SYMBOLOS
Revista internacional de 
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BREVE SOBRE SIMBOLISMO CONSTRUCTIVO
IÑIGO CORREA
El mundo "conocido", una solidificación de las energías que conforman el cosmos, es una actualización permanente del origen mítico y su discurrir siempre un rito, todo él una gran construcción simbólica, una obra de arquitectura paradigma y modelo de todo verdadero arte.

Así es y lo ha sido siempre, pese al olvido que desde hace algunos siglos ha ido adquiriendo el "mundo moderno", donde el hombre ha dejado de considerarse centro del universo o síntesis de cielo y tierra, para devenir un agregado más de un inconmensurable universo.1 Si alguien ha sido capaz de rescatarnos de este olvido, es sin lugar a dudas René Guénon. Su obra de más de una veintena de libros, además de numerosísimos artículos y cartas, conforman un legado tradicional donde las verdades universales son expuestas en un lenguaje apropiado a la mentalidad del hombre occidental. Guénon ha sabido desenmascarar las desviaciones o errores producto de este tiempo, remarcando la importancia esotérica y metafísica de la vía tradicional, señalando los símbolos, mitos y ritos como los vehículos más apropiados para el Conocimiento, y mostrando la vía iniciática como el camino que conduce al hombre a través de los mundos hasta su Liberación final, convirtiéndose de este modo su legado en uno de los mayores aportes espirituales que ha recibido Occidente, para todos aquellos interesados en la búsqueda del Conocimiento.

Del simbolismo constructivo en su obra quisiéramos destacar los capítulos que a este respecto se agrupan en su libro Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada2 y que se pueden considerar como ejemplares en tanto marcan los ejes propios de toda idea de construcción. También su extensísima obra referente a la Masonería, que señala como una de las pocas vías iniciáticas que han persistido en Occidente, pero si bien hay que entender que su legado no está totalmente referido al simbolismo constructivo, sí constituye un desvelamiento de este arte, debido a las sinonimias y analogías propias de los lenguajes simbólicos. A continuación presentamos algunas consideraciones al respecto.

El simbolismo constructivo se nos ofrece como un reflejo de esta Gran Obra Celeste y Terrestre que es el Universo y se expresa según un código de módulos numéricos y geométricos que en su estructura, su orden, su ritmo y su unidad configuran lo que se llama arquitectura tradicional. Esta arquitectura "presenta, en la estructura y disposición de las diferentes partes de que se compone, una significación 'cósmica', la cual, por lo demás, es susceptible de doble aplicación, conforme a la relación analógica entre 'macrocosmo' y 'microcosmo', es decir, que se refiere a la vez al mundo y al hombre".3

Aparentemente estática y muda, esta simbólica promueve un despertar de la conciencia y ofrece la posibilidad de atravesar las barreras psíquicas impuestas por el mundo profano, cuya tendencia por lo material confunde aquello que perciben los sentidos con la realidad misma que está tras ellos. Entrar por las puertas de esta arquitectura al recinto sagrado supone una inversión de los conceptos con respecto a este mundo exterior, un iniciarse en un proceso contracorriente hacia otros niveles del ser y emprender un peregrinar por el mundo de la psique individual, lo que se suele representar como un viaje laberíntico4 hacia el centro del ser, representado por el corazón,5 agotándose de este modo todas las posibilidades de la individualidad. Llegado a este punto, el viaje iniciático ya no es representado como un viaje horizontal y se entiende entonces como un ascender desde el centro del ser por el "eje central" que comunica el cielo con la tierra, por donde se remontan los mundos supraindividuales que se ubican más allá de nuestro tiempo conocido. Será entonces cuando se acceda por el vértice celeste a los misterios propios de lo que está más allá de los mundos y sin embargo a todos contiene. Esta simbólica es pues un vehículo, un soporte de meditación que equilibradamente vela y revela, manifestando las leyes y el orden del Universo, actuando pues como puente6 intelectual por el cual el conocimiento de la realidad metafísica se deja advertir en los diversos mundos y niveles del ser por los que el "constructor" transita.

Sin duda alguna las diferentes tradiciones han expresado en su cosmogonía un origen mítico más allá de la creación y del tiempo, un centro del que todo surge, que todo es y a lo que todo retorna, una unidad única e indivisible que se expresa a y en sí misma. Cualquier edificio construido según criterios tradicionales (vivienda, templo, ciudad, carro, etc.) supone, por lo tanto, la instauración ritual de un centro a imagen del verdadero "centro del mundo". Esto es posible ya que este centro "en efecto, no es un 'lugar' en el sentido topográfico y literal del término, sino en un sentido trascendente y principial, y, por consiguiente, puede realizarse en todo 'centro' ritualmente establecido y consagrado, de donde la necesidad de los ritos que hacen de la construcción de un edificio una verdadera imitación de la formación misma del mundo".7 Los ritos de fundación determinan pues el cuándo y el dónde se ubicará el centro de la construcción, lo que supone una fijación del tiempo mítico en el espacio y del espacio en el tiempo. Una imagen en la tierra del verdadero centro del mundo, lo que implica una regeneración que posibilita la actualidad permanente del origen. Realmente este centro es lo más preciado en toda obra de arquitectura y la construcción no será sino la expresión de todas las posibilidades que en él se concentran, es decir, el conjunto de todas las dualidades y de las fuerzas cósmicas resueltas en la unidad. Desde el punto de vista macrocósmico se asimila a la estrella del polo, cenit de la construcción celeste, origen inmóvil de todas sus revoluciones, y su reflejo en el mundo al sol sensible, una abertura del cielo por donde penetran e irradian los mundos superiores y se produce el pasaje a los mundos celestes, un lugar por donde el eje vertical atraviesa el plano que manifiesta, presuponiendo una ruptura de nivel.

La tierra y el cielo han sido representados en la tradición hindú por las dos ruedas de un carro unidas por un eje. "Las dos ruedas, situadas en los dos extremos del eje, representan entonces, en efecto, el Cielo y la Tierra; y el eje se extiende de la una a la otra, así como el pilar central se extiende del suelo a la sumidad de la bóveda"8. Este eje es "un hálito separador, que ocupando el espacio intermedio mantiene el Cielo y la Tierra en sus lugares respectivos"9. Si en este caso la tierra es vista como circular es, como aclara Guénon, por la referencia a las revoluciones cíclicas a que está sometida toda manifestación, si bien la representación más habitual de ésta es según la forma cuadrada, entendida como la síntesis en el cuaternario de todas las posibilidades del denario (apréciese que 1+2+3+4=10=1+0=1), o la fijación cuadrilátera de la forma circular. Por este eje las energías celestes ascienden y descienden; la expansión de éstas en su base forma el plano de la manifestación sensible: la Tierra. Es solamente el reflejo invertido de una realidad supraformal: el Cielo. Este pilar es de hecho el "Eje del mundo", que conecta los centros de todos los estados de existencia con el Centro Supremo. Su expansión en todos los niveles forma la manifestación universal, prefigurando, pues, una natividad, un embrión, un huevo, en cuyo desarrollo el cosmos tomará forma. Se le puede ver también como un rayo, cuya luz permite que Cielo y Tierra, confundidos en la oscuridad de la noche (el "caos precósmico"), se actualicen, ("ordenen") y brillen el uno en lo alto y el otro en lo bajo. Hay que precisar que si el "Eje del Mundo" es contemplado desde un punto de la manifestación, éste se verá en un doble aspecto: por un lado según una representación horizontal que se corresponde con el radio de la rueda y por el otro según su aspecto vertical que se corresponde con el eje en sí.10

El sentido fundamental de toda la arquitectura tradicional reside en su valor simbólico, en la posibilidad de traducir o representar una realidad que no es visible. Si hemos dicho que la construcción de que se trata es una imagen del hombre y del universo es porque se puede establecer una correspondencia, una identidad entre la verdadera obra de arquitectura, el hombre en su más amplia concepción y el cosmos. De esta manera se podrán entretejer estos tres modelos; sus diferentes partes, formas y elementos significativos responden a un mismo pensamiento, están moldeados por las mismas energías. El cuerpo es al hombre trascendente lo que el templo al universo.

Esta simbólica se expresa también en el dominio temporal, donde el proceso constructivo regula los trabajos de edificación, residiendo su interés en la correspondencia que tiene con el acto creacional, pues representa el proceso inverso a la construcción del cosmos, el paso de la diversidad extrema del cuaternario manifestado, a la unidad primigenia de la que todo procede: "el cuaternario no es sino la manifestación de los principios ontológicos expresados por la tríada, la cual proviene del No-Ser, al que se simboliza con el cero".11 Es, por tanto, un rito en el que todos los artesanos son los oficiantes y su actividad artística y científica, una expresión de los principios, lo que provoca "una especie de 'transformación' en la actividad humana y, en lugar de quedar reducida a lo que es como simple manifestación externa (lo que en definitiva constituye el punto de vista profano), pasa a integrarse en la tradición, constituyendo así, para aquel que la realiza, un medio de participación efectiva en ella, lo que significa que reviste un carácter estrictamente sagrado y ritual"12. Los oficios han sido considerados tradicionalmente como una vía iniciática; son por ello actividades de carácter sagrado y han sido tomados como vehículos iniciáticos. La Masonería en Occidente ha representado la vía de conocimiento que canaliza este Arte, y si su origen puede ubicarse junto al del hombre, es decir, en la tradición primordial, o puede situarse, en virtud de las renovaciones propias de los ciclos, en diferentes momentos de la historia, la forma que toma hoy día "procede de las diversas corrientes esotéricas de Occidente y de las adaptaciones de los antiguos rituales operativos que tuvieron lugar durante el siglo XVIII",13 adaptándose desde entonces a los diferentes momentos históricos, transformándose de operativa en especulativa, si bien hay que entender que la verdadera operatividad reside en la posibilidad que ofrece al iniciado para reconstruir su templo interior, tal como, mas allá de las transformaciones o adaptaciones, siempre ha venido siendo. La iniciación en este Arte supone la transmisión de una influencia espiritual regenerada por sus ritos y el trabajo con las herramientas simbólicas.

La construcción tradicional que queda es poca pero es; ella se reconoce por la unidad de su modelo, por un tronco común que la ordena y configura según el arquetipo celeste, ya sea este polar o solar, que permite intercambiar el significado de las diferentes formas que la revisten más allá de modalidades, tradiciones, y tiempos en las que éstas se desarrollan. Así lo ha recogido la historia en todas las sociedades tradicionales: las montañas sagradas, las piedras enhiestas o los betilos son la expresión de la axialidad que comunica cielo y tierra; las cavernas cósmicas que debido al oscurecimiento progresivo de la tradición permiten acceder a este eje oculto desde el exterior de la montaña; las construcciones de los antiguos pueblos nómadas, siempre organizadas por un eje manifiesto o virtual, imagen del eje del mundo; los pueblos sedentarios, aún suponiendo un alejamiento mayor del origen, expresado en la transposición de la visión polar a la solar (lo que formalmente se traduce en el paso del círculo al cuadrado), reflejan esta transposición en su asentamiento territorial y en las construcciones de diversos materiales por las que se han expresado en los más variados estilos.

No es así en los tiempos modernos, tildados por Guénon como una "anomalía"; su arquitectura, es cierto, está fundida con el tiempo en que se expresa, y no es difícil percibir que la directriz general tiende a igualar por la uniformidad más baja. Las tendencias más actuales apuestan desde un punto de vista global por edificios-contenedores capaces mediante la tecnología adecuada de dar cabida a usos indistintos: vivienda, oficina, colegio, etc., según el programa determine. Son edificios normalmente cúbicos o de formas geométricas simples, lo que les permite traspasar las barreras culturales o fronterizas. Son por lo tanto ubicables en cualquier lugar, ciudad o nación, libres de orientación, clima y rasgos culturales. Por otro lado se encuentra la tendencia opuesta, fraguada ya hace varios siglos, que se esfuerza en supravalorar las ideas individuales, especialmente las novedosas por raras, alabando la singularidad de destacados trabajadores de la multiplicidad de la forma y que en el mejor de los casos su plástica no resulta una impertinencia. Realmente no hay posibilidad de diálogo con la concepción tradicional del Arte, y recordemos este párrafo de René Guénon respecto a la "originalidad": "En una civilización tradicional, es casi inconcebible que un hombre pretenda reivindicar la propiedad de una idea, y, en todo caso, si lo hace, se quita por eso mismo todo crédito y toda autoridad, ya que la reduce así a no ser más que una suerte de fantasía sin ningún alcance real: si una idea es verdadera, pertenece igualmente a todos aquellos que son capaces de comprenderla; si es falsa, no hay porque vanagloriarse de haberla inventado. Una idea verdadera no puede ser 'nueva', ya que la verdad no es un producto del espíritu humano, existe independientemente de nosotros, y nosotros solo tenemos que conocerla".14

La Tradición Hermética, propia de Occidente, en la que confluyen diferentes fuentes tradicionales ­entre la que se encuentra la Masonería­ difunde también la cosmogonía tradicional mediante las artes liberales, las que conforman el trivium, ciencia de las letras y las palabras, y el cuadrivium, la ciencia de los números, aritmética basada en el Pitagorismo, que incluye la astronomía, cuya armonía cósmica se expresa en el movimiento de los astros visibles; auténtico baile celeste que en su propio discurrir genera la música de las esferas, y cuyo ritmo se refleja en las proporciones de la geometría del mundo, sita en los cristales y en las flores, en lo mineral y en lo vegetal, donde la alquimia lee y recrea el orden único según el arte de las transmutaciones. La Hermética es cauce para los oficios, masculinos y femeninos, vehículo iniciático de artistas y artesanos "capaces de condensar por su mediación las fuerzas cósmicas, oficiantes del rito creacional, y su arte más elevado: el constituirse en el objeto de su obra".15 Tejedoras, orfebres, sopladores, cesteros, comerciantes, cazadores, agricultores, guerreros, traductores, constructores, nobles, profetas, sabios, reyes y magos, evocaban antaño el orden y la armonía en el rito de su vida y de su oficio, de su hacer, llevando a cabo la más alta misión que el hombre es llamado a cumplir, todo ello gracias al fuego de la pasión y del amor uniendo lo de arriba con lo de abajo y lo de abajo con lo de arriba, "para obrar los misterios de una sola cosa".16


 
NOTAS
1 Ver Federico González: "Los Libros Herméticos", cap. I. pág. 54 de Hermetismo y Masonería. Ed. Kier, Buenos Aires 2001.
2 René Guénon, Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada (del cap. XXXIX al cap. XLIX).
3 Ibid. "El simbolismo de la cúpula", cap. XXXIX, pág. 221.
4 Sobre el laberinto y los peregrinajes mirar id. "La caverna y el laberinto", cap. XXIX, y "A propósito de los peregrinajes", Voile d´Isis nē de junio de 1930, publicado en castellano en Revista SYMBOLOS Nē 13-14 pág. 186.
5 René Guénon, "Los Ciclos Cósmicos", cap. VIII, pág. 110 de El Esoterismo de Dante: "el centro del ser suele ser designado como 'la ciudad de Brahma' por la tradición hindú (en sánscrito Brahma-pura) y que varios textos se expresan en términos que son casi idénticos a los usados en la descripción apocalíptica de la Jerusalén celeste."
6 Sobre el simbolismo del puente ver: "El Simbolismo del Puente", cap. LXIII; "El Puente y el Arco Iris", cap. LXIV; "La Cúpula y la Rueda", cap. XL pág. 226; "El Simbolismo de la Escala", cap. LIV, pág. 294; todos en Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Y "Diferentes clases de Ternarios", cap. II, pág. 30 de La Gran Tríada.
7 René Guénon, "El Simbolismo de la Cúpula", cap. XXXIX, pág. 225 de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada.
8 Ibid. "La cúpula y la rueda", cap. XL pág. 227.
9 Ibid.
10 "En la tradición védica el sol está siempre en el centro del Universo y no en su punto más alto, aunque, desde un punto cualquiera, aparezca empero como situado en la 'cúspide del árbol', y esto es fácil de comprender si se considera al Universo como simbolizado por la rueda, pues entonces el sol se encuentra en el centro de ésta y todo estado de ser se halla en su circunferencia. Desde cualquier punto de esta última, el 'Eje del Mundo' es a la vez un radio del círculo y un rayo de sol, y pasa geométricamente a través del sol para prolongarse más allá del centro y completar el diámetro; pero esto no es todo, y el 'Eje del Mundo' es también un 'rayo solar' cuya prolongación no admite ninguna representación geométrica. Se trata aquí de la fórmula según la cual el sol se describe como dotado de siete rayos."
11 Fernando Trejos: "Notas sobre el número y el cuaternario". Revista SYMBOLOS Nē 21-22, pág. 263.
12 René Guénon, "Oficios Antiguos e Industria Moderna", cap. VIII, pág. 56 de El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos. Ed. Paidós, col. Orientalia. Barcelona.
13 Francisco Ariza "El Templo de Jerusalén en el Simbolismo Masónico". Revista SYMBOLOS Nē 13-14, pág. 71.
14 René Guénon, "El Individualismo", cap. V, pág. 55 de La Crisis del Mundo Moderno.
15 Federico González, "Cosmogonía Perenne". Revista SYMBOLOS Nē 2, pág. 71.
16 Tabla Esmeralda.

 

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