SYMBOLOS
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LOS ESCITAS: NÓMADAS GUERREROS


Desde el pasado 17 de septiembre y hasta el 14 de enero de 2018, el British Museum (Londres, Reino Unido) acoge entre sus extraordinarias colecciones permanentes Scythians, warriors of ancient Siberia1. Predecesores de los sármatas, hunos, turcos y mongoles y coetáneos de los asirios, persas y griegos, los escitas han hecho parada en Europa para que podamos conocer su cultura, abrevar de la magia de sus ceremonias y viajar a un espacio geográfico vastísimo que abarca desde la antigua China hasta la actual Grecia. Pero, ¿quiénes son los escitas?



Los escitas (900 – 200 a. C.) fueron una cultura nómada que pobló la región de la actual Siberia, estableciendo sus campamentos en el pasillo natural que se establece entre el norte de China y el Mar Negro. Actualmente se los considera los primeros grandes nómadas, pues fueron capaces de lograr la unidad cultural de Eurasia, estableciendo vínculos con las civilizaciones coetáneas colindantes a sus tierras. Esta unidad se logró gracias a un elemento común que compartían (y por tanto les unía) con sus vecinos, y esto era que también hablaban una lengua irania, por lo que su contacto no se limitó a las guerras como era habitual entre las tribus nómadas, sino que además establecieron contactos matrimoniales y comerciales.

Eran una sociedad ordenada jerárquicamente, como todo pueblo tradicional. Y siendo esto así, no es de extrañar que este orden –revelado– se manifieste en todos los aspectos de la vida del hombre. Por ejemplo, las mujeres –calvas– se realizaban unas pelucas de entre 60 y 80 centímetros de altura compuestas en su base de una pasta especial sobre la que se erigía una estructura de madera cubierta de pelo de caballo y al final, en la parte más alta de la peluca, se adornaban el cabello con pequeños recortes de piel en forma de aves cubiertos de oro. ¡Qué dichoso aquel que viviera insertado en semejante espectáculo!




Mujer escita.

Asimismo, los tatuajes jugaban un papel fundamental entre los compañeros escitas. Éstos no se hacían con fines estéticos o gustos individuales, sino que formaban parte de una cosmogonía revelada que se iba tatuando en el cuerpo del hombre (microcosmos) según grados de aprehensión del modelo cósmico, testimoniando la unión entre el microcosmos y el macrocosmos. Los tatuajes eran siempre representaciones animales, siendo éstos símbolos de las fuerzas que mueven el cosmos; al tigre le correspondía el corazón, a los mamíferos de mayor tamaño (caballos) les correspondía la parte superior del brazo y a los rumiantes de menor tamaño (cabras y ovejas), las espinillas; finalmente, el gallo era dibujado en sus pulgares. Los tatuajes eran amuletos protectores que expresaban el orden en el que vivían. Todo esto, además, se complementaba con la utilización de máscaras que no sólo se colocaban ellos, sino que también las disponían en sus caballos, transformándolos en seres mitológicos con cornamenta y atributos de otros animales. Toda esta cosmogonía quedaba coronada con enormes sombreros de águilas de madera y bronce, siendo además en el sombrero el único lugar donde se les representaba2, pues el águila o grifo era el centro de la revelación cosmológica escita, dios de la muerte y del renacimiento, que a su vez también simbolizaba a los ancestros.




Sombrero escita.




Máscara para caballo escita.

Como toda sociedad sagrada, los escitas practicaban ritos como parte fundamental de su cultura. El matrimonio, la muerte, el recuerdo de los ancestros o la propia guerra los ejemplifican; todos ellos vinculados con un pasaje que va más allá de las simples formas. El rito funerario, por ejemplo, recogía la idea de unidad y la interrelación entre la vida y la muerte, la cual era vivida como un pasaje de un estado existencial a otro, un ritmarse con el flujo cósmico. Arhzan I y II son dos tumbas reales que fueron hechas mediante un modelo tripartito; así, existía un montículo de piedras simbolizando al cielo, una estructura de madera con los cuerpos y objetos de los reyes en medio, que correspondía al mundo intermediario, y finalmente el inframundo bajo ellos. La estructura de madera contenía distintas cámaras que estaban ordenadas mediante una espiral polar (sentido contrario a las agujas del reloj), comenzando con el rey en el centro del montículo, quien representaba la encarnación de la vida, la unidad de la tribu y la benevolencia de los dioses, y se iba desplegando con todo su séquito, caballos ornamentados (160 en el caso de Arzhan I), artefactos, armas, alimentos y joyas (en Arzhan II se encontraron 9300 objetos, 5600 de los cuales eran de oro) en distintas cámaras a su alrededor. Fuera de la tumba real estaban dispuestas más de doscientas estelas funerarias ricamente decoradas donde se hacían las ofrendas tanto al rey enterrado como a sus ancestros3.




Brazalete escita.

Otro ritual era el que se realizaba alrededor del cáñamo, planta sagrada para las distintas tribus. Ésta se consumía en pequeñas tiendas hexagonales, en cuyo centro se prendía una hoguera sobre la que reposaban varias piedras rojas que hacían de incensario.

Del mencionado cáñamo toman, pues, la semilla los Escitas impuros y contaminados por algún entierro, echándola a puñados encima de las piedras penetradas del fuego, y metidos ellos allá dentro de su estufa. La semilla echada va levantando tal sahumerio y despidiendo de sí tanto vapor, que no hay estufa alguna entre los Griegos que en esto le exceda4.

En cuanto al panteón escita, hay varias cuestiones que es necesario aclarar antes de presentarlo. Por un lado, era una tribu nómada que no poseía escritura, por lo que los testimonios que han quedado son extranjeros, y, por tanto, externos (ajenos) a la propia cultura escita. Por otro lado, cabe destacar que el culto a sus dioses siempre fue mediante representaciones animales, que igualmente eran expresión de los dioses que pueblan el cielo, aunque no tuvieran figuras antropomórficas o grandes templos ni lugares santos. De hecho, el lenguaje de los escitas es un lenguaje puramente simbólico en el que su gran templo era el cosmos entero, en su plenitud, pues vivían bajo el manto estrellado de las distintas constelaciones, las cuales –¡oh sorpresa!– son representadas mediante animales. No obstante, Herodoto sí que presenta los nombres de sus deidades:

Los Escitas, pues, abundan en las cosas principales o de primera necesidad; por lo tocante a las leyes y costumbres, se rigen en la siguiente forma. He aquí los únicos dioses que reconocen y veneran: en primer lugar y con más particularidad, a la diosa Hestia; luego a Zeus y a la Tierra, a quien miran como esposa de aquél; después a Apolo, Afrodita Celeste, Hércules y Ares; y estos son los dioses que todos los escitas reconocen por tales; pero los Régios hacen también sacrificios a Poseidón. Los nombres escíticos que les dan son los siguientes: a Hestia la llaman Tabiti; a Zeus le dan un nombre el más propio y justo a mi entender, llamándole Papaeus; a la Tierra la llaman Api; a Apolo Goetosyrus; a Afrodita Celeste Argimipasa; a Poseidón Thagimasadas. No acostumbran a erigir estatuas, altares ni templos sino a Ares únicamente.5

Esto nos lleva directamente a lo que más caracteriza a este pueblo nómada, que es el marcado carácter guerrero. Montados sobre los lomos de sus caballos, los jinetes escitas eran maestros en el arte de la utilización del arco, la espada y el hacha. Sin embargo, no son estas armas las que decantan la victoria en cualquier guerra sino que es la Inteligencia la que siempre va por delante y la que vence antes de que cualquier otra arma haya alcanzado al enemigo6. Así lo vivían los grandes estrategas de la antigua Escitia y así se vive hoy más que nunca. La Inteligencia es la única arma que porta el iniciado allá por donde pisa; Ella le permite discernir entre lo que es Verdad y lo que la niega. Y entre campos de ignorancia, abrevamos en cada lugar al que vamos, porque siempre está ese brote de agua pura, manantial de Memoria, que sea cual sea el pueblo que nos la porte, es bebida y asimilada. Reconocida y salmodiada, una oración interna y un momento de quietud; la contemplación y el silencio.


Guerrero escita.

¿Y qué hacen aquí unos nómadas de Siberia? ¿Qué tienen que ver con el escritor de lengua castellana? Mucho. Nada es ajeno. Desde la unidad del pensamiento y desde esa concentración interior, uno reconoce esas tierras como parte de su propia alma, que aun siendo desconocida sigue retumbando entre montañas, estepas, ríos, jinetes y gritos de guerra. Este contacto entre los escitas y la Europa del 2017 es real porque ambas tienen el mismo origen, ambas se desprenden de una misma Tradición:

Cuentan que Hércules al volver con los bueyes de Gerión llegó al país que habitan al presente los Escitas, entonces despoblado, […], en donde le cogiese un recio y frío temporal, se cubrió con su piel de león y se echó a dormir. Al tiempo que dormía dispuso la Providencia que desaparecieran las yeguas que sueltas del carro estaban allí paciendo.

Levantando Hércules de su sueño, se puso a buscar a sus perdidas yeguas, y habiendo girado por toda aquella tierra, llegó por fin a la que llaman Hilea, donde halló en una cueva a una doncella de dos naturalezas, semivíbora a un tiempo y semivirgen, mujer desde nalgas arriba, y serpiente de nalgas abajo. Le causó admiración al verla, pero no dejó de preguntarle por sus yeguas si acaso las había visto por ahí descarriadas. […] Respondióle ella que las tenía en su poder; pero que no se las devolvería a menos que no quisiese conocerla, con cuya condición y promesa la conoció Hércules sin hacerse más de rogar. Y aunque ella con la mira y deseo de gozar por más largo tiempo de su buena compañía íbale dilatando la entrega de las yeguas, queriendo él al cabo partirse con ellas, restituyóselas y dijo: –“He aquí esas yeguas que por estos páramos hallé perdidas; pero buenas albricias me dejas por el hallazgo, pues quiero que sepas como me hallo en cinta de tres hijos tuyos. Dime lo que quieres que haga de ellos cuando fueren ya mayores, si escoges que les dé habitación en este país, del que soy ama y señora, o bien que te los remita”. Esto dijo, a lo que él respondió: –“Cuando los veas ya de mayor edad, si quieres acertar, haz entonces lo que voy a decirte. ¿Ves ese arco y esa banda que ahí tengo? Aquel de los tres a quien entonces vieres apretar el arco así como yo ahora, y ceñirse la banda como ves que me la ciño, a ese harás que se quede por morador del país; pero al que no fuere capaz de hacer otro tanto de lo que mando, envíale fuera de él. Mira lo que hagas como lo digo; que así quedarás muy satisfecha, y yo obedecido”.

[…] Después que ella vio crecidos a sus hijos, primero puso nombre a cada uno, llamando al mayor Agatirso, Gelono al que seguía, y al menor Escita, teniendo después bien presentes las ordenes de Hércules, que puntualmente ejecutó. Y como en efecto no hubiesen sido capaces dos de sus hijos, Agatirso y Gelono, de hacer aquella prueba de valor en la contienda, arrojados por su misma madre partieron de su tierra; pero habiendo salido con la empresa propuesta Escita, el más mozo de todos, quedó dueño de la región, y de él descienden por línea recta cuantos reyes hasta aquí han tenido los Escitas.

Reconocemos en estos guerreros el mismo furor que actualmente arde en el alma del iniciado. Los escitas se transformaban en seres fabulosos, tatuándose la piel, añadiéndose collares de pelo, pieles pintadas, cornamentas de alce o máscaras y sombreros de proporciones extraordinarias. Nosotros no nos transformamos, permanecemos con las mismas vestimentas, cumpliendo años y siguiendo con nuestras actividades diarias, aunque dentro, en lo más profundo de nuestro corazón, una llama vivifica el vuelo de un alma que se transmuta y se desprende de la escoria que la intenta retener, y emprende el mismo vuelo hacia el Espíritu que los escitas se procuraban mediante sus ceremonias.

Por eso, el reconocimiento entre iniciados no siempre tiene porqué tener hechos que lo evidencien, aunque en este caso sí que existan pruebas del contacto entre la cultura occidental actual (grecorromana – judeocristiana) y la escita. Pues es sabido que tras la victoria sobre el rey aqueménida Dario I (513 a. C.), los escitas gozaron de gran prestigio por su actividad combativa, tanto es así que llegaron a ejercer una especie de protectorado sobre las colonias griegas establecidas alrededor del Mar Negro. Sin embargo, dicho contacto no fue únicamente militar, sino que la élite (se entiende que en esa época la élite era reflejo de una élite intelectual y no necesariamente económica) también siguió estableciendo esos lazos entre ambas culturas, intercambiando conocimientos sapienciales, artísticos o científicos7.




Alberto Pitarch.

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BIBLIOGRAFÍA.

Scythians: Warriors of ancient Siberia. St. John Simpson y Svetlana Pankova, Ed. Thames & Hudson and The British Museum, Londres, 2017. (Las imágenes que ilustran esta nota pertenecen a este volumen)

– Herodoto de Halicarnaso, Los nueve libros de la Historia, tomo IV. Ed. Elaleph (2000). Edición digital.

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NOTAS.
1 La exposición ha sido posible gracias a una colaboración entre el Hermitage Museum de San Petersburgo y el British Museum de Londres. Aunque el verdadero ente responsable, constitutivo y conservador de esta maravillosa colección es el zar Pedro I, el Grande (1672 – 1725), con quien se produjo el nacimiento de la arqueología rusa. El interés del zar por la arqueología era tal que mandó inventariar mediante precisos dibujos todo objeto que se fuera hallando. Él fundó el primer museo de la ciudad en 1714 con la colección “Great´s Siberian Collection”, germen de lo que hoy es el Hermitage de San Petersburgo. Años más tarde (1787), Catarina II se llegó a desplazar a las zonas de las excavaciones. Es destacable el papel que llegan a jugar las diferentes monarquías europeas en un momento de la civilización occidental en el que todos los cimientos comienzan a tambalearse, ejerciendo su función de poder real. Es decir, la de impartir justicia como reflejo de una ley revelada que sólo sigue la Verdad. Así, mediante estas grandes colecciones se rescata del olvido las tradiciones que todavía permanecen vivas, impertérritas al olvido general de la sociedad europea de la época.
2 ¿Quién no reconoce aquí un orden? Las aves como símbolo de los estados superiores, cubriendo la cabeza, como símbolo de ese hombre que se entrega a sus estados más altos. El respeto absoluto y la entrega sin condiciones a ese Conocimiento, que no entiende de fronteras ni de temporalidad. Ese cubrirse la cabeza (especialmente la coronilla) se puede ver actualmente en las tres religiones abrahámicas, aunque como todo hoy en día ha caído en la degeneración, la pompa, la oficialidad y la miopía de un ciclo que ya concluye.
3 De hecho, se cree que este recinto no sólo era funerario, sino que era considerado como un centro sagrado para los domadores de caballos de las estepas..
4 Herodoto de Halicarnaso, Los nueve libros de la Historia, libro IV, 75, Ed. Elaleph, 2000. Edición digital.
5 Ibíd. IV, 59.
6 Atenea es la diosa de la Inteligencia y la guerra.
7 Así, Anacarsis, un príncipe escita, estableció contacto con Solón, uno de los siete sabios de la antigüedad. Del mismo modo, Alejandro Magno fue un emperador muy apreciado entre los escitas, quienes le ofrecieron regalos continuamente, incluso el rey le llegó a ofrecer a su hija para que se unieran en matrimonio, aunque por este momento Alejandro ya estaba en la India. ¿Qué hubiera pasado si ese matrimonio se hubiese consumado y las vastas praderas siberianas se hubieran incorporado al Imperio Romano?
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