LA INFLUENCIA DE HERMES EN BARCELONA 
Y EL MEDITERRANEO1
En las dos conferencias anteriores a ésta se ha hablado extensamente de Hermes y la Tradición Hermética, así como del simbolismo en torno a la fundación hermética de la ciudad, recordándonos que ésta, en las antiguas civilizaciones, se construía de acuerdo al orden cósmico, es decir que su estructura consistía en ser una verdadera “imagen del mundo”. Nosotros hemos elegido como tema para cerrar este ciclo en torno a Hermes y la Tradición Hermética, la presencia constante de esta deidad en algunas de las civilizaciones mediterráneas desde tiempos inmemoriales, y a las que precisamente Hermes y su Tradición contribuyeron a crear. Sabemos muy bien que este es un tema amplísimo, que entra de lleno en la Historia de las Ideas y de la Cultura, siendo por tanto muy difícil poder resumirlo en unas pocas páginas. También queremos decir algunas palabras de la presencia de Hermes en Barcelona, para lo cual nos serviremos de ciertas imágenes de la exposición que a todos nos ha convocado y que nos servirán como guía y referencia, incluso cuando nuestra deidad va acompañada de otras, como por ejemplo la diosa Fortuna, con la que Hermes mantiene lazos muy estrechos relacionados con la idea de fecundidad y prosperidad, como podemos ver por ejemplo en la figura donde aparece Hermes revestido precisamente con los atributos de la diosa Fortuna, cuya rueda clásica ha sido sustituida en este caso por la rueda dentada propia de la industria.

También podría decirse al revés, es decir la diosa Fortuna revestida con los atributos de Hermes. Pero el significado siempre es el mismo: subrayar el hecho de que la prosperidad material no tiene por qué estar reñida con la cultura. Es más: esa prosperidad tiene que ponerse al servicio de la cultura y posibilitar el fomento de los valores que ésta vehicula, pues en el fondo no existe mayor prosperidad que la riqueza interior, aquella que nos proporciona la excelsa virtud emanada de la diosa Inteligencia, que al decir de algunas tradiciones fue el primer ser creado. La prosperidad (Fortuna) y la cultura (Hermes) están pues imbricadas, como nos muestra muy gráficamente esta otra imagen, en la que apreciamos el caduceo de Hermes entrelazado con el cuerno de la abundancia, quizá el atributo más conocido de Fortuna. La ciudad condal está llena de estas representaciones de Hermes y Fortuna juntos, representaciones que tal vez nos están indicando que en un momento dado, cuando a mediados del siglo XIX se funda la nueva Barcelona, sus promotores y ciudadanos quisieron acudir a las imágenes de los dioses que patrocinan la prosperidad unida a la cultura, lo cual seguramente tiene que ver con la presencia de una memoria colectiva que ha ido reproduciendo a lo largo del tiempo un mismo prototipo, que en el caso de Barcelona siempre ha tomado la forma del comercio, y de todas las actividades ligadas de una u otra manera con él; por ejemplo, la edición del libro como vehículo evidente de la cultura, que es también comunicación e intercambio, en este caso de ideas. Ante esta profusión de imágenes de Hermes y Fortuna juntos, o bien de sus atributos respectivos, podemos decir que estas dos deidades son de alguna manera las protectoras de la Barcelona contemporánea. Al menos esto es lo que parecen sugerir la siguiente imagen: Hermes y Fortuna a uno y otro lado del escudo de la ciudad condal.

El escudo de Barcelona rodeado de Hermes y Fortuna.

Dicho esto a modo de preámbulo, nuestra contribución será un breve repaso a través de una historia que es común a todos los pueblos que habitan la cuenca mediterránea, los que fueron creando, y heredando, a lo largo del tiempo el inmenso legado cultural que se fue gestando gracias a la contribución de todos esos pueblos, unos con mayor notoriedad que otros, como es natural, pero todos dejando la huella indeleble de su ser y de lo que fueron en sus monumentos, en su arte, en su ciencia, en sus textos sagrados, en definitiva en su cosmovisión y en su metafísica. Todo ese legado ha llegado finalmente hasta nosotros, y nos permite considerar al Mediterráneo, efectivamente, como un “espacio civilizador” que ha ido extendiendo su influencia en el mundo más allá de su estricto marco geográfico, como la historia lo demuestra fehacientemente. Como todos Uds. saben ese marco está delimitado por el sur de Europa y el norte de Africa, teniendo hacia al Este las costas del Próximo Oriente, y hacia el oeste la Península Ibérica y lo que los griegos denominaron las dos columnas de Hércules, que no son otras que el Peñón de Gibraltar y el monte Abila en Ceuta.

Pues bien, ese encuadre geográfico donde confluyen nada menos que tres continentes fue llamado con toda propiedad por los romanos el Mare Nostrum, “Nuestro Mar”, un espacio o marco geográfico al que precisamente los antiguos historiadores y geógrafos, como Eforo de Cumas, describieron y dibujaron bajo la forma de un rectángulo, al que dieron el nombre de ecumene, palabra que como saben quiere decir “territorio habitado”, y de donde deriva ecumenismo, es decir: universal. Por eso el Mare Nostrum reproducía a su escala a la humanidad y a la tierra entera, como si se tratara efectivamente de un microcosmos donde se reflejara el macrocosmos y el universo en su totalidad. Esto lo entendieron perfectamente los griegos y posteriormente los romanos, los cuales dieron contenido a la idea de la ecumene (de la universalidad) al extender ese marco geográfico, circunscrito a las tierras que rodean el Mediterráneo, a gran parte del continente europeo (Inglaterra incluida), el Norte de Africa y el Cercano Oriente hasta las actuales Siria y Jordania, así como gran parte del Asia Menor (la actual Turquía).

Como se nos ha recordado en las conferencias anteriores, en el mundo antiguo y tradicional los lugares donde se iban a fundar las ciudades, y también los templos o santuarios, no se elegían al azar, sino que esa elección debía hacerse según unas reglas y leyes fundamentadas en lo que se ha dado en llamar la geografía sagrada, ciencia que considera a la tierra como un ser vivo en correspondencia con un cosmos igualmente vivo, y en donde el conocimiento del mapa celeste, es decir de la astronomía y la astrología, junto a la ciencia de la geometría (palabra que quiere decir “medida de la tierra”), es fundamental para determinar los emplazamientos adecuados para la edificación. En las sociedades y civilizaciones tradicionales el fin que se perseguía con ello no era otro que crear un orden en la tierra análogo al orden celeste, pues el cielo, para esas civilizaciones se concebía como una inmensa ciudad o país cuyos habitantes eran los mismos dioses encarnados en los planetas, estrellas y constelaciones, como bien explican todas las teogonías y cosmogonías, que hablan de la transformación de los dioses y héroes civilizadores en estrellas, como por ejemplo hace el griego Eratóstenes (quien fuera director de la Escuela de Alejandría en torno al siglo III a. C.) en su obra Mitología del Firmamento.

Es decir que por intermedio de esa geografía sagrada se buscaba ante todo hacer de esos lugares auténticos receptáculos que atrajeran las influencias benéficas de los dioses y los númenes, manifestados a través de los planetas, las estrellas y las constelaciones como estamos diciendo. Cada ciudad, cada región, cada país, tenía sus dioses protectores, ya fuesen los dioses celestes (uránicos) o los terrestres y telúricos (por ejemplo entre los romanos los dioses lares y protectores del hogar), sin olvidarnos también de las deidades ctónicas que habitaban el mundo subterráneo. En este sentido, en todas las tradiciones y culturas antiguas sin excepción, el mundo, el cosmos en su totalidad, estaba, y está, dividido en tres grandes zonas o niveles simbólicos: el mundo subterráneo, la tierra y el cielo, unidos entre sí por un eje invisible llamado Eje del Mundo, el que muchas veces se representa también como una escala que permitía el ascenso y descenso por dichos niveles haciendo posible su constante intercomunicación.

Las ciudades y los templos (incluso las viviendas en muchos casos) reproducían ese modelo del universo en su estructura, y como estamos viendo también ésta se quiso reproducir en el Mare Nostrum si atendemos a la descripción que de ello nos hacen los antiguos geógrafos y astrónomos, que efectivamente concebían el Mediterráneo como un inmenso templo estelar, donde los dioses se comunicaban permanentemente con los hombres, y en consecuencia la vida de éstos transcurría en un tiempo y un espacio mítico, sacralizado, en donde la cultura, y en consecuencia la civilización, nacía de esa interrelación constante entre el cielo y la tierra, de ese permanente “diálogo” entre deidades y humanos.

Reparemos en que muchos de los templos, villas y ciudades del Mare Nostrum se construyeron en lugares que por sus características topográficas y orográficas tenían algún tipo de correspondencia con el mapa celeste, especialmente con los planetas y determinadas estrellas y constelaciones, incluidas las del Zodíaco. Por limitarnos sólo al Mediterráneo hemos de decir que algunos investigadores interesados en ver la historia y la geografía como Ciencias Simbólicas han descubierto, por ejemplo, cómo el templo de Delfos en la antigua Grecia era el centro de un inmenso zodíaco terrestre, reflejo del zodíaco celeste, y que circunscribía dentro de su inmenso círculo a todo el territorio heleno; lo mismo podemos decir de la península Itálica, con su centro en Roma; o la misma península Ibérica, cuyo centro estaba en este caso situado en Toledo, ciudad (al igual que Barcelona) fundada míticamente por Hércules, y bordeada casi enteramente por el río Tajo, al que los antiguos cronistas describen como “un río parejo a la Vía Láctea”, aspecto astronómico éste que se refuerza cuando se sabe que el monte sobre el cual se asienta la ciudad toledana está formado a su vez por doce pequeños collados, número idéntico a las doce constelaciones y signos zodiacales.

En este sentido, también hemos de decir que cuando los romanos eligieron ese pequeño puerto íbero-fenicio al que llamaron Barcino no lo hicieron sólo porque vieran en él un lugar estratégico desde el punto de vista comercial y militar (situado a medio camino entre Ampurias y la imperial Tarraco) sino también porque los siete turós o colinas que se hallaban en esa zona, delimitada por los ríos Llobregat y Besós, les evocaban las siete colinas de Roma, las que a su vez las relacionaban con los siete planetas. Sobre uno de esos siete turós, el monte Táber del que ya se ha hablado en estas conferencias, se edifica la ciudad romana. Otro de esos turós es el llamado Turó de la Peira, el de la Rovira, el Putxet, el de Monterols, la Teixonera y el Turó del Carmel. Aunque no sea un turó, la montaña de Montjüic también ha jugado un papel muy importante en la historia de Barcelona, y de ella han nacido leyendas y mitos relacionados con la tradición grecorromana y judía, hasta el punto que se ha hecho derivar su nombre, Montjüic, nada menos que de Mont Jovis, “Monte de Júpiter”, y también de “Monte de los Judíos”.

No se crea que el mito es una mera fantasía: en los pueblos antiguos sus mitos se referían sobre todo a los orígenes de su cultura, al acto de su fundación por los dioses y los héroes civilizadores, que realizan el acto ejemplar por antonomasia a imitar por todos los integrantes de esos pueblos, pues en ese acto se cimentaba su realidad más esencial, y que de una u otra manera siempre tiene que ver con lo que decíamos anteriormente acerca de esa interrelación, o de ese “comercio”, entre los dioses (las ideas y los principios universales) y los hombres. Esa realidad esencial permanece a través del tiempo por medio de los relatos que la explican y que sirven para mantener viva la memoria de su cultura original, cuya proyección en la historia no es sino el desarrollo de toda la potencia o virtualidad contenida en ese origen o acto fundacional, que no está en el tiempo ordinario, y por eso puede ser actualizado siempre, en cualquier momento en que se le recuerde o se lo traiga a la memoria, es decir se le conmemore, lo cual es algo más profundo que un simple recuerdo de algo que ocurrió en un tiempo lejano que nada tiene que ver con el nuestro, o sea con algo meramente histórico, que ha caducado, algo así como una reliquia, y no como lo que en realidad es: un hecho suprahistórico siempre vivo como la naturaleza de lo que quiere expresar. El relato mítico toca en nosotros una fibra interior muy sutil que despierta una memoria que permanece dormida en el ámbito más profundo de la conciencia.

El nacimiento de una civilización, de una cultura o de una ciudad es un hecho siempre asombroso, milagroso, como es el de la vida misma. Es una victoria de la luz de la Inteligencia sobre las tinieblas de la ignorancia, la cual toma muchas formas, aunque siempre se la distingue por el desprecio que manifiesta hacia los valores y principios que precisamente el dios Hermes encarna: el amor hacia el saber, o mejor hacia la sabiduría en cualquiera de sus expresiones, hacia la justicia y hacia la verdad, que como dice San Juan en su Evangelio, es la que nos hará libres. Sobre esos cuatro principios, como si fueran las cuatro piedras de fundación de un edificio, la sabiduría, la justicia, la verdad y la libertad, que sintetizan muchísimos más, es que se puede construir una visión del mundo (y en consecuencia cualquier orden) acorde con lo que es la naturaleza más profunda del ser humano, que es totalmente complementaria con la naturaleza misma del Cosmos, con su estructura invisible, creada por la diosa Inteligencia, indisolublemente ligada a Hermes, la deidad que facilitaba, y facilita, esa posibilidad permanente de crear el enmarque propicio para que se construya una civilización, o bien para que un ser humano encuentre en sí mismo esa luz inteligente que le permita reconocer su verdadera identidad.

Volviendo de nuevo al Mare Nostrum tenemos que también esta expresión encierra en sí misma la idea de compartir una historia y una geografía común durante milenios, lo que visto con la perspectiva del tiempo nos da un conjunto de culturas y civilizaciones perfectamente interrelacionadas entre sí, y aunque cada una de ellas tiene naturalmente su idiosincrasia y sus características propias, existe sin embargo grandes similitudes en cuanto a la estructura de sus tradiciones culturales y formas de vida, es decir de sus mitos, símbolos y ritos, que son los tres componentes esenciales que articulaban la existencia y el desarrollo de cualquier sociedad antigua. En este sentido, y para comprender un poco mejor lo que decimos queremos traer aquí el ejemplo de una de esas sociedades antiguas, la precolombina, y que haciendo todas las transposiciones que sean necesarias, nos servirá para forjarnos una idea aproximada de lo que constituyó ese “espacio geográfico” compartido por las antiguas civilizaciones mediterráneas, y cómo de alguna manera el sentido profundo de lo que significa ese “espacio” continúa vigente en nuestros días en la memoria de todos los que vivimos en él. La cita la hemos extraído del libro El Simbolismo Precolombino (ir al libro La Rueda en la página del autorcap. V), de Federico González, quien como ya saben es el fundador del Centro de Estudios de Simbología de Barcelona y director de la revista SYMBOLOS, entidades que han hecho posible este evento que estamos compartiendo con todos Uds. desde hace ya un mes. Dice Federico González:

Desde los esquimales y los indios de Canadá y Norteamérica, hasta los araucas y pampas de Chile y Argentina, se extiende un inmenso complejo de mitos, tradiciones, símbolos, ritos, usos y costumbres, formas de vida, etc., que pese a su variedad se articulan coherentemente y nos proyectan una imagen de lo que fueron esas culturas antes de la conquista y la colonización, aunque muchas de ellas ya se habían perdido por ese entonces –o refundido con otras– o se hallaban más o menos tergiversadas con respecto a sus orígenes, solidificadas en formas menores por designios históricos a través de razones políticas y económicas. Por otra parte al arribo de los europeos este enorme rompecabezas de culturas se hallaba en estados disímiles de ‘desarrollo’. Este ‘desarrollo’ al que nos referimos no es de ningún modo ‘progresivo’, como si fuese un avance conjunto y lineal del hombre como miembro de la evolución de la especie, o como inventor de los ‘adelantos’ científicos, sino que aquí es considerado en cuanto a las diferentes etapas cíclicas –nacimiento, juventud, madurez, decadencia– en que normalmente se desenvuelve cualquier cultura para finalmente desaparecer, y volver a surgir en otra forma, que se genera a partir de los gérmenes antiguos y que correrá igual suerte que sus precedentes y las que le seguirán. Esto es particularmente claro en la América Antigua, donde los restos de viejas civilizaciones convivían –y conviven– con nuevas maneras y modos culturales en distintas etapas de evolución –por diferentes motivos particulares–, lo que configuraba un complicado mosaico de pueblos, un enjambre de costumbres y usos, de formas y colores múltiples y cambiantes –que a veces coexisten en una misma sociedad– pero con un soporte, una estructura común, constituyendo un todo vivo y dinámico. Un conjunto de ciclos y ruedas que se interrelacionaban entre sí y se comprendían las unas dentro de las otras y éstas a su vez con unas terceras, etc., con lo que todas directa o indirectamente estaban integradas en un continente. Tal si fueran engranajes independientes pero interligados, encajando con otros con los que componían el mapa o panorama de América.

En el caso concreto de las culturas mediterráneas, esa “estructura común” que constituía “un todo vivo y dinámico” debe mucho a Egipto, y sobre todo a su deidad civilizadora por antonomasia: Thot-Hermes, aquel que tiene en la escritura y la palabra los soportes con los que expresa la Sabiduría Perenne. Se trata en verdad de una deidad universal, que como estamos viendo está presente de una u otra manera en todos los pueblos de la tierra, a los que comunica los valores supremos y las ideas cosmogónicas y metafísicas con las que crearán sus sociedades y sus culturas. Thot es considerado como el dios “que mide”, es decir el que estructura el tiempo de acuerdo a los ritmos y los ciclos cósmicos reflejados en la naturaleza y en la vida del hombre, y por tanto el que crea el Calendario como regulador y ordenador del discurrir de la existencia humana, además de ser un poderoso medio para conocer la Cosmogonía Perenne; Thot-Hermes es el amigo fiel de los hombres, el intermediario por excelencia entre éstos y los dioses, que no son sino las Ideas y los Principios que rigen todas las cosas al decir de Platón, las que se expresan a través de símbolos, como los numéricos, los geométricos, los astronómicos y astrológicos, o las letras, que constituyen en sí mismas una ciencia, la “ciencia de las letras”, con la que se articula cualquier discurso en el que interviene la Diosa Inteligencia, como por ejemplo el discurso perenne de la Creación. Para los egipcios Thot es la encarnación de la Sabiduría, el Dios creado por sí mismo, y los sacerdotes y escribas egipcios lo tenían como su protector y el que les inspiraba la Ciencia Sagrada, la que ellos conservaban y transmitían a través de los símbolos y las distintas artes y ciencias, como por ejemplo la arquitectura. Thot corta de raíz la ignorancia, que es la causa de todo mal en el mundo y por eso es celebrado en los textos antiguos como:

El Señor del Derecho y de la Verdad; el juez de las palabras en su esencia; aquel cuya Palabra triunfa sobre la violencia (...) Salud a ti, Señor de las palabras divinas, que resides en el cielo y sobre la tierra. Gran Dios de los orígenes, inventor de la palabra y de la escritura que da a conocer a los dioses su papel, a cada arte su regla, a los países sus límites y a los campos también.

Egipto emerge en el escenario de la historia en torno al III milenio a.C., prácticamente al mismo tiempo en que lo hace Creta, la cual extiende la influencia de su civilización por el sur de Italia y la península Ibérica, pues se conocen los contactos comerciales y culturales que mantuvieron con los pueblos que habitaban en aquel entonces Andalucía, y especialmente los que conformaban el Imperio de Tartesos. Esos contactos también se dieron con los egipcios y por supuesto con los fenicios y los judíos, hasta el punto de que se ha llegado a creer que el nombre de Palestina proviene de Filistina, de donde filisteos, que es el nombre que los judíos de aquel tiempo daban precisamente a los cretenses. Creta ha legado a la historia de la cultura muchas cosas, pues esa civilización profundamente mediterránea estaba destinada a ser una de las fuentes principales de la que debería surgir posteriormente la civilización griega. Y no es desde luego un dato menor el saber que entre los antiguos cretenses los hombres y las mujeres ocupaban el mismo rango en los asuntos relacionados con el mantenimiento y transmisión de los ritos sagrados e iniciáticos, de lo cual guarda fiel testimonio la ayuda prestada por la sacerdotisa Ariadna al héroe Teseo en la aventura que éste emprende al penetrar en el laberinto de Cnosos, laberinto del que ha de encontrar su centro y vencer al Minotauro que lo custodia. Es indudable que el laberinto de Cnosos, construido por el arquitecto Dédalo, ha pasado a ser, al menos en Occidente, el prototipo del laberinto por antonomasia y lo que éste representa como símbolo de la búsqueda del Conocimiento, búsqueda que se puede resumir con la siguiente frase que figura inscrita en uno de ellos: “Todos los destinos encontrarán su camino”.

La idea del laberinto se ha prolongado a lo largo del tiempo hasta nuestros mismos días, formando parte de nuestra cultura y alimentando toda una imaginería sapiencial expresada a través del arte, la iconografía y la literatura hermética de todos los tiempos. Precisamente en un manuscrito hermético-cristiano del siglo XVIII aparece dibujado un laberinto donde puede leerse:

Vi que andabas errante y no he querido esperar más, hijo mío. Por eso te he conducido a ti mismo y al fondo de tu corazón.

Recordemos, en fin, y como dato significativo, que en el centro del laberinto que todavía existe en la catedral de Chartres figuraba antiguamente la representación de la lucha de Teseo con el Minotauro, lo cual habla a las claras de cómo las cofradías de constructores conocían muy bien la idea de lo que el laberinto realmente significa, reproduciéndolo por toda la geografía europea. Esos constructores, integrados dentro de la Tradición Hermética, heredaron a través de ésta todo el saber contenido en la mitología y la cosmogonía clásica, y así lo transmitieron a través de su arte impreso en la piedra.

Desde luego la imagen plástica del laberinto la hemos heredado de Creta y Grecia, pero éste es un símbolo universal, y forma parte de todas las culturas, que siempre han representado a la vida humana como un viaje laberíntico. Hermes es el que nos guía por ese viaje, el que resuelve las encrucijadas en la que muchas veces nos encontramos, indicándonos el sendero correcto a seguir, aunque muchas veces ese sendero esté lleno de dificultades, que seguramente son pruebas por las que tenemos que pasar necesariamente siguiendo esa máxima inherente a la simbólica del laberinto: “Perderse para encontrarse”. Sin ir más lejos, en Egipto Thot-Hermes era el guía que conducía a las almas durante el viaje de ultratumba a través del mundo intermediario hacia la morada celeste. De ahí el apelativo de Hermes psicopompo con que también se designa a nuestra deidad.

Como ya se dijo en las conferencias anteriores Hermes ha adoptado distintos nombres según la tradición en la que se manifestaba su energía, siempre relacionada con los mismos atributos civilizadores, y con el carácter sutil y aéreo de éstos, ejemplificado en las alas como posibilidad permanente de trasladarnos de un plano de nivel a otro, y de establecer comunicación entre lo de abajo y lo de arriba y lo de arriba con lo de abajo. Este es el caso como sabemos del Quetzalcóatl (serpiente emplumada) precolombino, del Odín o Wotan nórdico, del Hermes griego y del Mercurio romano, que portaban el casco y las sandalias aladas, sin olvidarnos que el propio Thot estaba representado por el pájaro Ibis. Igualmente el Hermes etrusco, llamado Turms, tenía entre sus atributos las dos serpientes entrelazadas en torno a su cetro.

Y hablando de comunicación no debemos olvidarnos de otro gran pueblo mediterráneo, al que ya hemos nombrado, y que hizo precisamente del viaje y la comunicación entre culturas uno de los ejes principales de su existencia como civilización. Nos estamos refiriendo a los fenicios, que procedentes de un territorio hoy integrado dentro del Líbano, tiene sus orígenes conocidos en torno al II milenio a.C. Expertos navegantes y grandes mercaderes y comerciantes, los fenicios se comunican a partir de su país de origen (Fenicia, con capital en Biblos) por toda la cuenca mediterránea dejando por doquier la huella de su presencia civilizadora, fundando numerosas colonias, como Cartago en la actual Túnez, o la misma Cádiz y Cartagena en España, etc. Para los fenicios, como para todos los pueblos de la Antigüedad, y en cualquiera de los cinco continentes, el comercio siempre desempeñó un elemento importante de intercambio no sólo económico sino también cultural, que en el caso de este pueblo se expresó fundamentalmente a través del alfabeto, sin olvidarnos de una rica Teogonía (llamada “la asamblea de los dioses santos de Biblos”) y de una Cosmogonía que en lo esencial es semejante a todas las cosmogonías tradicionales. Veamos un fragmento de lo que podríamos llamar el Génesis fenicio:

En el principio fue el caos oscuro y tempestuoso, sin límites y de infinita duración. Tiempo después este aire se enamoró de ciertos principios elementales de sí mismo y se realizó una unión que fue el origen de la creación de todas las cosas. Pero aunque no hubo intención consciente de este acto creador, con su abrazo el viento engendró lo que unos llaman fermento, otros putrefacción, y de ésta salieron las semillas de lo creado y la generación del universo...2

Como ya sabemos, tanto el comercio como el alfabeto, o sea la escritura, son actividades patrocinadas por Hermes, uno de cuyos atributos más importantes y característicos, el caduceo, no era ni mucho menos desconocido para los fenicios, pues aparece como uno de los símbolos asociados a Tanit, diosa de la fecundidad y la prosperidad, aspectos que están vinculados indudablemente con Hermes y desde luego con Fortuna. No debe en este sentido extrañarnos que el mismo caduceo, como símbolo de Tanit, aparezca también en la proa de los barcos con que los fenicios surcaban el Mediterráneo, invocando con ello la prosperidad y la fortuna en sus transacciones comerciales con otros pueblos, pero también llevando a esos mismos pueblos su idea de civilización y por supuesto su cultura.

Estela púnico-fenicia con el símbolo de la diosa Tanit y debajo una proa. Cartagena, siglo III a. C.
Estela púnico-fenicia con caduceo en la proa. Encima el símbolo de la diosa Tanit. Cartagena, s. III a. C.
Estela púnico-fenicia. Tanit con caduceo. Debajo delfín. Constantina, siglo III a. C.
Estela púnico-fenicia. Tanit con caduceo. Debajo delfín. Constantina, s. III a. C.

Tampoco debemos olvidarnos de una faceta importantísima de la civilización fenicia, y que no ha sido suficientemente señalada: nos referimos a su condición de expertos constructores. Restos de su arte arquitectónico (influido sin duda alguna por el de Egipto) lo podemos ver esparcidos por todo el Mediterráneo: ya se trate de construcciones civiles, fortalezas, y desde luego los templos. Sin ir más lejos la Biblia cita a los maestros constructores de la ciudad fenicia de Tiro, los que fueron llamados por Salomón para la construcción del Templo de Jerusalén. Uno de esos arquitectos y artesanos era llamado Hiram Abí, que fue el encargado de construir el Templo y dirigir a los obreros en su edificación. Resulta muy notable que el nombre de Hiram (de gran importancia en la Masonería) tenga la misma raíz etimológica de Hermes (HRM), lo cual tal vez nos esté indicando que el arte de Hiram es efectivamente un Arte Hermético que se basa en las correspondencias y analogías entre la construcción exterior y la construcción interior. No es entonces por casualidad que durante la Edad Media tantos los alquimistas como los constructores designaran a su arte bajo la misma denominación: el Arte Real o Gran Obra. Pero esta es una cuestión que no está relacionada directamente con el tema que estamos tocando, aunque evidentemente no podíamos dejarlo de señalar por la importancia que ha representado el Templo de Jerusalén, o de Salomón, en la historia de Occidente, sobre todo a partir de la Edad Media y el Renacimiento.

A Egipto, Creta y Fenicia vienen a sumarse Etruria, que tanto influjo ejerció en la gestación de la civilización de Roma, influjo que ésta también recibe de Grecia hasta el punto de que en un momento dado se conformó una verdadera cultura grecorromana o greco-latina, especialmente a partir de Alejandría, ciudad fundada por Alejandro Magno en el año 332 a. C., y situada en el delta del Nilo, es decir en el país de Egipto. No deja de ser una paradoja de la historia que el ciclo civilizador que se dio en llamar el “Mundo Antiguo” y que comenzó con Egipto unos tres milenios antes, se cierre en el mismo Egipto, en Alejandría, aunque sea la cultura grecolatina la que en ese momento estaba presente en la antigua tierra de los faraones. Pero lo que desde luego no desaparece es la memoria de su herencia cultural, que vuelve a florecer nuevamente en Alejandría, en la que en realidad comienza otro ciclo, y la deidad que lo preside y lo impulsa no es otra que Hermes.

En realidad lo que sucede en Alejandría es una adaptación de una Sabiduría Perenne, a la que viene a sumarse el aporte grecolatino traído por las escuelas de Pitágoras y Platón, así como las corrientes gnósticas procedentes de distintas tradiciones, entre ellas el cristianismo y el judaísmo, sin olvidarnos por supuesto de las diversas ciencias de la naturaleza sustentadas en las leyes de las correspondencias y las analogías como la Alquimia, la Astrología y la Magia.

Todo este fermento cultural pasará a Bizancio y a la Edad Media europea, la cual no se entendería, en todo cuanto constituye lo mejor de ella misma, sin el aporte proporcionado por la Filosofía Hermética y la herencia Clásica, las cuales vuelven a recobrar nuevas fuerzas durante el Renacimiento, en donde, efectivamente, todo ese legado revive con intensidad, el que conjugándose con la herencia Judeocristiana permitirá el desarrollo de nuevas ideas todavía latentes en la civilización occidental, las que más o menos ocultas continuarán vigentes hasta nuestros días.

Y no podemos dejar de mencionar –pues se trata de un dato fundamental para conocer el trasfondo de muchas de las civilizaciones mediterráneas que hemos mencionado– la influencia dejada en ellas por aquella lejana civilización que Platón llamó la Atlántida, la isla-continente situada en medio del océano al que da nombre (el Atlántico), desaparecida unos nueve mil años antes de que el propio Platón lo dejara escrito en sus libros Timeo y Critias. Sin entrar a fondo en el tema, tan sólo diremos que gracias a los datos proporcionados por Platón (quien los había recibido a través de lo que dejó dicho Solón, unos de los siete sabios legendarios de Grecia, el que a su vez los había recibido directamente de los sacerdotes egipcios), unidos a los que han podido verificar contemporáneamente determinados arqueólogos, historiadores de las religiones e investigadores de la Mitología, el Símbolo y la Filosofía Perenne, sabemos ahora que existieron algunas importantes colonias de origen atlante que se fueron estableciendo a lo largo del tiempo en distintos lugares del Mediterráneo, dando lugar en algunos casos a importantes centros civilizadores, como es el caso de la mítica Tartesos (la Tarsis de que se habla en La Biblia, ubicada en Andalucía como dijimos, concretamente en la desembocadura del Guadalquivir, pero cuya influencia abarcó la totalidad de esa región del Sur de España y más allá de ella. En el caso de Egipto (como en el de Tartesos) su origen atlante, al menos en una parte importante de su civilización, está atestiguado en sus propios textos sagrados cuando hablan de las dinastías divinas (anteriores a las dinastías humanas y propiamente históricas), constituidas por “los compañeros de Horus”, venidos de más allá de las “aguas de la muerte”, de una tierra insular situada en “el lejano Occidente”, en clara referencia a la Atlántida.

También en la Hélade griega se alude a ese origen antediluviano y atlante cuando se habla del mito de las “Hespérides”, llamadas precisamente las “Atlántidas” por ser hijas de Atlas y Vésper (la estrella de la tarde, es decir de Venus), las cuales viven en un jardín, el “Jardín de las Hespérides”, situado a Occidente, y hacia donde se dirige el héroe civilizador Heracles-Hércules (que es también el Melkart fenicio) en busca de su patria de origen, fundando a lo largo de ese viaje ciudades por todo el Mediterráneo, es decir dejando en la tierra y entre los hombres la huella de su herencia cultural. Entre esas ciudades, y por limitarnos sólo a la península Ibérica, debemos recordar, entre muchas otras, a las ya nombradas Toledo y Cádiz, y por supuesto Barcelona. En este sentido y como se dice en uno de los paneles de la exposición:

La fundación mítica de Barcelona es atribuida a Heracles (o Hércules), hijo del olímpico Zeus y de la mortal Alcmena. (...) Dice la leyenda que Heracles navega hacia la península Ibérica con nueve barcas, una de las cuales, la novena, recala en las costas de levante. En el lugar donde se encontraba dicha barca, Heracles hizo construir una ciudad nueva a la cual denomina barca nona (Barcelona).

Esta Barcelona fundada míticamente por Hércules aparece descrita en el poema L’Atlàntida de Mosen Cinto Verdaguer, el gran poeta catalán del siglo XIX. No deja de ser significativo que la obra de Verdaguer surja en el momento en que se funda la nueva Barcelona y por extensión Cataluña vive un momento crucial de su historia, pues de alguna manera también ella se está fundando nuevamente, de ahí por qué aparece esa denominación de Renaixença (Renacimiento) dado a ese momento histórico, el cual gira en gran parte en torno a la figura de Mosen Cinto, el trovador que canta los orígenes míticos de su tierra, de su alma mater, recogiendo también la memoria popular forjada durante siglos y siglos de historia para darle justamente a esa Renaixença un contenido mucho más profundo que una simple moda pasajera, ya fuese ésta literaria o política.

Verdaguer representa la memoria tradicional y viva de un pueblo, y por eso mismo su obra refleja de alguna manera toda esa herencia que se ha ido depositando en Cataluña durante miles de años, entrelazada con la de España y la de la Europa mediterránea, y a partir del siglo XVI con la de Hispanoamérica.

Haciendo un paréntesis, debemos decir que dentro de esa historia merece una mención especial el período medieval, en el que verdaderamente se forja la idea de Cataluña (como también la de España), que recibe todo el influjo de la Cristiandad a través del arte románico y posteriormente del gótico. Es la época, sobre todo a partir del siglo XIII, en la que Cataluña, incorporada ya a la Corona de Aragón, redescubre su vocación marinera y comercial, y desde Barcelona como epicentro se lanza a la aventura mediterránea. No menos importantes son las relaciones estrechísimas que Cataluña y la propia Corona de Aragón mantienen con el Rosellón, la Provenza y el Languedoc francés, lo cual venía de tiempo atrás, cuando los diversos condados catalanes conformaban la “Marca Hispánica” del Imperio carolingio. Esas relaciones serán fundamentales en el momento en que surge la Cábala hebrea, precisamente en esas regiones del Mediodía francés, pues ello permitiría que las distintas escuelas cabalísticas pasaran a Cataluña y a través de ella al resto de la península, especialmente Castilla. No olvidemos que es en Cataluña (con Girona a la cabeza) y en Castilla donde se asiste a la eclosión y a la “edad de oro” de la Cábala, cuya influencia será determinante para dar un nuevo impulso a la cultura de Occidente, sobre todo cuando al comienzo del Renacimiento ella se conjugue con las distintas corrientes de la Tradición Hermética y del Neoplatonismo.

Volviendo de nuevo al hilo de nuestro discurso, recordaremos que la Renaixença propaga su entusiasmo al Modernisme, el cual, y a pesar de su nombre, se trata de un movimiento cultural que bebe de la antigua tradición románica y gótica fundamentalmente, si bien la huella renacentista y mudéjar también se deja sentir poderosamente. El resultado de todo ello es un nuevo arte enraizado en el antiguo, y los vehículos con que lo expresa son la creación literaria, la musical, y sobre todo la arquitectónica, a la que están ligadas todas las artes decorativas como la cerámica, el hierro forjado, el cristal coloreado, la talla en madera y el ladrillo. Antoni Gaudí, Domènech i Montaner y Puig i Cadafalch, son los máximos representantes de ese movimiento, y junto a Ildefons Cerdá en el plano urbanístico, son los que imprimen realmente un sello característico a la nueva Barcelona, la cual nace de ese “Mar Nuestro” y de algunas de las grandes civilizaciones que se han dado en él a lo largo del tiempo, como hemos intentado esbozar en estas páginas.

L´Atlántida de Verdaguer da a la lengua catalana su gran poema épico. Y no deja de ser significativo que en dicho poema aparezca la figura de un joven marinero llamado Colón, a quien un viejo ermitaño le narra, como si se tratara del sabio Solón a Platón, la existencia del hundimiento de la Atlántida, de la creación e incendio de los Pirineos, del nacimiento de Europa, heredera de aquella civilización que floreció en el continente hundido. Al final del poema el joven Colón se ve inspirado por el viejo ermitaño a repetir el descubrimiento de Hércules y conquistar las islas occidentales. De esta manera, el orden cósmico alterado por la pérdida de la Atlántida queda restaurado con el ”descubrimiento” del Nuevo Mundo. El propio Verdaguer comentó que durante dos años viajó en la Compañía Transatlántica de España a Cuba y de Cuba a España, como una lanzadera que va de un lado al otro de un inmenso telar. En total realizó nueve viajes que fueron la base inspiradora de su poema.

Esto que decimos es lo que está representado por la siguiente imagen. En ella vemos a Hermes (que tiene en su mano derecha una rueda dentada alusiva a Fortuna) junto a un caballo encima del cual se encuentra una doncella sosteniendo un barco.

Frederic Marès, Barcelona. Estatua de bronce en la Plaza Cataluña. Foto de Mireia Valls para la exposición "Hermes y Barcelona",2005.
Frederic Marès: Barcelona.
Foto de Mireia Valls para la exposición "Hermes y Barcelona" (2005).

Dicho barco puede ser tanto el de Hércules como uno de los tres con los que Colón viajó por primera vez a América, considerada por muchos (p. ej. Francis Bacon) como una “Nueva Atlántida”. En cualquier caso este grupo escultórico, creado por F. Marés, lleva el nombre de “Barcelona”, es decir que eso mismo es la ciudad condal sintetizada en una sola imagen: la posibilidad de ser el estandarte de una Cataluña y una España que encuentra la plenitud de sus señas de identidad en su vocación de apertura constante a lo verdaderamente universal. “Hacia los mares de un mundo simultáneo”. F. Ariza


Sección Estudios Generales
Notas
SYMBOLOS: Arte - Cultura -Gnosis
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NOTAS
1 Conferencia pronunciada en el Colegio de Aparejadores de Barcelona el 2 de Marzo de 2005. Fue una de las tres que se pronunciaron dentro de las actividades anejas a la Exposición “Hermes y Barcelona”, organizada por esa misma institución, el Centro de Estudios de Simbología de Barcelona y la revista SYMBOLOS.
2 Historia Universal, volumen II. Ed. Salvat.