradicionales.
12 Federico González: En el Vientre de la Ballena, LXXXIII.
13 Programa Agartha, acápite "Los ciclos y la historia."
14 Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo. Ed. Kier, 2004.
15 Capítulo IV, "La Utopía de los Manifiestos Rosacruz".
16 Capítulo "Mitología y Popol Vuh."
17 Simbolismo y Arte, cap. I.
 

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