SYMBOLOS
Revista internacional de 
Arte - Cultura - Gnosis
 
LA TRADICION HERMETICA Y PLATONICA EN DANTE Y LOS FIELES DE AMOR
FRANCISCO ARIZA

Bajo este título queremos exponer algunas ideas nacidas al calor de una reflexión sobre la presencia de la Tradición Hermética y Platónica en la obra de Dante. Habiendo viajado recientemente a Florencia y la región de la Toscana, todavía están muy frescas en nuestra memoria las imágenes de estos lugares que fueron en su momento el centro cultural más importante de Europa. Allí nació Dante y allí prendió con fuerza esa organización iniciática de carácter hermético llamada los Fieles de Amor, a la que el mismo Dante perteneció junto a otros destacados personajes de la cultura italiana de su tiempo, como Guido Guinizzelli, Brunetto Latini, Guido Cavalcanti, Cino da Pistoia, Lappo Gianni, Francesco da Barberino, Cecco de Ascoli, Nicolo de Rossi, Dino Compagni, Francesco Petrarca y Giovanni Boccaccio, sin olvidarnos del francés Jacques de Baisieux y de otros repartidos por la geografía europea, especialmente el Languedoc y la Provenza.

Hemos de decir que pese a los setecientos años transcurridos desde Dante y los Fieles de Amor, la presencia de todos ellos está todavía viva en Florencia y otras ciudades de la Toscana (Pistoia, Arezzo, Prato y desde luego Siena), y se intercala con la presencia no menos viva de los representantes de esa otra corriente intelectual análoga, y también heredera de aquella, que desde la Academia Platónica de Florencia dirigida por Marsilio Ficino y bajo el mecenazgo de los Médicis generó la espléndida época del Renacimiento, vital para la perpetuación de los valores más elevados de nuestra cultura, nutridos principalmente de las distintas corrientes de la Tradición Clásica, el Hermetismo y el Judeo-Cristianismo.

Estamos hablando de la Tradición de Occidente, rama de la Tradición Unánime o Sabiduría Perenne, la que todos los pueblos y civilizaciones han conocido constituyendo su núcleo más íntimo y secreto. Si exceptuamos la era moderna, el hombre de cualquier tiempo y lugar siempre ha encontrado en las enseñanzas sapienciales de su propia tradición cultural todo cuanto ha necesitado para hacerse consciente de sí mismo y de su ser en el mundo, o sea de su verdadera identidad. Esas enseñanzas van dirigidas directamente a despertar la inteligencia que reside en el corazón, al que no hay que confundir con el órgano del mismo nombre, que en cualquier caso, y no es poco, constituye su imagen simbólica. Para una sociedad tradicional, o arcaica, el corazón siempre ha sido la sede del Intelecto suprarracional, gracias al cual podemos conocer nuestros estados superiores, de ahí su vinculación con la idea de centro y de eje. Como más adelante tendremos ocasión de ampliar, es a ese Intelecto al que Dante y los Fieles de Amor llamaron "Madonna Inteligencia", a la que constantemente invocaron en su búsqueda de la Sabiduría y el Conocimiento. Pues la Madonna Inteligencia es ese espíritu sutil que a través de las artes y ciencias de la cosmogonía, y mediante la actualización en la conciencia de las ideas-fuerza o principios universales que en ellas residen, nos conduce ante el umbral del Misterio y la Metafísica. Si tomamos la figura del círculo, o de su equivalente la rueda, podríamos comparar el punto central con esos mismos principios universales, y a los radios que emanan de ellos con las distintas ciencias y artes cosmogónicas, que actúan así de intermediarias entre el punto central y la circunferencia, representada por el mundo concreto y sensible.

Sin ir más lejos, el mismo Dante señala en su libro Convivio (II, XIII, 3) que:

del mismo modo que todo cielo móvil gira en torno a un eje que, respecto a ese movimiento, no se mueve, toda ciencia gira en torno a unos principios…

En nuestro fuero interno, los hombres y mujeres de hoy en día no somos muy diferentes de nuestros lejanos antepasados. Ante el misterio de la vida, ante la admiración y permanente asombro que nos provoca su presencia intangible, nos hacemos inevitablemente las mismas preguntas y podemos decir que las respuestas las encontraremos, al igual que ellos, en lo más profundo de "la caverna del corazón". Aunque nos centraremos sobre todo en la obra de Dante también acudiremos a lo expresado por otros Fieles de Amor, pues al fin y al cabo todos ellos bebieron de la misma fuente doctrinal y expresaron su actividad intelectual a través de un lenguaje simbólico que nada tiene de vana erudición, sino que estaba sustentado en ideas que emanaban de la cultura clásica y el esoterismo hermético-cristiano, dentro del cual la alquimia cumplía un papel muy importante.

La Política y la Idea de Justicia en Dante
Todos sabemos del protagonismo de Dante y de algunos Fieles de Amor (como Brunetto Latini, Cavalcanti, Cecco d'Ascoli o Cino da Pistoia) en los acontecimientos políticos vividos en ese tiempo, pero especialmente en Italia y Francia, países por donde pasaba entonces el eje del cambio histórico en Europa, un cambio que en realidad indicaba el fin del ciclo medieval y la aparición de una nueva época que desembocaría en el Renacimiento. Recordemos que estamos hablando de finales del siglo XIII y principios del XIV. Por otro lado, no debe extrañarnos ese protagonismo, pues si bien los objetivos de una organización iniciática son ante todo espirituales y metafísicos, esto no es óbice para que sus integrantes participen en los sucesos políticos de su tiempo, y más cuando, como es el caso, esos acontecimientos llevaban irremisiblemente a una caída en el caos social, resultado de los enfrentamientos entre los distintos reinos europeos como consecuencia de la ruptura en las relaciones entre el Imperio y el Papado, una ruptura que para Dante procedía sobre todo de este último, del Papado, ávido de un poder mundano que acabaría prostituyendo los principios mismos del cristianismo.

Por otro lado, y como veremos a continuación, en las civilizaciones tradicionales la política tenía un sentido muy diferente al que se le da hoy en día; ella estaba comprendida dentro de una cosmogonía, o sea de una concepción del mundo que se establecía de acuerdo a ideas ontológicas y metafísicas, lo cual como hemos dicho anteriormente se extendía al resto de las artes y ciencias.

Dante apostaba claramente por el concepto de la "división de poderes" entre los dos grandes mandatarios de la cristiandad europea medioeval, el Emperador y el Papa, y cuyo principio estaba en la máxima evangélica: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Esta visión le da a Dante, y a otros que como él acreditaban en lo mismo, una cierta anticipación de lo que en el siglo XVIII Montesquieu en su libro Del Espíritu de las Leyes denominó la "separación de poderes". No pretendemos desde luego comparar la concepción política de Dante con la de Montesquieu, pero sí resaltar esa idea de "separación de poderes", puesto que ella es una forma de encontrar el equilibrio en las relaciones entre aquellos que deben regir la "cosa pública".1

Tengamos en cuenta que Dante y los Fieles de Amor además de artistas, filósofos, poetas y contemplativos, eran también hombres de acción que estaban comprometidos ante todo con la idea de Justicia, plenamente convencidos que su aplicación debía conducir a la paz y a la libertad para todo el género humano. La paz en la justicia, es decir la Justicia como un don del cielo para el buen gobierno de los asuntos de los hombres. Esta alta concepción de la política era el santo y seña de los Fieles de Amor en sus relaciones con el mundo exterior, y Dante mismo escribió un tratado muy importante de filosofía política al que puso por título Sobre la Monarquía, aunque en el fondo también podía haberse llamado "Sobre la República", pues en realidad trataba de la Justicia como el elemento central que debe guiar todas las acciones de los hombres, empezando por los destinados a gobernarlos, idea esta que no estaba muy lejos de lo que pensaban algunos prestigiosos antepasados de Dante, y también de todos nosotros; nos referimos a Pitágoras, Platón, Cicerón…

Esta es quizá la diferencia fundamental que existe entre los autores tradicionales como Dante y los teóricos de la ciencia política que emergieron con la Ilustración. Nos referimos a que en Dante, como en Pitágoras, Platón, Cicerón, etc., los principios que han de gobernar la ciudad son de orden metafísico, es decir están por encima de la simple razón humana, si bien ésta los interpreta para ajustarlos a la naturaleza del hombre. Sin embargo para los filósofos "ilustrados" no existen esos principios arquetípicos, o en cualquier caso han perdido toda su vigencia, y esto les conduce a aceptar sólo lo que la razón o la mente es capaz de concebir sin vínculo alguno con lo que es por esencia suprahumano. La razón o la mente han sido comparadas en todas las culturas con la luna, cuya luz es un reflejo de la luz del sol, el que se ha comparado a su vez con el foco de la luz espiritual, vinculada con la inteligencia del corazón. Dante, en los cantos últimos del Purgatorio, compara en efecto su mente con un espejo en el que se refleja el influjo del rayo divino, o intelecto superior, que tiene su fuente en la Sabiduría, rayo que es llamado buddhi en la tradición hindú. Y en el canto V del Paraíso encontramos también lo siguiente,

Abre la mente a cuanto yo te digo / y guárdamelo bien; que no hace ciencia el entender, sino el guardar consigo.

Estas palabras de Beatriz (la Sabiduría) a Dante son dichas en el preciso momento en que ambos llegan al cielo de Mercurio.

Las ideas que alumbraron el pensamiento político en la obra de Dante también tienen su origen en la tradición platónica y están estrechamente vinculadas con la organización de la polis, de la ciudad, según el modelo que el propio Platón plantea en diversos lugares de su obra, especialmente en el Timeo (que Dante conocía perfectamente según él mismo lo insinúa en un pasaje de La Divina Comedia por una traducción debida al neoplatónico cristiano Calcidio que vivió en el siglo IV), El Político, La República y Las Leyes.

Dante conocía los entramados de la vida política y social de su tiempo. Recordemos que fue un hombre de armas en su juventud y miembro de las corporaciones de distintas arte y oficios (entre ellos el de los médicos y los constructores), participando asimismo en la política florentina a través de distintos organismos, y tuvo incluso una intensa labor diplomática en su edad madura durante su exilio al servicio de varios príncipes, especialmente de Can Grande de la Scala, señor de Verona, gibelino y partidario del Imperio como él y muchos Fieles de Amor. Todo esto nos da a entender que el poeta florentino era un hombre que a su saber teórico unía un sentido práctico que le empujaba a plasmar en lo concreto los principios que informaban su Filosofía y su visión del mundo. Era una aspiración muy alta desde luego, pero necesaria para dotar al momento histórico que le tocó vivir de un sentido superior que le sacara del callejón sin salida al que le había conducido la corrupción de sus guías políticos y espirituales, corrupción simbolizada por Dante en La Divina Comedia (Infierno I, 94 y ss.) por "la loba de la avaricia",2 la que sólo podía ser vencida por una fuerza cuyo poder emane directamente del Principio, y que en Dante se personificaba en la figura del emperador o del monarca, pero siempre como personificación de la idea de Justicia. Si no tuvo éxito en sus intentos por reformar profundamente la república mediante la restauración del Sacro Imperio, esto no ocurrió, como nos dice Erich Auerbach en su obra Dante, poeta del mundo terrenal, porque

careciera de la capacidad de percibir la realidad viva y operar en ella, sino porque se vio obligado a rechazarla. Para él "historia" y "evolución" no serían valores válidos por sí mismos; indagaba el signo que daba sentido al acaecer, y sólo encontró el caos, aspiraciones ilegítimas de lo particular, y por consiguiente confusión y desdicha. Para él la medida de la historia no es la historia misma, sino el perfecto orden divino; un principio estático y trascendente del mundo que, sin embargo, no por ello era en absoluto abstracto ni estaba muerto; en su juventud había contemplado la perfección divina, y ésta era para él una experiencia física y la forma del anhelo que exigía su realización.

Ese "perfecto orden divino" que Dante contempla ya en su juventud, cuando se inicia en los misterios de los Fieles de Amor, no es otra cosa que la Cosmogonía y las ideas arquetípicas que la conforman. Para Dante estas ideas, fundamentalmente regeneradoras por referirse a los principios universales, deben trasladarse al mundo del hombre mediante las estructuras simbólicas que dan forma a la cultura y la civilización, y por lo tanto a la Historia, a la verdadera, y no a la de las miles de anécdotas y minucias.

La Historia, inseparable de la Geografía, es el desarrollo en el tiempo y en el espacio de esas leyes y estructuras arquetípicas, que son inmutables por su condición atemporal, y es precisamente esa atemporalidad lo que permite que en todo cambio acaecido en la sucesión temporal continúe existiendo un reflejo de ese "perfecto orden divino", es decir de la Cosmogonía Perenne, evitando de esta manera que el mundo sucumba en el caos y el desorden generalizado. La presencia de las ideas metafísicas en el tiempo cíclico es lo que las tradiciones hindú y budista denominan el dharma, la "ley cósmica", y aquí en nuestra civilización desde los tiempos de Grecia y Roma su nombre no es otro que el de Providencia, que para Platón era una divinidad. La Historia a la que hacemos referencia es pues un "instrumento" de esa "ley cósmica", de ahí que la política la actualice permanentemente, es decir que la Política, con mayúsculas naturalmente, actualiza lo que hay de inmutable y esencial en la Historia.

Así lo entendió Dante y así lo han entendido siempre los sabios de todos los tiempos, que han advertido la trama sutil que está detrás de los acontecimientos históricos, generándolos y llevándolos finalmente a su consumación, como un destino inevitable que los padres etruscos y romanos designaron con el nombre de Fatum, la Fatalidad, reguladora de la cadencia cíclica y rítmica de las cosas manifestadas en el tiempo.

Por eso mismo Dante sabe de la gravedad de la época en que le tocó vivir, una época de transición donde estaba en juego el destino de Europa, de Occidente, y el sentido superior de su civilización. Y es precisamente en el mantenimiento de ese sentido superior y al mismo tiempo en saber adaptarlo al nuevo ciclo que estaba surgiendo, que la obra de Dante adquiere su verdadera dimensión y puede ser calificada de providencial. Es por eso que nosotros tomamos a dicha obra como paradigma para entender también nuestro tiempo, ya que hay en ella un elemento intemporal que la hace plenamente actual, y desde luego encontramos ciertos paralelismos entre su época y la nuestra, pues también ahora está en juego el destino de nuestra civilización y de nuestra cultura. El célebre historiador inglés Arnold Toynbee hablaba que muchas veces la caída de las civilizaciones se producía cuando la cultura tomaba las formas más inferiores y groseras al dejar de estar el gobierno en manos de los más sabios y pasar a los más ignorantes.

Por otro lado, no importa que Dante no conociera la obra entera de Platón, pues la enseñanza de éste también le llegaría por otras fuentes, entre ellas la de Cicerón, y sin duda la de Dionisio Areopagita, considerado como el más platónico de los metafísicos cristianos, cuya obra Las Jerarquías Celestes inspirará a Dante la estructura del Paraíso dentro de La Divina Comedia, y también las ideas fundamentales para su concepción del Imperio Universal tal como lo expresa en Sobre la Monarquía, donde podemos leer:

La disposición de este mundo sigue la disposición inherente a la circulación de los cielos.

Que se complementa con la siguiente afirmación que encontramos en otra de sus obras destacadas, el Convivio (II, 4-13), cuando al referirse a la acción de las ideas en el mundo nos dice lo siguiente:

De algunas de ellas deriva la circulación del cielo, que es lo que gobierna el mundo, el cual, en definitiva, viene a ser como una ciudad organizada, regida por la especulación de las inteligencias motoras [o sea, por las entidades angélicas o ideas-fuerza].

La influencia de Las Jerarquías Celestes del Areopagita sería decisiva también en las distintas corrientes herméticas y cabalísticas del neoplatonismo renacentista. Podemos considerar a este respecto el Gobierno del Mundo expresado en el libro sobre la Monarquía como una utopía que toma como modelo la estructura del cosmos y sus leyes, y que tiene muchos puntos en común con las ideas expresadas por Tomás Campanella en esa otra utopía llamada "La Ciudad del Sol", donde el lugar del Monarca lo ocupa un personaje llamado "Metafísico", como nos recuerda Federico González en su obra Las Utopías Renacentistas, obra imprescindible para entender también la dimensión simbólica de la política, palabra que recordemos proviene de polis, la ciudad o civitas, de donde civilización.

Otro eminente platónico cristiano que ejerció igualmente una notable influencia en Dante fue San Agustín y su obra La Ciudad de Dios. Asimismo la escuela de Chartres (siglo XII), plagada de neoplatónicos (Bernardo y Teodorico de Chartres, Guillermo de Conches, Alain de Lille, Bernardo Silvestre, Gilberto de la Porree, a quien cita elogiosamente en el libro de laMonarquía al llamarle "Maestro de los seis principios", etc.), hasta el punto que ha llegado a decirse que hablar de la escuela de Chartres es como hablar de Platón. Esos filósofos buscaban conciliar el pensamiento platónico expresado en el Timeo con la tradición cristiana, siendo así de alguna manera precursores del Renacimiento. Y desde luego no podemos olvidarnos de la escuela de San Víctor (también en el siglo XII), que alumbró al neoplatónico Ricardo de San Víctor, otra de las referencias doctrinales importantes para Dante, hasta el punto de que en La Divina Comedia lo sitúa en el Cielo del Sol, junto al propio Dionisio Areopagita, el rey Salomón, Tomás de Aquino, Alberto Magno, Boecio, Isidoro de Sevilla y otros sabios y filósofos.

De todos esos movimientos culturales impregnados de platonismo se nutrió el pensamiento de Dante, que también bebió del Comentario al Sueño de Escipión de Macrobio y de Las Bodas de Mercurio con Filología, una obra neoplatónica del siglo V escrita por Marciano Capella, y donde se habla de la unión de la inteligencia (Mercurio) con la palabra (Filología), dato éste bastante relevante para un poeta que, como Dante, es un transmisor de la Filosofía Perenne. Otra obra medieval que marcó la formación intelectual del genio florentino es el Liber de Causis, o Libro de las Causas, texto anónimo que nació en medios árabes e inspirado nada menos que en Proclo, autodenominado "discípulo de Hermes" y uno de los más insignes representantes del neoplatonismo y de la "cadena áurea" en Occidente.

En fin, otra de esas fuentes apunta hacia Oriente, concretamente hacia el sufismo islámico, e incluso el sufismo iranio, donde también aparece la expresión "Fieles de Amor" para referirse a una rama del sufismo chiíta (conocedores de Platón y el Corpus Hermeticum) que estaban organizados al igual que los Fieles de Amor de Dante en torno a la idea de la conquista de la Sabiduría a través del desarrollo de todas las potencialidades espirituales contenidas en la energía del Amor al Conocimiento. No creemos que todo esto sea mera casualidad, pues es sabido que durante la Edad Media existieron vínculos más o menos secretos entre las diferentes organizaciones iniciáticas y de caballería tanto cristiana como islámica. Este es un tema que ha sido tratado por René Guénon en varias ocasiones, y especialmente en El Esoterismo de Dante, y a él remitimos. Recogiendo algunas reflexiones del arabista español Miguel Asín Palacios, en esta obra sobre Dante habla Guénon de la influencia ejercida en la obra del florentino por ibn Arabí, el más grande de los metafísicos sufís de todos los tiempos, quien se llamaba a sí mismo "hijo de Platón".

Volviendo de nuevo a Aristóteles, es cierto que se ha escrito mucho sobre el influjo de éste en Dante, lo cual es innegable. Por poner un ejemplo, el libro del Convivio o el De la Monarquía están plagados de citas de Aristóteles, que en el caso del último título le sirven a Dante para reforzar sus ideas sobre la ética, la justicia y el derecho. Pero las ideas-fuerza que moldean lo más profundo de su pensamiento y nutren lo más íntimo de su alma proceden principalmente de Platón por vía del neoplatonismo, al que pertenecen también esa cadena de filósofos, escritores y poetas latinos de los que Dante se alimentó, y que comenzando por Cicerón, Séneca, Ovidio, Estacio, Horacio y Virgilio, llega hasta Boecio, cuya obra La Consolación de la Filosofía supuso para Dante una verdadera revelación en un momento crucial de su vida.

Dicho de manera muy resumida, las ideas platónicas apuntan hacia la metafísica y buscan crear las condiciones para que el ser humano viva su existencia de acuerdo a esa realidad trascendente, estableciendo un eje que une el mundo superior al inferior; Aristóteles, que fue discípulo de Platón, desde luego que no ignora esa realidad, pero su horizonte intelectual es más limitado y se circunscribe más bien al orden lógico y racional de las cosas, es decir a fijar en un sistema las enseñanzas filosóficas, de ahí que éstas dieran lugar, entre otras materias, al desarrollo de las ciencias empíricas. Esta limitación se debe posiblemente a que Aristóteles no se siente partícipe de la tradición órfica y mistérica que sí está presente en Platón, al igual que Sócrates y en Pitágoras, en donde el mito y su vivencia es una clave esencial en la enseñanza de la Filosofía, considerada como una revelación de los dioses y en consecuencia como una realidad siempre viva y en constante interrelación con las potencias e ideas que crean el orden del universo, orden convertido así en un modelo para el ser humano y su acción en el mundo.

En resumidas cuentas, nosotros pensamos que el punto de vista platónico y el punto de vista aristotélico se refieren a dos visiones distintas aunque complementarias de la realidad, y por tanto no debe verse en ellas ningún tipo de oposición, sino más bien una complementariedad, como son complementarios el cielo y la tierra. En cualquier caso Dante, y en consonancia con el espíritu de su época que ya anunciaba el prodigio histórico del Renacimiento, siempre buscó conciliar a Aristóteles con Platón, es decir la escolástica por un lado, con la metafísica y la cosmogonía que procedía de la tradición platónica por otro.

Dante invoca la autoridad de Aristóteles en muchas ocasiones y lo toma también como su maestro (al que designa constantemente como "el Filósofo"), lo cual nos recuerda al gran cabalista zaragozano Abraham Abulafia, que también tenía en muy alta estima la filosofía de Maimónides (influida en parte por Aristóteles), y sin embargo, como cabalista, Abulafia era un representante muy cualificado del esoterismo y la metafísica judía. Un iniciado en la Gnosis, en el Conocimiento, como era Dante (y también Abulafia) ha de ir necesariamente más allá de la filosofía aristotélica, es decir su pensamiento ha de aspirar a cimas más altas y más verdaderamente universales, y el soporte doctrinal que representa a este respecto la filosofía platónica es fundamental.

Recordemos en este sentido que ya en el Convivio (III, 14-8), es en el Banquete, título de claras resonancias platónicas, Dante llama a Platón el "mejor de ellos [los filósofos] tras la Sabiduría". Este es un "detalle" que no puede pasar inadvertido, pues con él Dante nos está señalando implícitamente la existencia de una jerarquía entre Platón y el resto de filósofos, incluido Aristóteles.3 Como verdadero interesado en el Conocimiento, repetimos, Dante aspira hacia la metafísica. De esto estamos completamente seguros, pues ha dejado testimonios más que suficientes en distintos lugares de su obra, la cual es una emanación y un soporte de su propio proceso espiritual.

Por otro lado, Dante tiene un discurso didáctico como es obvio leyendo su obra, incluida la clave de bóveda de toda ella, La Divina Comedia. No escribe para eruditos, y él mismo no se considera tal, a pesar de haber estudiado los tratados y las grandes Summas de los teólogos de la Edad Media. Más bien asimila y ordena todo ese pensamiento y lo hace inteligible para la mayoría, pues utiliza sobre todo la lengua vernácula, el "vulgar ilustre" como él la denomina, que es aquella que puede entender todo el mundo porque es la lengua que hablan, convirtiéndose así en el vehículo de comunicación de las ideas. Dante, al igual que Brunetto Latini, sabe de la importancia de la lengua como instrumento de construcción de la ciudad, o sea de la política, del gobierno de la polis. La lengua hablada por todos adquiere una nueva dimensión y se convierte en una lengua no sólo poética sino también filosófica, o mejor dicho esa poética incluye una filosofía, un amor a la Sabiduría. Por eso Dante escribió ese tratado llamado Elogio de la lengua vulgar, que además de contener un "lenguaje secreto" que sólo podía ser comprendido por los que tienen "veraz entendimiento", o sea por los Fieles de Amor y quienes como ellos participaban de los mismos principios universales,4 también sería fundamental para la formación definitiva de un idioma, el italiano, que se convertiría a partir de entonces en la lengua hablada por todo un pueblo, que se unificó gracias a ella, como se unificarían los distintos reinos hispanos gracias al castellano, teniendo en ello un papel destacadísimo la obra cultural de Alfonso X el Sabio, centrada en la Escuela de Traductores de Toledo, Sevilla y Murcia.

La lengua, ya sea hablada o escrita, es en efecto el vehículo de la cultura, y no podemos desconocer el aspecto simbólico que reviste el lenguaje en todas las civilizaciones tradicionales, en cuyas cosmogonías siempre existe el dios que otorga la palabra a los seres humanos, sin la cual éstos quedarían reducidos a un estado inferior. Tal es el caso de Hermes-Mercurio, deidad que, al igual que el Thot egipcio, dona a los hombres la palabra y también su cristalización, la escritura, como los instrumentos culturales y civilizadores por excelencia. No hay construcción, no hay creación, sin la palabra nacida del Intelecto. "En el Principio era el Verbo…", leemos en el Evangelio de Juan. El acto cosmogónico principal es el paradigma de cualquier creación a escala humana, incluida la política.

Al igual que Sócrates -o sea al igual que Platón-, Dante desciende a la plaza pública, al ágora, y allí enseña hasta donde es posible lo que ha comprendido en su búsqueda de la Sabiduría. Pero todo ello tiene un propósito concreto y sigue una política de alto calado. Nos explicamos. En el Convivio (I, IX, 2-5) Dante afirma expresamente que no escribe para eruditos, que son los que han prostituido la literatura por su afán de dinero o renombre social, sino para aquellos que, ya sean hombres o mujeres, buscan sinceramente la recepción de una noble enseñanza. Dice Dante:

que la bondad del ánimo, a la que este servicio mira, se encuentra en aquellos que por un desafortunado abandono del mundo han dejado la literatura a quienes la han hecho de señora meretriz, y estos nobles son príncipes, barones, caballeros, y mucha otra gente noble, no solamente hombres, sino también mujeres, que hay muchos y muchas en esta lengua, vulgares, y no letrados.

Acerca de esto último he aquí lo que afirma nuevamente Erich Auerbach:

Aquí, por primera vez, se apela al público que debía convertirse en portador de la nueva educación europea; porque los monumentos de la vida intelectual europea que la fundaron y ampliaron se escribieron desde ese momento en las diferentes lenguas vulgares y para el público que Dante había pensado; extraen la fuerza de su expresión vivaz del sustrato lingüístico del que proceden hablantes y escribientes, pero todos confluyen en la concepción del vulgare illustre. Esta es una lengua literaria que permanece siempre en contacto recíproco con la lengua cotidiana, recibiendo y donando al mismo tiempo, y a través de la cual lo vivo del pensamiento y de la tradición, lo verdaderamente digno de saberse, es accesible a cualquiera que tenga en su corazón el deseo de albergarlo.

La cultura humanista que tiene en Dante, Petrarca y Boccaccio sus precursores principales, se sustenta en gran parte en esta concepción de la lengua y la literatura, que efectivamente se adaptan para que los valores perennes de las ideas de la tradición continúen vehiculándose y no acaben petrificándose por la añoranza de un tiempo que ya ha dejado de existir. La desintegración de la sociedad medieval (que ya se vivía en tiempos de Dante y los Fieles de Amor) hizo que el latín, que había sido ya desde Roma la "lengua franca" europea y vehículo de la cultura, perdiera influencia en favor de las lenguas vernáculas (casi todas ellas romances, o sea derivadas del latín), y éstas debían ser necesariamente ampliadas y enriquecidas con conceptos e ideas que procedían directamente del saber heredado de los clásicos, latinos y griegos. Y hemos de reconocer en todo esto la importancia que tuvo la poesía trovadoresca que giraba en torno al tema del Amor y la nobleza interior que genera su constante invocación, y con la que ese saber se entrelazó para abrir nuevas perspectivas que desembocarían en la lengua poética altamente esotérica del dolce stil nuovo (el "dulce estilo nuevo"), cuyo primer iniciador fue Guido Guinizzelli, que empieza uno de sus poemas más conocidos con el siguiente versículo:

Siempre acude Amor al gentil corazón…

Bajo esa inspiración debía surgir necesariamente un lenguaje que era la expresión de un pensamiento "sublimado" por la atracción que las ideas más elevadas ejercían en la mente y el espíritu de sus promotores.

Por otro lado, esa capacidad para ver e intuir los cambios en la corriente del tiempo que determinan el acontecer de la vida humana, y lo que es más importante, esa capacidad para adecuar a dichos cambios las ideas perennes para que éstas continúen influyendo en el ser humano, es un privilegio que sólo poseen los guías espirituales de los pueblos. Dante es uno de ellos. Elogio de la lengua vulgar es en este sentido una obra que además de su contenido esotérico e iniciático (que para nosotros es el más importante, pues contiene a todos los demás sentidos) está escrita en clave política, destinada a crear las condiciones propicias para que la cultura tradicional, portadora de una Sabiduría Perenne, no quedara en efecto relegada al ámbito de la ya por entonces solidificada erudición escolástica, con el peligro que esto representaba para su continuidad y pervivencia. Tengamos en cuenta que toda la obra de Dante (si exceptuamos De la Monarquía, redactada en latín) fue escrita en el italiano del dolce stil nuovo.

Reparemos en esta palabra, nuovo, nuevo. Se necesitaba, en efecto, un nuevo instrumento para vehicular esa cultura, que también estaba siendo renovada por la aparición de la tradición humanista que recuperaba el legado y el espíritu de la Antigüedad Clásica. Lo mismo podríamos decir del Convivio, obra por cierto inacabada, pero que aún así es un intento por sintetizar todo el saber de su tiempo pero enfocándolo como un banquete, o convite, del que, según sus propias palabras, pudieran comer todos los seres humanos que se acerquen a ese saber. Precisamente en el Convivio (I, XIII, 11) podemos leer lo siguiente en relación con todo esto:

…porque ya es hora de repartir los alimentos. Este será el pan de cebada del cual miles se alimentarán, y me sobrarán cestas enteras. Así una luz nueva, un nuevo sol despertará cuando el otro decaiga, e iluminará a quienes están en las tinieblas por culpa del viejo sol que en ellos no lucía.

La Divina Comedia también está orientada en esa misma dirección, y cuando Dante nos indica que el contenido de su Canto tiene varios sentidos o niveles, lo que hace es alentarnos en la búsqueda de esos diversos sentidos, a no quedarnos con el más literal y aparente.

Dante era consciente de su destino y de su función, y si bien es cierto que fracasó en su intento por restablecer el Sacro Imperio en la figura de Enrique VII de Luxemburgo, sin embargo su visión de una Monarquía universal nace de una concepción claramente metafísica de origen platónico: la idea de integrar la multiplicidad en su Unidad originaria, o las distintas partes en el Todo, lo cual está en el polo opuesto de los nacionalismos de cualquier color, que son por naturaleza disgregadores de esa unidad, y que estaban surgiendo en ese momento en toda Europa. Este era también uno de los motivos que hacían necesaria la Monarquía universal en la visión de Dante, y por eso consideró que el modelo ofrecido por el antiguo Imperio Romano era el que se ajustaba mejor a esa idea.5

Podemos afirmar que los principios filosófico-políticos expuestos por Dante acerca del Imperio universal y su gobierno presidido por la Justicia y la idea axial del Bien en el sentido platónico y también en el sentido que tiene en el Corpus Hermeticum (donde se habla del Padre Supremo como el Bien y lo Bueno) surgen como una imagen de la propia organización del Cosmos, que es una emanación de la Unidad primigenia, del Ser universal bajo su función de Rey del Mundo (el Chakravarti o Señor de la Rueda hindú), y que se articula de acuerdo a la conciliación o armonización de sus partes o potencias gracias a una energía muy poderosa a la que Dante y sus compañeros poetas y filósofos designan con el nombre de Amor, idea señalada también por Boecio cuando en La Consolación de la Filosofía exclama:

"¡Oh, feliz especie humana, / si rigiera en vuestras almas /el amor que rige al cielo!"

Palabras estas que evocan inmediatamente a Platón cuando afirma que el Amor es un divino arquitecto que bajó al mundo

a fin de que todo en el universo viva en conexión.

Es esa idea esencial, la de la Justicia unida al Amor, a la Caridad, la que según Dante se encarna, o debería encarnarse, en el Emperador o el Monarca como reflejo directo del Ser Universal. Esta concepción estaba muy próxima a la sustentada también por Alfonso X el Sabio, para quien La Harmonía Mundi se funda sobre la Justicia, y ésta tiene para Dante su modelo en el cielo de Júpiter, él mismo el planeta y el dios que simboliza la Justicia divina. Por eso dice Dante (Monarquía, III, 16) que:

La autoridad del temporal monarca desciende, sin intermedio alguno, de la Fuente de universal poder. La cual Fuente, única en la cumbre de su simplicidad, en múltiples torrentes por abundancia de su bondad, se derrama.

René Guénon en su libro El Rey del  Mundo nos recuerda que en la tradición hebrea el planeta Júpiter lleva por nombre Tsedeq, el "Justo". No nos extraña entonces que Dante, en La Divina Comedia, sitúe en el cielo de Júpiter el espíritu de los hombres justos, muchos de ellos reyes y emperadores, como David, Josué, Ezequías, Trajano, Carlomagno, el troyano Rifeo, etc. Añade Guénon que esta aproximación de la Realeza y de la Justicia,

se vuelve a encontrar, precisamente, en el nombre de Melki-Tsedeq. Se trata aquí de la Justicia distributiva y propiamente equilibrante en la "columna del medio" del árbol sefirótico; es necesario distinguirla de la Justicia opuesta a la Misericordia e identificada con el Rigor, en la "columna de la izquierda", pues son éstos dos aspectos diferentes (…) El primero de esos dos aspectos es la Justicia en el más estricto sentido y, a la vez, el más completo, implicando esencialmente la idea de equilibrio o de armonía, y ligado indisolublemente a la Paz.6

Así pues, esos principios a los que nos estamos refiriendo pueden ser considerados como una utopía necesaria que busca ante todo la perduración en la memoria del origen vertical y celeste del género humano, y que se expresan como una corriente de pensamiento, la "cadena áurea", que da sentido a la Historia y a la civilización. Corriente que se manifestó también a lo largo de todo el Renacimiento, substanciándose políticamente en las distintas monarquías europeas, entre las que sobresalió la Monarquía Isabelina, que es donde quizás más influyó el pensamiento de Dante al respecto, y la que en determinados momentos de su historia estuvo gobernada también por las ideas platónicas y herméticas.

Como es lógico, no podemos desarrollar como se merece este aspecto no muy conocido de la influencia de Dante en la política europea de su tiempo y del posterior, pero sí diremos que las monarquías y repúblicas que emergieron tras la Edad Media y florecieron durante el Renacimiento no fueron ajenas a esa influencia. En efecto, distintos cancilleres, diplomáticos y hombres de Estado conocían muy bien el libro de Dante y lo tomaron como modelo para su política. Tal es el caso del cardenal italiano Mercurio Gattinara, canciller y consejero de Carlos V desde 1517 hasta 1530, año de su muerte. En este sentido, es muy probable que en la conformación del Imperio Hispano también estuviera presente la idea de la Monarquía Universal expresada por Dante.

Gattinara hacía sus planteamientos desde una convicción profunda: todo se rige por influencia de los astros, en la bóveda celeste está escrito el pasado, el presente y el futuro. Asimismo, era posible acceder a ese conocimiento si se poseía la sabiduría suficiente para descifrar los signos, decodificarlo y leerlo (a través de la observación de los hechos y con la ayuda de la astrología). Para evitar accidentes y obtener el éxito, tanto en la empresa de la Monarquía Universal como en la fundación del Estado, debían adecuarse las formas del mundo terrestre al celeste y de ahí que las previsiones y consejos dados por el Gran Canciller tuvieron siempre presente una consulta astrológica (…) No cabe duda de que, instintivamente, hacía suya la tradición hermética basada en el principio de correspondencia donde universo (macrocosmos) y hombre (microcosmos) son un reflejo del uno en el otro y donde lo que hay en uno debe hallarse en el otro. La búsqueda de esta correspondencia forzó el proyecto de Gattinara a concentrar su objeto en la aspiración a interrelacionar ambas partes lo más estrechamente posible, impregnándose la una en la otra, insuflando en la construcción del Estado la sustancia de Dios, o si se prefiere la sustancia del principio de la armonía universal. Según la tradición referida, embebida en las lecturas de cabecera del Gran Canciller, san Gregorio Magno, y Joaquín de Fiore, las cosas semejante se unen, se entremezclan y se impregnan las unas en las otras. La emulación es el mecanismo por el que se genera este proceso en el que unas cosas adquieren las propiedades de otras. El Estado o la Monarquía, emulando la Creación tenderían así hacia la perfección, encadenándose como anillos que giran entre la tierra y el cielo.7

Y con respecto a la Monarquía Isabelina, no es por casualidad que el nombre de Astrea (y también el de "Reina Virgen") dado a Isabel I aparezca en el tratado sobre la Monarquía (I, XIII), relacionándola con la Justicia.8 Evocando un verso de las Eglogas de Virgilio donde se habla del retorno de la mítica Edad de Oro,

Ya vuelve la Virgen, los reinos de Saturno vuelven,

Dante señala lo siguiente:

Virgen era el nombre de la Justicia que también se llamaba Astrea.

Y a continuación describe la virtud intrínseca de la Justicia en estos términos:

Ha de saberse que la justicia, considerada en su propia naturaleza, es una cierta rectitud o regla, que excluye la falsedad; en sí misma no soporta regateos ni añadidos, como la blancura considerada en abstracto.

Asimismo, en el Convivio (IV, VI, 13-14) podemos leer:

Hubo otros, que empezaron con Sócrates y después con su sucesor Platón, que observando con mayor agudeza, entendieron que en nuestras acciones se puede pecar, y de hecho se peca, de dos formas: por exceso y por defecto, concluyendo que una acción nuestra que no caiga en un extremo ni en el otro, sino que tenga la virtud de estar equilibrada en un justo medio por nuestra voluntad, era el fin de que estamos hablando, y lo llamaron "acción virtuosa." A estos se les llamó académicos, como lo fueron Platón y su sobrino Espeusipo, por el lugar donde el primero de ellos profesaba, la Academia.

Resumiendo la enseñanza que según nuestra opinión debemos extraer de todo esto y en conformidad con Dante: que la forma de gobierno ideal, es decir según los principios metafísicos, ha de ser construida en nuestro interior, en el alma concebida como una ciudad, o un Estado, la que ha de proyectarse en la ciudad externa y visible.

A propósito de todo esto, y sintetizándolo, Federico González, en Las Utopías Renacentistas (cap. III), cita el estudio de Ananda Coomaraswamy "¿Qué es civilización?", donde leemos lo siguiente:

En el pensamiento de Platón hay una ciudad cósmica del mundo: la ciudad del estado, y hay un cuerpo político individual, y ambos son comunidades (…) "Las mismas castas (griego genos, sánscrito jâti), en igual número, han de hallarse en la ciudad y en el alma (o sí mismo) de cada uno de nosotros", el principio de la justicia es igual en todo, a saber, que cada miembro de la comunidad cumpla las tareas para las que ha sido dotado por la naturaleza; y el establecimiento de la justicia y el bienestar de la totalidad depende, en cada caso, de la pregunta: ¿Quién gobernará, lo peor o lo mejor?, es decir, ¿una única Razón o Ley Común, o la multitud de los ricos en la ciudad exterior y de los deseos en el individuo? (República 441 y ss).


Continuación
NOTAS
1 Sobre todo esto ver Autoridad Espiritual y Poder Temporal, de René Guénon.
2 Podemos apreciar cómo esta 'loba' sigue estando vigente en el show actual de la economía mundial.
3 Este no es el único ejemplo donde Dante expresa la alta consideración en que tenía a Platón, y en ocasiones deja entrever que las ideas expuestas por Platón tienen un sentido superior al literal, es decir que contienen un significado oculto que hay que desvelar mediante otras "luces" que no sean las del simple raciocinio. A esto pensamos que alude el poeta florentino cuando en el canto IV del Paraíso señala un pasaje del Timeo de Platón donde se habla del retorno del alma a su estrella (es decir a su patria celeste). Dice Dante que "quizá su sentencia es de otra guisa / que como suena…" Es decir que contiene un sentido simbólico más allá del literal.
4 Como nos dice a este respecto René Guénon (Esoterismo Cristiano, cap. VI): "El punto esencial aquí es saber lo que Dante entiende por la expresión vulgare illustre que puede parecer extraña y contradictoria si nos atenemos al sentido ordinario de las palabras, pero que se explica si se subraya que él tomaba vulgare como sinónimo de naturale; es la lengua que el hombre aprende directamente por transmisión oral (como el niño, que desde el punto de vista iniciático representa al neófito, aprende su propia lengua materna), es decir, simbólicamente la lengua que sirve de vehículo a la tradición, y que puede, bajo este punto de vista, identificarse a la lengua primordial y universal".
5 No olvidemos en este sentido que Europa se construyó a partir del momento en que Carlomagno busca el modelo civilizador de Roma e instaura el Sacro Imperio en el siglo IX; a partir de ahí, y al menos hasta el siglo XVII, esa idea del Imperio como modelo de los distintos reinos, repúblicas, condados, ducados, etc., siempre estuvo presente en la política europea o sea que de alguna manera esa concepción ha contribuido secularmente a dotar a Europa de una cierta unidad en lo político, unidad que se acaba rompiendo definitivamente a mediados de ese siglo XVII con los tratados de Westfalia, los que dieron origen a la preponderancia de los Estados nacionales.
6 René Guénon. El Rey del Mundo, cap. VI.
7 Gattinara. Carlos V y el Sueño del Imperio, de Manuel Rivero Rodríguez.
8 Sobre este tema ver el importante libro de Frances Yates Astraea. The Imperial Theme in the Sixteenth Century. También, de la misma autora, La Filosofía Oculta en la Epoca Isabelina, y El Iluminismo Rosacruz.

Estudios Generales

Home Page
© Revista Symbolos 2011