HERMES: EL VIAJE VERTICAL
Este viaje vertical es un viaje en profundidad, donde paradójicamente arriba y abajo es análogo a dentro y fuera. Es un viaje de lo profano a lo sagrado, de lo exotérico a lo esotérico, de la periferia al centro. Al centro de uno mismo, donde se aloja esa influencia espiritual conocida por el nombre de Hermes, mediador entre Cielo y Tierra, que nos guía en la búsqueda interior de la naturaleza perfecta del Hombre Primordial, mediante la revelación y la consiguiente regeneración que promueve.1

Como símbolo de la unión de Zeus, el Cielo, y Maia, la Madre Tierra, de los cuales es hijo, Hermes representa la Palabra divina y por tanto la Tradición, que baja del Cielo a la Tierra para hacer posible el retorno y poder cerrar así el ciclo de la Creación. El es pues el velador de la herencia de sus progenitores, el Misterio que velará a los mortales y compartirá con los inmortales.

Mediante la Palabra, Hermes une Cielo y Tierra, regenerando así el Cosmos. Su papel es fundamental en todo este proceso, como intermediario entre lo de arriba y lo de abajo, como producto y a la vez artífice de la unión de ambos,2 representada en la Estrella de David o Sello de Salomón, símbolo de la analogía por excelencia, donde el triángulo de Fuego que representa al Espíritu queda unido al triángulo de Agua que representa al Alma, y donde queda patente la idea de que lo de arriba se refleja en lo de abajo, afirmando la jerarquía y la dependencia de lo inferior respecto a lo superior u origen, sin el cual no podría subsistir. Ambos están unidos por el Amor, al que también de alguna forma representa Hermes, siendo éste un reflejo de todo lo superior. El Amor es la fuerza que da cohesión al Universo, creando armonía e irradiando con su Luz todo lo que lo rodea, aspirando hacia los estados superiores del Ser todo lo que es contagiado por sus flechas, porque la unión de los opuestos constituye la armonía del Cosmos (en griego, armos es juntar), y el equilibrio ajusta constantemente las tensiones entre ellos. Sin él todo volvería al Caos. Por ello constituye el pilar de la Creación.

Dice la Tradición que al principio fue la Palabra, el Logos, que Hermes encarna en su papel de mensajero, de hermeneuta y de revelador. Hermes es Logos y es Noûs. Palabra e Intelecto, aparentemente separados, son Uno a través suyo3 Hermes es el escriba de los dioses, su mensajero, su intérprete, y a la vez el pastor, Poimandrés, garantizando así la comunicación entre lo de arriba y lo de abajo. Se decía que durante el día, Hermes era el mensajero de Zeus y de noche actuaba como psicopompo, guiando las almas de los muertos a través del Hades, con el fin de devolverlas renovadas a la Luz. Era el intermediario entre Zeus y Hades, el dios del Infierno: entre el día y la noche, entre la vida y la muerte.

Es el dios mediante el cual se revelan los misterios, y la revelación inicia con la Palabra, que despierta la memoria en el hombre y le hace recordar quién es, de dónde viene y a dónde va, haciendo posible que se recupere la Palabra Perdida. Es pues de tal trascendencia su mensaje que constituye el pasaporte de las almas para atravesar los infiernos con éxito pues es él quien transmite el Misterio, salvación del hombre. Se dice que las almas de los hombres que no están iniciados en sus misterios y por tanto desconocen el mensaje hermético no pueden escapar al Hades y se quedan allí, hecho que vemos reflejado en la carta de la Rueda de la Fortuna, ubicada en el Arbol de la Vida, en Malkhuth, o mundo de la concreción material.

El Hades o inframundo representa en la Manifestación el plano más bajo, donde el hombre está sujeto a las influencias del mundo sublunar en toda su intensidad, siendo Hermes su salvador por medio de la Palabra, el iniciador en los Misterios, el dios axial cuyo Verbo logra arrebatar las almas a lo más alto para devolverlas a la eterna morada celeste, de donde cayeron. Y es precisamente la Caída la que permite que el Ser se regenere, de lo que da cuenta la doble espiral (la involutiva y la evolutiva) representada en el Caduceo por sus dos serpientes enroscadas, una que baja hacia la Manifestación y otra que vuelve a su origen celeste, asegurando el flujo, el cambio, la regeneración y por tanto la vida en la Creación. Si bien es fundamental la jerarquía entre lo de arriba y lo de abajo, ambos mundos son igualmente necesarios para culminar la Gran Obra.

Su revelación tiene un aspecto circular y cíclico, alternándose revelación y ocultación en una rueda que las mantiene unidas, aludiendo al carácter axial de Hermes. En ella, el Misterio se desvela arriba o desde arriba para ser ocultado abajo, en la Manifestación, donde el dios lo oculta celosamente en el interior de la Tierra, a salvo de posibles profanaciones. Pero la forma que toman las enseñanzas de Hermes es en espiral, revelándose los misterios al iniciado gradualmente.

Así, pues, nos encontramos con tres estructuras simultáneas en la revelación: la circular, la axial y la espiral. El papel de esta última es fundamental, pues asegura una salida por la vertical que permite escapar al eterno retorno representado por la rueda. El movimiento espiral asegura la vida por la constante regeneración. Se siguen muertes y renacimientos en una constante transmutación del Todo, que nunca es igual pues en la espiral nada se repite, todo es eternamente nuevo. De ahí bebe Hermes el elixir de la eterna juventud.

Y es por esta razón que este dios promueve y supervisa la muerte. Nadie mejor que él sabe a dónde lleva este proceso. Se dice que Hermes cura el Alma con su Caduceo, paradójicamente haciéndola morir a los estados inferiores, haciéndola avanzar por la vertical, purificándola por el fuego que nos eleva hasta convertirnos nuevamente en Eter. Se trata de morir en el plano horizontal por la muerte en vida en el plano vertical. Morir a todo lo superfluo hasta que no quede más que la esencia, el núcleo. De esta forma, el Hombre Verdadero, por su regeneración, asegura la continuidad de la Creación. De ahí su papel central en todas las tradiciones. El es el Microcosmos y a la vez el centro de la Creación.

Hermes vela sus misterios al profano y los desvela al iniciado, promoviendo en él cambios de estado y transiciones que aseguran el pasaje de un mundo a otro. En eso consiste la muerte. El nos enseña cómo transgredir los límites para liberarnos de los velos que nos impiden ver la realidad en toda su claridad. A través de este viaje en profundidad, nos elevamos por el Eje, pudiendo conocer así otros estados de la conciencia. El Caduceo de Hermes ilustra elocuentemente este símbolo. Por esta varita de oro se enrollan dos serpientes, una representando la energía positiva, masculina y expansiva, que baja hacia la Manifestación, y otra que representa la energía negativa, femenina y contractiva, que vuelve a lo Inmanifestado. Una asciende y otra desciende, como por la Escalera de Jacob ascienden los hombres y descienden los ángeles, estados inferiores y superiores de la conciencia. Esta comunicación axial entre lo de arriba y lo de abajo constituye un viaje vertical por la conciencia, potenciándose en el hombre la Inteligencia divina que le llevará a recuperar la conciencia de Unidad perdida. A partir del Eje, que Hermes simboliza, la perspectiva desde un ángulo superior engloba la simetría en la Unidad, uniéndose a través de él las desmembradas partes del Ser.

Hermes domina el pasaje entre los mundos. Conoce el santo y seña de cada uno de ellos, cambiando de código y adaptándose, como el Mercurio, al ser y a la circunstancia, disolviendo todo lo que es impropio a nuestra verdadera naturaleza, que impide la asimilación del alimento divino, haciendo posible la transmutación a otro estado superior. Para ello procede con sumo amor, con la delicadeza propia del amante que protege y abraza a su amada pero que no deja de empujarla al abismo que la hará libre, incluso de su amor ciego por él. Ese es el verdadero Amor.

Pero nuestro dios pasa de la delicadeza a la astucia en un abrir y cerrar de ojos. En todo caso, es elegante como un ladrón de guante blanco. Un ejemplo elocuente lo tenemos en la Alquimia donde el Mercurio hace desaparecer el Oro cual experto mago. La lectura del alquimista va más allá de los cinco sentidos del profano que no sale de su asombro en su ignorancia de lo que hay más allá de su vista.

El Mercurio lleva implícito en su papel disolutivo, el fin de todo lo vivo, de todo lo creado, ante cuyo misterio el alquimista se rinde maravillado. Ese oro desapareció, como desapareceremos nosotros por obra de Hermes, libres ya de toda forma para convertirnos en el Loco del Tarot, cuyo arcano, por ubicarse más allá del Cosmos, no tiene número. Esta curiosa figura es protagonista de este viaje en el que el peregrino se encuentra simultáneamente dentro y fuera del Cosmos.

El Mercurio se asocia en el Arbol de la Vida a Hod, que junto con Gueburah y Binah, configura la columna del Rigor. Y es que Hermes es también un dios riguroso. No perdona el sueño ni el auto-engaño. Simbolizado por el gallo, es el despertador, y su forma de despertar puede llegar a ser una verdadera sacudida, de tal magnitud a veces que sólo el iniciado puede reconocer en ella el amor infinito por la Verdad que hay detrás. Uno de los métodos que emplea es la paradoja, que puede dejar K. O. a más de uno, pero que ayuda a que se produzca ese despertar, la revelación y hasta la iluminación. La paradoja se produce en el eje, pues los aparentes opuestos se juntan, elevando nuestra conciencia. Produce una ruptura de nivel: una oportunidad de oro para asomarse a ver lo que hay más allá. Pero el precio es la muerte. Hay que dejar sitio a lo nuevo y para ello hay que morir a lo viejo. Hermes nos libera por la muerte, una muerte regeneradora que nos permite acceder a planos superiores de la Conciencia.

Muerte tras muerte, indefinidamente, hasta llegar a la verdadera disolución, propiciada por el Mercurio, origen y meta de todo lo creado. Hay que estar dispuesto a morir, y quien confía plenamente en Hermes, es decir en sí mismo, completará el ciclo, representado por el número 9. Un número que alude a la Unidad (en numerología, el 9 representa la circunferencia, a la cual sumándole el 1, representado por su centro, se convierte en 10 = 1+0 = 1), cuya conciencia ha sido perdida por el profano, olvidada por haber escogido el sueño en vez del despertar, la oscuridad en vez de la Luz, una realidad sublunar que le niega descaradamente su verdadera esencia.

Hermes se puede reconocer en todas las esferas, en todos los dioses, y a la vez en ninguno, pues tiene un aspecto camaleónico, precisamente por ser el hermeneuta, el que interpreta y pasa de un lenguaje a otro, de un códice a otro, de un mundo a otro, de un plano a otro. Por ello el número ocho, asociado a este dios, es un número de pasaje. Pasaje de un mundo a otro, así como el octágono está formado por dos cuadrados superpuestos siguiendo una espiral. Y Hermes nos ayuda a pasar del ocho al nueve, número que cierra el círculo y que alude al ciclo, como se ha comentado anteriormente.

En su polifacética semblanza, recoge infinitas apariencias, nos hace vivir el Todo en el Uno, absorbiéndonos en la simultaneidad de su Caduceo donde todo lo posible cobra realidad. Nos avisa que la vida es un perpetuo Carnaval donde nos toca probarnos todos los disfraces y desidentificarnos de todos ellos, uno por uno, hasta reconocer que uno Es en su desnudez. Un Carnaval de máscaras y espejos en que el iniciado, plenamente consciente de su disfraz, juega a Ser, agotando posibilidades, transgrediendo límites y pudiendo conocer así lo que hay más allá,  intuyendo por ese juego lo metafísico, donde cualquier identificación quedó atrás, habiendo mediado el Mercurio como disolvente de toda forma de vida. La identificación con Hermes por lo más alto implica dejar de identificarse con lo transitorio, siendo el Eje símbolo de Inmortalidad, de Eternidad y por tanto de Libertad absoluta. El viaje vertical conduce al verdadero Misterio, más allá de lo cognoscible, donde el buscador, ya fuera del Cosmos, comprende finalmente que lo que busca no existe porque simplemente no es. La anhelada Arca está vacía y esa gran carcajada que resuena por toda la Creación le hace por fin libre.

Por su invocación, somos fecundados por él, penetrados por su vara de oro, y esa unión dará nacimiento al Andrógino, reflejo del Eje en el que se han unido en amor las dos serpientes, entrando nuestro ser en un estado de belleza sin parangón, habiéndose conjugado esas dos fuerzas que nos mantenían en constante dolor por su separación, reflejo del abismo que separa lo de abajo con su origen divino.

La invocación llega a través suyo a toda la Cadena Aurea que reúne en el plano vertical a todos los seres que se han manifestado en el plano horizontal a lo largo de los siglos y de los ciclos contribuyendo a la transmisión del mensaje divino y posibilitando así la liberación del hombre, esclavizado a causa de su ignorancia del Principio. Cada iniciado forma parte de esa cadena que une desde el Centro, desde lo más alto, y a través de la cual se expresa la deidad.

Detrás de todo el trabajo hermético de iniciación por la transmisión de la Palabra divina está el Amor verdadero, la fuerza más alta que pueda conocer el hombre, la que le ha dado vida a él y a todas las cosas, y su sacrificio (sacrum facere) por un constante rito que lo dignifica y que cierra el círculo, devolviendo lo que le fue dado en su momento con el mismo Amor y sacrificio.

Todo el fuego reflejado en este viaje es un tributo y una oda al dios que lo hace posible, y a todos los seres que lo encarnan y acompañan, ahora y siempre, unidos a través de un hilo de oro que urde una red de Luz que no es más que el trazo de la Jerusalén Celeste y la terrestre, el punto invisible en un tiempo y espacio sagrados que está en el corazón de cada uno de nosotros.

 

Viaje por el Arbol de la Vida y el Tarot

Hay muchas formas de realizar este viaje, tantas como radios tiene una circunferencia. Aquí se propone la superposición de dos mapas de ruta que a muchos les han sido útiles por separado, y que Federico González en su libro ir al libro El Tarot de los Cabalistas en la página del autorEl Tarot de los Cabalistas, describe brillantemente. En este trabajo, Cábala y Tarot se unen en un potente vehículo simbólico.

Con la ayuda de estos dos soportes herméticos manejados con maestría por Hermes, emprendemos el viaje vertical por la Geografía e Historia Sagradas del Ser. Nos guiaremos por el Eje, nuestro maestro interno, reconociendo paso a paso nuestras energías plasmadas en la Cosmogonía, sujetas a sus leyes, y nuestras limitaciones, que Hermes nos invita a trascender, haciéndonos intuir en lo que hay más allá nuestra verdadera libertad. Sus enseñanzas son una lección de vida y de muerte, inseparables para el iniciado, que hacen del drama de la vida, desde el punto de vista profano, una fascinante aventura hacia el Conocimiento, y hacia la Inmortalidad.

Nos acompaña el mismo Hermes, esta vez enfundado en la figura del Loco, donde el iniciado se reconoce como peregrino por los múltiples estados del Ser.

Las diez primeras cartas corresponden a la fase descendiente del Ser en la Manifestación.4 Es en Malkhuth, el Reino, donde acaba la fase descendente, con la carta X, la Rueda de la Fortuna, y empieza la fase ascendente de retorno al origen con la carta XI, la Fuerza. Así pues, en esta sefirah, llamada también el Reino, que representa la Tierra, con la carta X se prepara el equipaje, es decir la materia alquímica sin la cual no puede producirse transmutación, pero no es hasta la carta XI donde inicia realmente el viaje iniciático.

Con la carta de la Rueda de la Fortuna, se prepara la tierra para sembrar la semilla que algún día puede dar frutos. La Rueda de la Fortuna, carta X del Tarot, ilustra esta etapa previa al viaje. Aquí, el hombre profano corre el peligro de quedar atrapado en la existencia, sin poder salir de esa rueda de las reencarnaciones como nos avisa esta carta. Se encuentra en una encrucijada, frente a dos posibilidades: la Puerta de los Hombres, que corresponde al Solsticio de Verano, por la que el hombre no cualificado debe seguir en la Manifestación, y la Puerta de los Dioses, o Solsticio de Invierno, situada en Kether, por la que el hombre abandona el mundo ilusorio al cual no volverá a menos que le sea asignada una misión en la Tierra.

Hermes, siempre presente en las encrucijadas, no deja escapar La Oportunidad. Es ahora o nunca. Hay que precisar que en el caso del iniciado, la salida es definitivamente por la Puerta de los Dioses, siempre y cuando haya alcanzado la perfección espiritual.

El buscador despierta a la llamada de lo superior e intuye en ella la única salida de su minúscula celda horizontal. Pero también intuye que a partir de aquí el viaje es contracorriente. Va a necesitar mucha voluntad, una fuerza espiritual que le arranque del mundo material del que todavía no ha salido. La fuerza está simbolizada en la carta XI, que alude al dominio de la materia por la fuerza de la Inteligencia unida a la fuerza del Amor. Asimismo, representa el fuego alquímico que se enciende, un fuego que deberá mantenerse encendido y alimentado hasta el final de la Obra. Va a necesitar pues también mucha perseverancia y una atención constante. Es en esta fase que se siembra la semilla: lo más pequeño y a la vez lo más poderoso.

Con esta determinación, la conciencia del iniciado accede a un nivel superior, a Yesod, sefirah que representa el mundo del Alma inferior, el mundo de la psiqué, de las pasiones y deseos, todavía apegada a lo material, a lo físico. Yesod significa en hebreo Fundamento: es aquí donde tiene lugar la Iniciación. La carta asociada a esta sefirah es el Ahorcado, carta XII, que ilustra muy bien el proceso por el cual va a pasar el postulante a la Iniciación, que va a tener que darse la vuelta como un guante, muriendo a todo lo que no es, y reconociendo sus raíces en el Cielo, invirtiéndose por consiguiente sus valores 180º. Esta carta simboliza la iniciación del proceso. Aquí la semilla está preparada para germinar y es donde definitivamente comienza el ascenso por las esferas y el proceso de transmutación alquímica, o de construcción. Pero antes que nada de esto ocurra, la semilla tiene que pudrirse, de ahí el sacrificio: el postulante está dispuesto a morir, a dar su vida por la Verdad. Sus manos atadas simbolizan la confianza que ha depositado en lo Superior. Se entrega libremente, sin condiciones.

Así se ve abocado a la muerte, muriendo uno definitivamente como semilla. Tanto el número 8 de Hod, la Gloria, como el 13 que corresponde a la carta de la Muerte que en ella se ubica, tienen que ver con el ciclo, y por tanto con la muerte y el renacimiento. La muerte como primera fase del proceso alquímico. Muerte de un ciclo y nacimiento de otro, muerte al Hombre Viejo y nacimiento del Neófito, o nueva planta. El ser muere en un plano para renacer en otro. Esta muerte iniciática le conecta directamente con el Misterio de la Inmortalidad, con la Metafísica. Ha atravesado la Puerta de los Dioses y con ello se ha liberado de la Manifestación, renaciendo a una nueva realidad, liberándose de sus egos y de sus estados inferiores.

La muerte lleva implícita el renacimiento, y en esta nueva realidad, el iniciado es un hombre nuevo, un niño, con la posibilidad de fluir hacia otros estados del Ser. Va a entrar en una espiral en la que recibirá gradualmente revelaciones de los Misterios. La carta que corresponde a esta fase es la carta XIIII, la Templanza, que se ubica en Netzah, la Victoria. Alude a la resurrección, promovida por la muerte iniciática, donde las alas del Angel dan cuenta de la nueva naturaleza del neófito, una naturaleza celeste. Mezclando los contenidos de las dos vasijas, une las energías opuestas para obtener equilibrio y armonía, como invocación a la siguiente sefirah, Tifereth, que marca la superficie de las aguas, el paso de las Aguas inferiores a las Aguas superiores.

Entre Yesod y Tifereth se habla de un Laberinto en el que el alma corre el peligro de perderse y desaparecer para siempre, devorada por el Minotauro si no sigue el hilo de Ariadna que le sacará de allí. Este hilo que representa la Tradición es el mismo Hermes, el maestro interno, que rescata el alma del iniciado, perdida en el Hades. Las dos cartas que están en Hod y Netzah, la Muerte y la Templanza, nos dan la clave para salir. Por la Muerte accedemos a un plano superior, desde el cual, la comprensión del trazado del laberinto nos hace libres. Templanza es lo que necesitamos para no sucumbir al pánico que nos provoca ser devorados por el Minotauro, sucumbiendo a la gravedad del inframundo. Hermes nos salva con la Palabra, simbolizada por la Tradición. La salida del Laberinto por la vertical la hacemos a través de Tifereth, que simboliza el Centro, el centro de la rueda de donde parte el Eje.

En Tifereth, la Belleza, es donde tiene lugar la conciliación de los opuestos. Es la sefirah central del Arbol y desde ahí se tiene acceso a todas las demás sefiroth mediante los senderos que las unen. Es el centro de comunicación del Arbol desde donde irradia la Luz en todas direcciones.

Paradójicamente, encontramos en esta sefirah al Diablo, carta XV, símbolo del Hombre Viejo, que nos acompaña durante todo nuestro viaje, como el perro al Loco, a pesar de ir muriendo constantemente a los estados inferiores a los que simboliza: la ignorancia, la mediocridad, la mezquindad, los vicios. Estados que, ya que no pueden ser eliminados, deben ser dominados y servir para la transmutación.

El iniciado debe tener clara la jerarquía explícita en el Sello de Salomón, donde el triángulo de Fuego, que representa al Espíritu, se une al triángulo de Agua, o Alma. El Espíritu se refleja en el Alma, siendo éste su Principio, sin el cual, ella no tiene sentido. Es una cuestión de proporción (“Dios lo hizo todo en número, peso y medida”), y nuestro libre albedrío, unido a la Inteligencia, debe encontrar la fórmula exacta e irla adaptando a las circunstancias. En todo caso, el dragón siempre debe estar sometido a la diosa Inteligencia.

El Diablo representa todo lo que se opone a ella y a la Sabiduría, todo lo que nos impide crecer y es origen del mal. Pero tras su grotesca apariencia, se esconde la belleza, y tras sus alas de murciélago, unas alas de águila capaces de llevarlo hasta las alturas. Todo ello nos indica la necesidad de atravesar las apariencias, meras formas, para conectar con la esencia. En definitiva se trata de llegar hasta el Centro, síntesis de todo lo creado, donde todo es puro y a imagen y semejanza del Uno. Y como punto de unión, tanto Tifereth como el Diablo aluden también a la sexualidad, que el iniciado debe entender por lo más alto, como unión y conciliación de los contrarios, como expresión del Amor Universal. Se trata de una invocación a Eros, al Amor. Esta energía sexual representa el fuego alquímico en plena potencia, símbolo de la pasión por el Conocimiento y por la Vida.

Y con esta esfera, hemos entrado en el Mundo del Alma Superior, Beriyah, donde la individualidad quedó atrás y se está más cerca del Espíritu que de lo material.

Gueburah, el Juicio, destruye lo que ya no tiene uso, reciclándolo a otro nivel, transformándolo. Gueburah representa la misma energía rigurosa que Hod, pero a un nivel más alto; una energía de tipo destructivo, como apreciamos en la carta que le corresponde, la Torre de Destrucción, carta XVI, necesaria cuando se ha llegado a un extremo de decadencia. Alude al Rigor divino, donde el rayo, que simboliza la conciencia o la iluminación, parte en dos la torre de ladrillo, erigida por los egos de los hombres que se creen Dios, que caen fulminados al vacío. Se destruye lo ilusorio para construir lo verdadero, en realidad un nuevo ser, acorde esta vez a su origen divino.

Para contrarrestar esta polaridad negativa, llega una carta de gracia, la carta XVII, la Estrella, situada en Hesed, la Misericordia, donde una mujer en estado paradisíaco está en contacto con los elementos, con la Naturaleza, recibiendo el influjo de las estrellas. Este es el estado del hombre antes de la caída. La Naturaleza es el vehículo simbólico por el que se puede contactar con lo superior (lenguaje de los pájaros), con lo metafísico. Es una carta de esperanza y regeneración, de paz, que sigue al desastre de la carta anterior.

Aquí acaba el plano de Beriyah, mundo de la Creación. Se dice que hay que saltar el abismo que lo separa del mundo de Atsiluth, donde se encuentra el Espíritu.

En Binah, la Inteligencia, una Inteligencia divina como reflejo de la Sabiduría. Aquí la Luna, carta XVIII está representando el Principio Femenino, simbolizado por Isis, que recibe al iniciado, totalmente regenerado. La Luna, como reina de la noche, simboliza también lo inmanifestado. Representa la interioridad, el intelecto puro, la intuición superior que nos permite llegar a lo metafísico.

La Luna refleja la energía del Sol, carta XVIIII, ubicada en Hokmah, la Sabiduría, que simboliza el origen de la Luz, el Padre Supremo que propicia la unión de todos los seres. Sin embargo, los dos niños que crecen bajo su amparo y calor nos recuerdan que todavía estamos bajo la dualidad.

Las dos polaridades se reabsorben en la Unidad de Kether, la Corona, donde la carta XX, el Juicio alude al Juicio Final, anunciando un nuevo mundo venidero, grandes revelaciones, y por consiguiente el despertar de la conciencia. Ha llegado el momento de la Verdad, de la realización de la Justicia Divina, y los tres personajes que salen de sus tumbas simbolizan la resurrección simbólica de los muertos en otro plano. Representan el matrimonio alquímico del azufre y el mercurio por la sal. El iniciado, habiendo descorrido los velos que lo separaban de la Verdad, se encuentra cara a cara con la realidad, produciéndose la verdadera realización del Ser.

Por encima del Arbol de la Vida se coloca el Mundo, carta XXI, carta de síntesis. Simboliza el descenso del nuevo mundo a la Tierra, anunciado en el Libro del Apocalipsis. Es el mundo real al que se accede tras todo el trabajo de Iniciación, recuperando el sentido de Inmortalidad. Se ha retornado al estado anterior a la caída. Desaparece la dualidad de Cielo-Tierra, asimilándose ambos en la vuelta a la Edad de Oro. En esta carta, la Mujer representa la Jerusalén Celeste y su ombligo, quintaesencia síntesis de los cuatro elementos, el Centro Supremo. En esta carta se corona la Obra y acaba el ciclo, aflorando la Verdad. Representa pues la Perfección.

Y el Loco sigue, desde su carta sin número, transitando por las esferas y los senderos del Arbol, en su eterno peregrinaje fuera del tiempo y del espacio. Su vida está entregada al Conocimiento y para ello lo ha abandonado todo. Es puro desapego. Su locura es una locura de amor, de amor por el Conocimiento. Camina al borde del abismo sin miedo, la mirada fija en la Nada, confiado y abierto al Vacío. La voluntad superior le guía.

Pero la historia no acaba aquí. En realidad no hay principio ni fin. Todo está pasando aquí y ahora, simultáneamente: cuando en tu sueño veas al Loco guiñándote el ojo, sabrás que es el momento de despertar. Ana Contreras


Sección Estudios Generales
Notas
SYMBOLOS: Arte - Cultura -Gnosis
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NOTAS
1 Se recomienda para conocer el simbolismo de la rueda y de la espiral las siguientes lecturas: ir al libro La Rueda en la página del autorLa Rueda. Una Imagen Simbólica del Cosmos, de Federico González. Ed. Symbolos. Y Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, de René Guénon. Ed. Paidós.
2 Como vemos también en la carta XX del Tarot, el Juicio, donde hace el papel de sacerdote que une en matrimonio  (Hieros gamos = matrimonio sagrado) a los dos contrarios.
3 Según la mitología egipcia, Thot inventó la palabra y la escritura.
4 Desde Kether hasta Malkhuth, cada carta va asociada a la sefirah de mismo número (así, el Mago, carta I, se coloca en Kether, sefirah 1; la Sacerdotisa, carta II, en Hokmah, sefirah 2, y así hasta Malkhuth, sefirah 10, asociada a la carta X, La Rueda de la Fortuna). En este trabajo, empezaremos hablando de esta última carta por ser aquí donde se prepara la materia alquímica necesaria para la Gran Obra, a pesar de que corresponde al final de la fase descendente, comenzando la fase ascendente con la carta siguiente, La Fuerza, carta XI, que se sitúa también en Malkhuth.