EL MENSAJE REENCONTRADO. Louis Cattiaux. Ed. Sirio, Málaga 1987. 403 págs. 

"A la Gloria de Dios ('Él: el fuego secreto que suscita los Universos, que los mantiene y que los consume') y para el servicio de los hombres que lean con los ojos del espíritu y del corazón los signos inscritos en la carne del mundo." Con esta dedicatoria comienza la obra fundamental de un alquimista cristiano de este siglo (1904-1953), que le ocupó quince años de su vida y que según se indica en la solapa, dejó inacabada. La verdad es que el lector no lo percibe así, pues sus XXXX (40) capítulos, conformados cada uno de ellos por dos columnas de frases o sentencias numeradas y parejas, no parecen exigir ni una continuación ni una conclusión, aunque desde luego sería bien interesante ver esta obra una vez que Cattiaux la hubiera considerado terminada. Este libro es un mensaje y un testimonio, el de una Sabiduría unánime y el de la generosidad intrínseca del Conocimiento, que compartido, es generador, al estar compenetrado de un verdadero Significado, transparente en la autenticidad del Espíritu, de la inspiración de Su soplo, que manifiesta su producto como arte, es decir que expresa la labor y el reposo, el trabajo y el fruto nacido del Cielo, presente de lo que se deja hallar y se revela como universalidad y misterio. 

También, en su presentación al lector, señalan Ch. y E. d'Hooghvorst que "es difícil abordar El Mensaje Reencontrado", puesto que se halla dividido todo el texto en dos grandes bloques tipográficos, dos columnas paralelas llenas de aforismos de un concentrado significado, pero, explican: "teniendo diversos sentidos en profundidad, la columna de la izquierda suele dar los sentidos terrestres: moral, filosófico, ascético; la columna de la derecha, los sentidos celestes: cosmogónico, místico e iniciático. Algunas veces estos versículos se completan con un tercero, colocado en medio de la página, que hace concordar los otros dos en el sentido alquímico que une el cielo con la tierra, referente al misterio de Dios, de la creación y del hombre", y se remiten al propio Mensaje Reencontrado: "Hay dos enseñanzas y varios sentidos. Dios los pondrá en evidencia o los velará según le plazca": III, 98. Pues se establece un diálogo, se ilumina una frase con la otra, son complementarias y en realidad generativas en el lector de una contemplación profunda, que corresponde con su eje, el cual a veces se revela en una sola de ellas. Y si bien es cierto -como afirman los presentadores, según pasajes de una carta del autor- que contiene también una mística, en el mejor sentido de esta palabra (según nos parece observando el conjunto del libro: el de una alquimia emocional que está orientada a encontrar su meta en la despojada plenitud del conocimiento, en el secreto apuntado a voces en el extenso territorio que este libro configura), no es exactamente así el texto entero, donde se manifiesta nítidamente en otras partes la impersonalidad de lo acabado, transmutado y universal, tanto en lo que se refiere directamente a la Obra alquímica como en lo que respecta a la denuncia de un mundo caído y lo que de él procede, objeto asimismo de transmutación. 

Y es un testimonio de la Tradición Alquímica y Hermética, defendida en si misma y también con el teñido y motor cristiano; y, en parte, dirigiéndose expresamente a los cristianos, y a los "creyentes" de esta tradición en algunos de sus capítulos, estableciendo así una comunicación entre lo propiamente religioso y lo neta y directamente alquímico, con lo que cumple asimismo un papel que no deja de ser por su parte heredero de los teósofos cristianos, como por ejemplo Boehme. Lo que se señala por su valor intrínseco, sin que esto sea un matiz que englobe el libro, pues su base está firmemente asentada en lo esencial, con independencia respecto a las formas, como lo demuestran también las citas que a principio y final de capítulo se dan de diferentes Tradiciones: de Jeremías a San Pablo, y de Lao-Tse a Buda, y directamente a Hermes Trismegisto: "Lo que está abajo es como lo que está arriba y lo que está arriba es como lo que está abajo, para hacer el milagro de una sola cosa" (final XI). 

Todos los capítulos tienen dos títulos parejos, cada uno encabezando una columna, los de la izquierda a partir de una combinación de nueve letras, los de la derecha títulos sucesivos que pueden emparentarse por su significado con los anteriores y que, dado el ciclo que el libro constituye, nos hacen pensar en el subtítulo de éste: "o el reloj del día y de la noche de Dios", sin que necesaria o exclusivamente tengan que ver con el transcurrir del tiempo. El simbolismo literal aparece en ocasiones, en distintas partes del texto y de varias maneras, a veces vinculado con el numérico y el geométrico. 

No es ello ningún "juego", sino más bien algo medieval, como ciertos elementos del Tarot. Pues aporta una serie de claves a descifrar por el lector, teniendo todo el libro una impronta numérica, geométrica y literal (por "letras"), sin hablar de la presencia de esa simbólica expresamente en el texto mismo, e incluso se abre con dos oraciones en la forma de los triángulos del Fuego y el Agua (dedicadas al Padre y a la Madre arquetípicos), así como por otra parte se cierra, terminados los capítulos, con unas letanías, de las cuales 144 dedicadas a la Reina y 111 al Rey, paralelas y complementarias hasta este último número. Pues hay en todo ello una gracia inocente, significativa y bella, un hallazgo no forzado que es un trazo que, citando de una frase de las referidas al Sabio, "deja atrás a la muerte". Y pensamos que a Cattiaux le corresponde lo mismo que dice en otro lugar de su libro: "El Sabio es como una pepita de oro oculta en una bolsa de sal, que está encerrada en una montaña de piedra erguida en medio del desierto". 

Esta es la obra de un alquimista cristiano, el cual era también un pintor auténtico, que vivió una vida dura y super honesta, humilde de verdad y entregada a la realidad por si misma, sin pretensión de "gurú" y ninguna soberbia, lo cual no obstó para que tuviese amigos y seguidores. Con su siguiente frase en la contraportada se ha cerrado esta edición castellana: "Has perdido tu vida, decían mirando mis manos vacías, y nadie oía al Dios que cantaba en mi corazón". Es de admirar la prosa inspirada, sobria, sencilla y directa de un cristiano de verdad -como es también el caso de Lanza del Vasto-, y no la confusa religiosidad moralista de la obra schuoniana. 

Reciba en el ámbito al que pertenece un homenaje feliz de los hijos de Filosofía, alquimistas e hijos de Hermes, Turba centrada en el Fuego "suave" y verdadero del Azufre alquímico. J. M. Río

 
 
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