SYMBOLOS
Revista internacional de
Arte - Cultura - Gnosis
 

LA NUMISMÁTICA ROMANA COMO UNA
SIMBÓLICA DE LA HISTORIA
A TRAVÉS DE LA COLECCIÓN DE MONEDAS DE
FEDERICO GONZÁLEZ FRÍAS
[*]
FRANCISCO ARIZA
PRIMERA PARTE

La excelente colección de monedas de Federico González Frías, y dentro de éstas concretamente la referida a los denarios republicanos de la antigua Roma, nos ha dado la oportunidad (no por inesperada menos fascinante) de realizar un estudio sobre esta numismática considerándola como una simbólica donde podemos leer algunos aspectos significativos de la Historia de esta civilización. Para ello hemos dividido dicho estudio en dos partes. En la primera nos ha parecido conveniente reflexionar acerca de los orígenes de la moneda en Roma, y de la importancia que siempre ha tenido en ella la iconografía simbólica. En este sentido, hablaremos no sólo del valor de la moneda como instrumento de intercambio y comercio, sino sobre todo de su valor como vehículo transmisor de ciertas ideas que conscientemente fueron grabadas en ella a través de los símbolos que las representan, entre los cuales también se encuentran determinados hechos históricos y míticos que se quisieron destacar por el carácter épico y ejemplar que revistieron.[1] También mencionaremos la importancia que tuvieron las cecas y talleres de acuñación, algunos de los cuales fueron verdaderos centros de creación artística, de los que salieron monedas estéticamente muy bellas y excelentemente elaboradas.

La segunda parte la dedicaremos enteramente a los denarios republicanos de la colección de Federico González, pertenecientes a las diferentes gens o familias romanas que vivieron entre el siglo III y I a.C. Precisamente, ahí tendremos la oportunidad de hablar, con ejemplos concretos, de cómo esas monedas sirvieron efectivamente para plasmar la idea-fuerza del símbolo. Figuras de las deidades y sus distintos atributos, héroes fundadores, objetos del culto ritual, hitos de la historia y sus protagonistas humanos, estandartes y trofeos militares, entidades del mundo intermediario, animales y armas asociados a una gens determinada, construcciones arquitectónicas, etc. Es decir, y visto en conjunto, no estaremos sino describiendo distintos elementos pertenecientes a una cosmogonía, en este caso la que Roma nos legó. Por otro lado, al hablar de los denarios republicanos será inevitable aludir en algún momento a los que se acuñaron más tarde durante el Imperio, muy representados también en dicha colección.[2]

Se sabe que la Numismática es una ciencia vinculada a la Arqueología, y esto ya desde el comienzo mismo en que ésta empieza a cobrar cierta relevancia a partir del Renacimiento. También lo está a la Historia y, como ambas, la Numismática constituye una rica fuente de información acerca de nuestro pasado, el cual es “devuelto a la vida”, y a la memoria, cuando lo “desenterramos” del olvido y nos planteamos seriamente conocerlo movidos por algo más que una simple curiosidad de aficionados a la “antigüedad”, entre otras razones porque en ese pasado está el origen de nuestra propia cultura, en este caso la occidental, cuya matriz hay que buscarla en las civilizaciones griega y romana, a las que se sumaría posteriormente la civilización cristiana (con sus tres momentos álgidos: la época de Bizancio, la Edad Media y el Renacimiento),[3] y que tanto debe a las dos anteriores hasta el punto que podemos aseverar sin temor a equivocarnos que en lo esencial no hay solución de continuidad entre ninguna de ellas, es decir que un hilo muy sutil las entrelaza, pues pese a sus diferencias, que también existen y a veces de forma notable, hay sin embargo un conjunto de ideas referidas a la filosofía, el arte y la ciencia (incluso la política entendida como el “gobierno de la polis”), que han sido los mimbres con los que se tejió el pensamiento de Occidente, y que necesariamente identifica entre sí a las distintas civilizaciones y a los hombres y mujeres que lo compartieron y lo comparten, pues muchos de nosotros, si hiciéramos un viaje de introspección al interior de la conciencia, comprobaríamos cómo en ella existe una memoria de un carácter más profundo que la ordinaria, transpersonal podríamos decir, donde están grabadas imágenes de ideas muy sutiles pertenecientes, como diría Platón, al Mundo Inteligible, y que en cuanto emergen al plano de la conciencia ordinaria reconocemos inmediatamente como aquellas que han ido labrando el contenido esencial de nuestra cultura desde sus orígenes, los cuales y para hacer honor a la verdad superan con creces los límites de Grecia y de Roma para adentrarse en las grandes civilizaciones gestadas en Mesopotamia y Egipto, e incluso en aquellas mucho más lejanas en el tiempo, ubicadas en el in illo tempore antediluviano.

Esto ha definido, como decimos, nuestra herencia cultural, mucho más amplia y rica de lo que muchos suponen pues existe en ella una serie de arquetipos universales que se reiteran en el tiempo y que tienen como protagonistas principales a las mismas deidades aunque con diferentes nombres, como por ejemplo sucede con Mercurio, llamado así en Roma, pero que en Egipto recibió el nombre de Thot, y en Grecia el de Hermes, el cual dio nombre a la Tradición Hermética, que lejos de desaparecer continúa estando viva, como lo demuestra fehacientemente la obra del propio Federico González. Los ejemplos que podríamos poner son varios, pero lo que realmente interesa saber es que la aceptación plena de esa herencia nos irá llevando gradualmente a un más profundo y verdadero conocimiento de nosotros mismos, que es al fin y al cabo lo que más importa, entre otras cosas porque nos hará protagonistas directos de una Historia vertical y sagrada, de la cual la Historia de las culturas y las civilizaciones no es sino su expresión en el tiempo y en el espacio. Sería asumir, en definitiva, un patrimonio de carácter espiritual e intelectual que por su misma naturaleza está por encima de cualquier condicionamiento, sobre todo el que nos ha impuesto una visión de la cultura, abundante hoy en día, que ha perdido todo contacto con sus orígenes sagrados y metafísicos.

Sin ir más lejos, esto que decimos podemos constatarlo en las propias monedas, cuya didáctica se nos hará más clara si seguimos un orden cronológico con comienzo en Grecia y Roma (cuyos pueblos originarios, helenos y latinos, salieron del mismo tronco indoeuropeo, lo cual explicaría muchas cosas de sus respectivas culturas que son comunes a ambos) pasando por Bizancio, la Edad Media (en sus distintos y heterogéneos períodos), el Renacimiento y llegando prácticamente hasta nuestra época. Si bien la moneda, tal y como la conocemos, es una invención del genio griego,[4] hay un prototipo de la misma que acaba por “fijarse” definitivamente en Roma en los siglos IV y III a.C., es decir en pleno período republicano, pasando posteriormente a la época del Imperio, y de éste, con leves modificaciones, a sus sucesores cristianos. Sólo hay que reparar en las monedas de los monarcas y emperadores cristianos para advertir su semejanza con las monedas romanas. Nos estamos refiriendo a la organización interna de la moneda, a su diseño y estructura, que sirvió de modelo para todas las que se han emitido en Occidente a lo largo del tiempo.[5]

Las distintas partes de esa estructura se dispusieron para colocar dentro de ella a cada uno de los elementos que constituyen propiamente la pieza monetaria, y cuya terminología recuerda a veces la de la heráldica, otra ciencia aún vigente muy relacionada también con la Historia. Tenemos así que, por ejemplo, cuando en la Numismática se habla del “campo de la moneda” se está aludiendo al espacio que queda entre la figura (o figuras) del centro y las leyendas epigráficas que aparecen generalmente rodeándola por su parte más externa o periférica; o cuando se menciona la “grafila” se hace referencia al círculo de puntos, u orla (a veces representada con motivos vegetales como el laurel), que enmarca el contenido de la moneda. En cuanto al denominado “exergo”, este constituye la parte inferior del reverso que está separada del resto por una línea horizontal, espacio donde se coloca precisamente el nombre del monetario (es decir del personaje que emite la moneda) o el de una deidad o ciudad determinada. La expresión “alma de la moneda” nos llama particularmente la atención, pues está indicando el “núcleo” metálico de la misma, es decir aquello que la hace existir como tal. Y desde luego no podemos olvidarnos del “canto de la moneda”, que es también un espacio igualmente significativo al llevar en ciertas ocasiones inscripciones de distinto tipo y también leyendas;[6] el canto de la moneda delimita sus dos caras, el anverso y el reverso, y al mismo tiempo sirve de nexo de unión entre ambas. La popular expresión “las dos caras de una misma moneda” encierra un sentido más profundo de lo que aparenta a simple vista, relacionado con los dos aspectos de una misma realidad (tal lo visible y lo invisible, lo físico y lo espiritual), que no están separados sino indisolublemente unidos, aunque jerarquizados, como lo están el anverso (la cara) y el reverso (la cruz). En el caso que nos ocupa, dicha expresión estaría diciéndonos que todos los elementos que aparecen en las monedas, tanto en su anverso como en su reverso, están íntimamente relacionados entre sí y conforman un todo inseparable. Todo esto lo veremos con más detalle cuando tratemos específicamente de cada uno de los denarios de la colección que estamos estudiando.

Moneda serrada con Dioscuros

Fig. 1. Moneda serrada. En el reverso puede verse, bajo los caballos
de los Dioscuros, la rueda de seis radios.

Existe, por tanto, una “idea” de la moneda, y quienes la inventaron como un patrón de valor y unidad de medida en sustitución de otras formas de intercambio y transacciones (especialmente el canje o trueque), no hicieron sino traducir en el plano de la realidad concreta un orden que ellos veían plasmado en las leyes de la propia naturaleza, y que obedecen a la acción en el mundo de la inteligencia creadora de la divinidad. No olvidemos, en este sentido, que la moneda es por igual número, peso y medida, los tres componentes con los que precisamente, y según la Biblia, Dios estableció el orden en el mundo.[7]

La moneda, como unidad de medida aceptada por todos, es también la concreción de una ley que sirve para dar curso ordenado y regulado a las necesidades y demandas de los hombres, que son las que en realidad asignan el valor concreto a las cosas, las cuales pueden comprarse y venderse en razón de dicho valor, manteniendo así una proporción entre todas ellas, y por tanto un equilibrio necesario que redundó en una mayor cohesión en los distintos órdenes de una sociedad que cada vez más se organizaba en núcleos urbanos, y por tanto más compleja en sus relaciones.[8] Recordemos, en fin, que numismática procede del término griego numisma, que significa “reparto” y también “medida correcta”. Es decir la “medida correcta del reparto.”

En realidad, y como señalamos al principio, el estudio sobre la Numismática antigua, como el de la misma Arqueología o la Historia, es parte de la investigación acerca del símbolo y la Simbólica, constituyendo así una forma del trabajo hermético. Adentrarse en el mundo de la Numismática es establecer de inmediato relaciones, analogías y correspondencias entre los distintos planos de la realidad, y todo ello gracias a que, como afirmaba el gran metafísico francés René Guénon, y que nosotros podemos ir comprobando a lo largo de estas páginas, las monedas antiguas estaban totalmente repletas de símbolos:

Hay una observación que es muy fácil de hacer y para la cual basta con tener ojos para ver”: las monedas antiguas están literalmente cubiertas de símbolos tradicionales, escogidos incluso entre aquellos que presentan un significado especialmente profundo. Así ha podido comprobarse sobre todo que, entre los celtas, los símbolos que figuran en las monedas no pueden explicarse más que si se ponen en relación con los conocimientos doctrinales propios de los druidas, lo que por añadidura implica una intervención directa de éstos en el campo de la acuñación. Naturalmente cuanto es cierto en este aspecto para los celtas conserva su validez al ser referido a otros pueblos de la Antigüedad, habida cuenta, como es lógico, de sus propias modalidades y de sus respectivas organizaciones tradicionales”.[9]

En efecto, las monedas estaban realmente cargadas de una “influencia espiritual”, cuya acción podía ejercerse a través de los símbolos allí representados, los cuales eran su soporte normal, pues ya sabemos que el símbolo es la expresión sensible de la idea inteligible y arquetípica.

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Antes de la aparición de la moneda como tal, el valor asignado a los objetos y cosas que servían como medio de intercambio “premonetario” estaba en relación con la función que ellos desempeñaban en el culto sagrado y religioso, y esto es extensible a los animales destinados al sacrificio ritual. Así, entre los primeros romanos, como entre los primeros griegos, ciertos animales como por ejemplo los bueyes, las ovejas y las cabras, tenían un valor que les era inherente por el papel que cumplían en los ritos sacrificiales, y lo mismo podría decirse de aquellos objetos que como los talismanes, los cuencos rituales, los trípodes, las hachas dobles, el caldero y el asador,[10] desempeñaban una función igualmente ritual y mágico-religiosa. Entonces era esa función lo que determinaba su “valor” a esos animales y objetos cultuales, y en este sentido, volvemos a repetir, lo que hoy llamaríamos la “actividad económica” no estaba en absoluto separada de la esfera de lo sagrado.

En este sentido nos ha llamado la atención que las más arcaicas y prehistóricas formas de intercambio estaban basadas en una “regla de oro” que rige en distintos planos de la realidad, y no sólo en el más concreto sino también en los que están directamente relacionados con el proceso de conocimiento, dentro del cual están implicados tres “gestos” estrechamente relacionados entre sí. Nos estamos refiriendo a que todo aquello que se ofrece, o transmite, ha de ser recibido, y corresponderse de la misma forma, es decir que hay que dar, y también recibir para posteriormente saber devolver. En un lenguaje más sociológico que simbólico, pero no exento de profundidad, leemos nuevamente en Nicola Parise:

En las sociedades arcaicas y ‘primitivas’ no era más que un continuo intercambio de presentes basado en la triple obligación de dar, tomar y corresponder. La regla del don afectaba a valores sociales y objetos materiales. La circulación de las cosas era paralela a la circulación de los derechos y las personas. (…) En este sentido cabe decir que en las sociedades arcaicas y ‘primitivas’ los fenómenos económicos eran inseparables de los fenómenos jurídicos y religiosos. En concreto, el elemento económico, que estaba ‘presente y activo’ en cada grupo, no podía ser contrapuesto en una clasificación rígida a motivos y temas no económicos (…) Las cualidades del dinero estaban representadas por objetos mágicos y preciados, vinculados a la vida del grupo y los individuos (…) Nadie tenía derecho a rechazar el presente que se le ofrecía, ni podía sustraerse a la obligación de ofrecer. Los presentes recibidos tenían que ser restituidos puntualmente (…) el donador no estaba menos obligado que el donatario. Ninguna de las tres operaciones era más imperiosa que las otras. Era obligatorio dar, y también recibir y restituir. Negarse a dar, lo mismo que a recibir, era un acto de auténtica hostilidad; el prestigio de los grupos y la autoridad de los jefes dependía estrictamente de la posibilidad de corresponder a los presentes aceptados.[11]

Precisamente, la palabra latina pecus (ganado) ha dado lugar a “pecunio” (riqueza), o “pecunia” (de donde “pecuniario”, monetario), que fue la denominación del signo de cambio que acabó por aplicarse a la moneda metálica cuando ésta pasó a ser la única utilizada en las actividades comerciales, sustituyendo al ganado.[12] El primer metal empleado para dichas transacciones fue el cobre, que se presentaba como piezas y lingotes informes, denominados por ello aes rude (fig. 2), y que al no llevar ninguna marca oficial que garantizase su peso y valor se requería constantemente el uso de la balanza.

aes rude

Fig. 2. Piezas de Aes rude.

Aunque convivió con él durante un tiempo, el aes rude fue sustituido más tarde por el aes signatum, introducido por Servio Tulio (el último de los siete reyes de Roma) allá por el siglo V a.C. El aes signatum representa ya una moneda en el sentido de que era un lingote regularmente tallado y con una forma cuadrangular,[13] y era llamado así por las marcas (signum) que portaba impresas, desde animales (bueyes, cerdos, elefantes, caballos –también fabulosos como Pegaso-, águilas con el rayo jupiterino entre sus garras, gallos, delfines), y figuras de espadas, puntas de lanza, anclas, trípodes, ánforas, escudos, o símbolos vegetales como las espigas y formas esquematizadas de plantas. También se grababan aes signatum con los atributos de las diversas deidades, como la cornucopia de Fortuna, el tridente de Neptuno o el caduceo de Mercurio (fig. 3). Es decir representaciones todas ellas de los numina, de las energías divinas.

ejemplos de Aes signatum

Fig. 3. Aes signatum con los símbolos de Neptuno y Mercurio (280 a.C.).

Es interesante señalar a este respecto que entre los romanos la moneda tenía su propia deidad tutora, Juno Moneta (de donde deriva justamente moneda),[14] que era uno de los apelativos recibidos por la diosa Juno (Juno Regina), esposa de Júpiter y equivalente a la diosa Hera entre los griegos. Precisamente, el taller donde se fundían y marcaban los lingotes del aes signatum estaba dentro de las dependencias del templo de Juno Moneta, situado en uno de los dos promontorios que forman la Colina del Capitolio, concretamente en el Arx,[15] recibiendo el otro el nombre de Capitolium. Aquí se edificó el gran templo de Júpiter, en cuyo interior se encontraba la Tríada Capitolina, que en un principio estaba constituida por el propio Júpiter, por Marte y por Quirinus, siendo estos dos últimos sustituidos posteriormente por Minerva y Juno. Como estamos viendo, la colina del Capitolio (cap = cabeza) aparece así como uno de los lugares más sagrados de la ciudad de Roma, y también de los más importantes en la historia de la misma.[16]

Como decíamos las piezas del aes signatum se producían dentro del templo de Juno Moneta, la cual daba las monitiones, es decir los “consejos” acerca de los signos y símbolos que debían marcarse en los lingotes, fijándose así el valor de los mismos. O sea, que esos signos eran dados por la propia deidad, o consagrados por ella, lo cual en el fondo viene a ser lo mismo. Se sabe, por ejemplo, que algunas de las armas representadas en los aes signatum aluden a la victoria de L. Papirius Cursor sobre los sannitas en el 294 a.C.; o que el elefante que aparece en otros lingotes evocaba la victoria sobre Pirro, el rey de Epiro (Macedonia), hacia el 274 a.C., victoria ésta sin duda importante pues abriría a Roma las puertas para la conquista de Grecia.

Esto continuó siendo así hasta que, a mediados del siglo IV a.C., aparecen las monedas que sustituirán al aes signatum, el cual, sin embargo, y al igual que pasó con el aes rude, no desaparecería inmediatamente, sino que coexiste con las nuevas monedas durante bastante tiempo todavía. Esa nueva moneda, ya de forma redonda, es el aes grave, o as de bronce, también llamado aes libral puesto que su peso era de una libra aproximadamente, pero sucesivas reformas lo fueron rebajando aunque su valor como unidad de medida quedó intacto. Con el as de bronce ya reformado aparecen también distintas divisiones o fracciones del mismo (semis, triente, cuadrante, sextante y uncia, de donde procede la palara onza), y cuyos valores estaban en relación con los pesos de cada una de las monedas surgidas de dichas fracciones. A partir de entonces el as de bronce quedó como la base de todo el sistema monetario.[17]

En el año 269 a.C. se empezaron a acuñar las primeras monedas en plata, como los didracmas, los cuadrigatos, victoriatos, y sobre todo los denarios, que acabarían siendo, junto con los sestercios y los quinarios, las monedas que más circularon durante el resto del período republicano y a lo largo de todo el Imperio. Sus nombres respectivos derivaban justamente del valor que cada una de ellas tenía en relación al as de bronce. Así, el valor del denario era de diez ases, el del sestercio de seis y el del quinario de cinco. A diferencia de los aes grave (que procedían de fundición), estas monedas fueron las primeras en ser acuñadas por Roma, y naturalmente la influencia griega también aquí se dejó sentir, pues las cecas de Grecia ya llevaban tiempo trabajando con el sistema de acuñación, de factura mucho más refinada que la hecha por fundición, resaltada por la propia nobleza del metal empleado, la plata, y por supuesto el oro, el cual dio nombre entre los romanos a un tipo de moneda llamada justamente áureo, emitida desde el siglo I a.C. hasta el IV d.C., cuando fue sustituida por el solidus bizantino. Su valor equivalía aproximadamente a veinticinco denarios de plata.[18]

Todas las monedas de plata y oro (y en realidad de todos los metales) ya no se trabajaron en el interior del templo de Juno Moneta (fig. 4) sino en un recinto anejo al mismo (lo que sería propiamente la ceca de Roma) aunque siempre estuvieron bajo su patrocinio. Pero hasta entonces, y a lo largo de más de dos siglos, la actividad monetaria se realizaba dentro del templo de esta diosa protectora de Roma, lo que indica a las claras que ya desde su origen se trató de una labor asociada con lo sagrado, lo cual por otro lado nunca dejó de verse así a lo largo de la existencia de esta civilización.

Juno Moneta en un denario

Fig. 4. Juno Moneta en el anverso de un denario perteneciente a Titus Carisius.
En el reverso aparecen algunos instrumentos para la acuñación: tenazas, cuño, yunque y martillo.

La acuñación de la moneda se convirtió en un verdadero oficio artesanal ligado con las artes metalúrgicas (por su relación con el fuego y los metales) y en algún aspecto con las artes de la orfebrería, revistiéndose como todas las artesanías de un código simbólico propio y de unos ritos específicos, pues no existía en las sociedades antiguas ningún oficio que careciera de esos dos componentes que establecen una relación permanente con las energías invisibles y numinosas. De entre esos artesanos los grabadores de cuños y leyendas (scalptores y signatores) eran sin duda los más cualificados por la delicadeza, habilidad, técnica y en definitiva el arte que su trabajo requería.

Continuación


NOTAS

[*] Artículo publicado simultáneamente en el Nº 188, Diciembre 2014, de la revista Gaceta Numismática, de la Asociación Numismática Española, Barcelona.

[1] Con las monedas pasa un poco como con los sellos cilíndricos babilónicos, donde también se grabaron escenas que representan a sus dioses y reyes, así como determinados acontecimientos relacionados con las dinastías gobernantes, y por supuesto toda una imaginería simbólica relativa a su cosmogonía.

[2] En realidad, la colección Numismática de Federico González forma parte integrante de su no menos excelente colección Arqueológica, la cual se ha ido creando a lo largo de varios años mediante una cuidadosa selección de las piezas a cargo del propio Federico, profundo conocedor no sólo de la cultura occidental en sus múltiples ramificaciones y corrientes de ideas que abarcan todos los períodos de la Historia conocida, sino también de las tradiciones precolombinas y arcaicas en general, como lo demuestra ampliamente su obra simbólica y metafísica.

[3] Hablamos de tres épocas donde se viven momentos de un gran esplendor cultural, el cual no hubiera sido posible sin el aporte del mundo clásico greco-romano.

[4] Según parece el nacimiento de la moneda como tal se da casi simultáneamente en varias partes del mundo griego, en Argos y la Lidia fundamentalmente, hacia el siglo VII a.C.

[5] La moneda griega y romana fue también modelo para todas aquellas culturas y civilizaciones que gravitaron en torno a estas dos civilizaciones, tal el caso de los celtíberos e íberos de Hispania, los celtas de la Galia, los etruscos, o los fenicios y sus herederos cartagineses, poseedores estos últimos de una potencia marítima y terrestre con la que Roma combatió durante siglos por la hegemonía del Mediterráneo. En el mismo sentido podemos hablar del Imperio Persa y sus sucesores Partos y Sasánidas, e incluso del Imperio Seléucida, aunque éste en realidad pertenece a la cultura helenística y su territorio ocupó gran parte del Imperio Macedónico creado por Alejandro Magno, con sede en Alejandría. En la colección que nos ocupa, Federico ha logrado reunir piezas pertenecientes a todas estas culturas y reinos.

[6] Merece mencionarse asimismo al llamado “canto serrado” o dentado, nummi serrati, ya utilizado por los romanos, sobre todo en algunos denarios de plata. También estuvieron en circulación entre los macedonios, los seleúcidas y los cartagineses. Es interesante anotar que si la moneda circular evoca inmediatamente una rueda, esto se hace aún más evidente si cabe con la moneda serrada, hasta tal punto que en algunas emisiones romanas de estas monedas aparece en el reverso una rueda de seis radios (Fig. 1). Dice Ernest Babelon al respecto: “Se trata de piezas de plata de buena calidad con los habituales tipos de la cabeza de Roma con casco y los Dioscuros a caballo; anotemos la particularidad de que ellas han sido emitidas bajo la autoridad de un magistrado monetario anónimo, cuyo emblema es una rueda que figura, como símbolo, en el campo del reverso de estos serrati.” (Traité des Monnaies Grecques et Romaines. Théorie et Doctrine. Tomo I. Ernest Leroux, Editor. París 1901).

[7] “Dios todo lo dispuso en medida, número y peso.” (Sabiduría, XI, 20).

[8] Un ejemplo de proporción es el siguiente, extraído de una ley romana del siglo IV a.C.: 1 buey = 10 ovejas = 1 libra de bronce. Aquí la unidad de medida es la libra de cobre o bronce, el aes signatum.

[9] René Guénon: El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. XVI.

[10] Entre los griegos, el asador “acababa siendo una barra de hierro (o de bronce) valorada al peso, sustituida en los comienzos de la acuñación por una moneda de plata de valor equivalente, que tomaba su nombre de él: obelos, ‘óbolo’. El manojo de seis asadores, drakhme pasaba a ser el múltiplo del óbolo, la dracma, unidad fundamental de los sistemas ponderales y monetarios griegos”. (Nicola Parise: El Origen de la Moneda. Signos premonetarios y formas arcaicas del intercambio, cap. II). Así, si en el caso de los romanos era el aes signatum la primera unidad de medida, entre los griegos lo fue el obelos, el asador de los animales consagrados por el rito sacrificial.

[11] Ibid., cap. I.

[12] Entre los fenicios, pueblo eminentemente comercial, fueron sus productos manufacturados (tejidos, etc.) los que servían como “moneda” de cambio, o trueque.

[13] Su peso equivalía a unas cuatro o cinco libras romanas (1 libra equivalía aproximadamente a 327 gramos), de ahí que fueron llamados quadrussis y quincussis. También había aes signatum con formas circulares o cuadradas que no tenían ninguna inscripción ni símbolos aunque sí aparecían marcados por puntos que iban del uno al cuatro, o bien por barras, todo lo cual respondía a subdivisiones del quincussis y del quadrussis.

[14] A su vez ‘moneta’ procede de monere, que quiere decir ‘advertir’, función que también competía a Juno Moneta: la de advertir sobre los peligros que acechaban a Roma. Era así la diosa protectora de la ciudad. 

[15] En el promontorio del Arx se encontraba la ciudadela fortificada donde residieron algunos de los reyes de Roma, como el sabino Tatius, y allí estaban también los templos de Apolo Vejovis, el de la diosa Concordia y el de Juno Moneta, además de estar allí el recinto del auguraculum, desde donde los sacerdotes augures observaban el vuelo de los aves y otros fenómenos atmosféricos para su interpretación adivinatoria. En la pequeña depresión formada por los dos promontorios de la colina del Capitolio se encontraba el asylum, así llamado porque, según la leyenda, era allí donde Rómulo -el padre fundador de Roma- cobijaba a los refugiados que procedían de otros poblados vecinos. Asimismo, en una de las laderas de la colina se encontraba la famosa roca Tarpeia, desde la que se despeñaba a los asesinos y traidores a la patria, hecho que se recuerda en algunas monedas republicanas de la gens Tituria, de la que más adelante hablaremos.

[16] En la falda de la Colina del Capitolio se encontraba el templo de Saturno, mandado construido por el rey Tarquinio el Soberbio en el siglo V a.C. En este templo era custodiado el tesoro público, es decir las reservas de oro y plata de la República de Roma.

[17] No sólo existieron divisores del as sino también múltiplos del mismo, como es el caso del dupondio (2 ases), del tripondio (tres ases) y el decapondio (diez ases). Pero estas monedas circularon mucho menos que las ya nombradas.

[18] Durante los últimos dos siglos y medio de la República se adoptó el patrón plata como unidad monetaria (anteriormente había sido el cobre), mientras que durante el Imperio ese patrón pasó a ser el oro.



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