SYMBOLOS
Revista internacional de 
Arte - Cultura - Gnosis

La Rueda movida por un ángel, portada del libro

Portada de La Rueda, Una imagen simbólica del Cosmos
Manuscrito alemán, c. 1490.


LA RUEDA. UNA CLAVE DE ACCESO AL SI MISMO
ANTONIO GURI

Hay personas a las que por razones misteriosas les es dado el deseo de atravesar el mundo de sus percepciones inmediatas, tanto sensoriales como mentales, y sirviéndose de ellas acceder a otro que, como verán al obtener la clave, siendo el mismo es enteramente diferente. A menudo son personas que viven con incomodidad pues no se adecuan fácilmente a lo que la sociedad espera de ellos, rechazan de manera más o menos abierta las explicaciones que se les ofrecen acerca del mundo que les rodea, la cantidad de información parcial sobre y desde distintos ámbitos les resulta manifiestamente contradictoria, y observan con perplejidad la dispersión que este cúmulo de minucias provoca. Lo mismo ocurre con lo que les han contado acerca de su propia individualidad a la que en realidad nunca han visto como algo separado de lo anterior, y que igualmente les ha sido presentada como una acumulación de datos fluctuantes y excluyentes, con mucho valor estadístico pero sin ninguno de síntesis y de unidad. Más inquietante resulta el tema si nos desplazamos al terreno de lo ético-moral, ahí es donde ya este conglomerado se descarna mostrando no sólo su indefinida multiplicidad sino su doblez, su mentira. Frente a esta superestructura de apariencias cabe pues que aquél que tiene voluntad de conocer se pregunte por lo que hay detrás, qué es lo que esconde tan enorme escaparate, y al no encontrar respuesta alguna y ver que alrededor suyo todo el mundo está muy afanado en su cotidianidad haciendo como si supiera, se ve también impelido a interpretar, a inventarse una "personalidad". "A esta nada total conviene disimularla ordinariamente, ya que se vive como un pecado vergonzoso, no sea que se note que somos actores jugando papeles, creyéndose roles. Por favor, que no se nos caiga ni un poco de la fachada con la que nos han disfrazado y pasemos un tremendo bochorno"1. Aunque en realidad para nuestro sujeto se trate sólo de una cuestión de supervivencia, ya que en el fondo sigue buscando, tal vez en secreto incluso para él mismo, una respuesta que evidencie el engaño, que desmienta la gran parodia y que le libere por tanto de tan absurda tragicomedia.

Pero también es verdad que si este anhelo es sincero, tarde o temprano será satisfecho en la misma medida en que su empeño haya sido íntimo y franco. Si de algún modo ha podido mantenerse fiel a su lúcida ingenuidad, y no ha sucumbido a convertir su desasosiego, su disconformidad o hasta su rabia en poses, en valores de cambio tan cotizados hoy día en el mercado de las vanidades, acabará siendo rescatado. Si la copa está bien dispuesta, de seguro será colmada.

Así pues cabe hablar de un antes y un después, primero un tiempo de desazón y de agotamiento aparentemente estéril de una serie de posibilidades, de búsqueda desorientada y luego otro de recuperación de estas mismas posibilidades a una nueva luz. Y entre ambas realidades un punto de inflexión, momento de reconocimiento de un mensaje y lo que es más, de que por fin aquel deseo va a ser cumplido con creces, y que a un nivel lo ha sido ya. Ciertamente es este un modelo prototípico, un proceso universal repetidamente ejemplificado y que Dante nos describe en primera persona al inicio de su Divina Comedia. Allí nos narra cómo a la mitad del viaje de su vida se encontró en una selva oscura, imagen del mundo profano, acechado por fieras salvajes, que simbolizan las distintas caras de la ignorancia, y de las que no se habría podido librar de no ser por la ayuda de Virgilio, representante de la tradición, que al revelarle un legado le desata de sus ligaduras con este mundo enrarecido, mostrándole el camino hacia su auténtica identidad. Y todo ello no por ningún mérito personal, un esfuerzo reductible en última instancia al binomio egoísmo-altruismo, sino por las razones misteriosas que se apuntaban al principio; siendo el legado de carácter supraindividual nunca podría depender de algo particular. Y es que "esta posibilidad siempre es enseñada, el ser humano en su estado ordinario no la conoce, ni puede realizarla por sí solo, mal que le pese, y necesita siempre un espejo donde mirarse y reconocerse, y la palabra que lo rescate del mundo de los muertos, de los ignorantes, y le insufle la posibilidad de una nueva vida, de encarnar el hombre nuevo"2. Entonces el afortunado, consciente de todo ello, conoce el agradecimiento, a los hados, a los dioses intermediarios, a la Misericordia. Para el que suscribe estas líneas, dicho punto de inflexión, dicha clave que une y separa dos ámbitos complementarios en que se polariza lo horizontal, este centro-corazón que es la expresión de un rayo vertical transmisor, alrededor del cual todo recupera significado, se concretó en un libro3. Se trata de La Rueda, Una Imagen Simbólica del Cosmos y estas líneas van en agradecimiento a Federico González, su autor.

"Todos los seres y las cosas expresan una realidad oculta en ellos mismos, la cual pertenece a un orden superior, al que manifiestan, y son el símbolo de un mundo más amplio, más realmente universal, que cualquier enfoque particular o literal, por más rico que este fuese"4. Con estas palabras comienza el libro y a través de ellas vamos accediendo a este mundo más realmente universal; finalmente oímos todo aquello que desde hace tiempo, aún sin saberlo, estábamos esperando que alguien nos dijera. Reconocemos aquella música sutil ligada a un ritmo interno casi olvidado, que mediante la reincidencia cíclica de su lenguaje nos va abriendo paso desde la apariencia acompasada de lo que no para de girar, hasta su origen inmóvil, desde la periferia de la rueda donde lo particular muta hasta su centro universal. El mismo libro constituye de por sí una rueda, por un lado en cuanto a la forma en como está organizado y sobre todo en cuanto a su esencia, ya que como muy bien señala Fernando Trejos en la Introducción: "Su misma estructura es significativa y coherente con el tema tratado, pues se encuentra dividido en tres partes y nueve capítulos (recordemos que el tres es un ciclo cerrado, y que el nueve es el número de la circunferencia) cada uno de los cuales es a su vez un todo completo, una idea 'redondeada', un punto de vista a partir del cual puede visualizarse y realizarse el centro arquetípico"5. Cada página por la que abramos el libro (o cada párrafo, o frase) constituye un punto en la periferia que como tal dispone de un radio que le conecta directamente a su centro, y así accedemos a él, quedando aquel ámbito de nosotros mismos del cual partimos inmediatamente iluminado, pues lo alumbra su origen, y a él dirigimos nuestra mirada para reconocernos en cada una de las ideas-radios que nos guían y conforman. En verdad este espacio intermedio comprendido entre la periferia y su centro, entre la letra viva y su origen y que constituye propiamente el dominio del símbolo, está formado por el conjunto de los indefinidos radios, los cuales comunican los dos extremos trasladando su energía en ambos sentidos. De dentro hacia fuera, a través de la fuerza centrífuga que anima cada imagen reveladora, cada paradoja sugerente hasta que se plasma en la palabra escrita, su límite. Y de aquí, una vez generado el destello de la comprensión en el lector, toma el sentido inverso y a través de una síntesis centrípeta, con el palpitar del libro somos devueltos a la Unidad.

Es curioso darse cuenta de que cuando por primera vez presentimos este tránsito, estamos atendiendo al valor real del símbolo y comprendemos por tanto que no se trata de una convención arbitraria inventada por cuestiones prácticas o sentimentales, sino de una idea-fuerza que imprime conocimiento y transformación. Cuando de alguna manera tenemos esta certeza, estamos asistiendo en verdad a una conjunción que aun siendo lo habitual a un nivel, no deja por ello de parecernos prodigiosa. No estamos empleando solamente nuestro raciocinio, tan acostumbrado a dilucidar entre verdadero y falso, sino que sobre todo estamos dejando lugar –como quitándonos de en medio– a que se produzca una fusión entre dos polos complementarios, una identificación entre lo que siempre hemos sido y aquello que acabamos de conocer. No es pues una capacidad individual la que certifica la realidad de un plano superior a ella, sino que es esta realidad supraindividual la que nos ilumina, mostrándonos las cosas tal como son y nunca han dejado de ser. De igual modo que cuando nos es quitada una venda de los ojos ya no es posible la duda, al no haber dualidad alguna no tenemos donde escoger. Entonces entendemos que "si toda manifestación es simbólica y el universo un lenguaje, un código de signos, nosotros somos también símbolos y conocemos y nos relacionamos a través de ellos"6. Y nos sentimos dichosos de colaborar en un plan, ya que "reiterando el acto creativo, que nace de la pureza indiferenciada, sin mezcla, de lo que no es ni un polo ni otro, sino lo que es en sí mismo, nos regeneramos a nosotros y al universo, constituyéndose el hombre en el símbolo central, de lo único, que es lo mismo que decir del ser, del amor, o del conocimiento"7.

Así pues, una vez hemos asimilado en la medida de nuestras posibilidades lo que el simbolismo de la rueda expresa siendo uno con ello, tenemos a nuestra disposición un modelo válido para comprender cualquier ámbito o ángulo que enfoquemos. La historia de una civilización, la construcción de una ciudad, la arquitectura de un templo, pero también la misma textura del tiempo y del espacio, su interdependencia y sus distintos niveles de realidad, en definitiva la estructura del cosmos, del macro y del microcosmos. Se nos ha brindado pues una herramienta para conocernos a nosotros mismos, y con la sencillez de este modelo se establece un orden, el cual nos permite penetrar con nitidez en aquello que somos. Por un lado se acaba con la división cartesiana entre espíritu y cuerpo, que establece una barrera impermeable entre ambas realidades como si cada una de ellas no estuviera imbricada en la otra, como si la materia tuviera su razón de ser en ella misma, y por otro con la visión religiosa que tan a menudo y especialmente al referirse a la inmortalidad, confunde alma y espíritu. Este último se corresponde con el punto central, nuestra verdadera identidad alejada de cualquier antagonismo como el de vida y muerte, mientras que la periferia es análoga al cuerpo así como a nuestras circunstancias y egos cambiantes. El alma constituye lo que une ambos extremos, su comunicación, se extiende por tanto desde sus aspectos más parciales –el alma inferior en permanente relación de causa-efecto con lo fisiológico–, hasta sus aspectos más elevados –o alma superior– cada vez más aquietada y tendente a fusionarse con lo espiritual.

Quien toma conciencia de lo que este legado simboliza y se reconoce en ello, está comenzando un camino, ya que sin negar aquellos aspectos más exteriores de sí mismo ha escogido decididamente los más internos, y es hacia esos ámbitos más sutiles y más amplios –cada realidad más concéntrica incluye la anterior– que dirige sus expectativas. En la medida pues que encarna este mensaje, consecuentemente inicia un viaje, comienza un proceso de transformación convirtiéndose en un iniciado y al mismo tiempo también en un verdadero artista, es decir en aquel "individuo de oficio o de conocimiento, que recrea el mundo a través de su actividad redentora, al vivificar las potencialidades que todo hombre lleva en sí mismo en forma latente, y toda substancia de manera inmanente. Se conecta así con el ritmo de todas las cosas, el ritmo universal, y su obra constituye el pasaje entre lo increado y lo creado, como una síntesis que manifestara la unidad, para inmediatamente plasmarla en la multiplicidad de las formas."8. Ya sabe qué hacer con su vida: simplemente una obra de arte. En absoluto un equilibrado y bonito objeto de museo, muy correcto y de armónicas proporciones, ni tampoco el artefacto descabellado que pretende inútilmente sorprender, o incluso escandalizar, aunque sólo sea a su autor, sino aquella vida que adoptará distintas formas según las circunstancias pero que no dejará de manifestar la huella de lo verdadero, puesto que no tendrá su razón de ser en un futuro horizontal –y por tanto dual– que se aleja a medida que uno pretende alcanzarlo, sino que la animará aquel centro misterioso, oculto y sin embargo actual, al que el artista se sabrá acercar "mediante una concentración de sus posibilidades, ya fuese a través de un trabajo ordenado y paciente o de la síntesis catártica totalizadora. O de ambas, puesto que por cierto la una no tiene por qué excluir a la otra, sino que más bien se complementan allí donde el hallazgo o contemplación de la belleza produce una especie de emoción relacionada con un sentimiento de plenitud, ausencia o vacío, donde todos los seres y las cosas no son sino ellos mismos, en su pura realidad despojada, lo que equivale a vivenciar la idea arquetípica de armonía, aun en la desarmonía, y de equilibrio y justicia, aun en los conceptos que dialécticamente se les oponen"9.

Este camino que se abre ante el iniciado adquiere su perfil propio, es por tanto único e irrepetible ya que se adapta a la realidad que va surgiendo tras cada prueba superada, la que en cada momento tendrá el grado de exigencia correspondiente a su madurez. Algo bien distinto a seguir por los confusos vericuetos que se acomodarían a las preferencias coyunturales del hombre viejo, cuyo cometido es negar la amplitud y la libertad intuidas tras cada acto de desprendimiento. Dicho itinerario sigue una línea clara, la cual no responde a una simbólica elegida arbitrariamente entre distintas tradiciones según criterios personales, sino que como nos explica Federico González la vía que aquí se propone es muy nítida y se ajusta a una realidad histórica y geográfica determinada. Es importante saber que se relaciona con los misterios menores, los cuales corresponden a la totalidad de la obra alquímica y la astrología, y por diversos motivos se adapta perfectamente al hombre occidental actual: se trata de la tradición hermética10. A través de ella nos sumergimos en una realidad que remontándose al inicio de los tiempos llega hasta nosotros mediante una cadena de hombres de conocimiento que han ido encarnando a la vez que transmitiendo la posibilidad de que nosotros, en la oscuridad de unos tiempos al límite, reconozcamos esta misma simbólica, compartamos un mismo alimento. Y al hacerlo nos sentimos mucho más cercanos a cada uno de ellos que a la mayoría de nuestros contemporáneos; no es fácil encontrar en la literatura actual –novela, ensayo filosófico u obra poética– una idea capaz de compararse con ninguna de las expresadas por estos eslabones, La Rueda en cambio, genera aquel furor en el ánimo comparable al que nos transmite por ejemplo Marsilio Ficino, al mismo tiempo que reconoce una filiación, brindando pues simultáneamente la sed y la bebida.

Análogos al de la rueda, y dentro de esta misma tradición de cuna mediterránea, se nos presentan también otros dos modelos cósmicos: el del Tarot y el del Arbol Sefirótico de la Cábala. En este último, aquellos círculos concéntricos que se alejan progresivamente de su origen hasta alcanzar su límite periférico, se plasman en los distintos planos horizontales, los cuales van escalonando la vertical que desciende desde la Unidad, Kether, hasta su materialización en el denario, Malkhuth. Es este un claro ejemplo de lo que ya se nos ha advertido acerca de cómo distintos modelos simbólicos se complementan entre sí, y a la vez que expresan una misma idea, lo hacen desde perspectivas distintas, con lo cual se vienen a completar enriqueciéndose con sus interconexiones. Cada radio de la rueda pues, por un lado se divide en cuatro ámbitos –o tres si consideramos los dos intermedios como uno solo– paulatinamente más densos en la medida que cristaliza en lo inmediatamente perceptible. Por otro lado dicho rayo se desdobla en dos ejes, los que pueden verse tanto como la causa de aquel al neutralizarse, como su efecto al polarizarse: el de su derecha activo, positivo, y el de su izquierda pasivo, negativo. Estamos por tanto ante un modelo simbólico que a través de una aparente simplicidad facilita la comprensión de toda una cosmogonía, arrojando luz sobre realidades como las que acabamos de apuntar, referidas a la existencia de diferentes ternarios, los que dicen más acerca de nosotros mismos que cualquier extenso tratado de psicología moderna. En el primero de dichos ternarios el elemento del medio une ambos extremos: así el hombre une la tierra y el cielo, o el alma es la intermediaria entre cuerpo y espíritu. En el segundo, el elemento central (sal) resulta de la neutralización de una fuerza expansiva (azufre) frente a una contractiva (mercurio)11. Pero fundamentalmente el modelo del Arbol de la Vida pone de manifiesto el valor cualitativo de los números –aritmético y también geométrico–, rescatándolo de la visión plana y acumulativa que comúnmente tenemos de ellos. Los diez primeros conforman un todo y sintetizan por tanto las posibilidades completas de la serie numérica, cada sefirah expresa con su cualidad única y distinta, la misma Unidad. Cabe a este respecto señalar cómo la visión simbólica de las cosas nos ayuda a recuperar a menudo verdades que de niños conocíamos, y que pese a su obviedad el aprendizaje profano nos ha obligado casi a olvidar; la distinta energía cualitativa que están expresando, por poner un ejemplo, el ternario y el cuaternario, es algo cuya evidencia se ha ido desdibujando tras la pantalla de otra cosa cuyo nivel de realidad es inferior, pero que el mundo moderno ha elevado a categoría de dogma al cual idolatra: la cantidad. El Arbol Sefirótico recupera pues la verdadera esencia de los números en la cual todas las culturas tradicionales se han fundamentado. Además, al entrar en relación con la estructura del Tarot –con sus arcanos mayores y menores, sus numeraciones y colores– el Arbol de la Vida nos muestra desde la verticalidad de su eje, una múltiple gama de profundidades, matices y vínculos. Y esta concatenación volumétrica que relaciona cada sefirah con los distintos planos, así como contempla un "árbol" en cada una de las sefiroth, nos aleja de la tentación inherente a nuestra formación racionalista de confundir un esquema de gran valor didáctico con algo sistemático, dividido en compartimentos fijos, muy bien dispuestos para nuestro consumo analítico. El Arbol está vivo, como no podría ser de otro modo y su riqueza es idéntica a lo que somos, a lo que expresa cada mineral, cada planeta, a aquello que se nos manifiesta directa o indirectamente y también lo que sin hacerlo, paradójicamente nos alienta.

El libro de La Rueda abre múltiples puertas, algunas de las cuales siguen un extenso desarrollo mientras otras apuntan posibles vías de meditación para que cada cual las siga según sus aptitudes y preferencias12. Un tema que se aborda de forma reincidente y que es especialmente adecuado para el hombre del final de ciclo, ya que le ayuda a efectuar aquellas "rupturas de nivel" que le sacan de repente de la inercia de lo cotidiano para enfrentarle con su propio misterio, es el del tiempo y sus distintas cualidades y lecturas. Es este un ejemplo más de cómo Federico González combina la transmisión doctrinal impecable de unos modelos tradicionales, con intermitentes chispas de luz –golpes de cincel– que en principio parecen descolocar al lector para inmediatamente centrarle. Hay una correspondencia entre los cuatro niveles del Arbol de la Vida y cuatro concepciones del tiempo: en primer lugar, la lectura de un tiempo horizontal "en fuga" que constantemente nos empuja a ninguna parte, luego un tiempo cíclico que es el evidente para todas las culturas tradicionales, en tercer lugar la concepción paradójica de un tiempo atemporal y por último el no tiempo, la simultaneidad, la eternidad. Es obvio que a estas alturas del ciclo cósmico, vivimos prisioneros de la primera lectura, intuimos con más o menos claridad la segunda, pero poco o nada podemos decir de las dos últimas. Pero también es cierto que bajo la extrema pesadez de la literalidad más obtusa, aunque sólo sea por contraposición, tenemos que advertir lo liviano, lo casi inaprensible, y en consecuencia agradecemos enormemente que se nos recuerde que "no sólo estamos condicionados por nuestro pasado, madre o matriz, lo cual resulta casi obvio, sino igualmente por nuestro futuro –puesto que estos extremos se conjugan siempre en la actualidad del presente– que como otro polo nos atrae hacia sí"13. Y en esta misma línea el autor nos invita a reconocer que aquella persona que vemos por primera vez y que nos resulta tan familiar, ya la conocemos de nuestro futuro. Seguro que al hombre viejo le sobrarán argumentos para rebatir semejante invitación, pero ciertamente hay algo en uno que no tiene dificultad en reconocerlo, así como en recordar cada nuevo paisaje, olor o emoción. Nada podría negarnos la certeza de sabernos partícipes de aquellos arquetipos, presentes desde mucho antes del tiempo.

Nos ha tocado vivir en el tramo final de un ciclo, debemos pues desarrollar estrategias para reconocer la luz en medio de nuestra oscuridad, arreglárnoslas para cultivar lo gratuito entre nuestras cómplices vanidades; hoy día la fuerza de tamas es la predominante y por eso mismo "hace explícitas a las demás: en particular a su opuesta sattwa, la cual puede entonces aparecer como 'salvadora' gracias a tamas, con la que se enlaza naturalmente, ya que ambas son una sola y misma energía polarizada, con signo opuesto, invertida la una con respecto a la otra y viceversa"14.

Pese a la densidad tamásica que gobierna estos tiempos, todavía permanece abierta la puerta del amor. A él, el autor dedica varias páginas de su libro señalando que su energía bien empleada, contemplada como algo despersonalizado y que no nos pertenece y en concreto cuando se sabe transferir a la sabiduría, es especialmente adecuada como vehículo de realización.

"Por el amor a la vida y a las criaturas –amor que de ninguna manera es 'ideal'– y a través de ellas, y conjuntamente con ellas, se reitera el rito cósmico permanente"15. Como acto de amor han sido escritos libros como el de La Rueda, que inspirados por las Musas "arrancan de los dolorosos sufrimientos de la tierra, a las almas que yerran en el fondo de los pozos de la vida…"16.


NOTAS
1 Federico González. En el Vientre de la Ballena. Ediciones Obelisco, Barcelona 1990, pág. 21.
2 Federico González. La Rueda, Una Imagen Simbólica del Cosmos. Ed. Symbolos, Barcelona 1986, pág. 34.
3 Según René Guénon, el simbolismo de la copa, análogo al del corazón, también se relaciona con el del libro (gradale-grasale). Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. "El Sagrado Corazón y la Leyenda del Santo Graal". Eudeba, Buenos Aires, pág. 16.
4 Federico González. La Rueda, obra citada, pág. 21.
5 Ibid. págs. 8-9.
6 Ibid. pág. 21.
7 Ibid. pág. 28.
8 Ibid. pág. 71.
9 Ibid. pág. 68.
10 El símbolo de la rueda también sintetiza la idea de cómo las diferentes tradiciones-radios partiendo de situaciones históricas y geográficas bien distintas nos conducen a idéntico fin.
11 René Guénon expone este tema con maestría en La Gran Tríada; nuevamente observamos cómo sus textos y los de Federico González son perfectamente complementarios, ¿no constituyen las obras de ambos autores las dos ruedas del carro de fuego que en el final de los tiempos arrebata a los hombres y mujeres libres?
12 Dicho volumen contiene en germen las ideas que posteriormente desarrollará la obra de su autor. Podríamos decir que junto con su Introducción a la Ciencia Sagrada, Programa AGARTHA, conforman las "dos caras de una misma rueda", cuyos radios constituyen cada uno de los demás títulos publicados.
13 Ibid. pág. 217.
14 Ibid. pág. 192.
15 Ibid. pág. 228.
16 Del Himno a las Musas de Proclo, que junto a la Tabla de Esmeralda y la Máxima Alquímica VITRIOL, abre el libro de La Rueda. Una Imagen Simbólica del Cosmos.
   
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