SYMBOLOS
Revista internacional de 
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NOTAS SOBRE EL ZEN
Mª ANGELES DIAZ
Surgido como síntesis entre el Taoísmo y el Budismo Mahayana, el Zen es una escuela de enseñanza tradicional, que tiene como principio la creencia de que todos los seres poseen una naturaleza búdica, por lo que conocerse a uno mismo es conocer y ser la esencia de Buda.  

Esta concepción básica del Zen, (cuyo nombre deriva del sánscrito Dhyana, contemplación o meditación), toma como método para restaurar esa conciencia en el ser humano, una serie de disciplinas y prácticas artísticas destinadas a provocar el vacío mental del alumno, con el fin de que éste quede libre de ataduras psicológicas, libre de conceptos de toda clase, de ideas preconcebidas, esto es virginal o vacío, pues sólo así estará cualificado para comprender las enseñanzas del Zen, diseñadas por antiguos maestros para conducir, al que lo busca, al conocimiento de sí mismo, clave con la que se abren todos los caminos hacia el conocimiento del Ser Universal.1 

Esta es la síntesis de toda la enseñanza Zen, y es en esta simplicidad donde radica su dificultad para expresarla. A medida que uno se adentra en el estudio de estas doctrinas orientales, mucho más difícil se hace poderlas definir. Es más el clima en el que uno queda envuelto, que algo que se pueda fijar o enunciar fácilmente, y aunque podrían haber otras vías desde occidente para penetrarlas, pues tenemos la seguridad de que nada es imposible para la revelación del Espíritu o Inteligencia Universal, sí reconocemos que es gracias a los puentes intelectuales que han establecido autores tradicionales como René Guénon, Federico González, Mircea Eliade, Alan Watts2 o D.T.Suzuki, entre otros, que podemos tratar de explicar nuestra propia comprensión de estas doctrinas, con el único propósito de hacer notar que todas las formas que vehiculan el Conocimiento de la Realidad de Ser son soportes igualmente válidos para todo aquel que busca conocer esa Verdad Transcendente, siempre y cuando uno esté dispuesto a no comprometerse con nada que no sea esa misma Verdad. Es más, esos distintos modelos de expresión que adopta la Tradición Unánime se apoyan entre sí, de modo que una determinada idea o símbolo, puede que se comprenda con mayor claridad al darle un enfoque desde otra perspectiva tradicional, pues éstas no son sino como impresiones plásticas de un mismo "paisaje": el Cosmos. Son manifestaciones del espíritu creador que se encarna en los pueblos y las razas de una manera determinada y que se refleja en su cosmovisión. Las comparaciones que podemos establecer con el modo de ver y entender la vida los diferentes pueblos y civilizaciones de la Tierra, prestando atención a sus símbolos, sus ritos y mitos, sus expresiones artísticas y todo aquello que configuró su historia y su cultura, resulta un método muy provechoso para el estudio de la Ciencia Sagrada, por cuanto uno advierte la coincidencia en lo esencial: la idea de Unidad del Universo, que todas ellas comparten.  

La enseñanza del Zen emplea un método directo para conseguir el despertar del adepto, es un sistema que conduce a la metafísica de modo directo, aunque tal vez sería más atinado decir que señala directamente a la metafísica, tomando como soporte ritual el instante presente, lo natural, espontáneo y cercano, esto es, la propia cotidianidad. Pero se trata de que el alumno lo vea todo de nuevo, de conseguir que observe la realidad que permanece "oculta ante sus ojos", pero eso no se logra corrigiendo algún tipo de anomalía visual: es la psiqué la que debe ser reeducada, y esto requiere, evidentemente, de métodos capaces de lograr el rompimiento de nivel psicológico necesario.  

El Zen tiene como propósito único ayudar al individuo a desvelar la clave con la cual penetrar en la esencia de las cosas, o lo que es lo mismo, el Zen vehícula la transmisión de una visión simbólica o significativa, necesaria para advertir la Unidad que subyace eterna y constantemente expresándose en la apabullante complejidad y orden de la Máquina Celeste.  

La comprensión del Zen no permite el engaño del alumno, pues no existe en esta vía la posibilidad de una iniciación virtual o teórica, de modo que no hay lugar para el que quiere hacerse el listo (el simple erudito), pues el maestro rápidamente advierte su ignorancia, ya que no hay nada fuera de él mismo que tenga que saber para demostrar que ha comprendido el Zen.  

La iniciación se obtiene desaprendiendo antes. De ahí que se diga de estas escuelas que son "colegios donde no se enseña", o "Templos sin puertas". Lo que cuenta siempre es la propia experiencia, la propia comprensión de las enseñanzas, pues uno será más eso (lo que comprende) que cualquier erudición "sapiencial". Ése es el conocimiento al que conduce el camino del Zen, nacido de la sonrisa de Buda y reconocido sólo por su discípulo "preferido". En palabras de un maestro Zen, "aprender el camino de Buda es aprender acerca de uno mismo. Aprender acerca de uno mismo es olvidarse de uno mismo. Olvidarse de uno mismo es estar iluminado por todas las cosas del mundo. Estar iluminado por todas las cosas es prescindir del cuerpo y de la mente propios". 

Es en la pura contemplación, vacío de formas y de conceptos adquiridos, como el hombre consigue penetrar el núcleo de las cosas. Es vaciando su espacio mental, su estructura psicológica o su adulterada personalidad, plagada de egos o poses, como el hombre obtiene su experiencia de satori o iluminación, restaurándose en él su ingenuidad primigenia, la del no saber, o de la "docta ignorancia". Ahí se produce la iniciación y empieza el aprendizaje, es decir, el arte de vivir la iniciación, pues la "única enseñanza es aprender" como dice F. González3. 

-"¿Qué es el Zen? -preguntó un discípulo a su maestro Seug Sahn. 

-¿Qué eres tú? -respondió éste 

    (Silencio)
-¿Comprendes? 

-No sé 

-Esa mente que no sabe eres tú. El Zen es comprenderte a ti mismo". 

Significa que las cosas deben ser observadas como verdaderamente ellas son: tremendamente simples o naturales y sorprendentemente misteriosas o sagradas. Sin que entre ellas y nosotros interfieran los juicios que sobre ellas tengamos pre-fijados, (prejuicios) pues son puntos de vista siempre relativos. Implica, por consiguiente añadirse a ellas, o más bien contemplar que uno ya está añadido. Si algo nos separa de esa perspectiva de unidad, es decir de la Realidad, es nuestra mente, esa que nos hace creer que somos su producto, que quiere comprender por ella misma, que se siente capaz de razonarlo todo partiendo de unos condicionamientos impuestos por las múltiples anécdotas personales, privando al hombre verdadero de reconocer su auténtica naturaleza esencial. Esa mente prepotente (individualista) que hace al hombre esclavo de su ignorancia es la que hay que regenerar, es decir, vaciar, para estar en condiciones de comprender el Zen o el Ser. 

Las enseñanzas del Zen (Chang en chino) conducen a liberar al discípulo de todos esos impedimentos mentales, adherencias o envolturas, que lo tienen distraído de su verdadera naturaleza búdica. 

El Zen sostiene que todo ser humano tiene la posibilidad de contemplar la existencia desde lo absoluto, es decir, liberado de la dualidad. Para conseguir poner al hombre en situación de experimentar esta teoría, ha desarrollado diferentes ejercicios, que se realizan con la ayuda de un maestro. Sobra decir que el estudio del Zen requiere de un compromiso sincero por parte del alumno, y de un seguimiento por parte del maestro. Del conocimiento que el maestro va obteniendo de la naturaleza del alumno, van surgiendo las pruebas y la instrucción.  

En el caso de la meditación Zen, ésta consiste en lograr dejar inactiva la mente, lo que se denomina practicar el arte wu-wei, la no-acción, y es "sacudiendo" nuestra manera de pensar, eso que para nosotros puede representar "el punto de vista lógico", que no es sino nuestra particular manera de ver, como se debe preparar el alma o psiqué para entrar en otros espacios de ella misma, en otra perspectiva más amplia donde la Realidad adquiere visos de su misteriosa trascendencia. 

Sentarse de una determinada manera (sobre un cojín en el centro de una habitación o en una silla, por ejemplo, erguido y orgulloso) son métodos eficaces que ayudan a afirmarse en la realidad. Uno comprueba como en esa postura (que es por sobre todo una actitud) no siente miedo, timidez ni arrogancia. Los pensamientos pasan libres y no condicionados. Tampoco escoge o discrimina ninguno de esos pensamientos, ni imágenes: todos llegan y se van. Aquel que medita en el centro inmóvil de la rueda no tiene interés por ningún pensamiento, siempre periférico, sino en el instante anterior a todos ellos. 

Muchos de los métodos empleados por los maestros de Zen tienden a provocar el desconcierto mental; a veces a través del humor y la ironía, todo ello para disponer el alma del individuo en condiciones de lograr su transformación psicológica y, de este modo, aprender a ver la manifestación como un gran símbolo revelador del Zen. 

Como templos sin puertas que son, las enseñanzas Zen no están sujetas al "ceremonialismo", sino que el Zen se realiza en todo momento. Los maestros del Zen mantienen que el perfecto despertar es compatible con los actos cotidianos de la vida, dado que la libertad, a la que se aspira, no puede estar ligada a ningún tipo de convencionalismo. 

En la literatura Zen se cuenta la siguiente historia acerca de Huai-jang, cuando éste iniciaba al que sería su sucesor Ma-tsu, que entonces estaba practicando la meditación en posición de sentado: 

-Su reverencia -preguntó Huai-jang-: ¿qué objeto tiene meditar sentado? 

-Convertirse en un Buda -contestó Ma-tsu. 

Entonces Huai-jang tomó una baldosa y comenzó a pulirla sobre una roca. 

-¿Qué hace usted, maestro? - preguntó Ma-tsu. 

-La estoy puliendo para hacer un espejo- dijo Huai-jang. 

-¿Y cómo va a hacer que una baldosa pulida se convierta en un espejo? 

-¿Y cómo va a hacer que meditando sentado se convierta en Buda? 

La instrucción que hoy se da en los monasterios o escuelas Zen comienza con un periodo en el cual el alumno debe practicar meditando en el vacío, pero este rito no se hace necesariamente de una determinada forma; el alumno puede pasar este periodo de aprendizaje colaborando en la cocina, o sirviendo a su maestro. Durante esta etapa el maestro apenas interviene, únicamente observa al discípulo. Sólo cuando considera que la predisposición de éste es la adecuada comienza la verdadera instrucción; es decir, que como se ha dicho, "el maestro aparece cuando el alumno está dispuesto". Cada maestro tiene su propio método de enseñanza, esto es, su propio sistema para conseguir que el discípulo adquiera un nuevo criterio para comprender la verdad de todas las cosas y de él mismo. Método que aplica de modo distinto según la naturaleza que observa en cada uno de sus alumnos.  

A medida que las enseñanzas van penetrando en el individuo, y éste queda envuelto en su clima, va surgiendo una nueva perspectiva o cambio interior, que se percibe como afirmación de una intuición intelectual. Es la experiencia del satori (iluminación) sin la cual no hay posibilidad de comprender el Zen.  

Po-chang, de quien se dice que experimentó su satori cuando Ma-tsu le gritó al oído dejándolo sordo por tres días, da esta sencilla definición del Zen: "Cuando tengas hambre, come, cuando tengas sueño, duerme". En cuanto a buscar la naturaleza de Buda dice que "se parece mucho a cabalgar un buey en busca del buey". 

El Zen basa toda su enseñanza en tratar de dirigir la atención a la acción (incluyendo la mental) del presente, pero no es la acción lo que interesa al Zen, sino el Principio inmutable del que toda acción depende. Lo que R. Guénon denomina "acción de presencia", aquello que permanece cuando el vacío mental se produce, es la esencia del Zen. 

Huanng-po escribió un "Tratado sobre los fundamentos de la doctrina de la mente", parte de él recogido por Suzuki. De esta obra es la cita que sigue: 

"Si quienes estudian el Tao no despiertan a esta substancia mental, crearán una mente por encima de la mente, buscarán al Buda fuera de sí mismos y quedarán apegados a formas, prácticas y ejecuciones, todo lo cual es dañino y ajeno al camino que lleva al supremo conocimiento". "Temiendo que ninguno de vosotros entendiera, se le dio el nombre de Tao pero vosotros no debéis basar ningún concepto en ese nombre.4 Así se dice que 'una vez cazado el pez, la trampa queda olvidada' cuando el cuerpo y la mente alcanzan la espontaneidad, se llega al Tao y se comprende la mente universal. En otros tiempos los hombres tenían mentes agudas. Al oír una sola frase abandonaban el estudio y por eso se les llamaban 'los sabios que, abandonando el saber, permanecen en la espontaneidad'. En la actualidad la gente sólo busca atiborrarse de conocimientos y deducciones, confiando mucho en las explicaciones escritas y dando a todo esto el nombre de práctica". 

Esto no significa que la instrucción en los conocimientos teóricos, científicos y el estudio en general, quede excluido para los iniciados del Zen, ni mucho menos; significa únicamente que para comprender la metafísica o despertar a la realidad trascendente del mundo, no son, en absoluto, necesarios estos conocimientos, y a veces, incluso, son un inconveniente. En definitiva, no es de "eso" de lo que trata el despertar, no consiste en eso la iniciación, Neti neti, no es eso, no es eso, como se dice en el hinduismo acerca del Brahma supremo.5 

Lin-Chi, maestro Zen y discípulo de Huanng-po, dijo en cierta ocasión: "Amigos esto os digo: no existe Buda, ni camino espiritual que deba seguirse, ni aprendizaje ni realización. ¿Qué perseguís con tanta ansiedad? ¿Poner otra cabeza sobre la vuestra, ciegos idiotas? Vuestra cabeza está donde debe estar. El problema es que no creéis bastante en vosotros mismos. Y al no creer en vosotros mismos, tropezáis constantemente con todas las situaciones en que os encontráis. Esclavizados y desorientados por las situaciones objetivas, no tenéis ninguna libertad, no sois dueños de vosotros mismos. Dejad de mirar fuera y no os aferréis tampoco a mis palabras. Dejad de aferraros al pasado y de anhelar el futuro. Eso es mejor que diez años de peregrinación".  

Lo que aparentemente se muestra como una gran ironía, incluso sarcasmo, de los maestros Zen, no son más que planteamientos paradójicos con los que abocan al aprendiz, atrapado en un callejón sin salida, a tener que replantearse de nuevo todos sus conceptos y demás fijaciones mentales, pues advierte de la invalidez que éstos tienen para comprender. Es así como provocan, que sin argumentos, la mente se anule y únicamente quede de ella ese espacio vacío, y al tiempo lleno de dudas, de incertidumbres, quieto, inactivo y a la vez expectante. ¿Qué le queda hacer a un hombre en tal circunstancia? ¿Tal vez aprenderlo todo de nuevo?  

Esa es la idea de la doctrina wu-wei, la no-acción, o wei-wu-wei, acción no actuante.6 En medio de todos los pensamientos, de todas las incertidumbres ¿Quién? El nacimiento de ésta pregunta en el corazón del hombre es el inicio de cualquier conocimiento. 

Algunas escuelas Zen han desarrollado un método de enseñanza denominado Koan. Los Koans son una especie de problemas psicológicos que le son planteados al alumno para que éste los resuelva. Muchos de ellos son famosos y han sido transmitidos de forma oral. Se dice que con estos Koans experimentaron en su día el satori algunos antiguos maestros Zen. Este ejercicio espiritual, consiste en meditar en un tema concreto y aparentemente paradójico propuesto por el maestro al alumno, y que éste jamás podrá resolver empleando su lógica racional, por lo que se ve obligado a una reflexión exhaustiva para dar su respuesta al "asunto", que al no darle resultados, acaba por provocarle un estado de catarsis que derrumba todos sus pensamientos y sus nociones de las cosas. Equivalente a decir que se ve obligado a interrumpir su diálogo interno, a desprenderse de sus conceptos y prejuicios, de sus adherencias, en definitiva de todo aquello que le impide entender la naturaleza de las enseñanzas. Embargado por la duda y el desconcierto, el aprendiz inevitablemente queda situado en una nueva perspectiva de su realidad. Se encuentra con que nada de lo que él cree que es, satisface como respuesta al maestro, lográndose dar cuenta que no tiene conocimientos para dar solución a la cuestión.  

Es fácil advertir que la meditación del Koan lo que verdaderamente provoca es una regeneración psicológica de aquel que la experimenta. "El resultado de esta práctica -dice Suzuki- conduce a la visión esclarecedora que penetra en la verdadera naturaleza de todas las cosas".  

Por medio del Koan, el Zen persigue el desconcierto desde el punto de vista de nuestra lógica, pues el Zen es sobre todo ilógico, a decir de Suzuki: "el Zen quiere tomar por asalto la fortaleza de la insensatez". 

Uno de los Koan más famoso, recogido por varios autores, es el que el maestro Hakuin solía plantear a sus alumnos. Este les proponía que escuchasen el sonido que emitía una palmada dada con una sola mano. Luego debían dar sus conclusiones sobre tal "audición". Otro de los más divulgados es aquel Koan que planteaba otro maestro a sus discípulos. Este les enseñaba una vara o báculo, Shippei, símbolo de autoridad y a la vez bastón para caminar, les decía: Si la llamáis vara no es lo propio. Si no la llamáis vara es falso. Entonces decid: ¿cómo la llamareis?7 

Significa que todas las cosas tienen una realidad que podría llegar a ser muy diferente si nos esforzáramos o simplemente nos interesara mirarlas desde un punto de vista más elevado. Buscar la verdad de las cosas consiste en situarse por encima de sus apariencias observándolas desde su unidad o complementariedad para, desde este plano superior de observación, advertir que todo tiene una profundidad hasta entonces incluso inadvertida y que es su Verdad. 

Se trata de situarse simbólicamente en el centro de la rueda, un lugar llamado, por relación simbólica, equilibrio y armonía, un lugar donde no existe conflicto bueno-malo, y por ello un lugar donde necesariamente reina la justicia. Esta idea podría llegarse a comprender sólo en teoría (mentalmente) pero sin producir el resultado de una verdadera transmutación de la conciencia a su estado de permanente equilibrio. Pero aprehender el Zen, como doctrina mistérica requiere necesariamente de la experiencia, al nivel que ésta se produzca, pero experiencia.  

En la doctrina Taoista en general, no es posible quedar atrapado en la forma ritual concreta, porque el método Zen consiste en que no hay método definido, aunque sí pautas generales. La iniciación es instantánea, lo cual no significa que se llegue a ella con el primer Koan planteado (o sí, "ya que todo el Zen está contenido en cada Koan)8, ni que todos alcancen el mismo nivel de comprensión. El aprendizaje puede llegar a ser muy duro, pudiendo pasar incluso años en que un alumno reciba por respuesta a sus preguntas un puñetazo de su maestro como toda contestación.9 Los más capaces o dotados para la enseñanza, pasan a formar parte de la jerarquía dentro de los monasterios. Otros se hacen monjes solitarios que reciben e instruyen a contados alumnos que llegan hasta ellos atraídos por su fama de sabios. Otros, después de recibir el satori, vuelven a sus ciudades y realizan una vida corriente lo que no indica que los que se inclinan por esta opción no pertenezcan también a esa misma jerarquía intelectual como hombres del Zen.10 

El resultado del satori se experimenta como la normal inclinación que uno siente por su naturaleza búdica. Libre y sin necesidad de hacer nada, pero no dejando nada por hacer. Eso es el Zen.11 Y los maestros, sabiendo de las dificultades que el hombre actual tiene para entender esta enseñanza, crean sus métodos. Estos son ingeniosos, sorprendentes, enigmáticos, irónicos, paradójicos, aparentemente absurdos atendiendo a la naturaleza del propio instructor, es decir, al arte con que es capaz de realizar la síntesis que haga posible trasmitir los conocimientos tradicionales. 

Meditar en el vacío, o provocar el vacío mental, no tiene que ver con pretender negar nuestra mente, los deseos o las pasiones; éstos son inevitables siendo como son parte de la naturaleza humana, y no es inteligente desear no desear (aquello de poner una cabeza sobre la cabeza). Se trata de salir de la rueda situándonos simbólicamente en el centro de ella, en el refugio de nuestro corazón (centro del Ser), desde donde es posible observar quietamente sus movimientos, dejando que los deseos y pasiones circulen, que vengan y vayan, como viene la primavera y luego se va, como lo más natural del mundo. Es así como sucede todo, son esas las leyes que rigen el Universo y de las que no es posible la exclusión, porque es ese el ritmo con el que fluye la vida y todos estamos sujetos a sus leyes. Situado en el centro de la rueda, en el corazón, (que es la sede de la inteligencia universal), los deseos banales desaparecen y no queda más que el flujo de la vida, es decir, el Zen, advirtiendose que no hay más que vivirla haciéndonos conscientes de nuestro papel central en ella, contemplando su armonía, su perfección infinita, siempre inacabada, siempre por descubrir. Y uno allí, quieto y sereno, y aunque dure un instante ese reconocimiento, esa entrega, nada importa, porque lo que se percibe es la eternidad, y uno ya no dejará de perseguir ese momento de luz que fecundó su memoria. ¿De dónde vino? ¿De que misterioso lugar llegó el rayo de luz? La respuesta permanecerá oculta en las tinieblas superiores, pero la vívida experiencia, la Verdad de esa realidad sutil, como tesoro encarnado, ya nunca abandonará la morada de nuestro corazón, como sede que es del corazón del Ser del Universo. 

Pero el trabajo continúa, y es arduo para casi todos, pues es menester instaurar definitivamente en nosotros esa conciencia, aunque esto se conciba ya como una lucha interior y continuada, lo que la tradición islámica denomina "la gran guerra santa".12 Es la memoria de ese instante la que debe alimentarse, y sólo la Inteligencia Superior, a través del rito del recuerdo o rito de la memoria, puede mantenerla arraigada y viva. 

Ese único deseo de vivir en plenitud con la Unidad es el motor que perdura cuando se comprende el desatino de dar crédito o identificarnos con lo superfluo y dual, que sólo ocasionan agitación en el alma. 

Después del satori el Koan se convierte en una práctica habitual del monje, con el propósito de mantener viva la memoria de ese momento de luz, pues ahí se halla la semilla del desarrollo intelectual del hombre."Lo más pequeño es lo más poderoso", dice la frase hermética. La disciplina en el ejercicio busca que arraigue la visión obtenida en el satori, de modo que ésta nueva visión obtenida consiga trasformar todos los actos de la vida.  

Y no importa cuantas veces desviemos el camino, o cuantas veces dudemos de nuestra capacidad de comprensión. Los errores no deben hacernos decaer el ánimo ni hacernos sentir culpables, porque ellos están implícitos en el mismo proceso. Lo que verdaderamente importa es la intención del corazón y no olvidarnos de que, en palabras de F. González, "el respeto a lo Sagrado es el principio de cualquier Sabiduría".  

La experiencia del satori por medio de la comprensión del Koan, podría compararse con aquel que después de navegar días, meses o años en busca de tierra, por fin divisa una isla, luego pueden venir tempestades que se la oculten, pero sabiendo ya de su existencia, el navegante se mantendrá a la espera de que pase el temporal y seguirá el rumbo una vez aplacada la tormenta. El rito, que es todo acto hecho desde la comprensión, tiene la facultad de restablecer nuestra memoria viva o reorientarnos constantemente.  

Es de destacar el hecho de que los maestros Zen no conceden importancia a las palabras, es decir, no es la elocuencia ni el discurso perfectamente expresado y razonado el que demuestra que el alumno ha comprendido o experimentado el satori. Son los pequeños gestos, esto es, las reacciones más espontáneas las que hablan por el aprendiz, pues "no hay en el satori -dice Herriguel- ninguna verdad de la cual uno pueda apropiarse y luego restituirla de memoria, sino una nueva forma de ver, de concebir".  

Otro de los ejercicios destinados a provocar el satori o visión intuitiva en el alumno es la meditación zazen. La particularidad de este ejercicio de meditación consiste en que ésta debe ser practicada en todo momento, y no exclusivamente durante las sesiones destinadas a ello, pues se considera que la verdad puede hallarse igualmente estando sentado, de pie, andando o tumbado, es decir allá donde el alumno se encuentre.  

El zazen se basa en la concentración del ritmo respiratorio. Se inspira el aire externo y se expira el aire interno. Esta interrelación que se produce con cada inhalación y exhalación, representa la propia respiración del universo. La Unidad indiferenciada que no conoce fuera ni dentro y en la que se reabsorbe necesariamente la dualidad. No se puede decir con propiedad ni "yo respiro" ni "me respiran", sino que únicamente existe la respiración, como sólo existe la Vida, aunque esta se manifieste de indefinidas maneras. De este modo todos los actos, incluso los más cotidianos, como vestirse, conducir, comer, etc., adquieren un relieve absoluto. Todo cuanto uno es se halla implícito en cada acto o gesto. Tomar conciencia del "ahora" como tiempo transcendente constituye el verdadero rito, que está al alcance de todos.13 Así el camino del Zen se recorre desde lo más concreto y cotidiano de la existencia a lo más sutil y trascendente de esa misma existencia, llegando de la visión horizontal a la vertical, es decir, de la dualidad del mundo manifestado a la Unidad de esa misma manifestación, de un solo "tiro de flecha".  

La respiración, la concentración en el círculo o la rueda, generan imágenes simbólicas que evocan la idea de movimiento y al mismo tiempo de inmovilidad. Como el yin y el yang, también evocan la realidad de un mundo de contrastes entre los opuestos y por eso mismo complementarios. El círculo precisa del punto central, ya sea explícito o tácito, la rueda no giraría si le faltara su eje central e inmóvil; el yin (que representa lo pasivo, receptivo, femenino) necesita de su opuesto, el yang (relacionado con lo activo, expansivo, masculino), para equilibrarse. Está claro que esta dualidad hace posible la manifestación y la vida, como demuestra nuestro propio hálito. Advertir el "Principio de inmovilidad," supone alcanzar la visión real de un cosmos organizado a partir de un eje central, conforme a una ley basada en la armonía entre las partes y el todo. 

Dice Suzuki: "El Zen es el espíritu de un hombre. El Zen cree en la pureza y bondad interior". Se trata de creer en la intuición sincera del corazón de uno mismo, donde reside nuestra verdadera inteligencia, la que todo hombre posee, y esa idea debe ser suficiente garantía para no caer en el desaliento que provocan las muchas dificultades. El trabajo operativo de todo aprendiz consiste, utilizando la simbólica del Arte de la Construcción, en pulir la piedra, limar las impurezas y extraer la joya, siempre original (de origen), que ya está contenida en el interior. 

El maestro Zen enseña al alumno a descubrir su propia y luminosa originalidad, ayudándolo a despojarse de toda afectación o "poses" adquiridas. Son las cáscaras que tienen aprisionado el espíritu del hombre las que deben ser eliminadas, y esto sólo se consigue siendo el alumno quien descubra las cosas, quien haga un trabajo interior que le ayude a comprender el mensaje: que todo se está revelando, y que por ello todo está por descubrir. La comprensión, que es por definición iluminadora, destruye lo ilusorio y da a luz la realidad, queremos decir, la Verdad. La aprehensión de esta idea, es el único medio eficaz para ganar la perspectiva Zen. 

Como todo verdadero maestro, el maestro Zen, revestido de la energía del psicopompos que libera a las almas de sus cadenas, se convierte en transmisor de una "clave" tradicional, la clave de su propia liberación, para ello emplea su arte e ingenio, pero sobre todo su amor (a veces como rigor) con el fin de que el discípulo logre encarnar el conocimiento de sus enseñanzas.  

El Zen, es el impulso vital, la acción simultánea al gesto anterior a la creación, es decir por encima de todo el Zen es la certeza del profundo misterio del no-ser, principio no actuante que todo lo hace. (Haciendo sin hacer). "El Tao que puede ser nombrado no es el Tao Eterno", nos dice Lao Tse. Tao o Zen (pues es la misma esencia) no es una imagen, ni una palabra, o cualquier concepto; es ante todo, una certeza, un impulso constante capaz de cambiar la orientación de la vida de quien lo penetra. Quien conoce lo constante de la vida lo abarca todo. 

Otro de los métodos de instrucción empleado por los maestros Zen se desarrolla en forma de diálogo; se trata de un ejercicio de preguntas y respuestas, diseñadas para despertar la intuición intelectual del alumno, para que llegue a sus propias conclusiones, es decir, que responderá o hará preguntas conforme al criterio obtenido en su satori. 

"P. ¿Las palabras son el espíritu en sí? 

R. No, las palabras son circunstancias exteriores, no son el espíritu. 

P. Siendo esto así, prescindiendo de las circunstancias exteriores, ¿dónde, pues, se puede buscar el espíritu? 

R. No existe espíritu alguno independiente de la palabra. 

P. Si no existe ningún espíritu independiente de las palabras, ¿qué es pues el espíritu? 

R. El espíritu no posee forma ni figura. En realidad no es independiente o dependiente de la palabra. Él es eternamente sereno y libre en su obrar. Si llegas a aprehender que el espíritu no es el espíritu, comprenderás al espíritu y su creación." 
 

Pintura y caligrafía 

El Zen también se trasmite a través del cultivo de las artes. La pintura, la caligrafía, la poesía, la música, la danza, el tiro con arco, la esgrima, los arreglos florales o la ceremonia del té constituyen disciplinas de apoyo a la meditación, con las que el alumno ejercita su cuerpo, su psiqué y su espíritu; son, por tanto, actividades ligadas a la propia realización interior del que las practica, dado que estas artes derivan o tienen su origen en la esencia misma del Zen. "La realización original es una práctica maravillosa", afirma un dicho Zen, mediante la cual se experimenta una evolución hacia el punto de vista universal. 

La pintura Zen es una síntesis entre la caligrafía, la música y la poesía. En ella se contrapone por un lado la delicadeza de los trazos y la fragilidad de los materiales (papel de arroz, seda, tinta), y por otro, la firmeza y el buen pulso que debe poseer (o desarrollar) el que lo ejecuta. Es la impronta, como el fulgor del rayo, lo que debe reflejar el trazo. Esta técnica le da a la pintura la apariencia de obra inacabada, o mejor dicho, no retocada, pues no es el perfeccionismo de la obra lo que la convierte en imagen de la Belleza de las cosas: su verdad, siendo ese trazo inacabado el símbolo con que se sugiere la idea de infinito. Por analogía, siempre seremos más ese trazo que surge espontáneo y natural que cualquier imagen acuñada que tengamos de nosotros, como ser fulanito de tal, residente en tal lugar, con ideas políticas éstas o aquellas, empresario triunfador o fracasado social. Todo eso son imágenes que no manifiestan nuestra naturaleza, sino una serie de anécdotas que nos hacen aparecer como el producto de un tiempo y unas circunstancias determinadas, pero que en definitiva no son más que contingencias de nuestro ser, es decir, un equívoco que condiciona nuestra verdadera naturaleza búdica. 

Cuando se llega a aprehender el sentido de la pintura Zen, el trazo es decidido y sin titubeos, reflejándose en él la tranquilidad de quien está acometiendo una acción guiada por un instinto superior al del simple virtuosismo, pues se trata de sentirse partícipe de un gesto primigenio que se perpetúa en la intención del trazo. Es decir: unidos a la idea que lo contiene, que es anterior a la manifestación de ese gesto. 

Ese trazo inacabado o abierto, es un indicativo de las múltiples posibilidades de desarrollo contenidas potencialmente en un único gesto, como símbolo del Trazo Primigenio y por consiguiente un símbolo de la verdad incognoscible, Principio que está más allá de la propia creación. Ese trazo abierto es una sugerencia sutil, pero nítida, que nos pone en condiciones anímicas e intelectuales de advertir que más allá de todas nuestras percepciones, el misterio se abre ante nosotros como una clara realidad. "La mayor perfección -dice Lao Tse- debe parecer imperfecta, entonces será infinita en su efecto; la mayor abundancia debe parecer vacía, entonces será inagotable en su efecto". 

A través de la pintura y la caligrafía, se descubre el Zen. El practicante debe integrarse completamente en la obra, como si ésta constituyera una fase de su propia respiración. En el flujo que une la idea o inspiración artística con la propia obra, se halla el hombre como intermediario creador o intérprete, lo cual da a cualquier creación el sentido verdadero de arte.  

En el arte, tomado como vehículo de Conocimiento del Ser, o del Zen, no tiene cabida el artificio estético, ni ninguna otra clase de falseamiento de la obra ya que ésta es, ante todo, el resultado de la comprensión de las enseñanzas adquiridas por el artista y por consiguiente nunca un objeto separado de él, pues ambos (objeto y sujeto, u obra y artista) forman parte de la misma revelación. Esa es la experiencia vital Zen que no necesita, ni seguramente le convienen, mayores explicaciones. 

La Cosmogonía es la obra artística por excelencia, su pálpito, que es la vida, está en todo lo que existe y no tiene fin. Toda esa maquinaria celeste y terrestre está al descubierto y al mismo tiempo hoy nos está velado reconocerla. Se dice que antes de estudiar el punto de vista Zen uno ve las montañas como montañas y las aguas como aguas. Una vez se ha alcanzado mayor conocimiento, se comprueba que ni las montañas son montañas ni las aguas, aguas. Y cuando se llega a la substancia y se siente la sorpresa que es la vida, entonces vuelve a ver las montañas como montañas y las aguas como aguas. 

La pintura Zen, efímera y simplista (a veces se pinta también sobre hojas de árbol) es al mismo tiempo muy enérgica en los trazos, lo que le da vida y movimiento, consiguiendo reflejar con la misma intensidad tanto el movimiento (yang) como la más reposada quietud (yin), dado que lo que verdaderamente capta el artista Zen no son las formas, sino la vida que fluye en ellas. Estas dos energías, implícitas en todo, se hallan representadas de manera análoga en la simbología de otras tradiciones, lo que indica que en otro tiempo esto era completamente evidente para todos los hombres. Paradójicamente, hoy, no habiendo cambiado nada de esa realidad, los hombres no somos capaces de advertirlo y son necesarios métodos y disciplinas que nos ayuden a recuperar de nuevo esa perspectiva del mundo.14 Se dice que "la iluminación (la Verdad) existe, y si nada le sugerimos quizá se nos revele como muy diferente".  

En una de sus pinturas, en la que se ve un mono colgado de la rama de un árbol que cae sobre un estanque donde se ve reflejada la luna, el maestro Hakuin, escribió los siguientes versos: 

"El mono trata de alcanzar la luna reflejada en el agua. 

No se dará por vencido hasta que la muerte le derrote. 

Si fuera capaz de soltar la rama y hundirse en el estanque, 

El mundo entero brillaría con claridad deslumbrante". 

También se pintan historias donde se captan situaciones vividas por antiguos maestros y que constituyen enseñanzas expresadas en forma de leyenda en imágenes, y algunas suelen ir acompañadas de poemas. En una de estas pinturas se ve a un monje calentándose en una fogata alimentada con la madera de una estatua de Buda. Sobre esta pintura se cuenta la siguiente leyenda: "Tan Hsia, un monje vagabundo, llegó a un templo abandonado una noche muy fría de invierno. Soplaba el viento y caía la nieve, Tan Hsia decidió que el mejor servicio que podría prestar a Buda era darle calor, y quemó un Buda de madera que había en el Templo para calentarse". 

La pintura Zen muchas veces representa a los maestros en actitudes poco dignas, como limpiándose las orejas, harapientos y burlones, lo que indica, una vez más, que al camino del Zen le sobran las reverencias y el ceremonialismo. A través del arte el Zen promueve iniciar al alumno a captar el hálito del mundo. Cualquier cosa, y todas las cosas, lo manifiestan. Bastaría con que fuéramos capaces de contemplarlas con serenidad inteligente y veríamos que todas están completamente armonizadas. Se trata de reeducar nuestra visión del mundo, de modo que podamos darnos cuenta de esa realidad mágica, pues permanece oculta ante las miradas de todos. El buen observador, cuando contempla las cosas con los ojos de la inteligencia, no sólo mira o ve, también oye y escucha, huele y saborea, y todo eso a la vez que respira y siente. ¿Y acaso ese observador podría ser otra cosa fuera de todas esas percepciones? ¿Dónde situaría uno, cuerdamente, el límite de su individualidad? ¿No es acaso el que contempla el continente y contenido? ¿Y no es acaso la unidad de formas y sensaciones lo que percibimos y nos envuelve? Es por eso que sentirse fuera de esa cosmovisión convierte al ser humano en "desterrado" de su propia realidad trascendente. 
 

Ikebana 

El arreglo floral, Ikebana (que se traduce como: "el arte de conservar vivas las plantas en recipientes con agua") es un ejercicio de meditación que se efectúa a través del arte de armonizar las flores según la naturaleza que ellas poseen. Se caracteriza por el total respeto a la belleza natural de las flores, las cuales una vez abiertas son el símbolo del desarrollo de toda la manifestación pues, como se dice en el Programa Agartha "nada hay que exprese mejor el despliegue de la vida universal que una planta en su pleno desarrollo".15 

Ikebana es una disciplina cosmogónica que sitúa a quien la practica de intermediario entre el Cielo y la Tierra, en cuanto creador del ramo, y en condiciones de poder desvelar los secretos de la estructura universal al participar, como mediador, en una obra que excede su individualidad, por cuanto está claro que su composición artística es una colaboración a una obra de arte que, en sí misma, nadie podría superar en majestad y belleza.  

El arte Ikebana es una actividad sagrada que proporciona los elementos adecuados para conjugar un sin fin de relaciones simbólicas que finalmente se concretizan o resuelven en el ramo. Este ejercicio artístico es un vehículo sagrado, es decir un intermediario (como lo es el Tarot, o el I Ching, por ejemplo) a través del cual el artista establece una serie de analogías y correspondencias simbólicas que le permiten descubrir el juego de relaciones que conforman la estructura de las cosas concretas y sutiles. 

Las imágenes simbólicas que sugiere esta práctica, pueden llegar a ser innumerables. Basta con intentar penetrar en la esencia de cada flor. Esta, siendo parte del ramo, es también el árbol, y por supuesto la semilla que lo contenía, y la tierra que la arropó, el viento que la modeló, el sol que la vivificó, la luna que le dio su energía, la lluvia que la alimentó. Cualquier flor es fruto de la interrelación de la vida, del Ser. El Universo entero está contenido en cada flor, pero ella no es el Universo. Esa es la realidad mágica de las cosas, pues permanece "invisible" y eternamente expresándose. 

Entre las múltiples posibilidades de forma que pueden existir en la composición de un ramo, el arte Ikebana realiza sólo una, pero que al mismo tiempo las contiene a todas, ya que la composición floral imita un modelo arquetípico, idéntico al que muestran otras tradiciones, y observable en las leyes naturales, y por lo tanto también en el interior de cada hombre. "El Cielo es su padre, la Tierra su madre" dice la Tabla de Esmeralda hermética. En el Ikebana todo arreglo floral, tiene tres niveles de altura. Una rama más alta simbolizando el cielo, una baja, símbolo de la tierra y una intermedia que simboliza al hombre, único ser de la tierra capaz de conjugar ambas energías, y es por tanto la síntesis (el hijo) entre estos dos principios que se complementan en él mismo. Reproducir manualmente esta tríada, a través de cualquier modalidad de arte o artesanía es verdaderamente un rito de participación, por comprensión, en el gran Rito, origen de la creación.  

El Zen está en el ramo, como está en el árbol, en sus ramas o en sus hojas, pero si el árbol no existiera, el Zen seguiría existiendo.16 De esta comprensión nace el arte de "reunir lo disperso", cosa que en el Ikebana se hace dentro de los límites simbólicos que establece el propio ornamento floral, al que toma como modelo.17 Consiste en interpretar los signos que a cada cual van proporcionando las plantas, tales como su inclinación espacial, su tamaño, su color, su textura, su perfume, todas son señales simbólicas que le transmiten al artista unas sensaciones determinadas, es decir, que influyen (fluyen) en su propia naturaleza y por eso mismo se coloca en condiciones de verse tal cual, formando parte de esa misma unidad simbolizada por la composición floral que es como decir que advierte su integración total en la Gran Obra de la creación, donde todas las ramas están incluidas y ocupan el lugar y sitio que les corresponde, su espacio propio. "A ninguna de las ramas que uno encuentra se la rechaza por fea. Siempre se la puede incluir. Es cuestión de aprender a ver qué lugar ocupan en la situación: ese es el punto clave. Por eso, jamás rechazamos nada; esa es la forma de establecer una conexión con los dralas (la magia) de la realidad".18 
 

La Arquería 

El tiro con arco o arquería es otra disciplina en la instrucción del Zen. Por medio de esta práctica los alumnos consiguen ser unos expertos en disparar al blanco, pero lo que realmente pretenden los maestros no es hacer de sus alumnos expertos tiradores, sino que lo que en realidad persigue la concentración que exige esta actividad es despertar la intuición natural del aprendiz arquero, de modo que una vez éste ha logrado un buen conocimiento de la herramienta (el arco) y arte en el tiro, el disparo se produzca de modo intuitivo, sin apuntar o concentrarse en el blanco, que nada importa a la naturaleza de las enseñanzas Zen. "Comprometed toda vuestra vida en el tiro de una sola flecha" dicen los maestros arqueros, y es que en esa acción, arquetipo de la acción original, se descubre todo el Zen.  

El arco, construido en madera de bambú llega a medir unos dos metros de longitud, por lo cual es fácil imaginar la enorme dificultad que entraña su manejo, y por consiguiente se ve que no ha sido diseñado para competir deportivamente, por ejemplo, sino que su diseño está adecuado para servir de apoyo a las enseñanzas del Zen.  

La primera fase del aprendizaje consiste únicamente en hacerse con el manejo del arco y la cuerda. Es ésta una tarea tan dificultosa y que exige tanto tiempo de entrenamiento que el practicante acaba por olvidarse de la flecha y el disparo. Su interés se halla centrado exclusivamente en conseguir la tensión correcta de la cuerda, para lo cual necesita acoplarse íntegramente al arco, con firmeza pero con ductilidad, evitando que todo su cuerpo se tense al mismo tiempo, pues el tiro sólo será correcto cuando consiga liberar su cuerpo (y su mente) de tal tensión, y concentre toda su fuerza en la mano. Esto podría inducir a la idea de que el arte de la arquería está reservado a personas de físico fuerte, pero esto no es así ya que tanto hombres como mujeres se ejercitan en él. Ahora bien, sí que son necesarias la paciencia, el tesón y la fuerza de voluntad para no abandonar antes de obtener resultados.  

En esta primera fase de instrucción el maestro del Zen no ejerce ninguna presión o influencia en el discípulo, y su papel consiste en indicarle las reglas básicas de posición y respiración, que deben adoptarse en el ejercicio. Como todo guía espiritual o intelectual verdadero, el maestro pertenece al linaje de los hombres auténticos y éstos no están interesados más que en lo original y genuino de los seres, donde radica la verdad y libertad de todos ellos. Indicando a quienes muestran interés, el camino que sirvió a su propia liberación. El maestro es un ejemplo a seguir (no a imitar) y su método tiene la fuerza de su propia experiencia, requisito imprescindible en toda transmisión real de iniciación al conocimiento. 

El propio aprendiz arquero tendrá que desarrollar una autodisciplina para llegar a conocer sus fuerzas y debilidades, a medida que se descubren las propias energías, se advierte el modo de integrar el cuerpo y la mente en el espíritu del tiro. Sólo de este modo se puede llegar a entender el espíritu que vehícula el arte del tiro con arco. El ardid, por parte del discípulo, queda excluido completamente y los maestros, cuando comprueban cualquier tipo de engaño para llegar a dominar el tiro de forma artificial, sencillamente le quitan el arco al aprendiz y le dan la espalda negándose a seguir instruyéndole.  

Una vez superada la fase con el arco y la cuerda es el momento adecuado para tomar la flecha y prepararse para el disparo. El profesor Eugen Herrigel, filósofo alemán, que se acercó al Zen a través del arte de los arqueros durante algunos años en Japón, describe muy bien su experiencia y el espíritu de las enseñanzas recibidas de su maestro durante todo el periodo de su aprendizaje y hasta alcanzar la maestría. Cuenta Herrigel cómo después de practicar por tres años seguidos aún no era capaz de soltar la flecha, que debía clavarse a dos metros del tirador; siempre al llegar al momento de "máxima tensión", tras lo cual debe producirse espontáneamente la liberación de la flecha, ésta quedaba atrapada en sus dedos, así es que durante unos días de vacaciones acometió la tarea de estudiar donde radicaba su fallo lo cual le llevó a centrar su atención en corregir la posición de su mano derecha, logrando con ésta corrección el éxito de su tiro. De vuelta a las clases enseñó al maestro sus avances, éste al verle lanzar la flecha técnicamente de manera correcta, se negó a seguir instruyéndolo. Finalmente Herrigel logró que el maestro le diera otra oportunidad pero con la condición de que prometiera no violar nunca más el espíritu de la Magna Doctrina. Y así -dice Herrigel- "volvimos a empezar desde el principio, como si todo lo aprendido hasta entonces hubiera sido inútil. Pero, igual que antes, me era imposible permanecer sin intención en la mayor tensión, como si fuera imposible salir del viejo carril. Así, un día le pregunté al maestro: Pero, ¿cómo puede producirse el disparo, si no lo hago yo?" 

-Ello dispara- respondió. 

-Esto ya me lo dijo usted varias veces; formularé pues mi pregunta de otra manera: ¿cómo puedo esperar el disparo, olvidándome de mí mismo, si 'yo' ya no he de estar allí? 

-Ello permanece en la máxima tensión. 

-Y ¿quién o qué es ese Ello? 

- Cuando haya comprendido esto, ya no me necesitará. Y si yo quisiera ponerle sobre la pista, ahorrándole la propia experiencia, sería el peor de los maestros y merecería ser despedido. ¡No hablemos más, pues, practiquemos! 

Durante semanas enteras no avancé un solo paso. En cambio comprobé que esto no me afectaba en lo más mínimo. ¡Estaba ya cansado de todo! Que aprendiera el arte o no; que supiera o no lo que el maestro quería decir con su 'Ello'; que encontrara el acceso a Zen o no, todo esto me parecía tan lejano, tan indiferente, que ya no me preocupaba. Varias veces me propuse confesárselo al maestro, pero frente a él me abandonó el valor. Estaba convencido de no escuchar otra cosa que la trillada respuesta: ¡'No pregunte, practique'! Entonces dejé de preguntar y por poco hubiera dejado de practicar, si el maestro no me hubiera tenido tan firmemente en la mano. Vivía al día sin pensar en el mañana, cumplía en la mejor forma posible con mis obligaciones profesionales y finalmente hasta dejé de tomarme a pecho todo aquello a lo cual había dedicado, durante años, mis más persistentes esfuerzos. 

De repente, un día, después de un tiro mío, el maestro hizo una profunda reverencia y dio por terminada la clase. Ante mi mirada perpleja exclamo: ¡Ello acaba de tirar! Y cuando por fin, comprendí lo que quería decir, no me fue posible reprimir una repentina expresión de alegría. 

-Lo que dije- reprobó el maestro- no era un elogio, sólo una comprobación que no ha de tocarle. Y mi reverencia no estaba dirigida a usted, porque usted no tiene ningún mérito en ese tiro. Esta vez, usted permanecía, olvidado de sí mismo y de toda intención, en el estado de máxima tensión; entonces él 'cayó' como una fruta madura. Ahora siga practicando como si nada hubiese sucedido".19 

Pues, como decíamos, la finalidad del ejercicio es el conocimiento que uno mismo ha logrado adquirir de sí mismo, llave con la que se abren otros espacios de la realidad; y sólo cuando se posee ese conocimiento se está en condiciones de lanzar la flecha. Esta debe sujetarse hasta el momento idóneo para el tiro una vez que el arco obtiene la curvatura precisa, la cuerda la tensión necesaria y la mano se halle en el justo medio. En ese momento de preciso equilibrio entre el arco y el tirador se produce la liberación de la flecha, quedando en ese mismo acto de comprensión simultánea liberado el espíritu del arquero. La propia figura del tirador, envuelto completamente en el círculo que forma el arco extendido, sitúa al corazón del arquero en el centro mismo del círculo, siendo de ese modo como puede verse que este centro desde el que se proyecta la flecha es, a la vez que punto de partida, verdadero blanco de la flecha, al que ésta retorna una vez trascendidos o superados los límites individuales."Cuando la cuerda está estirada hasta donde le permite el arco, éste encierra el Universo."  

El arquero inspira intensamente a la vez que estira la cuerda, hasta quedar lleno de aire, conteniendo la respiración al tiempo que retiene la flecha en un estado máxima tensión o equilibrio. Cuando su intuición inteligente, concretizada en su habilidad en reconocer la sincronía perfecta del momento, le indica soltar la flecha, ésta parte con su hálito que se mezcla con el mundo, en una acción única, y que por cierto, no tiene intención ni interés alguno por los resultados. 

Sólo entonces los maestros presentan el blanco a sus alumnos, situado ahora a unos 60 metros de distancia. Los aciertos son certeros en la mayoría de los disparos, pero ningún iniciado o maestro del arte de la arquería les presta ninguna atención. Cuando aciertan en el blanco (cosa que hacen incluso con los ojos tapados) no se conceden ningún mérito, y tampoco cuando fallan se inmutan, puesto que no hay intención en los disparos. Así el espíritu del Zen siempre decide; lo que importa es estar en sintonía con él de modo que pueda manifestarse en todos y cada uno de los hombres que aman el "Arte sin artificio" por encima de todo. 

¿Dónde o cuándo se inició verdaderamente el disparo?: "La infinita profundidad es la fuente donde se origina todo lo que hay en el Universo", dice Lao-Tse. Caer en la cuenta de esta verdad trascendente supone desinteresarse por cualquier resultado, pero también supone prescindir del arco, o de cualquier ejercicio externo programado. La experiencia cognoscitiva queda impresa en el corazón del artista, que todo hombre es, y toda obra que realiza, a partir de entonces, es una obra de arte.

 
BIBLIOGRAFIA CONSULTADA 
Anne Bancroft
Zen. Ed. Debate. 
Henri Borel
Wu Wei, La Vía del No Actuar. Ed. Obelisco. 
Mircea Eliade
Historia de las creencias y las ideas religiosas. Tomo II. Ed. Paidós. 
Federico González
Introducción a la Ciencia Sagrada, Programa Agartha
La Rueda, Una imagen simbólica del Cosmos. Ed. Symbolos. 
Simbolismo y Arte. Id.. 
René Guénon
Esoterismo Islámico y Taoismo. Ed. Obelisco. 
La Gran Tríada. Id. El Simbolismo de la Cruz. Id. 
Eugen Herriguel
El Camino del Zen. Ed. Paidós. Zen en el arte del tiro con arco. Ed. Kier. 
Lao-Tse
Tao Te Ching
Daisetz Teitaro Suzuki
Introducción al Budismo Zen. Ed. Mensajero. 
Ghogyam Trungpa
Shambhala, La senda sagrada del guerrero
Alan Watts
El Camino del Zen. Ed. Edhasa. 
El Camino del Tao. Ed. Kairós. 
El Gran Mandala. Id.
 
NOTAS
1 "Aquel que ha llegado al máximo del vacío, dice Lao-tsé, estará fijado solidamente en el reposo... Volver a su raíz (es decir, al Principio, a la vez que origen primero y fin último de todos los seres) es entrar en el estado de reposo". R. Guénon, Simbolismo de la Cruz, cap. VII.
2 Alan Watts ha sido un autor completamente impregnado por la Tradición Oriental, lo que se traduce en la manera libre y directa que tiene para exponer su propia comprensión de esas doctrinas. Como Guénon, Watts vuelve a unir Oriente y Occidente, cada uno con su forma. ¿Cómo podría ser de otro modo? 

Algunos tradicionalistas y guenonianos tienen dificultades para comprender a este autor, a pesar del discurso didáctico que emplea, esto se debe a que quedaron "atrapados" por la forma coherente, lúcida e inteligente de Guénon, pero no saben ver que Guénon es por sobre todo un transgresor de formas, pues siempre habla de lo informal, y un "revelador de claves" fundamentales para la mentalidad occidental. La comprensión de estas claves supone el acercamiento entre el Oriente y el Occidente por haberse entendido realmente la Unidad Tradicional y por su medio, la metafísica. Alan Watts reconoció haber comprendido más profundamente la naturaleza de las doctrinas orientales y su relación con el cristianismo a través de dos hombres: René Guénon y Ananda Coomaraswamy. (Ver Revista Symbolos 9-10, pág. 340.)

3 "Un camino de mil millas empieza ante mis pies" Tao Te Ching.
4 "Eres libre de llamarlo Amor. ¿Qué importa la palabra? Yo lo llamo Tao... " En Wu Wei, La Vía del No Actuar de Henri Borel, obra elogiada por Guénon.
5 Suzuki, por ejemplo, era un gran erudito, amante del estudio, tenia la casa llena de libros y papeles, según cuenta A. Watts que lo visitó en su domicilio. Escribía a la vez en varias habitaciones, donde tenia comenzados varios libros, e iba y venía según se sentía inclinado a trabajar en uno o en otro sin tener que recoger el material de referencia.. En ocasiones eran varios capítulos de un mismo libro los que escribía a la vez. "El hombre es un ser pensante –dice Suzuki– pero sus más grandes obras las realiza cuando no piensa ni calcula. Hay que ser como niños, mediante largos años de aprendizaje del arte de olvidarse de sí mismo. Cuando esto se ha conseguido el hombre piensa y sin embargo no piensa." A. Watts, El Gran Mandala.
6 Guénon dice en el último capítulo de Esoterismo Islámico y Taoísmo: "No es a la acción exterior a la que el Taoísmo concede importancia; la considera, en resumidas cuentas, como indiferente en sí misma y enseña expresamente la doctrina del 'no-actuar' cuya verdadera significación los Occidentales, en general, tienen dificultad en comprender, aunque pueden ser ayudados en ello por la teoría aristótelica del 'motor inmóvil' cuyo sentido es el mismo en el fondo, pero cuyas consecuencias no parecen haberse esforzado nunca en desarrollar".
7 Esto nos recuerda aquella frase hermética en la que refiriéndose a la piedra filosofal se dice: "Esto es piedra y sin embargo no es piedra".
8 Eugen Herriguel. El camino del Zen. Ed. Paidós.
9 Se ha dicho que: "toda pregunta bien planteada lleva consigo su respuesta".
10 Desde hace años maestros Budistas y Zen-Budistas también recorren sobre todo Europa y Norteamérica difundiendo sus enseñanzas.
11 "El Tao nunca actúa, pero todo lo hace". Tao Te Ching.
12 Perder de vista el significado real de este símbolo esotérico, es decir, padecer de literalidad o exoterismo, da como resultado los integrismos y fanatismos que han dado lugar a tanta injusticia y dolor en los paises islámicos. La Inquisición española, es otra muestra vergonzosa de hasta donde puede llegar la incomprensión y la ignorancia. Otro tanto podríamos decir de la masacre cultural a los pueblos de toda América.
13 A pesar de su simplicidad, esta meditación del "estar" es una vía sólo para guerreros y héroes, los que armados de una voluntad firme por conocerse a sí mismos. Lao Tse y Chuang-Tse conocían ya la "respiración metódica" según lo refiere M. Eliade.
14 Es el caso del símbolo del caduceo de la tradición hermética, mediante el que se nos revela que la vida siempre se expresa por contrastes; de ahí la necesidad de complementar los opuestos, pues en definitiva de esa unión procede la propia respiración del universo, es decir, que sin esta síntesis no es posible la vida, idea representada, en este símbolo, por el eje vertical a través del cual ascienden estas fuerzas representadas por dos serpientes enroscándose en torno a él.
15 Introducción a la Ciencia Sagrada, Programa Agartha. "Simbolismo Vegetal" (Módulo B-2, Acáp. 11).
16 ¿Es la leña que arde el fuego? y si no hay leña, ¿dónde está el fuego?
17 Se dice que los límites están para superarlos, pero debe entenderse que los límites que establecen las diferentes tradiciones, transmisoras de la Ciencia Sagrada, se superan siempre por arriba, por la vertical. Todos estos límites ayudan a la no dispersión y por tanto reunifican nuestras fuerzas y nos indican la dirección de salida: el ascenso.
18 Ghögyam Tungpa. Shambhala, La senda sagrada del guerrero.
19 Eugen Herriguel. Zen en el arte del tiro con arco. Ed. Kier. Hemos consultado la décima edición de éste libro, dicho sea de paso, en una pésima traducción. Tenemos noticia de que la editorial Obelisco también lo editó hace unos años, esperamos que en una edición más cuidada.

 

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