SYMBOLOS
Revista internacional de 
Arte - Cultura - Gnosis
 

LA UTOPÍA DEL IMPERIO UNIVERSAL

Cap. XVII del libro

EL SIMBOLISMO DE LA HISTORIA
Una Perspectiva Hermética de la Tradición de Occidente

FRANCISCO ARIZA




Athanasius Kircher.
«Sciathericon Astronomicum Physicum»,
de su obra Ars Magna Lucis et Umbrae, 1646.

Los principios a los que nos estamos refiriendo pueden ser considerados como una utopía necesaria que busca ante todo la perduración en la memoria del origen celeste del género humano, una constante que ha configurado a lo largo del tiempo una corriente de pensamiento –la «cadena áurea»– que ha dado y da sentido a la Historia y a la civilización. Corriente que influyó en la concepción de la Cristiandad substanciada por Carlomagno y la idea del Sacro Imperio Romano, y a la que fueron sensibles determinadas monarquías y repúblicas del Renacimiento, como la hispana, la francesa, la de Bohemia o repúblicas como la de Milán, Venecia, Florencia, Ferrara, etc.

Este fue el caso también de la Monarquía inglesa durante el reinado de Isabel I, la cual se asocia a la virgen Astrea, la Justicia (hija de Astreo y Temis, la Ley) de ahí el apelativo de «Reina Virgen» dado a esta reina, hija de Enrique VIII y de Ana Bolena.1 Como dijimos en el capítulo V el nombre de Astrea aparece en De la Monarquía de Dante2 al evocar aquella parte de las Églogas de su maestro Virgilio referidas al retorno de la mítica Edad de Oro: «Ya vuelve la Virgen, los reinos de Saturno vuelven».3 Dante responde que esta Virgen se identifica tanto con Astrea como con la Justicia, describiendo la virtud intrínseca de esta última en los siguientes términos:

Ha de saberse que la justicia, considerada en su propia naturaleza, es una cierta rectitud o regla, que excluye la falsedad; en sí misma no soporta regateos ni añadidos, como la blancura considerada en abstracto.

Asimismo, en el Convivio (IV, VI, 13-14) podemos leer:

Hubo otros, que empezaron con Sócrates y, después con su sucesor Platón, que observando con mayor agudeza, entendieron que en nuestras acciones se puede pecar, y de hecho se peca, de dos formas: por exceso y por defecto, concluyendo que una acción nuestra que no caiga en un extremo ni en el otro, sino que tenga la virtud de estar equilibrada en un justo medio por nuestra voluntad, era el fin de que estamos hablando, y lo llamaron «acción virtuosa.» A estos se les llamó académicos, como lo fueron Platón y su sobrino Espeusipo, por el lugar donde el primero de ellos profesaba, la Academia.

En la Monarquía Isabelina también se hizo patente la influencia del pensamiento de Dante acerca de la idea del Imperio romano como una «virgen justa», el cual, señala Frances Yates, está

justificado por derecho propio porque generó la edad de oro augustea cuando el mundo era uno, y justificado por Dios porque fue la época en la que Cristo eligió nacer. La luna del imperio toma su luz del sol de la aprobación de Dios. La virgen justa deviene una virgen imperial, sagrada y divina. Es, por otra parte, una virgen de claras tendencias gibelinas que se hace a sí misma, con audacia, prácticamente igual al Papa. En algunas de las cartas de Dante, incluso adquiere el aspecto de una virgen reformista cuya misión es denunciar los vicios del clero.4

Ese «derecho propio», que adquiere el Sacro Imperio identificado con la «virgen justa», desarrollado durante la Edad Media está sustentado en el «Derecho Divino» que el emperador cristiano «recibe» directamente del «Rey del Mundo» (un nombre de Dios dentro de la Tradición sapiencial de Occidente como hemos señalado en varias oportunidades), y que tenía la misión de generar las condiciones para llevar a su pueblo a una nueva «edad de oro» a imitación de la «paz augustea» romana. En este sentido, la autora inglesa, recogiendo las palabras del historiador K. Burdach (que nosotros compartimos plenamente) acerca de que el Renacimiento «surge de la concepción medieval del imperio mundial», afirma lo siguiente:

Todo el proceso del «re-nacimiento» de las artes y las letras está íntimamente ligado con el regreso a una edad de oro clásica, o más bien con la idea esencial de la eterna supervivencia y renacimientos vivos de aquella época. La época isabelina es el gran momento del Renacimiento inglés, y en este sentido el tema de la edad de oro está detrás de él (...). Pero lo que más caracteriza al imperialismo isabelino es, quizás, su uso religioso del tema imperial, por la supremacía sobre Iglesia y Estado –la piedra angular de la posición de los Tudor–, debida a la tradición del imperio sacro. El protestantismo isabelino reivindica restaurar la edad de oro de una religión imperial pura.5

Esa «religión imperial pura» no es otra que la herencia recibida por la dinastía Tudor (y en consecuencia por el naciente Imperio inglés) de la rama artúrica y del ciclo iniciático del «Santo Grial» a ella vinculado, lo cual ofrece una perspectiva más profunda de este hecho histórico incorporándolo plenamente a la metafísica de la Historia, y desde esa visión ha de ser considerada dicha herencia, según nuestro criterio. La Reforma inglesa bebe de esas fuentes originales por «necesidad» podríamos decir, frente a un Papado que usurpó el poder del Sacro Imperio, debilitándolo, para lo cual alentaba a los reyes a arrogarse el Derecho Divino y otras prerrogativas que sólo le correspondían al Emperador en tanto que vicario igualmente de Cristo.6 Como señala a este respecto Frances Yates:

el uso del término «derechos imperiales» como equivalente de «soberanía» muestra que «había una creencia que la verdadera soberanía, es decir, la autoridad independiente e incuestionable, había sido derivada de una apropiación de cada reinado de derechos originalmente pertenecientes al Imperio».7

Ese Papado pretendía una especie de «Monarquía universal» bajo la autoridad de la Iglesia, y no del Imperio, buscando abolir así uno de los dos pilares sobre los que se asentaba la Cristiandad occidental desde sus orígenes. En realidad, ciertas ideas contenidas en la Monarquía de Dante (el emperador como guía destinado a llevar a la humanidad nuevamente al «estado paradisíaco») justificaban los argumentos de estos teólogos y filósofos de la corte inglesa a favor de la creación de su Imperio, que tendría así la «supremacía sobre Iglesia y Estado».

Tal fue el caso del obispo anglicano John Jewel (1522-1571), uno de los inspiradores de la reforma imperial inglesa, o de John Foxe, que en su obra Actas y Monumentos cita a diversos teóricos del Sacro Imperio y determinados filósofos neoplatónicos medievales partidarios de sus propuestas (entre ellos Marsilio de Padua) para desembocar una vez más en Dante, y posteriormente en Nicolás de Cusa, Eneas Silvio Piccolomini (el papa «hermético» Pío II), Marsilio Ficino y Pico de la Mirandola. Todos ellos partidarios de un regreso al espíritu de la Iglesia «primitiva» en clave hermética.




El papa Pío II Piccolomini y el emperador Federico III.

Pero dentro de la corte Isabelina destacó sobre todo John Dee, el más insigne representante, junto a Robert Fludd, de la filosofía hermética y cabalista-cristiana en Inglaterra, y al que debemos considerar como el «inspirador», o el «despertador», en armonía con el «espíritu de su tiempo», de esa idea de la Monarquía Británica que ya aparece en el mito artúrico relatado por Geo rey de Monmouth en su Historia de los Reyes de Britania,

que se basa en el mito de que supuestamente los monarcas británicos eran descendientes de Bruto, a quien se creía de origen troyano, por lo que tenían una directa relación con Virgilio y con la Roma imperial. El rey Arturo, a su vez descendiente de Bruto según esta versión de la historia británica, era el principal exponente religioso y místico del sagrado cristianismo imperial británico.8

John Dee, astrólogo privado de Isabel I, da argumentos políticos mediante el lenguaje y las imágenes de su época (la Reforma imperial británica) de una concepción enraizada en la Historia sagrada de la antigua Albión, donde se habla de las tierras y mares atribuidos al rey Arturo, sobre los que pretende gobernar nuevamente «nuestra Soberana Reina Isabel». Esto lo relata Dee en su obra General and rare memorials pertaying to the Perfect Arte of Navigation («Memorias generales y raras sobre el Perfecto Arte de la Navegación»), obra publicada en 1577 y escrita también en clave simbólica, además de política, haciéndose eco de una herencia espiritual de la Historia mítica británica recogida por la dinastía Tudor, y más concretamente por la corte Isabelina, que veía favorecida por la Providencia para llevar a cabo el cumplimiento de su Destino, de su fatum, a saber: hacer de ella el timonel de la «Nave Imperial» de la Cristiandad.9

Volviendo nuevamente a la función de John Dee estamos convencidos de que esa posibilidad (u oportunidad otorgada por la diosa Fortuna a Inglaterra) ya fue advertida por él, fruto sin duda alguna de su «clarividencia» como teúrgo y mago que conocía perfectamente las correspondencias y analogías que articulan y relacionan entre sí a los tres mundos o planos del cosmos (el mundo celeste o del espíritu, el intermediario o del alma, y el terrestre o corporal), de tal manera que conforman un conjunto ordenado por la Inteligencia divina, y regido por ella con el auxilio de la Sapiencia, la energía que invocan, o deberían invocar los que dirigen los destinos de la humanidad. Por eso el interés de John Dee en visualizar la Reforma inglesa como el soporte religioso de un «Imperio Británico» que ya estaba en ciernes y al que quiso dotar también de una estructura que imitara el modelo cósmico.

Esto incluye naturalmente la organización en lo político y lo económico, y para ello acudió nada menos que a las ideas que a este respecto tenía Gemisto Pletón, uno de los «constructores inte- lectuales» del Renacimiento. Hablando precisamente de Gemisto Pletón, y refiriéndose a este tema, Frances Yates señala:

Sobre el año 1415 dirigió dos discursos al emperador Manuel y a su hijo Teodoro sobre el asunto de los peloponenses y sobre modos y maneras de mejorar la economía de las islas griegas y su defensa. Recientemente se ha publicado una traducción latina de estos discursos, y Dee es de la opinión que deberían ser usados «por nuestros británicos, y de manera especial, hoy, por nuestra gente, cuyo plan (de Reforma del Estado en aquellos Días) podría ser aceptado por los peloponenses» (...) Su significado está claro, un significado que repite en páginas subsiguientes, esto es, que el consejo que da Pletón al Emperador bizantino es bueno también para Isabel, la Emperatriz de Gran Bretaña.10

Indudablemente John Dee conocía las obras filosóficas de Gemisto Pletón y también las que trataban de la legislación y los asuntos que competen a la organización política sustentada en las ideas de Platón, expuestas en la República y las Leyes, fundamentalmente. Sin ir más lejos el propio Gemisto Pletón puso en práctica en una parte del territorio del Peloponeso (Grecia) esas ideas haciendo de Mistra una especie de ciudad utópica al modo de la que fundara Platón en Sicilia. Su Tratado sobre las Leyes y el Memorial a Teodoro son obras donde expone el modelo de la ciudad invisible gobernada por la jerarquía de los dioses, y que al aplicarse al mundo del hombre toma la forma de una organización igualmente jerárquica, siendo la que mejor plasma esa idea la Monarquía o el Imperio, o bien la República cuando es gobernada por los más sabios, tal cual Platón lo plantea en sus obras sobre la filosofía política.

Es muy probable que a través de John Dee, Gemisto Pletón –que vivió un siglo antes que él– también influyera en la corte Isabelina como influyó de hecho a mediados del siglo XV sobre Cosme de Medici, quien como ya sabemos fundaría, junto a Marsilio Ficino, la Academia Platónica de Florencia. Esto no es de extrañar teniendo en cuenta que estamos hablando de autores que, al igual que Dante, pertenecen a la «cadena áurea» de Occidente y por consiguiente están ligados entre sí por la comunión en las ideas de la Sabiduría Perenne.

En el frontispicio de su obra sobre el Perfecto Arte de la Navegación hay un grabado del propio Dee donde aparecen una serie de elementos alusivos a esta idea de recepción del legado imperial, conferido no por los hombres sino por esa potencia de la Historia que es también el Azar, que aquí recibe el nombre de la diosa Ocasión, un aspecto de la diosa Fortuna.

En este frontispicio vemos de nuevo la figura de Isabel acompañada por los tres hombres, pero ahora se encuentran en un barco, cuyo timón coge la reina (aludiendo a las palabras «Cum in nave gubernator»). En el navío aparece el nombre «Europa», y Europa está a su lado montando sobre el toro. Embarcaciones y hombres armados están defendiendo el país. En una fortaleza se encuentra la figura de Occasio. Del Sol, la Luna y las estrellas desciende san Miguel, figura voladora que porta una espada y un escudo. Vemos una espiga de trigo llegando a la tierra boca abajo. La inscripción en griego que rodea el conjunto explica que se trata de un «jeroglífico británico», que está explicado más profusamente en una de las páginas del libro. La moraleja es que Gran Bretaña aprovecha la Ocasión y se expande con fuerza por el mar para fortalecer la «Monarquía Imperial» de Isabel y tal vez incluso para hacer de ella el timonel de la «Nave Imperial» de la Cristiandad. La figura arrodillada de la «Res-publica Britannica» trata fervientemente de gobernar las olas.11

Ese «jeroglífico británico» encerraba una clave, o varias, y nosotros pensamos que una de ellas está en la filiación mítica con la rama artúrica dentro de la idea del Imperio de Isabel I, y que integraba igualmente los valores de la caballería iniciática de la Edad Media acogidos por el Hermetismo cristiano y que se perpetuaría durante el Renacimiento a través de determinadas organizaciones que tenían como modelo las gestas del Grial. Sin embargo, es importante no perder de vista que el rey Arturo, lo que él representaba dentro del Hermetismo cristiano, tenía una dimensión que superaba las particularidades nacionales, es decir era supranacional, en la medida misma en que también lo era el Imperium como entidad sagrada y «polar» directamente emanada del «Centro primordial».12

Curiosamente, esta concepción del Imperio que germina en la corte Isabelina, y que otorga un fundamento de peso a su reforma, nos devuelve a la idea «original» del Sacro Imperio como «guardián» de los valores espirituales de Occidente, una idea que sin embargo se va «desnaturalizando» desde la desaparición de su último gran representante, Federico II, muerto en 1250, al que en estas páginas hemos señalado como uno de los precursores del humanismo renacentista. Sin embargo en este emperador ya se advierten ciertos signos de alejamiento con respecto a ese Centro, donde residía su «legitimidad» imperial como entidad no solo supranacional sino ante todo suprahistórica y metafísica.

II

En este orden de ideas debemos incluir a la Monarquía Hispánica bajo el mandato de Carlos V, que era al mismo tiempo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y con una proyección que verdaderamente puede catalogarse de «universal» al ser igualmente señor de las tierras americanas recién descubiertas. Solo desde un punto de vista externo podríamos considerar ambas monarquías, la hispana y la inglesa, como «opuestas», pues en el fondo una y otra toman como modelo las ideas esenciales que Dante vierte en su libro, que como hemos señalado fue conocido tanto en Inglaterra como en España y el resto de Europa.13

Por adentrarnos en ciertos acontecimientos que están en la fuente intelectual según la cual se organizan determinados periodos históricos, decir que en la corte española de Carlos V, quien fuera su Gran Canciller, el cardenal italiano Mercurio (o Mercurino) Arborio de Gattinara, conocía perfectamente la obra política de Dante. Gattinara fue canciller desde 1517 hasta 1530 (año de su muerte), y en este sentido hay que considerar que en la conformación del Imperio Hispánico, al menos en su teoría, también estuvo presente la idea de la Monarquía manifestada por Dante. Gattinara era un hombre versado en la ciencia hermética, dato a tener en cuenta pues es de los pocos hombres de Estado dentro de la corte del emperador Carlos que acudieron a las enseñanzas de la tradición de Hermes Trismegisto para trazar sus planes políticos e imperiales de acuerdo a la Harmonia Mundi:

Gattinara hacía sus planteamientos desde una convicción profunda: todo se rige por influencia de los astros, en la bóveda celeste está escrito el pasado, el presente y el futuro. Asimismo, era posible acceder a ese conocimiento si se poseía la sabiduría suficiente para descifrar los signos, decodificarlo y leerlo (a través de la observación de los hechos y con la ayuda de la astrología). Para evitar accidentes y obtener el éxito, tanto en la empresa de la Monarquía Universal como en la fundación del Estado, debían adecuarse las formas del mundo terrestre al celeste y de ahí que las previsiones y consejos dados por el Gran Canciller tuvieron siempre presente una consulta astrológica (...)

(...) No cabe duda de que instintivamente hacía suya la tradición hermética basada en el principio de correspondencia donde universo (macrocosmos) y hombre (microcosmos) son un reflejo del uno en el otro y donde lo que hay en uno debe hallarse en el otro. La búsqueda de esta correspondencia forzó el proyecto de Gattinara a concentrar su objeto en la aspiración a interrelacionar ambas partes lo más estrechamente posible, impregnándose la una en la otra, insuflando en la construcción del Estado la sustancia de Dios, o si se prefiere la sustancia del principio de la armonía universal. Según la tradición referida, embebida en las lecturas de cabecera del Gran Canciller, san Gregorio Magno, y Joaquín de Fiore, las cosas semejantes se unen, se entremezclan y se impregnan las unas en las otras. La emulación es el mecanismo por el que se genera este proceso en el que unas cosas adquieren las propiedades de otras. El Estado o la Monarquía, emulando la Creación tenderían así hacia la perfección, encadenándose como anillos que giran entre la tierra y el cielo.14

Tanto el Imperio Hispánico como el Isabelino tenían como fuente de legitimidad el Imperio Romano y el Carolingio, su heredero directo. Carlos V como emperador del Sacro Imperio encarnaba esa legitimidad, y al principio de su reinado no claudicó de su función de «vicario» de Cristo en igualdad con el Papa, o sea conservó la «dignidad imperial» de su cargo emanada directamente de Dios. En este sentido, la Monarquía Hispánica bajo su égida pudo haber realizado, o hecho duradera en el tiempo, la realidad de ese Imperio Universal («un solo pastor y un solo rebaño») anunciada por Dante y que Gattinara pretendió afianzar con Carlos V, al que tenía por un enviado de la misma Providencia, y es en este sentido que consideraba que su poder y autoridad no podían estar supeditados al papa de Roma.

Tengamos en cuenta que la Monarquía gobernada por el jefe del Sacro Imperio incluía los vastos territorios de ultramar, y este era un «signo de los tiempos» que no pasó inadvertido para el Gran Canciller, que vio corroborada en ese hecho la «necesidad» de afianzar el Imperio Universal. Para Gattinara el «descubrimiento» de las tierras allende los mares era la confirmación de que efectivamente había llegado el momento, anunciado desde antiguo, de realizar esa utopía en la Historia. La abolición de los límites marítimos fijados por el «Non Plus Ultra» marcado por las «columnas de Hércules» daba lugar a un «Plus Ultra», a un «más allá», que considerado desde la perspectiva de la simbólica de la Historia supuso la apertura a las realidades de un mundo realmente nuevo y «virgen» presentido ya en las Escrituras y los autores clásicos.




Triunfo de Carlos V, de Hans Guldenmund, 1537. Museo de Viena. La nave es una representación del Imperio rumbo a un «más allá» geográfico y espiritual. A bordo aparecen, con sus atributos respectivos, las tres virtudes celestes en el orden siguiente, y de izquierda a derecha: Esperanza, Fe y Caridad.




Diego de Saavedra Fajardo, Idea de un Príncipe Político Cristiano.
Grabado de Cristóforo Bianchi, 1649.



Isabel I entre las dos columnas de Hércules y con los atributos del Sacro Imperio entre sus manos. Encima de cada una de las columnas están las dos aves que, junto al águila simbolizan el Imperio: el Pelícano (columna de la izquierda) y el Fénix (columna de la derecha).


John Dee. Detalle de General and rare memorials pertaying to the Perfect Arte of Navigation. A destacar la figura de la reina Isabel I con sus tres consejeros dentro del barco «Europa». Los dos mástiles están coronados por sendos crismones, símbolo del emperador Constantino, del que se decía descendiente la reina inglesa. La nave, y la navegación, son alumbradas por el Sol espiritual, que aparece en la esquina de arriba a la derecha.

Tampoco podemos negar, en este sentido, la fina intuición que tuvo Hernán Cortés (al fin y al cabo un hombre del Renacimiento) cuando advirtió la posibilidad que encerraba el descubrimiento de América de engrandecer el Sacro Imperio. En el Prólogo de la segunda Carta de Relación de Hernán Cortes al emperador Carlos V, el conquistador español expone lo siguiente:

Porque he deseado que vuestra alteza supiese las cosas de esta tierra, que son tantas y tantas que, como ya en la otra relación escribí, se puede intitular de nuevo emperador de ella, y con título y no menos mérito que el de Alemaña, que por la gracia de Dios vuestra sacramajestad posee.

Asimismo, en Crónica de la Nueva España (Editorial Agustín Millares Carlo, Madrid, 1971), Francisco Cervantes de Salazar, en conformidad con otros autores españoles e italianos de la época,15 nos habla del destino providencial del Imperio hispano, y de América como el eslabón que faltaba para la creación definitiva de ese Imperio universal, alumbrado en las entrañas de Occidente desde los tiempos más remotos:

Cosa es maravillosa y no digna de pasar en silencio que como Dios, por su inefable y oculto juicio, tenía determinado, no antes ni después, ni en vida de otros reyes (...) en tan dichosos y bienaventurados tiempos alumbrar a tan innumerables gentes como en este Nuevo Mundo había, fue servido como por figura dar a entender al divino Platón y a Séneca, auctor de las Tragedias, que después del mar Océano de España había otras tierras y gentes con otro mar que, por su grandeza, el mismo Platón le llama el Mar Grande.

Estas citas, y otras semejantes, nos indican que el «descubrimiento de América» (al que se unieron inmediatamente los portugueses) formaba parte de una gesta propia del imaginario simbólico de Occidente desde muy antiguo, como algo latente en su alma, que ya Platón y Séneca, y también las Escrituras (el Antiguo y el Nuevo Testamento) habían «previsto» con siglos de antelación, como hemos señalado anteriormente. Entramos de lleno en el mito de la Atlántida como Tradición nutricia y primigenia de muchas de las culturas surgidas a uno y otro lado del océano que lleva su nombre. A este respecto queremos traer aquí nuestras propias palabras en un libro recientemente publicado:

América no fue sino un ‘reencuentro’ de los herederos espirituales de aquella gran civilización que teniendo su centro sagrado en la ‘isla’ Atlántida se extendía hacia uno y otro extremo del ‘Mar Océano’, uniendo efectivamente sus dos orillas, creando en su expansión colonizadora ciudades según el modelo de la original. A este respecto no deja de ser significativo, por lo que tiene de simbólico, que Cristóbal Colón partiera para su gran aventura oceánica de Palos de la Frontera, en la provincia de Huelva, donde antaño floreció la civilización de Tartesos, considerada precisamente como una colonia atlante que pervivió en Andalucía durante siglos.

Y a continuación enmarcamos ese acontecimiento dentro de un ciclo mucho más amplio, como es el de la precesión de los equinoccios, mostrando la perfecta sincronía que existe entre los ciclos mayores y los menores, y sobre todo que el encuentro entre Europa y América formaba parte del plan divino para este mundo:

También es significativo que ese reencuentro se produjera tras un gran ciclo temporal de 12.000 años, equivalente a un período de la precesión de los equinoccios, que es una vuelta completa del movimiento de los cielos, tras la cual, efectivamente, se encontrarían nuevamente los herederos de aquella civilización, y en un tiempo que, como el actual, está destinado según los planes del Gran Arquitecto del Universo a ‘reunir lo disperso’ en vista de un nuevo fin de ciclo ya próximo.16

Europa, empujada hacia el Oeste del mundo por la presión del imperio otomano (que cortaría las vías de comunicación a través de las cuales fluía el comercio y las comunicaciones entre Europa y Asia), encontró en América su «complemento», y las inmensas posibilidades que ese plan divino había trazado para los pueblos que habitaban uno y otro continente (cuyas más importantes culturas se sentían en gran parte herederas de la antiquísima civilización atlante, como hemos dicho) tenían como fin generar una «renovación» de todo Occidente para atender al último período cíclico de la humanidad.17 Podríamos incluso decir que con América, Europa se «redescubre» a sí misma.

Todo está entrelazado en la Historia universal para concurrir en un mismo fin: el desarrollo de las posibilidades latentes en el ser humano, que no olvidemos es una de las tres potencias que rigen el cosmos.18 Por eso hay que atender a los «espíritus más sutiles de la época» pues son ellos (Platón, Séneca, Dante, Gemisto Pletón, Marsilio Ficino, Cristóbal Colón, el canciller Gattinara, John Dee, e incluso Hernán Cortés, por nombrar a aquellos que estamos citando en este momento) los que saben «leer» en la Historia arquetípica contenida en los planes del Gran Arquitecto, interpretando sus distintos significados en un mundo que, como el nuestro y por razones cíclicas, está permanentemente acuciado por el caos y la desintegración. Llevar a cabo esos planes es parte constitutiva del cumplimiento del destino del hombre, y de los pueblos a los que pertenece, un destino que desde luego ya no es sólo individual sino que está entreverado con la Vida universal en su conjunto.

En este sentido, podríamos hallar ciertas analogías entre el papel desempeñado por el canciller Gattinara en la corte de Carlos V y el que varios años después desempeñaría John Dee en la corte de Isabel I. Ambos, representantes de la Tradición Hermética, supieron «leer» e interpretar los signos de esa Historia en el sentido de actualizar aquellas posibilidades que el nuevo tiempo traía consigo, y en consecuencia tratar de que la estructura del Imperio, ya fuese hispánico, portugués, inglés o francés, fuese una emanación del orden cósmico. Y que esa estructura estuviese además regida por un emperador, o emperatriz, que fueran verdaderamente los vicarios de Cristo, del «Rey del Mundo», en su función de mediadores entre el cielo y la tierra, como los emperadores cristianos lo habían sido desde los tiempos de Carlomagno, y aun anteriores, pues debemos remontarnos a Constantino en el momento en que cristianizó el Imperio romano.19

Los propios «basileos» o emperadores bizantinos que gobernaban el Imperio de Oriente gozaban plenamente de esa independencia, y por eso mismo hubo intentos, en el caso de Carlos V, de dotarlo de poderes análogos a los que ostentaba el emperador de Bizancio. Precisamente, y con esto volvemos a enlazar con uno de los puntos que tratábamos anteriormente, existió durante un cierto período de tiempo esa doble autoridad sacerdotal-real de Carlos V a imitación de los emperadores cristianos de Bizancio, y demuestra que la intuición y los deseos de Hernán Cortés se cumplieron, al menos en parte, durante todo el período en que el Sacro Imperio perteneció jurídicamente a la Corona hispana. A este asunto se refiere la siguiente cita:

Ahora bien, no puede negarse que el universalismo imperial hispano partió de su Real Patronato de Indias. Cuando en 1493 la Santa Sede concedió a favor de los monarcas hispanos la posesión de las islas ο tierras por encontrarse en Indias, nunca imaginó que se descubriría un nuevo continente. Esta «donación» traslucía la visión de un mundo medieval feudalmente dependiente de Roma en el que el verus imperator era el sumo pontífice (...). Pero al mismo tiempo la Santa Sede, al designar a los reyes de España como patronos ο cabezas de la Iglesia en Indias, permitió que los teólogos y juristas españoles forjaran una nueva mitología imperial de corte bizantino. Así surgió la idea de Carlos V como el nuevo Mesías, el delegado de Dios en la Tierra, el buen pastor ο el renovador y pacificador del mundo que repondría la edad de oro bajo la égida de Astrea ο la Justicia (...). El lema imperial de Carlos V –el Plus Ultra– aludía a esta nueva monarquía universal cristiana que, a diferencia del antiguo imperio romano, señoreaba sobre el Nuevo Mundo con un poder casi ilimitado...20

Aparece de nuevo aquí la «virgen Astrea», pero esta vez ligada al Imperio hispano, y medio siglo antes de que los ingleses isabelinos la invocaran nuevamente, lo que nos demuestra que existía por doquier en Occidente una «remembranza» de este mito, recuperado por Dante en su Monarquía, no lo olvidemos.21 Siendo tan distintas las Monarquías española e inglesa, alineadas respectivamente con la Contrarreforma y la Reforma, sin embargo el mito de la «virgen Astrea» tenía en ambas la misma potencia evocadora de la inminencia de un «mundo nuevo», siendo esta una de las ideas-fuerza que promoverían la necesaria «renovación imperial» tras el fin de la Edad Media.22

Astrea, la deidad ligada al nacimiento de un nuevo ciclo dentro de la Tradición occidental, y relacionada con la «refundación» de Roma como Imperio, aparece nuevamente en el Renacimiento tras la Edad Media, y precisamente vinculada tanto con el Imperio de Carlos V como posteriormente con el Imperio Isabelino.

III

Pero esa «renovación» que traía consigo el «descubrimiento» de América se truncaría, según nuestro entender, en el momento en que Carlos V disoció la titularidad del Sacro Imperio Romano Germánico (título que deposita en su hermano Fernando I de Habsburgo) de la Monarquía hispánica. Cuando Carlos V tomó esa decisión su canciller y consejero Mercurio Gattinara, ya había muerto, y por tanto no pudo el monarca recibir su consejo al respecto, que habría sido el de persuadirle de tomar dicha decisión, la cual supuso de facto impedir la realización del Imperio Universal, dejando en evidencia que hubo aquí un desconocimiento de lo que significaba el descubrimiento de América desde la perspectiva de la metafísica de la Historia.

Justamente, fue ese desconocimiento el que llevó a separar jurídicamente la titularidad del Sacro Imperio del destino de la Monarquía española. El hijo de Carlos V, Felipe II, gobernaba sobre un inmenso territorio como un rey vinculado a una Monarquía nacional, pero no como titular del Sacro Imperio, lo cual le hubiera dotado además, y en su función de gobernante de la Cristiandad, de una independencia con respecto al Papado mantenida en cierto modo por su padre Carlos V, y que era imprescindible para constituirse verdaderamente en heredero de Carlomagno y su idea del Imperio.

Esto tuvo naturalmente su importancia para el desarrollo posterior de la Historia de Occidente y del mundo en general, pues de hecho las consecuencias de esa división fueron enormes. Para empezar, con esa decisión comienza a vaciarse de contenido la función (o una de las funciones) para la que fue concebido el Sacro Imperio, el cual hubiera visto colmadas sus expectativas y su destino en la tierra teniendo bajo su regencia unos territorios que, como Europa y América, abarcaban ya los dos hemisferios del mundo. Un Sacro Imperio cuyas ideas medulares no eran otras que la justicia y la paz como emanaciones del pensamiento del «Rey del Mundo» («Rey de Justicia y de Paz») por encima de los intereses particulares de las naciones y Estados, y el hecho de que pudiera seguir estando unido jurídicamente a un Reino, el hispano, que había «descubierto» las tierras de ultramar, hubiera tenido con toda seguridad una potencia geográfica, política y espiritual sin parangón en la Historia del mundo.

En el ámbito hispano, la «renovación imperial» se cumpliría a medias, o mejor aún, fue abortada cuando estaba conformándose como una realidad, especialmente en América. La «torpeza» de Carlos V al separar jurídicamente la Monarquía hispana del Sacro Imperio Romano Germánico lo dejó sin un poder efectivo. Y así, quien fuera designado (el Sacro Imperio) por la Providencia para contener a las fuerzas disolventes del Adversario quedó definitivamente debilitado para ejercer ese poder, repercutiendo negativamente en toda la Cristiandad, que en esos momentos descubría «otras tierras» y «otros mundos».

En efecto, el Sacro Imperio estaba destinado a jugar un papel medular en la Historia de la humanidad para un ciclo concreto de ella (también en el nuestro, el del mundo moderno, que comienza de hecho al final del Renacimiento), quedó debilitado, y delimitado, en las fronteras de Europa, y más concretamente de centro Europa, involucrándose en las luchas intestinas entre estados y legitimidades territoriales y religiosas (Contrarreforma versus Reforma), que en efecto debían estallar con toda su crudeza a principios del siglo XVII.23 La concepción supranacional e integradora inherente al Sacro Imperio desapareció de hecho y con ella esa virtud no menos innata que consiste en perseguir la «Unidad en la diversidad» o «En lo diverso uno» («E pluribus unun», frase que se atribuye a Virgilio),24 una unión que verdaderamente solo puede emanar del Espíritu, y no desde luego de los intereses «nacionales» y partidistas, que fueron precisamente los que acabarían prendiendo también en la Monarquía inglesa tras la muerte de Isabel I, «contaminando» definitivamente la virtualidad de su «Imperio sacro», y por tanto impidiendo su «renovación».25

Recordemos nuevamente que quienes diseñaron Europa (Carlomagno, así como sus «doce pares» y los filósofos y teólogos de su corte, fundamentalmente), sabían que ésta tenía dentro de sí, y continúa teniendo, fuerzas centrífugas muy poderosas que empujan hacia la división y la ruptura, y para mantenerlas controladas resucitaron la idea del Imperio romano como factor «aglutinador» y «unificador» de todo ese conglomerado de naciones y países de procedencias culturales diversas, e incluso muchas de ellas, especialmente las de las regiones nórdicas, ni tan siquiera habían recibido directamente la influencia de ese Imperio, pero sí la del Cristianismo una vez que Roma desapareció como tal. Nació así el Sacro Imperio, o sea el Imperio Carolingio, que fundió en una sola entidad las tres grandes herencias vertidas en el alma europea: Roma (y con ella la cultura clásica), los vestigios de las tradiciones nórdicas y celtas, y por último el Cristianismo (inseparable de sus orígenes orientales y judíos), siendo capaz esta entidad político-espiritual de canalizar todo ese enorme caudal de energía creativa que siempre brota con el nacimiento de una civilización. Señalemos que en la formación del Imperio Carolingio intervinieron «representantes» de las tres naciones europeas sobre las cuales pivotaría principalmente toda la Edad Media: Inglaterra (o Britania), Francia y Alemania. La primera por la destacada labor de Alcuino de York y sus colaboradores ingleses e irlandeses en la creación de la Escuela Palatina, que tomó como modelo la de Atenas y Roma fijando las líneas maestras de la educación y el desarrollo de la cultura en todo el territorio carolingio. La segunda, Francia, obviamente por ser ella la sede de ese Imperio, y Alemania por la extracción germánica de la dinastía franca del propio Carlomagno. Y nos llama poderosamente la atención que fueran precisamente los litigios entre esas tres naciones los que, en diferentes períodos, pero de manera recurrente, contribuyeran al paulatino desmembramiento de esa unidad fundacional. Recordemos igualmente que a principios del siglo XIV el Sacro Imperio en su versión romano-germánica fue menoscabado conscientemente por las acciones claramente contra-tradicionales (y anticristianas) venidas del Papado en connivencia con el poder de cierta realeza. Por decirlo de manera muy escueta fueron esas acciones las que «desataron» las fuerzas rupturistas de la unidad europea, y desde entonces sus influjos disolventes, con mayor o menor intensidad, no han dejado de estar presentes en el devenir histórico del Viejo Continente.26 Por eso mismo, y visto con la perspectiva del tiempo, se hizo más necesaria que nunca la posibilidad de haber realizado la utopía de un Imperio Universal.

Sin ir más lejos, el ya citado obispo anglicano inglés John Jewel se lamentaba en 1560, de modo profético, de esa situación anómala en los siguientes términos:

El imperio de Roma contuvo una gran parte del mundo, como Inglaterra, Francia, España, Alemania, etc. ¿Dónde está ahora Inglaterra? Se ha separado del imperio, y no forma parte de él. ¿Dónde está Francia, España, Italia, Ilírico? [región que se corresponde en parte con los actuales países balcánicos] ¿Dónde está la propia Roma? Han sido tomadas, y no forman parte del imperio. ¿Dónde está Macedonia, Tracia, Grecia, Asia, Armenia, etc.? No podemos pensar en ellas sin pesadumbre: pertenecen a los turcos: han sido tomadas y no forman parte del imperio. ¿En qué se ha convertido la gran presencia que tenía el emperador en todo el mundo? Ahora en comparación no es nadie. ¿Qué parte del imperio le pertenece? Ninguna. No le queda ninguna ciudad ni pueblo. ¿Qué ha ocurrido con todo lo que le pertenecía? Se ha disuelto; se lo han llevado; y su estado ha devenido nada.

Estas palabras las recoge Frances Yates en su libro sobre Astrea, añadiendo a continuación la autora inglesa:

el Papa había destruido al Imperio Romano y roto en pedazos el mundo cristiano. ¿Quién fue, se pregunta, el que envenenó al emperador Enrique VII (el emperador que Dante sitúa en el Paraíso) incluso en el acto de recibir Sacramento? De la misma manera, se colocó el veneno «de nuestro rey Juan de Inglaterra en una copa». Aduce numerosos ejemplos de la actitud desdeñosa de los Papas hacia los emperadores, y se queja de la supresión del emperador Fernando I en el Concilio de Trento, y de la usurpación por los Papas modernos de la figura de autoridad de los emperadores en los Concilios Generales.27

Por eso mismo nosotros pensamos que el Renacimiento inglés de la época Isabelina estuvo ligado a la necesidad de hacer «resurgir» el Sacro Imperio con un monarca, o emperatriz en este caso, que no estuviera condicionada por el poder de la Iglesia Católica, y de hecho Isabel I era independiente de ese poder, y su corte pudo acometer las reformas necesarias para la «restauración imperial», que como hemos dicho se sostuvo en el mito del Rey Arturo, heredero del Imperio como concepto «polar» y todo lo que este representaba de retorno al origen en tanto que fuente de inspiración para el presente. Se puede afirmar, pues, que el Imperio Isabelino encarnó por un tiempo la idea original del Sacro Imperio, como la encarnó por un tiempo también la Monarquía hispana de Carlos V. De esta manera podría hablarse de una especie de translatio imperii por medio del cual el inglés lo recibiría, ciertamente de manera intangible y sutil, del hispano.28




El rey Arturo como eje polar de la «Rueda del mundo», movida por la diosa Fortuna.
Manuscrito medieval, 1316.

De «translación» podría hablarse también en lo que respecta a determinados personajes y organizaciones herméticas (como los rosacrucres), que arribaron efectivamente a las Islas Británicas en busca de «refugio» cuando a principios del siglo XVII empezaron en el continente los graves conflictos entre los Estados que apoyaban la Contrarreforma y la Reforma. De manera misteriosa, el destino del Sacro Imperio ha estado ligado de una forma u otra al destino de las organizaciones esotéricas y herméticas de Occidente.29

Por eso mismo, lo que nos interesa subrayar en este momento es que el Sacro Imperio, como entidad metafísica y en tanto que energía-fuerza del espíritu, es la utopía de un «mundo otro» no solo política sino también personal, y en este sentido constituye un modelo hermético de la realización interior, o sea un viaje por la Cosmogonía como soporte de Conocimiento. Quienes así lo asumen entienden, en conformidad con Platón y con Dante, que dicha idea es la forma de gobernar su propia alma según los principios universales, y que ella debe proyectarse igualmente en el Estado y en la ciudad externa y visible, es decir en la civilización en el sentido verdadero del término. Es más, diríamos que el Sacro Imperio, y precisamente por su naturaleza «sagrada» y por tanto inviolable, es una concepción que, en sentido estricto, no puede ser realizada plenamente en el devenir de la Historia, pero sí constituir una potencia espiritual que de hecho ha permitido, en determinados momentos cíclicos, cobijar en su seno la presencia inalterable de la Tradición en ese mismo devenir, acercándose así a esa perfección vivida por el ser humano en el «Jardín del Edén». El Sacro Imperio prefigura a la «Jerusalén Celeste», de ahí también su carácter escatológico para el «fin de los tiempos».

A propósito de esto, Tomasso Campanella escribe en La Monarquía Hispánica:

Hay una cosa clara: puede él [el vicario de Cristo] luchar bajo los auspicios del Imperio Germánico, que es el de Italia, que es el de Roma, que es el de Grecia, que es el de Persia o Imperio de Ciro, que es, en definitiva, el de Media y el de Babilonia. Y tendrá la ayuda de muchos ángeles, de los de Ciro y de Miguel, y después caerá todo en manos de Gog y de Magog. Pero los cristianos vencerán. Entonces vendrá Cristo a juzgar. Esto será el fin.

Estas palabras de Campanella nombrando a los distintos imperios evocan igualmente la idea de la translatio imperii, que como vemos también está relacionada con las leyes cíclicas. En este sentido los distintos imperios aquí nombrados por Campanella se han ido sucediendo en el espacio en la dirección de Este (Oriente) a Oeste (Occidente), o sea en el sentido contrario de la rotación de la tierra, que va de Oeste a Este. Es evidente que esta cuestión merecería ser tenida en cuenta en cualquier estudio sobre los ciclos y su influencia en la geografía y la historia. Con el «descubrimiento» de América, del Nuevo Mundo, dicha translatio estaba por tanto destinada a pasar al Extremo Occidente, y la ruptura de los límites que marcaban las «columnas de Hércules» también tiene que leerse como el momento cíclico de llevar a cabo la realización de la utopía del Imperio Universal, cuyo modelo en definitiva no es otro que la Ciudad Celeste.30

Precisamente en Las Utopías Renacentistas (cap. III) Federico González cita el estudio de Ananda Coomaraswamy «¿Qué es civilización?», y señala lo siguiente:

En el pensamiento de Platón hay una ciudad cósmica del mundo: la ciudad del estado, y hay un cuerpo político individual, y ambos son comunidades (...) «Las mismas castas (griego genos, sánscrito jâti), en igual número, han de hallarse en la ciudad y en el alma (o sí mismo) de cada uno de nosotros», el principio de la justicia es igual en todo, a saber, que cada miembro de la comunidad cumpla las tareas para las que ha sido dotado por la naturaleza; y el establecimiento de la justicia y el bienestar de la totalidad depende, en cada caso, de la pregunta: ¿Quién gobernará, lo peor o lo mejor?, es decir, ¿una única Razón o Ley Común, o la multitud de los ricos en la ciudad exterior y de los deseos en el individuo? (República 441 y ss).

¿Quién llena, o puebla, estas ciudades? ¿De quién son estas ciudades, «nuestras» o de Dios? ¿Cuál es el significado del «gobierno de sí mismo»? (una pregunta que, como muestra Platón, República 436b, implica una distinción entre el gobernante y el gobernado). Filón dice que: «En lo que concierne al poder (kyriôs), Dios es el único ciudadano» (monos polites, Cher, 121), y esto es casi idéntico a las palabras de la Upanishad: «Este Hombre (purusha) es el ciudadano (purushaya) en todas las ciudades» (sarvasu pûrshu, Brihadâranyaka Upanishad II.5.18), y no debe considerarse como contradicho por esta otra afirmación de Filón, a saber, que «Adam (no ‘este hombre’, sino el Hombre verdadero) es el único ciudadano del mundo» (monos kosmopolites, Opif. 142). Nuevamente, «Esta ciudad (pur) es estos mundos, la Persona (purusha) es el Espíritu (yo’yam pavate = Vâyu), a quien, porque habita (shete) esta ciudad, se le llama el ‘Ciudadano’ (puru-sha), Shatapatha Brâhmana XIII.6.2.1 –como en Atharva Veda X.2.30, donde «Al que conoce la ciudad de Brahma, por cuyo motivo la Persona (puru-sha) se llama así, ni la visión ni el soplo de la vida le abandonan en la vejez», aunque ahora la «ciudad» es la de este cuerpo, y los «ciudadanos» sus facultades dadas por Dios.

Esta misma concepción es la que desarrolla René Guénon en «La Ciudad Divina», el último capítulo de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, el cual es también lo último que publicó René Guénon estando en vida. Este capítulo termina con las siguientes palabras:

para ser legítima y válida desde el punto de vista tradicional, es decir, en suma, para ser verdaderamente «normal», la constitución y la organización de toda ciudad o sociedad humana debe tomar como modelo, en la medida de lo posible, la «Ciudad divina»; decimos en la medida de lo posible, porque, en las condiciones actuales de nuestro mundo por lo menos, la imitación de ese modelo (que es propiamente un «arquetipo») será siempre y forzosamente imperfecta, como lo muestra lo que habíamos dicho antes acerca de la comparación del Púrusha con un rey; pero, como quiera que fuere, solo en la medida en que esa imitación se realice se estará estrictamente en derecho de hablar de «civilización». Es decir con bastante claridad que todo cuanto así se denomina en el mundo moderno, y de lo cual se pretende incluso hacer «la civilización» por excelencia, no podría ser sino una caricatura y, a menudo, en muchos respectos, hasta lo contrario de la civilización; no solo una civilización antitradicional como ésa no merece en realidad tal nombre, sino que además, en realidad, es en estricto rigor la antítesis de la civilización verdadera.


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NOTAS.
1 Sobre este tema ver el libro de Frances Yates Astraea. The Imperial Theme in the Sixteenth Century. También, de la misma autora, La Filosofía Oculta en la Época Isabelina, y asimismo El Iluminismo Rosacruz. Asimismo el artículo de Antoni Guri «El Renacimiento Isabelino», publicado en el Nº 31-32 de la revista SYMBOLOS.
2 I, XIII.
3 También en el Purgatorio (XXII, 67-72) menciona Dante la égloga virgiliana en estos términos: «El siglo se renueva; / vuelve la justicia a la primera edad del hombre, / y una nueva progenie desciende del cielo».
4 Astraea. The Imperial Theme in the Sixteenth Century, capítulo II. En las citas que hacemos de este libro de F. Yates hemos seguido la traducción de Adara Mª Ariza Díaz.
5 Ibíd.
6 Con esas usurpaciones del papel del emperador por parte del representante de la Iglesia Católica se daba una situación que nunca se había producido hasta entonces: que fuera la autoridad espiritual la que se sublevaba contra quien detentaba el poder temporal y político, cuando por lo general, a lo largo de la Historia, siempre había sido al revés. Bien es cierto que la autoridad de los papas católicos se ceñía al ámbito de lo exotérico y religioso, y no al esotérico y metafísico, el que corresponde a la «Iglesia interior», es decir al esoterismo cristiano, al cual, precisamente, amparaba el Sacro Imperio.
7 Ibíd.
8 Frances Yates, La Filosofía Oculta en la Época Isabelina, capítulo VIII. Añadiremos que Bruto, descendiente de Eneas dio nombre a Britania, fundando la Nueva Troya (Londres). Por tanto no hay que confundir a este Bruto con quien fue uno de los asesinos de Julio César.
9 Un dato retiene nuestra atención, y es el hecho de que en esta obra sobre el arte de navegar John Dee recurre a las ideas que el filósofo neoplatónico Gemisto Pletón (siglos XIV-XV), tenía sobre la organización del Imperio y que expuso a comienzos del siglo XV al emperador bizantino Manuel y su hijo Teodoro.
10 Frances Yates, Astraea. The Imperial Theme in the Sixteenth Century, capítulo II. Gemisto Pletón escribió también Sobre la forma del mundo deshabitado, basado en la Geografía de Estrabón, ignorada en Europa hasta entonces. Cristóbal Colón conocía esta obra de Pletón, y aplicó algunas de sus ideas en el viaje que lo llevaría al «Nuevo Mundo».
11 Ibíd.
12 Ávalon, la «isla blanca» donde se oculta el rey Arturo, no es otra que la «tierra solar» o hiperbórea donde se retira el dios Apolo, el cual fue llamado entre los celtas Aballun o Ablun. Existía también una leyenda en la Edad Media, recogida por Alain de Lille donde se comparaba al rey Arturo con los profetas Henoch y Elías, lo cuales no habían muerto, sino llevados al cielo en un carro de fuego, en alusión al «carro solar». Todos ellos, al igual que Cristo, reaparecerán al final de los tiempos, tal es la Tradición primordial. Por otro lado, hay un eco de todo esto en la leyenda portuguesa del retorno del rey Sebastián, llamado «el Deseado» y «el Durmiente». Lo mismo podemos decir de los emperadores del Sacro Imperio: Carlomagno, Federico I y Federico II.
13 Aquí debemos reconocer nuevamente la «visión penetrante» de Marsilio Ficino al comprender las «claves simbólicas», en relación con la Historia de Occidente, que contiene el libro de Dante, y de ahí la necesidad de traducirlo a la lengua vernácula y propagar su influjo por las distintas Cortes europeas, en primer lugar en Italia con la intención de buscar la unificación del país bajo el Sacro Imperio, y posteriormente de toda Europa, que en ese momento estaba amenazada por los turcos, por lo que era imprescindible buscar, o restaurar, la unidad del orbe Cristiano, incluido el de Bizancio.
14 Manuel Rivero Rodríguez, Gattinara. Carlos V y el Sueño del Imperio. Al parecer el nombre de Mercurino se lo puso el mismo Gattinara en homenaje a esta deidad, pues su nombre de nacimiento era Ludovico. Este «detalle» de su biografía nos indica una intención clara de ponerse bajo el amparo de las energías e influencias espirituales del hermeneuta divino.
15 Es el caso de Antonio de Guevara (historiógrafo de Carlos V), influenciado por Dante y su idea del cosmos como un modelo de la Monarquía cristiana. También Alfonso de Valdés, secretario de Carlos V y amigo personal del canciller Gattinara. Fue autor de varias obras, entre las que destacamos Diálogo de Mercurio y Carón.
16 Francisco Ariza, Tartesos, la Ciudad de Ulia, el Señorío de Montemayor y el Castillo Ducal de Frías. Linajes Históricos y Mitos Fundadores, capítulo III. Añadiremos que cobra pleno sentido aquí el hecho de que en ciertas leyendas de la cultura nahuatl se relate la venida por «las aguas de la mar divina» (el océano Atlántico) del dios Quetzalcóatl tras el autosacrificio que lo transformó en el planeta Venus, y de cómo Moctezuma, el emperador azteca, lo vería encarnado en los europeos españoles que llegaron a las costas de México: «Como oyó la nueva, Moctecuhzoma despachó gente para el recibimiento de Quetzalcóatl, porque pensó que era el que venía, porque cada día le estaba esperando, y como tenía relación que Quetzalcóatl había ido por la mar hacia el oriente, y los navíos venían de hacia el oriente, por esto pensaron que era él.» Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España.
17 No es por casualidad que uno de los autores herméticos de la época isabelina, Francis Bacon, pusiera como título La Nueva Atlántida a una de sus obras más conocidas, refiriéndose con ello precisamente a América. Ver Las Utopías Renacentistas, capítulo VII.
18 Nos referimos obviamente a la Providencia, la Voluntad y el Destino, siendo la Voluntad, en tanto que término medio, o intermediario, la que representa al hombre, tal y como ya hemos tenido ocasión de referir en el capítulo IV.
19 La misma Isabel I también vinculaba su Imperio y su reinado al de Constantino. Llama nuestra atención, en este sentido, los dos «crismones» que aparecen en sendos mástiles del barco donde viaja Isabel I.
20 Ramón Mujica Puntilla, Rosa Limensis. Mística, política e inconografía en torno a la patrona de América, capítulo IV.
21 Este mismo autor, Ramón Mujica, se hace eco del mito de Astrea en la América hispana, que lo vio encarnado en Rosa de Lima, la primera santa de América: «La certeza con la que la santa limeña se sabía prometida a un destino histórico conjugó dos tradiciones bíblicas que Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia, ya había empalmado en el siglo XIII: el Cantar de los Cantares y el Apocalipsis. Y, así como para Raimundo de Capua, Catalina fue el ángel del Apocalipsis que ató al demonio por mil años, para el doctor Juan del Castillo la canonización de Rosa inauguraba una nueva edad de espiritualidad eclesial y laica. Incluso su milagroso nacimiento, en el que, según fray Juan Meléndez, participaron todos los influjos benéficos del cielo americano, reivindicaba la dignidad del criollo, del mestizo y del indio. Si algo demostraba la virgen indiana era que el criollo estaba capacitado para la santidad y que el Nuevo Mundo era tierra de santos. Todas estas circunstancias aisladas, empero, partieron de un solo mythos unificador: el mito de renovación imperial, el mito de Santa Rosa como la diosa Astrea». Ibíd.
22 No olvidemos que ambos imperios eran también auténticas talasocracias, pero de una dimensión mucho más amplia que los antiguos «reinos del mar», como el cretense o el fenicio (o como lo fue la propia Corona de Aragón durante la Edad Media hasta el siglo XV, e incluso la República Veneciana durante ese mismo período), limitados dentro de las riberas del Mediterráneo. Esto sería también un símbolo de la «universalidad» del Imperio cristiano, que como dice Campanella puso «en comunicación al mundo entero» a través de la navegación.
23 Dicho esto, no estamos minusvalorando por supuesto el papel desempeñado por el emperador del Sacro Imperio en mantener a raya el constante intento por parte de los turcos de invadir Europa por su flanco suroriental.
24 Como se sabe esta es la divisa que aparece en el sello y ciertas monedas de los Estados Unidos de América. Aunque esta frase (posiblemente de un poema de Virgilio) no fuese escogida por el profundo significado simbólico que encierra, sin embargo muestra cómo en el ánimo de los padres fundadores de Norteamérica (la «Nueva Atlántida» para Francis Bacon) estaba presente ese sentido de unidad dentro de la diversidad característica del Sacro Imperio Cristiano heredada de Roma. Por alguna razón escogieron esta divisa y no otra. Por otro lado, merece la pena recordar que el valor profundo de un símbolo en sus lecturas más externas sigue poseyendo parte de su intrínseco valor metafísico.
25 Esto explicaría, por ejemplo, por qué el sucesor de Isabel I, Jacobo I Estuardo, no apoyó a quien era uno de los príncipes herméticos más importantes de centro Europa, el Elector Palatino y rey de Bohemia Federico V (que era además su yerno) en la disputa por la titularidad del Sacro Imperio frente a la Casa de Habsburgo, abandonándolo más tarde en las trágicas circunstancias de la «Guerra de los Treinta Años», durante la cual Inglaterra siempre se mantuvo al margen, precisamente por sus propios intereses «geopolíticos».
26 Recordemos que la «Guerra de los Cien Años» (siglo XIV-XV) fue un conflicto entre Francia e Inglaterra. Puede ser considerado como la primera guerra civil europea, prefigurando la de los «Treinta Años» y las dos guerras mundiales del siglo XX, en las que Alemania fue determinante.
27 Astraea. The Imperial Theme in the Sixteenth Century, capítulo II. Añadiremos que el papa que impidió la asistencia de Fernando I fue Paulo IV.
28 También se puede afirmar que existió una cierta influencia del Imperio de Carlos V sobre el Isabelino como lo testimonia el hecho de que en algunos grabados ingleses de la época isabelina aparezca la figura de la nave alusiva al Imperio británico navegando entre las dos columnas de Hércules, y con el lema «Plus Ultra», exactamente igual que en los grabados que sobre el mismo tema se hicieron medio siglo antes en la época de Carlos V.
29 Tres siglos antes de los rosacruces, es decir a principios del siglo XIV, muchos templarios también se dirigieron y buscaron refugio en las Islas Británicas (sobre todo en Escocia) huyendo de las persecuciones de la Iglesia y del rey de Francia Felipe IV. También se refugiaron en Portugal, donde fundaron la Orden de Cristo, e incluso durante un tiempo estuvieron protegidos por los reyes de Aragón.
30 La «aldea global» en la que ya definitivamente se ha convertido el mundo no deja de ser una «parodia» contratradicional de la utopía del Imperio universal, que todas las grandes civilizaciones han querido realizar a lo largo de la Historia.
Segunda parte