SYMBOLOS
Revista internacional de
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TAROT
Reflexiones sobre "Utopías Renacentistas" de Federico González
ANA CONTRERAS

Ese punto de luz inextinguible está allá donde mire, pues no se halla fuera sino dentro suyo, en el centro de la circunferencia que define cualquier plano y hacia donde convergen todas las miradas desde la periferia. Este hecho revela que el origen de ese fulgor es la Verdad que se esconde detrás, más allá de su resplandor, que no es sino la Oscuridad más que luminosa del No Ser.

En cuanto a su estructura y proporciones, la Utopía representa un paradigma de orden que refleja sin ir más lejos la jerarquía propia del Ser, con sus cuatro mundos o planos, que se plasman en la Ciudad Celeste fielmente al modelo universal. Refleja una Cosmogonía y por tanto recrea en ese sentido un mapa de ruta sagrado del laberinto que debe atravesar el alma para llegar al centro, donde se halla el altar del sacrificio o el Árbol de la Vida, protegido por lo Querubines armados con su Espada Llameante, pues no olvidemos que se trata de una ciudadela, de una fortaleza donde se halla el mayor tesoro del Ser que no es sino el propio Misterio y que debe ser protegido y defendido a capa y espada de los estados inferiores, quienes representan una amenaza contra la integridad del Ser.

No se trata pues de un ideal inventado por el hombre según unos gustos o deseos individuales, como es el caso de las quimeras, fantasías o delirios de grandeza propias del mundo del Alma inferior, sino de un modelo universal que reproduce el arquetipo de la Ciudad Celeste. "Lo que es arriba es como lo que está abajo y lo que está abajo es como lo que está arriba", nos recuerda la Tabla de Esmeralda.

En todo caso, esos gustos y deseos responden a una necesidad, que identificamos como la diosa Necesidad, aquella que nos impulsa desde lo más puro y elevado a buscar dentro de nosotros un equilibrio, una armonía entre opuestos. Ese equilibrio está en el centro, en ese lugar no-lugar que es la Utopía.

De hecho, cuando uno lee la descripción de Campanella de su Ciudad del Sol, no puede dejar de pensar en su simbolismo y en la propuesta de vivir constantemente desde el punto de vista sagrado, pues dicha descripción no sólo describe una geografía sacra sino la realización de un rito permanente implícito en ésta. El mismo desplazamiento dentro de este enclave es una danza sagrada al ritmo de la música de las esferas.

Reproducimos aquí el texto en cuestión (pág. 66-67 de "Utopías Renacentistas" de Federico González) para hacer partícipe al lector de esta experiencia:

"En el centro de una vastísima llanura surge una elevada colina, sobre la cual descansa la mayor parte de la Ciudad. Sin embargo, sus numerosas circunferencias se extienden mucho más allá de las faldas del monte, de modo que el diámetro de la Ciudad tiene dos o más millas, y siete el recinto íntegro. Mas por el hecho de encontrarse edificada la Ciudad sobre una colina, su capacidad es mayor que si estuviera en una llanura. Se halla dividida en siete grandes círculos o recintos, cada uno de los cuales lleva el nombre de uno de los siete planetas. Se pasa de uno a otro recinto por cuatro corredores y por cuatro puertas, orientadas respectivamente en dirección de los cuatro puntos cardinales. La Ciudad está construida de tal manera que, si alguien lograre ganar el primer recinto, necesitaría redoblar su esfuerzo para conquistar el segundo; mayor aún, para el tercero. Y así sucesivamente tendría que ir multiplicando sus fuerzas y empeños. Por consiguiente, el que quisiera conquistarla, tendría que atacarla siete veces. Mas yo opino que ni siquiera podrá ocupar el primero de ellos: tal es su anchura, tan lleno está de terraplenes y tan defendido con fortalezas, torres, máquinas de guerra y fosos".

En este enclave sacrosanto reina el orden. Se trata de la Jerusalem Celeste, que descenderá sobre la Tierra al final de los tiempos. En ella se vive la Edad de Oro, a la que tiene acceso el Hombre Verdadero, quien ha llegado al centro conjugando los contrarios y deviniendo así ese mismo faro que alumbra tanto fuera como dentro.

Este estado de la conciencia lleva implícitos el gobierno de sí mismo y el reconocimiento de esa jerarquía que debe ser interior para ser exterior1. Es el Cristo interno que ilumina desde el corazón del Ser, el Maestro Interno que conjuga lo de arriba y lo de abajo.

Estas dos polaridades tienen que ver con las dos puertas solsticiales, la Puerta de los Hombres y Puerta de los Dioses, respectivamente puerta de entrada del Alma en los Pequeños Misterios y Puerta de salida del Cosmos del Alma realizada. Asimismo con el simbolismo de los dos San Juanes, San Juan Evangelista y San Juan Bautista, ambos dos facetas del Cristo, Alfa y Omega del ciclo anímico.

La Utopía alude en su simbolismo al Niño Alquímico, análogo al Hombre Primordial o al estado edénico recuperar. El Paraíso es anterior a la Caída del hombre, pero también es el tesoro que tiene que reconquistar éste al final de los tiempos, por lo que la Utopía ha sido, es y será.

Ésta tiene, por así decirlo, dos caras, una que mira hacia el pasado, el Paraíso perdido, y otra que mira hacia el futuro, ese mismo estado edénico que el hombre tiene que recuperar. Aunque ilustra la idea de lo eterno y por tanto eternamente presente y nuevo, se proyecta como decíamos en el Alfa y el Omega.

A este respecto, afirma F. González que "el mito del Origen, que es vertical, es decir que existe permanentemente y en simultaneidad, debe ser trasladado al pasado para ser comprendido en la sucesión. Igualmente el deseo y la voluntad de integrarse a él se proyectan en un futuro posible; tal la razón de la Utopía" (p.77).

En definitiva, la Utopía se basa en una visión sagrada y simbólica de la Creación, y es accesible a todo aquel que ha cambiado su perspectiva de la realidad, que se ha dado la vuelta como un guante y es capaz de interpretar en el Libro de la Vida su mensaje: la posibilidad eterna de la realización espiritual.

La evocación de esa Utopía se convierte entonces en una invocación a la Edad de Oro y hace avanzar la rueda en espiral, como evoca la imagen del Zigurat, para que acabe cumpliéndose el ciclo y la Humanidad acceda a la Jerusalem Celeste cuya ubicación exacta olvidó con la Caída, pero que, como la idea de la Utopía, no deja de estar siempre presente en su interior.

Es pues un hecho que el hombre no puede vivir sin la idea de Utopía, pues ésta es la reminiscencia de su origen y de su destino, y a partir de la cual es posible alcanzar su verdadera meta, que tiene que ver con la etimología que la propia palabra indica, es decir, el U-topos, o no-lugar, que por la negación alude directamente al No-Ser, verdadero origen y meta de la Humanidad. Es decir que en última instancia la Utopía se refiere al Deus Absconditus, el propio Misterio inasible pero siempre presente. Como nos recuerda F. González, sin el Misterio, la Humanidad desaparecería, pues es propiamente su razón de ser.

Por otra parte, y en relación con la idea de orden y jerarquía, la idea de Ética está en la base de la Utopía, pues como dice el autor, "no hay Utopía sin un profundo sentido ético".

Llegados a este punto, no podemos dejar de citar otras palabras de éste quien afirma que "la ciudad es un mandala vivo, y por lo tanto un talismán e instrumento mágico que toca a la totalidad de los pobladores que viven allí, es decir al ser humano individual –y a todos los hombres– en su integridad" (p.61).

En la ejecución de la Ciudad tienen cabida todas las ciencias herméticas, y por tanto se podría decir que colaboran en su recuperación todas las musas, pues al fin y al cabo, se trata de esa "Ciudad del Sol" a la que alude Campanella, cuyo nombre alude precisamente al mismo dios Apolo2, siempre en el centro.

Y ya que mencionamos a las musas, debemos evocar la importancia del recuerdo, de la memoria, a la que hemos hecho ya alusión, que no es sino Mnemosyne, madre de todas ellas, a la que éstas nos conducen, mediante la inspiración de nuestros trabajos. Ello nos recuerda la trascendencia de esta diosa sin la cual la Utopía no es posible.

*

Aunque se dice que la Utopía está más allá del tiempo y del espacio, no por ello deja de pertenecer a un espacio y un tiempo otros. Se trata del lugar donde reside y gobierna la Sabiduría, y por ello, sólo tiene acceso a él quien de alguna forma está vinculado a ella por un lazo de amor.

No debemos olvidar que esa Ciudad es todo enclave santo, desde el Olimpo al Panteón romano, y como comenta F. González, "reúne al tiempo mítico en un espacio virtual" (p. 85).

Es la residencia del Hombre Verdadero, quien ha llegado al centro del Ser, que no es sino esa ciudad, el Eterno Presente siempre vigente y a la vez siempre inasible, ese Colegio Invisible en el que se reúnen todos aquellos que han alcanzado dicho estado del Alma.

Como decíamos, no se puede comprender el presente sin tener en cuenta nuestro origen y nuestra meta, pasado y futuro, pues el presente está formado por ambos, conformándolo, pues en él se cruzan. El presente no es algo aislado, sino que forma parte de un proyecto divino que tiene un comienzo y un fin, entendido este último como finalidad. Esa finalidad o meta atañe al Alma, ya sea ésta individual como universal, y por tanto tiene que ver tanto con lo humano como con lo divino.

Como decíamos al principio, la Utopía es un faro que atrae y guía al filósofo que hay en uno en su viaje en pos del Conocimiento. Existe desde el principio de los tiempos, y allí estará también al final, como refugio del Alma universal.

En esa Ciudadela del Alma, sede de la Philosophia Perenne, reside el Guardián de la Tradición, quien garantiza la transmisión de la Ciencia Sagrada en cada ciclo para asegurar el cumplimiento del Plan Divino.

Dicho Plan está plasmado en esa imagen universal de la Utopía, y su plano o mapa, que a ojos profanos no es más que un laberinto, cobra sentido para el iniciado quien lo descifra y re-conoce en la medida que se conoce a sí mismo, recorriendo según el orden cósmico una historia y una geografía sagradas que no son sino la propia imagen de uno mismo, imagen que al fin y al cabo sólo sirve para re-conocerse, para recordarse (palabra que etimológicamente deriva de "corazón") y re-encontrarse. Por si fuera poco.

Pero el iniciado no debe olvidar que la Utopía debe ser trascendida, pues también constituye una cárcel para el Ser, una jaula de oro de la que también habrá que salir. Esa la Ciudad Celeste y por tanto sagrada, habitada por el Hombre Verdadero, es el Paraíso, pero su meta está más allá de sus murallas, pues la verdadera Libertad no tiene límites.

Y es que nos recuerda el autor que "el verdadero sentido oculto de la Utopía es el Eterno Presente, siempre inalcanzable" (p. 67).


NOTAS
1 Tal como apunta Platón en República (436b) cuando distingue entre gobernante y gobernado, hay que ser gobernante para ser gobernado, o sea para gobernar-se, lo cual viene a decir que hay que encarnar la energía en cuestión para que se efectivice. Viene a ser la misma diferencia que entre el Conocimiento virtual y efectivo.
2 Recordemos que en la antigua Grecia como en la antigua Roma, existían los Oráculos, respectivamente de Delfos y de la Sibila, en estrecha relación con Apolo y con el Omphalos u Ombligo del Mundo, o sea Centro del Mundo, a través del cual fluía la comunicación entre dioses y mortales.
   

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