SYMBOLOS
Revista internacional de 
Arte - Cultura - Gnosis
 
EL COMBATE ENTRE
EL CARNAVAL Y LA CUARESMA

ANA CONTRERAS

Introducción
El verdadero Arte en la pintura consiste en revelarse bajo la forma de un libro mudo en el que el observador puede leer y reconocer un lenguaje urdido por símbolos que lo remiten a una realidad objetiva más allá de una interpretación profana que se pierde en subjetivismos y por tanto en la multiplicidad, en vez de sugerir una realidad superior, el arquetipo a través del cual se podrá conocer el Principio. Y el lenguaje, como la vida misma, es un código a descifrar.

Un libro mudo contiene un lenguaje asimismo mudo, es decir que se expresa desde el silencio, desde lo que hay antes del verbo, desde lo metafísico, y por tanto, se convierte en la forma más sutil y más pura de expresión, ya que de esta manera la palabra, que puede constituir una barrera psicológica en la comprensión, no es condicionante, y la interpretación está libre de forma y por tanto de prejuicios.

No hay nada inventado por el hombre sobre la faz de la Tierra. La riqueza de formas que percibimos a través de la multiplicidad no es más que un despliegue caleidoscópico de una Verdad única, y nunca será al revés, o sea que cada individualidad refleje su verdad. La inversión consiste en creer, como reza uno de los textos alquímicos de “En el vientre de la Ballena”, de Federico González, obra a la cual recurriremos en numerosas ocasiones durante este trabajo, que “la personalidad o individualidad es el Yo” (*). El mundo moderno ha caído en la lectura literal de lo que perciben sus atrofiados sentidos, y ya no digamos de la interpretación psicológica o psicoanalítica rematada con un toque final New Age que acaba de confundirlo todo, y que además, está absolutamente condicionada por un aprendizaje inculcado por el medio desde la niñez.

Por el contrario, prácticamente hasta el Renacimiento, ha pervivido en el Arte la Tradición, es decir que éste ha servido a todas las culturas y civilizaciones para plasmar los símbolos a través de los cuales se ha ido transmitiendo la Sabiduría en múltiples formas y soportes, desde la pintura al teatro, pasando por la poesía, la escritura, la arquitectura, y de hecho todos los oficios que han encontrado definitivamente su extinción con la llamada “globalización” y una sociedad de consumo con unos valores absolutamente invertidos, que confunde “lo grande y lo múltiple” con “lo más valioso” (*).

El verdadero Arte es fruto de la Hierogamía, de un matrimonio sagrado entre el Cielo y la Tierra, estamos hablando nada menos que de la fecundación del hombre por los dioses. En la vía simbólica, constituye un vehículo que nos lleva más allá, es decir a lo más profundo, a lo más interior y real de nosotros mismos, donde reside la Verdad Eterna.

En este estudio queremos ir más allá de la lectura literal o alegórica, y comprender los principios metafísicos que se plasman pictóricamente en este cuadro de Bruegel el Viejo que, con un lenguaje simple y didáctico, pero sobre todo, como verdadero artista, integrando las actividades humanas dentro de un enfoque cósmico de la Naturaleza, pretende despertar nuestra conciencia, rescatando una perspectiva simbólica y por tanto universal.

Durante el estudio de este cuadro, veremos que análisis y síntesis se van urdiendo conjuntamente en un tejido que acaba floreciendo como un mandala, a través del cual se expresa la doctrina propia de Occidente, la Tradición Hermética, de la que bebió Bruegel y que queda aquí reflejada en su originalidad, y veremos como la forma personal en la que el pintor se ha expresado se va diluyendo para dejar aparecer lo aparentemente invisible, pero que es y debe ser siempre el principio de lo creado.

El cuadro
Este cuadro de Pieter Bruegel el Viejo, pintor flamenco nacido en Breda, Países Bajos, entre 1525 y 1530, se titula “La riña entre el Carnaval y la Cuaresma”, o también “Combate entre el Carnaval y la Cuaresma”, y fue pintado en 1559. Se conserva en el Museo de Historia del Arte de Viena.

La comprensión del cuadro está relacionada con su composición, cuya superposición de estructuras complementarias relatan la cosmogonía. Esas estructuras superpuestas vienen a ser los diferentes niveles de lectura a que da lugar el cuadro en tanto que realidad, y por tanto, cada nivel de lectura representa un plano. Proponemos aquí un viaje ascendente por esos mundos, guiados por un pequeño personaje, más bien inaparente en el cuadro a pesar de su vistoso disfraz, que por cierto él suele usar a diario, pues representa precisamente la energía del Carnaval, como vamos a ver a continuación. De hecho, el sempiterno disfraz del bufón es clave para su supervivencia, pues le ayuda a pasar inadvertido. Este personaje suele interpretarse como la encarnación del desorden, de un caos mal entendido, confundiéndose el Caos primordial con el caos con minúscula que efectivamente significa desorden, y eso le convierte en un paria de la sociedad, pero también le sirve de pretexto para hacer lo que le venga en gana.

El camaleónico bufón adopta aquí varios papeles, todos ellos clave a la hora de interpretar el simbolismo de este cuadro. Este pequeño e “insignificante” personaje representa el hilo de Ariadna, el cual no debemos soltar bajo ningún concepto durante nuestro viaje, a riesgo de perdernos tal vez para siempre en el laberinto de la Creación. Es la encarnación de la Tradición, de Hermes, y también del Loco y el Diablo del Tarot, del Andrógino, todos ellos símbolos axiales como iremos viendo, a través de los cuales conoceremos diferentes estados de la conciencia con el ánimo de acabar identificándonos con el Ser y más allá de éste, con el No-Ser.

Existe en el cuadro una contraposición de planos: el horizontal, con el que el pintor despista y se protege, pues no hay que olvidar que éste vivía en una época peligrosa en que la Inquisición perseguía a la gente por sus ideas, y el vertical, por el cual se desvela la mismísima doctrina. Una inteligente estructura que se va desvelando y convierte a este cuadro en un auténtico pantáculo, o “pequeño todo”.

En este cuadro, lo aparente vela lo verdaderamente importante aunque inaparente. Verdaderamente importante por ser imperecedero, eterno. Lo que apenas destaca por parecer un simple adorno es lo que realmente interesa. Bruegel lo coloca en el centro (¿dónde mejor?), y además lo ilumina. El profano se perderá en los detalles de la multiplicidad, que desde luego no faltan, y sin el soporte tradicional, difícilmente podrá captar el verdadero simbolismo.

En realidad, el tema del Carnaval y de la Cuaresma le sirve de pretexto para expresar y transmitir unos principios universales a los que intentaremos llegar penetrando en su simbolismo. El tema no es novedad, como ocurre con todo lo tradicional, pues se está refiriendo a lo inmutable, a lo perpetuo pero siempre nuevo, pues “en la renovación perpetua no hay novedad posible” (*). Y es que el símbolo tiene esa peculiaridad: siempre es posible una lectura más sutil, y por ello es siempre nuevo aunque su apariencia no cambie, como tampoco cambiamos nosotros exteriormente por obra del Conocimiento (y si cambiamos, ¡ojo!). Debe distinguirse entre lo esotérico y lo exotérico, entre lo interior y lo exterior, entre lo invisible y lo aparente.

Los diferentes niveles de lectura están relacionados con los cuatro planos del Árbol de la Vida Cabalístico, que no es sino un mapa de ruta a través del cual iremos reconociendo los diferentes estados del Ser. Vamos a explorar pues, en orden ascendente, esos mundos, de la mano del bufón, equivalente en este estudio al Loco del Tarot, símbolo del iniciado, que pasea libremente por todo el Árbol y aún fuera de él. Se parte de Assiyah, mundo de la concreción material, este mundo que conocemos a través de los sentidos y que corresponde a una lectura literal de la realidad; a continuación se encuentra Yetzirah, mundo de las formaciones y del alma inferior, de las emociones (incluido lo moral), del psiquismo inferior en definitiva, al que corresponde una lectura metafórica o alegórica; a Beriyah, mundo de la Creación, de las ideas (que no tienen forma), del alma superior y por tanto supraindividual, corresponde una lectura simbólica, mítica, atemporal; y Atziluth, mundo de las Emanaciones, que es el mundo espiritual, al que corresponde una lectura anagógica y ontológica, o sea a nivel del Ser. Para finalizar, valga la paradoja, En Sof, el Infinito, el No-Ser, demasiadas palabras para expresar lo inefable, donde no hay lectura posible pues no hay dualidad y todo se comprende de manera simultánea, directa, sin velos.

Si uno es lo que conoce, la doctrina permite la divinización del hombre pues le ofrece abarcarlo todo (Corpus Hermeticum, XI), enseñándole a leer en el Libro de la Vida que contiene las cuatro lecturas simultáneas de la realidad.

Hemos hecho asimismo algunos paralelismos entre algunos personajes o escenas del cuadro con las cartas del Tarot, otro libro mudo heredado de la Sabiduría de Occidente, que en el Árbol de la Vida están asociadas a las Sefiroth, ya que la analogía permite relacionar esas energías equivalentes.

Asimismo, destacaremos ante todo y en todos los planos la importancia del Pilar del Equilibrio o Eje, que actúa ordenándolo todo según una jerarquía cuyo conocimiento y comprensión es absolutamente imprescindible en cualquier vía de conocimiento. Así pues, la profundización en los elementos del cuadro que simbolizan el eje permite una lectura simultánea de los cuatro planos, lo cual es lo que realmente interesa pues abarca todo lo cognoscible desde la perspectiva de lo incognoscible. El simbolismo axial, tal y como ocurre con el simbolismo solsticial, constituye una puerta abierta a otros planos.

También señalaremos desde el principio que existen tres símbolos claros que aluden al viaje iniciático propuesto en este cuadro. En primer lugar el bufón, cuyo papel es axial y muy mercurial, pues es el guía por el inframundo o psicopompos, encarnando el hilo de Ariadna, la Tradición. A continuación la pareja, que ya no da vueltas como el resto de los participantes, sino que se encuentra atravesando el cuadro por el eje, de alguna forma saliendo así de él, simbolizando la Iniciación. Y por último el pozo, que en este caso nos sugiere el acróstico V.I.T.R.I.O.L., “Visita el interior de la tierra y rectificando encontrarás la piedra oculta”.

En primer lugar, reconocemos a primera vista en el cuadro y en consonancia con la idea del bosque oscuro en la Divina Comedia de Dante, un caos de personajes errantes y desordenados. No obstante, después de perdernos en la multiplicidad de figuras y escenas dispares que dispersan y disipan nuestra atención, en ese aparente desorden vamos intuyendo un cierto orden en el que somos capaces de separar de entrada dos escenas bien diferenciadas como son el Carnaval y la Cuaresma, divididos por un eje que corta el cuadro en dos mitades de igual superficie, lo cual nos hace suponer que ambas escenas tienen análoga importancia. Esta idea nos sugiere la carta de la Justicia del Tarot, donde el Bien y el Mal tienen el mismo peso en la balanza cuyo fiel revela la clave de ese equilibrio y armonía. Nos encontramos pues en un mundo dual: por un lado el Carnaval, momento de excesos, fiesta y placer, y por otro la Cuaresma, signada por la renuncia, la penitencia y el recogimiento.

La dualidad se expresa en multitud de escenas donde se opone el Bien al Mal mediante alusiones, por ejemplo, a cuentos o fábulas de la época, como aparece en la escena donde tiene lugar una representación teatral que narra la historia de una relación contra-natura, u otra escena en la parte superior en la que también se está representando la fábula de dos hermanos, uno que representa el Bien y el otro el Mal. Y así aparece todo en el cuadro, a cualquier escala, como las máscaras de la Tragedia y la Comedia, una con la cara alegre y luminosa y otra con la cara triste y oscura, como en la carta del Carro del Tarot, sugiriendo, al igual que esta carta, que la solución está en su justo medio, en la conjugación de los opuestos.

Existen dos grabados de Van der Heyden, inspirados en unos dibujos del mismo Bruegel sobre el Carnaval y la Cuaresma que reflejan esta dualidad. En cada uno de ellos, en el extremo del dibujo, aparece el germen de su opuesto y complementario y toda la escena parece hallarse en el límite de un balanceo de un péndulo, para pasar inmediatamente hacia el otro lado, o sea a la escena opuesta, pareciéndonos reconocer en ello el símbolo del Yin Yang de la Tradición extremo-oriental, siguiéndose ambos ciclos como el Yin y el Yang en un interminable movimiento circular, como la Rueda de la Fortuna del Tarot, o rueda del Samsara de la Tradición Hindú, símbolos todos ellos de la reincidencia cíclica. Reconocemos la semilla del desorden en el orden y viceversa, a la vez que todo gira alrededor de un eje representado por la cuerda del pozo, que sube y baja simultáneamente, del centro de la tierra al cielo y del cielo al centro de la tierra.

Bruegel alude así a primera vista a los dos aspectos en los que se polariza el Principio, la Unidad Primordial, opuestos y a la vez complementarios. Polarización que da origen a los dos principios universales, uno masculino y otro femenino, de donde surgen las dos corrientes cósmicas cuya constante conjugación y armonización dará lugar al despliegue de toda la manifestación universal, bajo la forma de un árbol invertido que se va ramificando hacia abajo, hasta llegar al límite de la expresión de sus posibilidades, lo cual correspondería al mundo de la concreción material, Malkuth, y a la periferia del círculo. Pero ese enfrentamiento entre opuestos es sólo aparente, ya que al fin y al cabo, no les queda otra que convivir en su relación de amor y odio, alternándose las dos corrientes que rigen todo lo creado, a saber, una corriente de vida, expansiva, y otra de muerte, contractiva.

En cuanto a la idea de la reincidencia cíclica, resulta clave la figura del bufón, que tanto si es tomada desde el punto de vista del Diablo, un Diablo axial (pues desde el punto de vista de la Tradición Hermética es análogo al Dionisos griego, o Baco romano) cuya función es la de despertador de la conciencia, como si lo es desde el punto de vista del Loco del Tarot, personaje que está dentro y fuera a la vez, constituye precisamente el símbolo que señala la salida de esa rueda, del Samsara, y también del Laberinto a través de su centro: la puerta de los Hombres, que señala la entrada para realizar un peregrinaje por la vida, el cual iniciáticamente constituye un viaje vertical a través del Eje por los múltiples estados del Ser, que nos conducirá hasta la puerta de salida del Cosmos, puerta de los Dioses, por la que se accede al Infinito, al No-Ser, a la verdadera Libertad.

Vamos a entrar en el detalle de algunas escenas, dispuestas entorno al pozo, dibujando una elipse. Todo en este cuadro gira entorno al pozo, como si de una rueda se tratara. Rueda que nos recuerda a la carta del Tarot de la Rueda de la Fortuna, que no por casualidad se asocia en el Árbol precisamente a la Sefirah Malkhut, que representa la Tierra. A este respecto, la figura de la rueda ya está sugiriendo la salida a través del eje, indicado por su centro.

Encontramos en este plano material dos escenas opuestas y complementarias en su simbolismo, que asociamos a las dos cartas del Tarot que se ubican en esta Sefirah: la Rueda de la Fortuna, con la que acaba el ciclo descendente (del Principio a la Manifestación), y la Fuerza, con la que empieza el ciclo ascendente (de la Manifestación de nuevo al origen).

Como alusión al significado de la Rueda de la Fortuna, una primera escena central nos muestra una mujer que en vez de mirar el fondo del pozo y descubrir en él su reflejo recortado en el cielo, lo cual le daría pie a preguntarse quién es, de dónde viene y a dónde va, despertando así de la ilusión, mira inútilmente el fondo estéril del cubo, por lo que seguirá dando vueltas al pozo, o lo que viene a ser lo mismo, a la rueda, el resto de su vida. Y es que la vida es un libro abierto ante nuestros ojos, pero no hay más ciego que el que no quiere ver. Este es el ejemplo perfecto de la lectura literal. Pero eso no quita que Bruegel también sugiere con ello la importancia de una vía iniciática como vehículo para alcanzar el conocimiento. No aprendemos a leer solos, sino que nos enseñan a leer. La ignorancia y la soberbia son nuestros peores enemigos.

En una actitud muy diferente a ella se halla, también junto al pozo, una mujer que limpia y prepara el pescado que será consumido durante la Cuaresma. Aquí el autor parece hablarnos del trabajo, un trabajo que nada tiene que ver con el profano, distinguiéndose de éste por su finalidad. Un trabajo ritual y por tanto sagrado por el que uno va conociendo la Cosmogonía a la vez que va conociéndose a sí mismo. Surge así la oportunidad de identificarse con el símbolo, única vía de acceso a la Metafísica y por tanto única salida de este plano material. Esta escena alude a la carta de la Fuerza, con la que se emprende, también desde Malkhut, el camino de retorno hacia el origen. De hecho, ese pescado, que ella prepara y limpia será el alimento durante el periodo de purificación. Se está hablando del Alma: nuestra guía hacia el Espíritu, de un mundo intermedio a través del cual se va a realizar el Hieros Gamos, o matrimonio sagrado: la unión de la Tierra y el Cielo, del Alma y del Espíritu, del hombre con los dioses, es decir de nuestros estados inferiores con los superiores.

Esa unión de Cielo y Tierra también es sugerida aquí por el bufón, caracterizado con dos cuernos que sugieren al Diablo, un Diablo axial y andrógino, donde la dualidad está conciliada, indicando que nos encontramos en sus dominios, la Tierra. Desde el punto de vista simbólico y contrariamente a lo que se entiende hoy en día, los cuernos indican una relación con el Cielo (véase como ejemplo al Moisés de Miguel Ángel en el sepulcro del papa Julio II en la iglesia de San Pietro in Vincoli en Roma). Esta idea tiene su paralelismo en el pozo, que pese a llegar al centro de la tierra, territorio del Diablo, llega simultáneamente al cielo mediante su reflejo, que es descubierto por todo aquel que se atreve a mirar el fondo. Idea que también se expresa a través del medio arco que sirve para extraer el agua, del que pende la polea, gracias a la cual, al igual que en la carta de la Rueda de la Fortuna del Tarot, todo baja y sube alternativamente en el plano horizontal y simultáneamente en el vertical, expresándose así las dos corrientes cósmicas, una expansiva, masculina y descendente, que va del Principio a la Manifestación, y otra contractiva, femenina y ascendente, que devuelve todo lo Creado a su Principio. De esta forma, tanto el bufón como el pozo se revelan como símbolos del Eje, al igual que el caduceo de Hermes, en el que las dos serpientes suben y bajan, o la escalera de Jacob, por la que descendían los ángeles y ascendían los hombres. Ambos no nos están hablando al fin y al cabo sino de los estados de la conciencia que el hombre es capaz de conocer gracias a la Iniciación, un conocimiento que le permitirá ganarse su libertad.

Como hemos señalado anteriormente, este personaje, el bufón, podría interpretarse aquí en relación a dos cartas del Tarot: el Diablo y el Loco. Como Diablo, podemos decir al respecto que en este caso, este personaje también comparte con el pozo el tema de la inversión. La carta del Diablo se encuentra asociada a la esfera central del Árbol de la Vida Cabalístico, Tifereth, que significa la Belleza. Y este hecho tan paradójico toma sentido precisamente gracias al concepto de inversión, con lo cual retomamos la idea del Eje: si bien el Diablo es un ser que encarna todo lo que no es belleza, debemos tener en cuenta que, así como el cielo se refleja en el fondo del pozo, Dios también se refleja en este ser, que según la leyenda, no es ni más ni menos que Luzbel, el ángel más bello de todos, que se precipitó al abismo al perder la esmeralda que llevaba en la frente, símbolo de la conciencia de Unidad; por lo que ese Diablo lleva implícita en él la Luz, de la misma forma que el bufón porta en su mano una antorcha encendida.

Volviendo al plano puramente horizontal que se refleja en el cuadro, el ciclo del Carnaval tiene su origen en la acción que se sitúa inmediatamente por encima de éste, en la que vemos a cuatro personajes jugando, número que alude al número cuatro, asociado a Júpiter y a Hesed en el Árbol de la Vida, esfera a partir de la cual empieza la Creación. Dicho juego representa de hecho una costumbre propia de ese momento del año que consiste en colocarse en círculo e irse pasando pequeñas ollas de barro que se romperán si no son recogidas al vuelo. De hecho, un juego muy sugerente para quien conoce el Génesis cabalístico. En otro orden de cosas, diremos que estas ollas son a menudo utilizadas en los disfraces de Carnaval, colgadas de la cintura, por lo que se las relaciona con los días de abundancia.

A continuación localizamos a dos personajes jugando a los dados en el suelo. El del abrigo lleva sujeta una antorcha encendida, a pesar de ser de día, hecho que alude a la inversión que se vive en estos días. El otro personaje lleva sobre su cabeza una olla y una espumadera en la cintura, indicando que es época de Carnaval. Se dice que los juegos de azar eran muy practicados en esta época del año y que en especial el de dados simbolizaba un combate entre el invierno y el verano, con lo cual se recogería aquí, como veremos también con otras escenas, el tema del combate que da título al cuadro.

Más a la izquierda, podemos observar un grupo de mendigos e inválidos que formaban parte de la vida callejera de la época y que se hallaban notablemente presentes en Carnaval formando parte de su fauna, al igual que los bufones. Si nos fijamos en estos personajes, de los cuales cuatro parecen también girar en círculo, podemos ver que uno de ellos lleva una especie de corona roja, que junto con su manto con colas de zorro -a falta de armiño-, parece querer parodiar a la realeza. Otro inválido lleva en el tobillo una pulsera de cascabeles, adorno típico también del Carnaval. Mediante los inválidos y mendigos, se dice que Bruegel quería transmitir lo absurdo del comportamiento humano. Existe por ejemplo un dicho holandés que dice: “la mentira anda con muletas”.

Bajo el albergue descubrimos otra escena donde tiene lugar la representación teatral -durante estos días, tenían lugar muchas representaciones y mimos callejeros- de una comedia de la época donde se escenifica una unión contra-natura, que casa perfectamente con el espíritu anárquico del Carnaval, donde son abolidas las leyes naturales, e incluso todo tipo de ley.

Por fin nos topamos con el cortejo del Carnaval, desfile que marca el final del ciclo carnavalesco. Los alimentos que hay por tierra y los utensilios de cocina que llevan sus miembros dan fe del tipo de comida grasa consumida durante todo este ciclo. Vemos las “gauffres”, los panecillos, y especialmente los embutidos, propios del Carnaval, aquí bajo la forma de una cabeza de cerdo atravesada por un pincho, pues ante todo, el Carnaval representa el adiós a la carne. El personaje que personifica el Carnaval, cabalgando una enorme cuba, lleva sobre la cabeza una olla de sopa de gallina, plato consumido particularmente durante estos días. El cortejo está formado por unos travestidos y un hombre encinta, un tonto y tres músicos con instrumentos de cocina. Las velas encendidas son una nota discordante propia de la inversión que se vive en estas fechas.

En el cortejo se anuncia ya la muerte del Carnaval mediante el personaje vestido de paja, que alude a aquel que servía para quemarlo. El Carnaval y la Cuaresma están ambos condenados a muerte cuando finalice su ciclo correspondiente, constituyendo como hemos visto, cada uno de estos contrarios, un ciclo en sí mismo, de principio a fin.

Frente por frente a este cortejo y concluyendo su ciclo, el cortejo de la Cuaresma está compuesto, como el de su contrincante, por un carro que lleva a su patrón y es seguido por su séquito. Podemos observar que su rostro está marcado por las privaciones y su figura sentada sobre una silla de oratorio, sujetando una pala donde reposan dos arenques. En este cortejo podemos reconocer todos los signos del rigor y expiación propios de la época. Tras el cortejo, siguen varios niños que llevan en la frente el signo de la cruz dibujado con ceniza por el cura el Miércoles de Ceniza. Llevan en la mano un instrumento que servía para anunciar la misa durante los tres últimos días de Cuaresma.

Al igual que en el Carnaval, la cercana muerte de la Cuaresma es anunciada por los personajes que la siguen. Será echada del pueblo y muerta por sus perseguidores.

El ciclo de Cuaresma acaba con la procesión de Ramos, al mismo tiempo que sale de la iglesia donde acaba de terminar la misa. La gente más humilde sale por una puerta lateral llevando sus propias sillas. Por la puerta central sale la gente más adinerada, con un ramo en la mano y la cruz de ceniza en la frente, esperados ansiosamente a la salida por los mendigos, prestos a aprovechar el momento ideal para sacarles el dinero.

Cerdo y pescado son los alimentos típicos consumidos durante el Carnaval y la Cuaresma respectivamente. En el centro de la plaza, a los dos lados del pozo, se aprecia la figura de un cerdo rastreando con su hocico y devorando todo lo que encuentra a su paso, en oposición a los pescados limpios, reflejando la luz en su escamada panza. La carne de cerdo es de hecho considerada malsana e impura mientras que el pescado tiene un fuerte simbolismo para el Cristianismo.

Encontramos en la personificación del Carnaval y la Cuaresma similares oposiciones. El Carnaval es un tiempo de inflación -véase para muestra a quien lo representa- de excesos de todo tipo. Por ello es personificado por un hombre de rasgos obesos, a caballo sobre una enorme cuba, blandiendo un pincho donde lleva carnes grasas. Lleva a guisa de sombrero una olla de caldo de gallina, alimento muy apreciado en tiempos de Carnaval, y en la cintura un enorme cuchillo de carnicero.

Pero el Carnaval simboliza asimismo paradójicamente el adiós a la carne. Por ello se halla ante su alter ego, la Vieja Cuaresma, sentada sobre su humilde silla, con cuerpo famélico, víctima del hambre y de otras privaciones y mortificaciones “necesarias” para “elevar su alma”, propias de la religión y de una interpretación exotérica de la realidad. En su cortejo se encuentran representados alimentos magros y puros autorizados durante la penitencia: el pescado, los panecillos, las cebollas y la miel. Ambas figuras se enfrentan como en un torneo caballeresco, víctimas una y otra de una muerte anunciada. Él haciendo un gesto como de adiós y ella con la señal de la cruz de ceniza en la frente, que la sitúa al final de los simbólicos cuarenta días de su reino. La Cuaresma parece estarse viendo a sí misma con actitud indiferente y resignada, blandiendo su arma sin demasiado interés, o más bien con cierta incredulidad, sugiriendo de esta forma el autor que la rueda sigue y que por ahí tampoco hay salida, que se trata de trascender la dualidad y no de ser su víctima, creyendo defender quijotescamente uno u otro bando, cayendo en la trampa una vez más: “Líbrame de los oficialistas y los rebeldes pues entre ambos conforman el sistema” (*).


Continuación

NOTA
(*) Las citas marcadas con un asterisco pertenecen a la obra de Federico González: “En el útero del Cosmos”, versión teatral de un libro del mismo autor titulado “En el vientre de la ballena - Textos alquímicos”.


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