JULIUS EVOLA: REVUELTA CONTRA EL MUNDO MODERNO. 
V
arias y muy provechosas enseñanzas se pueden extraer de la lectura atenta de esta obra* capital de Evola, la cual ha sido varias veces reeditada (y revisada) desde que vio la luz por primera vez en 1934. De ese mismo año es precisamente la reseña que Guénon le hizo en "Etudes Traditionnelles" (ver sus Comptes Rendus, pág. 13-14), y en la que a pesar de no estar de acuerdo con algunos puntos que en ella se vierten, sí reconoce el mérito y el interés que la obra posee en su conjunto. Precisamente, y según nos cuenta Evola en la nota de la pág. 489, Guénon aceptó examinar las pruebas de la primera edición, y por otras fuentes sabemos que le aportó numerosos consejos y sugerencias, comunicándole referencias y adiciones, a veces rectificando, y contribuyendo finalmente en la puesta a punto del texto definitivo. Esto demuestra que por encima de las diferencias que mantuvieron sobre algunas cuestiones de orden doctrinal (por ejemplo el asunto de las relaciones jerárquicas entre el sacerdocio y la realeza) entre ambos siempre existió una amistad y un respeto que fueron acrecentándose con el paso de los años, como lo demuestra también el hecho de que Guénon aceptara colaborar en "Diorama filosófico" (suplemento cultural de una revista italiana), del que Evola era director allá por los años treinta. Por no hablar de la correspondencia que mantuvieron durante un cuarto de siglo, y que sólo se vio interrumpida por la desaparición de Guénon en 1951. Ciertamente, quienes los hayan leído con cierta profundidad y sin prejuicios, saben que los dos coinciden siempre en lo esencial, que es lo que realmente importa, destacando por encima de todo el carácter supra-humano y metafísico de la doctrinal tradicional (tanto de Oriente como de Occidente), y la infinita superioridad de ésta frente a todo lo que significa y representa la mentalidad moderna. Ambos también coinciden en subrayar las limitaciones propias del elemento religioso, que cuando se desprende de la parte superior de la doctrina (por ignorancia o desprecio) incurre en sus desviaciones sentimentales y fundamentalistas, ejemplo este último del que en la actualidad nos da suficientes pruebas el llamado "integrismo islámico", el cual representa en este fin de ciclo una fuerza puesta al servicio del Adversario. Decimos todo esto porque hemos constatado el intento (por otro lado ridículo y lleno de mala fe), procedente de algunos medios "schuonianos", por crear un enfrentamiento totalmente ficticio entre Guénon y Evola, hurgando en sus escasas diferencias (que como hemos dicho en nada afectan a lo esencial), lo cual persigue un solo objetivo: debilitar la influencia y autoridad que sus respectivas obras han ejercido y continúan ejerciendo en los círculos tradicionales, esotéricos e iniciáticos de Occidente. En realidad, a pesar de su fachada "tradicionalista", los medios de que hablamos son un producto más de esa mentalidad moderna y contratradicional, y como tal actúan.  

Centrándonos en el libro que nos ocupa, diremos que la tesis principal de éste es probar la decadencia del mundo moderno, tomando como referencia y guía "el espíritu de la civilización tradicional". Para Evola la diferencia fundamental entre la civilización moderna y la civilización tradicional consiste en la experiencia del tiempo: mientras que en toda civilización tradicional el hombre está enteramente sumergido en lo supra-temporal y supra-histórico (en el tiempo mítico y vertical), y con esa experiencia vivía cada forma de su mundo, el hombre moderno, por el contrario, está completamente insertado en el constante flujo del devenir temporal, o dicho con otras palabras, es prisionero de la visión horizontal, contingente, disolvente e "histórica" del tiempo. Para la Tradición, nos dice el autor, la verdadera espiritualidad se encuentra más allá de la vida y la muerte, de la generación y la corrupción, que corresponden a la esfera del devenir y del mundo sublunar o samsara. "La existencia exterior, el hecho de 'vivir', nada significa si no se convierte en un medio para aproximarse al supra-mundo (...) si no es un rito para liberarse del lazo humano. Toda autoridad es falsa, toda ley injusta y violenta, toda institución vana y caduca, si dicha autoridad, leyes e instituciones, no están ordenadas según el principio superior del Ser: por lo alto y hacia lo alto". Por eso mismo, la auténtica "rebelión" contra el mundo moderno pasa previa y necesariamente por una toma de conciencia activa (sin ambigüedades ni "misticismos", pues sin duda se trata de un "sacrificio", en el sentido etimológico del término) de los principios e ideas que vertebran el mundo de la Tradición, principios e ideas que Evola desarrolla con su habitual claridad a lo largo de los veintiún capítulos que conforman la primera parte del libro.  

Apoyándose en una copiosa e interesantísima bibliografía (tanto de autores antiguos como contemporáneos, incluidos los textos sagrados de las diversas culturas de Oriente y de Occidente) Evola nos explica cual es la naturaleza del Principio, de la realeza, del símbolo polar, del centro y del eje, del Señor de paz y de justicia, de la noción tradicional del Imperio, del misterio del rito, de la "virilidad espiritual" y uránica, de las dos vías de ultratumba, de la vida y muerte de las civilizaciones, de la iniciación y la consagración, de las relaciones jerárquicas entre la realeza y el sacerdocio, de la universalidad y el centralismo, del alma de la caballería, de la doctrina de las castas, de la participación en las ciencias y las artes, del espíritu tradicional y la ascesis, del espacio, el tiempo y la tierra, del hombre y la mujer, etc. Es decir de temas que se refieren a "la naturaleza del espíritu tradicional y de la visión tradicional del mundo, del hombre y de la vida", y que son recurrentes a lo largo de toda su obra, como es el caso, por ejemplo, de El Misterio del grial y la tradición gibelina del imperio y de Símbolos y mitos de la tradición occidental 

En la segunda parte, titulada "Génesis y rostro del mundo moderno", Evola se adentra en los acontecimientos que durante los tiempos históricos (cuyos comienzos sitúa, siguiendo a Guénon, en torno al siglo VI a. C.) han conducido hasta la decadente civilización moderna, reiterando nuevamente que su punto de referencia para comprender dichos acontecimientos será siempre la civilización tradicional en "su realidad simbólica, supra-histórica y normativa". Abundando en esa realidad para comprender los fenómenos históricos, Evola nos sitúa en esta segunda parte ante una auténtica metafísica de la historia, pues es bajo esta perspectiva transcendente que el evento histórico adquiere su verdadero sentido y significación. La historia es, ante todo, sagrada, y su estructura la teje el mito, la leyenda, la saga, que al estar desprovistos "de verdad histórica y de fuerza demostrativa, adquieren, por esta misma razón, una validez superior, convirtiéndose en la fuente de un conocimiento más real y verdadero. Aquí se encuentra precisamente la frontera que separa la doctrina tradicional de la cultura profana. Esto no se aplica solamente a los tiempos antiguos, a las formas de una vida 'mitológica', es decir supra-histórica, como en el fondo lo fue siempre la vida tradicional: mientras que desde el punto de vista de la 'ciencia' se le otorga un valor al mito por lo que él puede contener de historia, según nuestro punto de vista, por el contrario, es necesario otorgar valor a la historia en función de su contenido mítico, ya se trate de mitos propiamente dichos o de mitos que se insinúan en su trama, en tanto que integración de un 'sentido' de la historia misma. De ahí que la Roma de la leyenda nos hable un lenguaje más claro que la Roma temporal, y que las leyendas de Carlomagno nos hacen comprender mejor que las crónicas y los documentos positivos de la época lo que realmente significaba el rey de los Francos".  

En la historia sagrada de todos los pueblos tradicionales, en sus mitos y leyendas, se menciona la existencia de una edad de oro o primordial (satya-yuga en sánscrito), de una era de los dioses y de la raza de los inmortales, "que poseían la tradición uránica en estado puro y 'uno' (lo que Guénon denominó la tradición primordial), constituyendo la fuente central y más directa de las formas y las expresiones que esta tradición reviste en otras razas y civilizaciones". Para Evola el recuerdo de los orígenes primordiales ha persistido a lo largo de la historia más vivo entre las culturas en que predominó la espiritualidad solar y uránica propia de la "edad de oro" (satya-yuga), en tanto que dicho recuerdo ha permanecido más debilitado entre aquellas otras en donde predominó la espiritualidad lunar propia de la "edad de plata" (trêtâ-yuga), que señala, junto con la "edad de bronce" (dvâpara-yuga) una lenta pero inexorable decadencia que desemboca finalmente en la "edad de hierro" (kali-yuga), que es la última de las cuatro edades o periodos en que se divide el Manvantara o ciclo completo de la humanidad, y que está caracterizada, sobre todo en sus últimas fases (en las que actualmente estamos), por un oscurecimiento e inversión que afecta a todos los órdenes de la existencia, tanto moral, como social e intelectual. Es esa oscuridad la que ha generado el mundo y la mentalidad moderna.  

Tras describir las características propias de la "edad de oro" (situada geográficamente en el extremo-norte o hiperbórea) y de la "edad de plata" (que predominó en las regiones meridionales, en lo que se ha dado en llamar el continente de la Lemuria, y también de Gondwana), Evola destaca la importancia que en el transcurso de la historia humana tuvo el continente de la Atlántida, que comprende casi todo el ciclo de la "edad de bronce", el cual se corresponde con el Oeste u Occidente. Pero aquí nos interesa destacar particularmente lo que para Evola significa el Occidente considerado más allá de su referencia geográfica o histórica: "En realidad, el símbolo del Occidente puede, como el del polo, adquirir un valor universal. Es en Occidente, donde la luz física, sumida al nacimiento y al declinar, se extingue, que la luz espiritual inmutable se enciende y comienza el viaje de la "barca del Sol" hacia la Tierra de los Inmortales [la hiperbórea]". De esta manera "el 'misterio del Occidente' corresponde siempre, en la historia del espíritu, a un cierto estadio que no es el estadio original, a un tipo de espiritualidad que -tanto tipológica como históricamente- no puede ser considerado como primordial. Aquello que lo define es el misterio de la transformación, lo que lo caracteriza es un dualismo y un pasaje discontinuo: una luz nace, otra declina. La transcendencia es 'subterránea'. La supranaturaleza no es -como en el estado olímpico- naturaleza: ella es el fin de la iniciación, objeto de una búsqueda problemática". Es decir que el centro atlántico se convierte en una imagen del centro polar. Conserva, por tanto, numerosos elementos que proceden directamente de la tradición primordial, pero al mismo tiempo también conoció la influencia de las civilizaciones de la "edad de plata", ya sumidas en una cierta decadencia, y a las que Evola denomina las "civilizaciones de la Madre". Por consiguiente en la tradición atlante sobrevivieron testimonios relativos a la sede hiperbórea, a los seres que eran más que humanos, tomando un valor suprahistórico que servía "simultáneamente de símbolos de estados situados más allá de la vida, o bien accesibles solamente por medio de la iniciación. Más allá del símbolo aparece entonces la idea, ya mencionada, de que el Centro de los orígenes existe todavía, pero que está oculto y normalmente inaccesible (como el Edén para la teología católica): para las generaciones de la edad última, sólo un cambio de estado o de naturaleza les puede abrir el acceso".  

Todas las grandes civilizaciones tradicionales que surgen con el advenimiento, o que aparecen a lo largo de la cuarta edad, la "edad de hierro", se muestran como las herederas de la Atlántida, o bien se constituyen como el resultado de la simbiosis entre esta última y las tradiciones que conservaban los símbolos y la doctrina emanados directamente de la tradición primordial. Evola dedica diversos capítulos a describir las características de esas formas tradicionales, como la egipcia, la caldea, la hebrea, la celta, las tradiciones precolombinas de Centro-América, la helénica y la romana. En un medio cósmico y terrestre cada vez más hostil para la manifestación espontánea de la verdad y la auténtica espiritualidad, estas tradiciones (y en general todas aquellas consideradas hoy en día como "primitivas" y arcaicas, algunas de las cuales perviven actualmente) testimonian la presencia en su núcleo más interior de la sabiduría primordial, de una cosmovisión y una metafísica que quedan reflejadas en la construcción de sus templos y ciudades, en la organización de su sociedad, en sus artes y oficios, en su ciencia, en su cultura, en sus textos sagrados y en sus misterios iniciáticos revelados a través del símbolo, el rito y el mito.  

La última gran manifestación de los principios tradicionales se da, en lo que respecta a Occidente, en la Edad Media, sobre todo, según Evola, porque en ella se traslada la idea primordial del Imperio (heredada de la antigua Roma), considerado como la imagen en la tierra del reino celeste y uránico. El Sacro Imperio Romano instaurado por Carlomagno constituye un intento, logrado en parte, por integrar en una sola unidad el cristianismo (que en sus orígenes, según Evola, supuso más bien una fuerza disgregadora que aceleró la caída de Roma) y las antiguas tradiciones occidentales todavía vivas en los pueblos de origen celta y nórdico-germánico, unidad que representó la auténtica razón de ser de la Cristiandad.  

La desaparición de las estructuras tradicionales de la civilización medieval, fue motivada principalmente por el surgimiento de las naciones. El centro o eje unitario que hasta entonces conformaba esa civilización "no manda ya en parte alguna, no sólo sobre el plano político, sino también sobre el cultural. No existe ya una fuerza única que organice y anime la cultura. En el espacio espiritual que el Imperio abrazaba unitariamente en el símbolo ecuménico, nacen, por disociación, zonas muertas, 'neutras', que corresponden precisamente a los diferentes brazos de la nueva cultura. El arte, la filosofía, la ciencia, el derecho, se desarrollan separadamente, cada una en sus fronteras, en una indiferencia sistemática y ostentosa con respecto a todo aquello que podría liberarlas de su aislamiento, dándoles los verdaderos principios: tal es la 'libertad' de la nueva cultura. El siglo dieciocho, en correspondencia con el fin de la guerra de los Treinta Años y la caída definitiva de la autoridad del Imperio, es la época en que esta perturbación toma una forma precisa, donde se encuentran prefiguradas todas las características de la edad moderna. El esfuerzo medieval por retomar la llama que Roma había heredado de la Hélade heroico-olímpica se acaba definitivamente. La tradición de la realeza iniciática cesa, en ese momento, de tener contactos con la realidad histórica, con los representantes de cualquier poder temporal europeo. Tan sólo se conserva subterráneamente, en corrientes secretas como las de los Hermetistas y Rosacrucianos, que se retiran cada vez más a las profundidades a medida que el mundo moderno toma forma". La interrupción con la realidad trascendente conlleva "la concentración de todas las posibilidades en un solo mundo, el mundo humano y temporal, la substitución de la experiencia del supra-mundo por fantasmas efímeros evocados por las exhalaciones confusas de la naturaleza mortal, tal es el sentido general de la civilización 'moderna', que entra ahora en la fase en que las diversas fuerzas de la decadencia, que se habían manifestado en épocas anteriores, pero que fueron frenadas entonces por el poder de los principios opuestos, alcanzan ahora su plena y temible eficacia".  

Ese virus, que se inicia en el Occidente europeo, acaba por extenderse definitivamente por todo el mundo. La enfermedad se "globaliza", como lo demuestra la destrucción sistemática que durante los tres últimos siglos el espíritu moderno ha llevado a cabo con todo lo que aún quedaba de tradicional en los diferentes pueblos de la tierra. Sin embargo, "al margen de las grandes corrientes del mundo, existen aún hoy en día hombres 'anclados' en las 'tierras inmóviles'. Son, por lo general, desconocidos, que se mantienen apartados de todas las encrucijadas de la notoriedad y de la cultura moderna. Ellos guardan las líneas de hecho, y no pertenecen a este mundo. Aunque se encuentren dispersos sobre la tierra, y a pesar de que con frecuencia no se conozcan unos a otros, se encuentran unidos y forman una cadena infrangible en el espíritu tradicional. Gracias a estos hombres la tradición está a pesar de todo presente, la llama arde invisiblemente, y siempre hay algo que religa el mundo al mundo superior. Son 'aquellos que vigilan' ".  

El libro, de lectura obligada, obvio es decirlo, se acaba con varios extractos del Vishnu-purana hindú referidos a las características de la "edad de hierro", que concuerdan perfectamente con lo que está ocurriendo en nuestros días, pero anunciando al mismo tiempo el fin de esa edad y el nacimiento simultáneo de un mundo, un hombre y una tierra completamente regenerados gracias a la acción de un principio celeste. He aquí un fragmento: "Cuando los ritos enseñados por los textos tradicionales y las instituciones establecidas por la ley estén a punto de desaparecer, y el fin de la edad sombría esté próximo, una parte del ser divino, existiendo por su propia naturaleza espiritual según el carácter de Brahman, que es el comienzo y el fin. descenderá sobre la tierra. En la tierra, él restablecerá la justicia: y las inteligencias de aquellos que estén vivos en el fin de la edad sombría se despertarán y adquirirán una transparencia cristalina. Los hombres que así cambien, bajo la influencia de esa época especial, constituirán una semilla de seres humanos [nuevos] y darán nacimiento a una raza que seguirá las leyes de la edad primordial (satya-yuga)". Y Evola añade que en el mismo texto se dice que "el tronco del cual 'nacerá' ese principio divino es una raza de Shambhala: Y Shambhala -recuérdese- se religa a la metafísica del 'Centro', del 'Polo', al misterio hiperbóreo y a las fuerzas de la tradición primordial". Francisco Ariza 

 
NOTA
* Revolte contre le monde moderne. Les Editions de l'Homme. Montreal, 1972. 501 pgs. 
   
 
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