SYMBOLOS
Revista internacional de 
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ÁGUILA


“Ya me di al poder que a mi destino rige.
No me agarro ya de nada,
para así no tener nada que defender.
No tengo pensamientos, para así poder ver.
No temo ya a nada, para así poder acordarme de mí.
Sereno y desprendido me dejará el águila pasar a la libertad.”
(Carlos Castaneda, El Don del Águila).

 

En el águila podemos ver a nuestra verdadera identidad, despertar a nuestra memoria. Ser respiración, animados por la agudeza de su visión, por la decisión de un salto audaz, por el coraje del guerrero, la adoración al sol y la renovación.

Atributos de la divinidad en su total pureza y perfección. Imagen a seguir en la que poner nuestra voluntad entera.

En el silencio y en la observación de su vuelo recordamos lo que nuestra alma esconde, y en el águila nos reconocemos. El vuelo y la voluntad del guerrero, donde nuestra vida puede dar comienzo.

Dejar al alma volar para alcanzar las más altas cotas del espíritu. Convertirse en guerrero y eliminar todo aquello que nos impide alzar el vuelo.

Visión clara. Visión y pensamientos de águila.

Vuelo para ser en la perfección de la simultaneidad del uno y de lo múltiple, vuelo para ser y no ser al mismo tiempo.

El águila como símbolo. A través de sus acciones, emanaciones de la deidad, el hombre tiene la posibilidad de morir y renacer como hombre verdadero en su camino a la libertad.

El hombre tradicional quedaba hechizado por el águila. Por su porte, su fuerza, su vuelo y su precisión en la caza, veían en el águila reinar en los cielos sobre todas las aves. Considerada la más poderosa de todas y símbolo celeste y solar.

Fuerte pero ligera. Siempre atenta. Con un campo de visión que como el sol todo lo abarca. Su hogar es lo alto. Desde la cima de la bóveda celeste, la tierra se ve lejana, pero el ojo aguileño acerca lo distante. Intuye, anticipa, los senderos del viento mientras baila en círculos.

De ella se decía que puede mirar fijamente al sol sin cegarse y seguir su curso por el cielo hasta llegar a Delos, el ombligo del mundo, desde donde desciende bruscamente.

Une lo de arriba con lo de abajo. Intermediaria entre lo de arriba y lo de abajo. Intermediaria entre el plano celeste y el hombre, asciende y desciende por el eje invisible.

Su existencia es a pleno sol, emparentada con el aire, el fuego y con la fuerza fecundante. Desciende con fuerza guerrera a la velocidad del rayo.

Rayo que es luz vencedora de las potencias oscuras a las que desvela y destruye. Actúa como arma fulminante de los Dioses y renueva la vida.

Plinio el Viejo en su Historia Natural dice que:

“en la acción guerrera del águila, como el rayo, hace descender fuego celestial, que lleva consigo los mejores presagios.”

Su acción es destructiva y fecundante, precediendo a la tormenta que fecundará la tierra. Simboliza la luz del espíritu y al mensajero celeste.

Asimilada a las energías marciales y a los dioses guerreros y su rigor. Su acción destruye los viejos esquemas para abrir al adepto a la posibilidad de la Verdad. Con su vuelo de alas rudas y nítidas es inicio de lo que puede volatilizarse, sublimarse.

Cuando el águila devora o mata a la serpiente o al dragón es el triunfo del espíritu sobre el caos de la materia. Signo pues de la elevación, representa al iniciado que comienza a alcanzar nuevas alturas tras ver la luz.

El águila a lo largo de su vida muere para volver a nacer. Cuando sus plumas se vuelven incapaces para el vuelo, el águila se rejuvenece y se renueva. Sus uñas flexibles no consiguen agarrar las presas de las que se alimenta. Su pico alargado y puntiagudo, también se curva. El águila se enfrenta a un doloroso proceso de renovación, vuela a lo alto de una montaña donde se arranca el pico hasta que le sale uno nuevo. Después arranca sus viejas uñas y prosigue arrancando sus viejas plumas.

El águila también se purifica lanzándose tres veces al agua; de ahí su vínculo con el bautismo y las pilas bautismales. A este respecto, y por su relación con el fuego, el águila nos anuncia con esas abluciones acuosas el bautismo del Espíritu, simbolizado por el elemento ígneo.

Para el hombre representa un estado de gracia que se alcanza mediante el trabajo, la comprensión y el cumplimiento de las pruebas de la iniciación. El águila proporciona discernimiento y valentía desde la unidad de todas las cosas.

Como acabamos de leer en la entrada correspondiente del Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos de Federico González Frías, el águila

“es una realidad que abarca todo lo que existe, lo perceptible y lo imperceptible, lo cognoscible y lo incognoscible.”

En el silencio y la observación del vuelo de águila el hombre recuerda lo que su alma ya conoce.

En múltiples tradiciones el águila ha tenido un valor simbólico destacado.

En el lenguaje de los jeroglíficos egipcios, la letra A se representa con la imagen del águila. Esto es, el principio y destino final del hombre.

Ha sido símbolo heráldico fundamental donde también se representa como águila bicéfala asociada a Jano.

En el monte Aventino, Rómulo contempla un águila, que estima como buen augurio y funda la ciudad de Roma. El ave se convierte luego en estandarte y emblema del Imperio Romano.

Para los chinos, es vigor, fortaleza. Al aparecer sentado sobre una peña simboliza al luchador que aguarda un combate decisivo.

Quauhtli (águila) es el nombre decimoquinto de los veinte signos del calendario azteca. El nacido bajo su influencia promete futuras cualidades guerreras. A principios del siglo XIV los aztecas descubren un águila que se posa sobre un cactus. Esta es la señal para erigir Tenochitlan, que brilló donde hoy se emplaza la actual capital de México.

La iconografía cristiana expande la significación del águila como bien triunfante. Se asocia con Juan Evangelista, el profeta Elías y el Cristo resucitado. El águila deviene así mensajero celestial. Para San Jerónimo es el emblema de la elevación propiciada por la oración.

En antiquísimos sepelios reales, y por el símbolo del águila como renovación solar, el cadáver del soberano es obsequiado a las llamas. Mientras el fuego consume los restos, se hace volar un águila, vehículo del alma del muerto en su viaje hacia los dioses.

Leemos en el Corán: “Y Salomón fue el heredero de David; y dijo: ¡Oh hombres! Hemos sido instruidos en el lenguaje de los pájaros y colmados de todo bien.”

Para los nativos americanos el águila era principio espiritual y prototipo de chamán por excelencia. Era portador de protección, sabiduría y riqueza. Si un indio rezaba y un águila se posaba cerca de él, significaba que sus plegarias habían sido escuchadas. El águila era el mensajero directo del Gran Espíritu, un mensajero sagrado que traslada nuestras plegarias al creador y regresa con regalos y visiones para el hombre. En el Vientre de la Ballena de Federico González podemos leer:

“El último día congregará en el centro interno a los hombres de los cuatro puntos cardinales. Que no se diga que no estamos presentes, que la verdad es posesión de alguna tribu en particular. Los habitantes del nuevo mundo han heredado el orgullo de sus culturas guerreras y armados como caballeros águilas y tigres se disponen a conquistar el santo grial, el vellocino de oro, y la ciudad de Eldorado. Toman conciencia de que deben rescatar una princesa dormida y un tesoro escondido; que es imprescindible matar al dragón, a la serpiente; esos celosos guardianes tienen poderes oscuros que, sin embargo, no resisten el ímpetu de los espíritus solares. Se ha desatado la guerra santa en nosotros.”

Me gustaría acabar la meditación sobre el águila con un extracto de las Definiciones Herméticas Armenias y otro del Evangelio de Marcos sobre la resurrección de los muertos:

“Tienes en ti mismo el poder de liberarte, pues todo te ha sido concedido.” (Def. Herm. Arm. II, 5)
“Cuando resuciten de entre los muertos, (...)serán como pájaros en los cielos.”
(Mc. 12. 25,26)

Sergio Sensat

 
 
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