El volcán, montaña de fuego 
La contemplación serena de un paisaje nos enfrenta a la evidencia de que el término "materia" como algo inerte, susceptible sólo de ser medido, analizado y descrito, es un absurdo. Lo que percibimos a través de los sentidos es la solidificación de un aliento vivo, la manifestación de algo inmanifestado que sigue en los tres reinos -animal, vegetal y mineral- una misma ley. La tierra que podemos ver y tocar es análoga a nosotros mismos, tiene un cuerpo sensible, un alma en perpetua combustión, a veces sosegada y otras apasionada, que hace de mediadora con lo que está más allá del movimiento y de la forma, el Espíritu que todo lo exhala y vivifica. Teniendo este proceso expansivo una realidad cronológica, horizontal y sucesiva en el tiempo, tiene también otra vertical y simultánea. La primera nos viene sugerida por la doctrina tradicional de los ciclos cósmicos que nos remite a una época pretérita, la Edad de Oro, a partir de la cual, tras una "caída", lo sutil se densifica paulatinamente, ganando en apariencia lo que pierde en realidad, hasta coagular en lo groseramente obvio. La segunda, frente a la cual ésta adquiere pleno significado, se nos desvela en el instante inaprensible en que sentimos una piedra entre las manos, no imaginamos su palpitar, lo reconocemos. 

El cielo y la tierra visibles son una imagen de la primera polarización de la Unidad en dos principios, uno activo y el otro pasivo, que complementándose se nos manifiestan en un suelo de luz cristalizada que nos sostiene y una bóveda de piedra transmutada que nos protege. Nos es dado contemplar en cada rincón de la geografía, en cada fenómeno natural esta íntima conexión; allí donde posamos la mirada con ganas de ver, nos daremos cuenta de que el espíritu y la materia no son mundos extraños, sino que más bien no pueden ser el uno sin el otro, mostrándonos uno el secreto del otro. Veremos el cielo en la tierra, a través de lo natural, penetrando en sus contornos y aprovechando la fuerza de sus formas, intuiremos lo sobrenatural como algo que no niega su soporte sino que lo engloba. 

Siendo cierto que cualquier parte nos habla del Todo, también lo es que cualquier entorno nos remite a su corazón, centro cualitativamente superior que sintetiza especialmente aquella conexión. Así desde la llanura de lo cotidiano nuestros ojos se detienen ante el perfil de ciertos enclaves que destacan por su potencia y majestad; entre ellos sobresale la presencia del volcán. En él se conjugan el significado de la montaña, eje del mundo, y el del fuego, símbolo por excelencia de lo espiritual. En él, además, los cuatro elementos -fuego, aire, agua y tierra-, se funden en uno solo, hablándonos de la unidad y de la fluidez de energías a través de los cuatro planos de la realidad. 

Si bien es comúnmente conocido el aspecto terrible del volcán, su poder devastador que siega cualquier expresión de vida, su cara atroz que drásticamente asola todo cuanto le rodea -aspecto cuya lectura más alta nos habla del temor de Dios, crucial toma de conciencia de la propia contingencia individual- también lo es su cualidad genésica y purificadora. Esto nos remite al doble simbolismo del fuego, por un lado su aspecto inferior, el fuego destructor que quema y aniquila, y por otro su aspecto más alto, el fuego liberador que limpia y regenera. Las tierras que en otros tiempos han conocido una intensa actividad volcánica son famosas por la exuberancia de su vegetación y su gran fertilidad, así América Central, California, Japón o el sur de Italia. 

También en Cataluña, a escala más reducida, lo cual no disminuye su valor simbólico, tenemos cerca de Olot una zona rica en conos volcánicos cuyos contornos ha ablandado la erosión de los años. Estos volcanes, que los eruditos califican de "muertos", el saber popular los observa con ojos más sabios y respeta su influencia, que clasifica en maléfica o benéfica según sus características. Los maléficos presentan un carácter irregular, sin cerrar y de difícil acceso; están llenos de maleza, el cultivo resulta imposible y la vida animal extraña. Si alguien pretende instalar allí su residencia, se dice que tiene que desistir ahuyentado por la enfermedad y todo tipo de desgracias. En los benéficos, en cambio, las fuerzas subterráneas tras su irrupción se han ordenado formando un círculo perfecto, su cráter acomodándose a su significado etimológico -del griego kratere, vasija ritual- ha diseñado una copa; la Tierra ocupa el lugar subordinado que le corresponde, dispuesta a reflejar y ser cubierta por la acción fecundante del Cielo. Uno de estos y quizás el más representativo es el volcán llamado de Sta. Margarita, cuyo interior lo constituye un prado cóncavo centrado por una pequeña ermita románica del mismo nombre, perfectamente orientada. El visitante, una vez finalizado el ascenso por la ladera, un frondoso bosque de tierra negra y roja, se asoma a un espacio sagrado. A partir de allí penetra en otro tiempo y avanzando en circunvalación va conociendo el aquietamiento, el cese del devaneo estéril de la mente hasta que rodeándolo llega al centro-ermita, que en este caso simbolizaría el mismo altar siendo el cráter el Templo entero. En este punto la lanza que sostiene la Santa ha aplacado el furor del dragón, atravesándolo ha transmutado la pasión del volcán. Antonio Guri 

 
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