SYMBOLOS
Revista internacional de
Arte - Cultura - Gnosis
 

Nosce te ipsum. Conócete a ti mismo.
«Conócete a ti mismo» es la frase con la que, según Platón,
Apolo da la bienvenida a los que visitan su templo en Delfos. 
 
DE DELOS AL ORACULO DE DELFOS*
Mª ANGELES DIAZ
Letra D capitular. Discusión –Dialéctica– en el campo.

elos fue por tanto el lugar desde el que se irradió toda una cosmogonía y una cultura oracular y profética que si bien tuvo como epicentro esta isla, con el paso del tiempo dicho centro se trasladaría a la península, concretamente a Delfos, a donde el propio Apolo llegó en una carroza tirada por animales alados; se trata, efectivamente, de los cisnes que nos refiere Verdaguer, cuyas alas son impermeables al agua. Su llegada a este lugar tiene como propósito fundar, o mejor refundar, en el monte Parnaso, cerca de la fuente Castalia, el famoso Oráculo Délfico, también conocido como Pitio, porque antes de que Apolo se estableciera en él estaba la serpiente Pitón. Delfos fue, por consiguiente, junto al de Dodona, el Oráculo que llegaría a alcanzar mayor poder en la antigua Grecia.

Ciertamente los Oráculos tienen una historia remota y enigmática ya que estos centros, consagrados a los dioses griegos de la adivinación, a cuya cabeza se encuentra Zeus, así como sus hijos Apolo, Dionisos y Hermes, tuvieron templos ubicados en lugares muy específicos de la geografía que, desde tiempo inmemorial y por razones misteriosas, eran espacios receptivos a las influencias telúricas y celestes. Son lugares de los que emanan gases y vapores procedentes de las entrañas de la tierra, los que logran salir a la superficie por ciertas grietas, mezclándose con manantiales que habían absorbido las raíces de distintas plantas alucinógenas, como podía ser el propio laurel que masticaban las sacerdotisas de Delfos, mientras respiraban dichos vapores. Estas mujeres, sentadas sobre su trípode sagrado, inhalaban dichos gases y así entraban en éxtasis, estado en el que les era revelada la respuesta oracular del dios.

Carro tirado por cisnes con el que Apolo viajó de Delos a Delfos
Carro con el que Apolo viajó de Delos a Delfos

Apolo y Dafne (Laurel).
Théodore Chassériau, Apolo y Dafne. 1845. Dafne, que significa laurel, enraizada aquí como árbol es, en las representaciones simbólicas, la amada de Apolo.

Pero como decíamos, antes de la llegada de Apolo, el Oráculo de Delfos estaba bajo la custodia de la serpiente Pitón, hija de Gea (la Diosa Madre de la Tierra, según la mitología), o sea, que eran los dioses telúricos y no los celestes los que gobernaban el lugar.

Al respecto de esto, en la revista Symbolos 27-28, número dedicado a lo Femenino y a la Mujer, Francisco Ariza escribió un artículo titulado «El Espíritu de la Tierra», del que extraemos lo siguiente:

En la tradición griega se cuenta la leyenda según la cual Zeus envió desde los extremos oriental y occidental del mundo dos águilas con el fin de que en el lugar donde éstas se encontrasen fuese establecido el «centro del mundo» para esa tradición. Dicho lugar no fue otro que Delfos, que ya era un importante santuario y Oráculo de la Diosa Tierra, simbolizada por la serpiente Pitón (de donde el nombre de «pitias» dado a las sacerdotisas de dicho Oráculo), y centro también de una civilización prehelénica que bajo el nombre de pelásgica floreció en distintos lugares del Mediterráneo. Este episodio contado por el mito relata en verdad una historia sagrada y señala el cambio de ciclo de una tradición por otra, cambio ejemplificado precisamente por la lucha del dios Apolo con la serpiente Pitón.

Pero por encima de ese cambio cíclico (ligado como tal con el devenir temporal), y que en un sentido toma el aspecto de lucha y enfrentamiento entre dos civilizaciones, lo que se está dando a entender con este episodio es esencialmente la idea de la interacción de dos energías o principios cósmicos, que por un lado se repelen pero por otro se atraen, pues constituyen la doble expresión de un mismo principio (o como se dice en la Alquimia «dos naturalezas y una sola esencia»), representados en este caso por Apolo, el dios solar, de naturaleza expansiva y luminosa (yang), y la serpiente Pitón, que encarna las potencias telúricas ligadas con lo femenino y las aguas generatrices, y por tanto de naturaleza receptiva y oscura (yin). Esto está corroborado por el hecho de que durante los ritos de fundación del templo de Apolo en Delfos se depositara el ónfalos (la piedra oracular de la que se decía era un betilo descendido del Cielo) encima de la cabeza de la serpiente Pitón, que quedaba así atravesada simbólicamente por ese eje que era en realidad el ónfalos apolíneo, es decir que Pitón, o mejor lo que ésta sintetizaba (el don profético y oracular de la Diosa Madre primordial) quedaba integrado y asumido por la nueva civilización, pues sobre aquella, sobre la anterior, puso ésta sus cimientos.

Pero no sólo el éxtasis o el delirio eran las vías por las que el Oráculo emitía su augurio. Las respuestas oraculares también se obtenían mediante la observación de las entrañas de los animales, el vuelo de los pájaros o el sonido de las hojas de un árbol. Esto último es lo que sucedía en el Oráculo de Dodona.

La imagen que los hombres se han forjado de los dioses y los númenes ha sido muy variada a lo largo de la Historia, desde la forma antropomórfica (caso de los griegos y romanos, entre otros) hasta los que los representaron con rasgos de animales (los egipcios, caldeos, precolombinos, etc.); asimismo, tenemos a los que los figuraban bajo un símbolo geométrico, o como un elemento determinado de la naturaleza terrestre y cósmica que estuviera en correspondencia con la idea-fuerza que conformaba la esencia misma del dios. Este es el caso del Sol, la Luna y el resto de luminarias que pueblan el cielo.

Según algunas fuentes tradicionales, el Sol recibe su nombre de «Sólo él», porque cuando está en el firmamento sólo él reina. En cuanto a la Luna, su paredro, fue llamada Diana entre los romanos, porque «hace de la noche día». Ciertamente ella recibe la luz del Sol, sin embargo, según el mito, ella nació antes, siendo su primer acto ayudar a su madre en el parto de su hermano; por eso Diana es la diosa que regula las gestaciones que se producen tras un número determinado de cursos de la Luna. Hera, dice Platón, es una forma disimulada de aire. En cuanto al nombre de Apolo está ligado a su función, y dice Platón al respecto en el Crátilo,

No hay ningún nombre que, por sí solo, hubiera podido ajustarse mejor a las cuatro atribuciones que son las propias del dios; su nombre alcanza a todas y, por así decirlo, las hace ver: música, adivinación, medicina y ciencia del arco, sincero y llano, que siempre da en el blanco, purificador, autor del movimiento simultáneo.

La llegada de Apolo a Delfos se produce, según el relato mítico, a petición de la propia Atenea, que fue quien le pidió a Apolo que tomara su antorcha luminosa en Delos, la isla que fue su cuna, y la llevara hasta Delfos. Así fue como éste tomó su carro hacia el monte Parnaso y la fuente Castalia, que es donde suelen ir a beber las Musas, situada en un paraje que en esa época se encontraba cercano al litoral1. Allí, sobre la cueva del Oráculo ancestral que custodiaba la serpiente Pitón, construyó Apolo su famoso Santuario.

Carro solar de Apolo.
Carro solar de Apolo.

Dicen algunas fuentes que el dios solar tuvo que luchar con la serpiente para construir allí, sobre la grieta, su Templo, pero lo que en verdad sucedió es que había llegado el momento de que Apolo reinara, pero eso sí, asimilando los conocimientos ancestrales de la serpiente, acerca de los cuales eran instruidas las propias sacerdotisas de Delfos, las pitonisas, a quienes Apolo dio, como decíamos, ese nombre precisamente en honor a la Pitón. Delfos, que significa útero, desde los tiempos más arcaicos se ha tenido por el propio útero de la tierra, o sea, el propio útero del cosmos.

La lucha que Apolo mantiene con la Pitón, y que ha sido recreada asiduamente por los pintores renacentistas y posteriores, alude al aspecto más violento de las fuerzas del universo, manifestadas a través de los ciclos naturales y cósmicos, y que la mitología expresa a través de los combates que mantienen los titanes y los dioses olímpicos.

Una única imagen contemporánea de este Oráculo se ha conservado hasta hoy. Se trata de una pintura roja inscrita en el fondo de una vasija que data aproximadamente del siglo V a. C., la cual se encuentra expuesta en el museo de Berlín. En ella aparece la Pitonisa sentada sobre el trípode sagrado emitiendo su oráculo ante al rey Egeo. Encima de la cabeza de éste leemos su nombre, Egeo y sobre la Pitonisa el de la diosa Themis, que significa «Ley de la Naturaleza», una asociación de la diosa con la justicia, y con Apolo, en cuanto es dios del equilibrio, la armonía y la justicia. Mediante un arco y una lira expresa el dios que la armonía, igual que la música y la flecha, requiere de una cierta tensión y máxima alerta para que sea justa y precisa.

La pitonisa sentada sobre el trípode ritual, emitiendo su oráculo ante el rey de Atenas, Egeo.
La pitonisa sentada sobre el trípode ritual, emitiendo su oráculo ante el rey de Atenas, Egeo, padre de Teseo. La inscripción sobre ella dice Themis, y sobre él, Egeo. La pieza se encuentra en el Museo de Berlín.

La venganza es un asunto por el que también se invocaba a Apolo, dado que ésta es una forma de la justicia al restablecerse con ella un equilibrio roto anteriormente. Por esta razón, según leemos en la Ilíada, los aqueos no se sorprendieron de que sobre su campamento cayera la peste después de que su rey Agamenón infringiera agravio al sacerdote del Templo de Apolo. En cuanto a Themis cabe recordar que no es, para el nuevo ciclo apolíneo en Delfos, una desconocida, sino una de las diosas que en Delos asistieron a Leto en el parto de sus gemelos.

No sólo en Delfos existió una gruta oracular de características similares, sino que el gran viajero Pausanias refiere que también eran famosas otras grietas por donde emanaban igual clase de vapores que otorgan poder de adivinación a ciertas personas. Se trata en todos los casos de antiguos Oráculos de Gea localizados en Olimpia, en Hierápolis, en Anatolia y otros lugares.

Especial es el Oráculo de la encina de Zeus, en Dodona, que como apuntábamos, emitía su oráculo a través del sonido de sus hojas.

De él se dice que los sacerdotes y sacerdotisas permanecían descalzos y completamente integrados en la tierra donde estaba plantado el árbol. De esta encina misteriosa también refiere Herodoto que dos palomas negras fueron lanzadas al vuelo desde la Tebas egipcia, y que una se fue a Libia, mientras que la otra se posó sobre la encina, articulando, con voz humana, que quería que en ese lugar se estableciera un Oráculo al Padre de los dioses. Las gentes de Dodona lo tomaron como una orden divina y de inmediato ejecutaron ese mandato.

La antigüedad del Oráculo de Dodona se ha podido establecer a través de los restos arqueológicos hallados en su recinto, los cuales han sido datados desde la Edad de Bronce, es decir desde el tercer milenio antes de nuestra era.

En Delfos, Apolo compartía su reinado con Dionisos, también descendiente de Zeus, lo que significa que ambos son hijos de la Unidad que el dios de los cielos representa. Así en los meses de invierno era Dionisos quien emitía su oráculo; mientras, su hermano Apolo viajaba a las regiones hiperbóreas. Plutarco, que fue el mayor de los sacerdotes de aquel santuario, asegura que Apolo y Dionisos son las dos caras de una misma moneda2. Y es que tanto Apolo como Dionisos procuran al hombre un tipo de delirio que, aunque manifestado de maneras diferentes, tiene que ver con el «furor» poético y la profecía.

Inscrita en el templo de Apolo, en Delfos, podía leerse la famosa y enigmática frase: «Conócete a ti mismo» que, según cuenta Protágoras, pusieron allí los Siete sabios de Grecia. Para Platón la frase es el saludo de Apolo a los hombres que así, mediante ese consejo oracular, les da la bienvenida a aquellos que penetran en su Templo, ya que, según Platón, «Conócete a ti mismo» viene a decir: «Sé sensato». Así lo expone el sabio en el Cármides:

El dios no dice otra cosa, en realidad, a los que entran, sino «sé sensato». Bien es verdad que habla más enigmáticamente, como un adivino. Porque «el conócete a ti mismo» y el «sé sensato» son la misma cosa, según dice la inscripción, y yo con ella.

Para la escuela de Pitágoras «conocerse a uno mismo» era respuesta a la pregunta: «¿Qué es lo más difícil?»

«Conócete a ti mismo» es también la divisa principal de la iniciación masónica y por lo tanto la que identifica a la Orden en su origen con la propia Tradición Primordial. El que esté situada dentro de la «Cámara de Reflexión» de las diferentes logias, pone de relieve su identificación con ese pensamiento, por encima de cualquier diferencia de forma.

René Guénon, por su parte, refiere que las palabras «conócete a ti mismo»:

Fueron adoptadas por Sócrates, así como por otros filósofos, como uno de los principios de su enseñanza, a pesar de la diferencia que haya podido existir entre estas diversas enseñanzas y los fines perseguidos por sus autores. Es probable, por lo demás, que también Pitágoras haya empleado esta expresión mucho antes que Sócrates. Con ello, estos filósofos se proponían demostrar que su enseñanza no era estrictamente personal, que provenía de un punto de partida más antiguo, de un punto de vista más elevado que se confundía con la fuente misma de la inspiración original, espontánea y divina.

En cuanto a la misteriosa letra «E» que también estaba inscrita a la entrada del templo de Apolo en Delfos, debemos comenzar por señalar que en griego se suele leer la E como EI, esto es, como conjunción condicional «si», y que ésta se introduce en las plegarias y oráculos. Pero al mismo tiempo debe tenerse en cuenta que es la segunda letra del alfabeto en el orden de las vocales. Plutarco nos da de ello la siguiente explicación. Por un lado señala que esta letra «E» tiene, en el alfabeto griego, valor 5, un número referido al hombre regenerado, y luego añade que dado que es la segunda letra en el orden de las vocales, ésta se relaciona con Apolo, que nació después de Diana, o Artemisa.


Miguel Angel. Sibila Délfica. Detalle de un fresco en el Vaticano.

El dios cuyo Oráculo está en Delfos –dijo Heráclito– ni dice ni oculta, sino da señales. Además de su carácter mágico-teúrgico, que es el principal, el Oráculo de Delfos fue también un centro de expansión cultural civilizadora que incluso llegó a emitir su propia moneda. En Delfos se promocionaban estudios y se exaltaban las figuras de escritores como Homero, quien por ello contaba en el recinto con una estatua, según lo relata, entre otros, Pausanias.

Píndaro también llegó a tener en el templo de Apolo en Delfos una estatua en su honor, siendo su fama de poeta oracular testimoniada por el propio Plutarco quien lo cita de continuo junto a Platón, por ejemplo para señalar que para ambos, poeta y filósofo, la sabiduría délfica se halla contenida en dos máximas: «Conócete a ti mismo» y «Nada en exceso». Precisamente es Plutarco quien nos relata una anécdota sobre Píndaro y su poesía inspirada. Al parecer éste, en cierta ocasión, preguntó al Oráculo cuál es el mayor bien para el hombre. Entonces la sacerdotisa le respondió que siendo autor de obras como el poema a Agamedes y Trofonio3, no debía ignorar la respuesta.

Desde el punto de vista de la enseñanza iniciática, el Apolo de Delfos, o sea el Apolo Pitio, es considerado el dios Indagador, aquél que señala que en el camino del Conocimiento del Sí mismo, primero son necesarias ciertas pesquisas a fin de procurarse una instrucción y un conocimiento de las leyes de la naturaleza. Para aquéllos que comienzan a comprender la verdadera transcendencia de este símbolo, Apolo sólo puede ser comparado con la luz de la Inteligencia, la que el Sol igualmente simboliza.

El Trípode, Atributo Simbólico de la Pitonisa
    Como se ha visto, la primera profetisa fue la tierra, Gea, y el propio nombre de Delfos está relacionado con útero, delphys. Plutarco, igual que otros autores tradicionales, relata que la inspiración emergía bajo el trípode colocado sobre la grieta del suelo. Durante mucho tiempo estas aseveraciones se tomaron por fabulaciones. Sin embargo, las investigaciones geológicas llevadas a cabo en tiempos recientes, ratificaron la existencia de una falla que atraviesa Delfos en la que se ha descubierto la presencia de gas etileno.

El éxtasis ritual de las pitonisas es comparable al que experimentaban las bacantes, seguidoras de Dionisos, cuando eran poseídas por el delirio y el frenesí, energías que estimulan grandemente la adivinación profética. Esta clase de locura debe ocupar su justo lugar en la jerarquía intelectual, y por lo tanto conviene saber que por ese medio exclusivo no se llega a comprender verdaderamente la respuesta oracular. Pero una cosa es el éxtasis de entrar en contacto con las energías telúricas, sobre el trípode, cual thymaterion, o quemador de perfumes ritual exhalando aquél aroma, y otra muy distinta es la interpretación. La Pitonisa, aunque preparada desde la niñez para serlo, podía no comprender lo que en un momento de delirio le era transmitido por la deidad.

Apolo sobre un trípode alado rodeado de delfines y con un pulpo bajo el mismo.
Apolo sobre un trípode alado.

Platón afirma que entrar en comunicación con estas energías requiere un grado de delirio y locura. Ya que nadie, añade:

…dotado de su sano juicio llega a la adivinación verídica de origen divino. Sino que es necesario que la fuerza de su espíritu esté trabada por el sueño o la enfermedad, o bien que se haya desviado en una crisis de entusiasmo, y a él corresponde el recorrer con el raciocinio las visiones percibidas en aquel trance, y ver por dónde pueden tener algún sentido esos fenómenos y a favor de quién pueden ellos augurar un bien o un mal futuro, pretéritos o presentes. En cuanto al que se halla en estado de trance y permanece en él, no le toca a él interpretar lo que haya visto o proferido en tal estado. Esta que sigue a continuación es una fórmula antigua y justa: solo al hombre sabio corresponde hacer y conocer lo que concierne, así como conocerse a sí mismo. Por eso la ley manda que tan solo la especie de los profetas se alce con la interpretación de las predicciones divinas. Algunos se designan a sí mismos como esos profetas, los adivinos. Pero esos desconocen de esta manera que los profetas son sí interpretes de palabras y signos misteriosos, pero que no son en modo alguno adivinos. Por este motivo, su nombre verdadero debería ser: profetas, intérpretes de las cosas que revela la adivinación. Por lo demás, mientras dura la vida, el hígado proporciona los indicios más claros. Carente de vida, se vuelve ciego, y los signos adivinatorios que da son demasiado turbios para significar nada preciso. (Timeo, 70 d-72 a).

Hieromancia. La Ciencia de Apolo
    Para Cicerón la interpretación es también una ciencia que puede aprenderse. Él mismo fue sacerdote-augur, con conocimientos para interpretar el hígado de los animales sacrificados, y cuenta que el éxtasis en el que entra el adivino es:

Una especie de turbación del espíritu, o un impulso desinhibido y espontáneo, algo que frecuentemente les pasa a los que sueñan y, a veces a los que vaticinan bajo el efecto del delirio. 

Este filósofo y político romano asegura que la adivinación es un don divino y una obra del amor, ya que la sensación que sienten los sacerdotes y augures que practican este arte es algo parecido a la locura que siente un enamorado, aquel que se apasiona por el indagar e investigar creyendo encontrar en cada hallazgo el Misterio de los Misterios; el «Nombre impronunciable». Por eso afirma:

Los bienes más grandes nos vienen por la locura, que sin duda nos es concedida por un don divino, y así la profetisa de Delfos y las sacerdotisas de Dodona, en sus arrebatos de locura, obraron muchos beneficios, privados y públicos, para Grecia (…) si nombráramos a la Sibila y a todos los demás que, gracias a la adivinación inspirada por la divinidad, hicieron a muchos muchas predicciones y los dirigieron así por el camino recto del porvenir, nos alargaríamos hablando de cosas de todos conocidas. He aquí un testimonio digno de aducirse: los antiguos que pusieron nombre a las cosas no consideraban la locura (manía) como algo vergonzoso ni como un oprobio, pues de ser así no habría enlazado ese nombre a la más hermosa de las artes, la que juzga el porvenir llamándola maniké, adivinación.

El arte oracular es divino, siendo el dios el que establece la comunicación. No obstante también procede de la reflexión, la observación y la información acumulada. Es decir, de la Tradición Sapiencial. De la indagación sobre el porvenir nacen todas las ciencias predictivas que se centran en los movimientos astrales, fenómenos meteorológicos, y muy en consonancia, la Medicina.

A la indagación del porvenir llevada a cabo por hombres en su sano juicio mediante las aves y otros signos, dieron los antiguos el nombre de oionoistiké.

En realidad la hieromancia, aruspicina o adivinación sagrada ha sido practicada por los hombres más sabios de todas las culturas a través de varios procedimientos, entre ellos el estudio y observación de los cielos, como expresión de aquello que permanece oculto. Igualmente lo pequeño como pueden ser las entrañas de ciertos animales, el vuelo de las aves, y ambas cosas conjuntas, puesto que, como se sabe, «lo de arriba es como lo de abajo y lo de abajo como lo de arriba», lo que viene a indicar que al final lo que se impone es una cosa única.

El estudio de un órgano, como es el hígado, constituyó para la antigüedad una fuente de conocimientos que se aplicaron a la Medicina. Se dice que este arte lo ostentó por primera vez Asclepio, hijo de Apolo, lo que significa que es un aspecto determinado del mismo dios. La Tradición explica que un dios construyó el hígado para que este órgano fuera el que mediara entre la parte superior e inferior del alma, entre la que posee el apetito del comer y beber y la parte que razona.

Platón, por su parte, también refiere una tercera clase de posesión y de locura, aquella que procede de las Musas, igualmente asociadas a Apolo:

Hay una tercera clase de delirio y de posesión, que es la inspirada por las Musas; cuando se apodera de un alma inocente y virgen aún, la transporta y le inspira odas y otros poemas que sirven para la enseñanza de las generaciones nuevas, celebrando las proezas de los antiguos héroes. Pero todo el que intente aproximarse al santuario de la poesía, sin estar agitado por este delirio que viene de las Musas, o que crea que el arte sólo basta para hacerle poeta, estará muy distante de la perfección; y la poesía de los sabios se verá siempre eclipsada por los cantos que respiran un éxtasis divino. (Fedro 243-4).

El Oráculo, en tanto que respuesta de los dioses, nunca se equivoca, aunque sí cabe el que pueda interpretarse erróneamente o no interpretarse de ninguna manera. Quizá de todas las historias que tienen que ver con los oráculos, la más trascendente surge de Delfos, condicionando la vida de Sócrates, la de Platón y la de toda la Sagrada Filosofía.

Como sabemos, Querefonte, un amigo de Sócrates que conocía la sabiduría de éste, fue ante la Pitonisa de Delfos a preguntar si en verdad, como él sentía, no había en Grecia nadie más sabio que su amigo, ni filosofía más grande que aquélla que él tan bellamente exponía. La sacerdotisa, como ya sabemos, respondió que en verdad Sócrates era el más sabio.

Cuando Sócrates tuvo noticia de esta respuesta quedó atónito, ¿Cómo podía ser él el más sabio de todos los hombres cuando se daba cuenta de todo lo que ignoraba? ¿Qué habría querido decir el dios?, –se preguntaba.

Lo cierto es que entregó su vida y su esfuerzo a romper límites para averiguarlo. Y por ello, desde el momento en que escuchó esta respuesta, su interés se centró en medirse con todos aquéllos considerados sabios por sus contemporáneos. Así comenzó a interrogarlos acerca de tantas cosas que él desconocía, esperando obtener respuestas a sus incertidumbres, pero lo único que descubrió es que nadie tenía contestación a sus dudas, observando, además, que sus indagaciones no hacían sino molestar a los más eruditos y a quienes ostentaban fama de buenos oradores, que se veían acosados. Y fue de ese modo como consiguió hacerse tan impertinente y odioso entre aquéllos que, al no hallar respuestas, se veían obligados a enfrentarse a su propia ignorancia, y sin argumentos con los que rebatir al filósofo.

Llegada de Apolo al Oráculo de Delfos. Fresco en la Casa de los Vettii. Pompeya.
Llegada de Apolo al Oráculo de Delfos.
Fresco en la Casa de los Vettii. Pompeya.

Relata Sócrates que después de mucho batallar pudo finalmente comprender el oráculo emitido por la Pitonisa. Esta, al declararlo el más sabio, estaba dando a entender que su sabiduría consistía en reconocer la propia ignorancia, ante la magnitud y grandeza del misterio de la Creación, que es también el del hombre. Algo que muchos de sus pedantes contemporáneos fueron incapaces de entender. Por esa inquina que el sabio despertó entre los sofistas y políticos demagogos de esa época, fue sentenciado a la pena de muerte, bajo la acusación de llevar una vida desordenada y pervertir a los jóvenes que se arremolinaban en la plaza pública para oír al sabio exponer los principios de aquella Filosofía irrebatible.

Así fue como, después de una democrática votación en el tribunal popular, la mayoría de los jueces votó a favor de que se aplicara a Sócrates, ya anciano, la pena capital que consistía en muerte por envenenamiento de cicuta, tal y como se ejecutó.

Su alegato ante los atenienses, defendiendo la verdad de su pensamiento y su total respeto a los dioses de la ciudad, es el texto más conmovedor que he leído nunca pues describe muy claramente lo perversa que puede llegar a ser la democracia cuando los que ostentan la mayoría son incultos, faltos de inteligencia y nada saben de justicia.

Desde la tribuna de oradores Sócrates se dirigió a los acusadores que, revueltos contra él, armaban bulla en la sala. Estos son algunos de los argumentos que en su defensa expuso el sabio:

Atenienses, no arméis barullo porque parezca que me estoy dando autobombo. No voy a contaros valoraciones sobre mí mismo, sino que os voy a remitir a las palabras de alguien que merece vuestra total confianza y que versan precisamente sobre mi sabiduría, si es que poseo alguna, y cuál sea su índole. Os voy a presentar el testimonio del propio dios de Delfos. Conocéis sin duda a Querefonte, amigo mío desde la juventud, compañero de muchos de los presentes, hombre democrático. Con vosotros compartió el destierro y con vosotros regresó. Bien conocéis con qué entusiasmo y tozudez emprendía sus empresas.

Pues bien, en una ocasión, mirad a lo que se atrevió: fue a Delfos a hacer una especial consulta al Oráculo, y os vuelvo a pedir calma, ¡oh, atenienses! y que no os alborotéis. Le preguntó al Oráculo si había en el mundo alguien más sabio que yo. Y la pitonisa respondió que no había otro superior. Toda esta historia la puede avalar el hermano de Querefonte, aquí presente, pues sabéis que él ya murió.

Veamos con qué propósito os traigo a relación estos hechos: mostraros de dónde arrancan las calumnias que han caído sobre mí.

Cuando fui conocedor de esta opinión del Oráculo sobre mí, empecé a reflexionar: ¿Qué quiere decir realmente el dios? ¿Qué significa este enigma? Porque yo sé muy bien que sabio no soy. ¿A qué viene, pues, el proclamar que lo soy? Y que él no miente, no sólo es cierto, sino que incluso ni las leyes del cielo se lo permitirían.

En fin, atenienses, como resultado de esta encuesta, por un lado, me he granjeado muchos enemigos y odios profundos y enconados donde los haya, que han sido causa de esta aureola de sabio con que me han adornado y que han encendido tantas calumnias. En efecto, quienes asisten accidentalmente a alguna de mis tertulias se imaginan quizá que yo presumo de ser sabio en aquellas cuestiones en que someto a examen a los otros, pero, en realidad, sólo el dios es sabio, y lo que quiere decir el Oráculo es sólo que la sabiduría humana poco o nada vale ante su sabiduría. Y si me ha puesto a mí como modelo es porque se ha servido de mi nombre como para poner un ejemplo, como si dijera: Entre vosotros es el más sabio, ¡oh hombres!, aquél que como Sócrates ha caído en la cuenta de que en verdad su sabiduría no es nada.

Por eso, sencillamente, voy de acá para allá, investigando en todos los que me parecen sabios, siguiendo la indicación del dios, para ver si encuentro una satisfacción a su enigma, ya sean ciudadanos atenienses o extranjeros. Y cuando descubro que no lo son, contribuyo con ello a ser instrumento del dios.

Ocupado en tal menester, da la impresión de que me he dedicado a vagar y que he dilapidado mi tiempo, descuidando los asuntos de la ciudad, e incluso los de mi familia, viviendo en la más absoluta pobreza por preferir ocuparme del dios.




NOTAS
* Cap. XVIII del libro Viaje Mágico-Hermético a Andros, de Mª Angeles Díaz. Barcelona 2014. En la versión impresa sólo la última imagen está publicada en color.
1 En la actualidad el mar ha retrocedido y las montañas que antes permanecían bajo él, están a la vista.
2 Moralia, 611 d.
3 Dos hermanos constructores del templo de Apolo en Delfos quienes pidieron a Apolo una recompensa por haber llevado a cabo dicha obra, obteniendo tras siete días la muerte.
   


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