SYMBOLOS
Revista internacional de
Arte - Cultura - Gnosis
 

CELEBRANDO LA MEMORIA DE NUESTRO DIRECTOR Y FUNDADOR: FEDERICO GONZALEZ (1933-2014)
Federico González Frías. Sevilla, 2011. Foto Mª ANgeles Díaz
Federico González Frías, Sevilla
2011
Foto: Mª Angeles Díaz
LA POETICA METAFISICA
DE FEDERICO GONZALEZ FRIAS
FRANCISCO ARIZA

Hace ahora un año que nuestro querido maestro, hermano y amigo Federico González Frías abandonó este mundo, y podemos decir que su “presencia” entre nosotros está ahora más viva y cercana que nunca. No se trata de una paradoja, o tal vez sí, pero esto no importa demasiado, pues en la navegación hacia el Origen el ancestro siempre está junto a ti, y tú junto a él. La memoria que ha sido fecundada por la energía del Símbolo y su enseñanza, es decir por las Ideas, jamás puede ser pasto del olvido, sobre todo cuando en ella arde secretamente la llama del Amor a la Sabiduría, que Federico encendió en nuestra alma con la potencia de su verbo luminoso, grabado también en su obra escrita, inagotable en las posibilidades intelectuales-espirituales que nos despierta.

Esa memoria se acrecienta con el tiempo, que es su aliado, y está hecha de su misma substancia, que no es otra que la Memoria del Ser. Por eso mismo, y citando a Platón, Federico dejó dicho en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos que la memoria es esa “disposición del alma capaz de conservar la verdad que hay en ella”. La memoria que recobramos al contacto con la enseñanza del Símbolo es entonces como un recipiente que conserva aquello que nos libera de cualquier atadura a este mundo, protegiéndonos de las oscuras aguas del río del olvido.

“Haced esto en conmemoración mía”, señaló el Maestro Jesús a sus discípulos en la Última Cena, queriendo decir que su remembranza es como el hálito divino que nos da la vida, la verdadera, la inmortal. Y esa conmemoración está íntimamente unida a estas otras palabras suyas: “Cuando dos o tres se reúnen en mi Nombre, allí estaré yo en medio de ellos”. Recordar e invocar vienen a ser lo mismo en el contexto de la realización iniciática.

En el nombre de Federico nos reunimos, y celebramos su memoria, la conmemoramos e invocamos, sabiendo, sin embargo, que no hay mayor celebración que la que cada cual festeja en el silencio de su corazón.

Pues nuestros corazones son uno con el suyo. Y nos signó con el Nombre inevitable al transmitirnos la Ciencia Sagrada y Primordial, verificada por todos los sabios que nos han precedido y que señalan el camino vertical por donde la identidad de lo humano con lo no-humano, es decir con los estados superiores del ser, se vive por etapas (la Cosmogonía), que desembocan en la Ontología (el conocimiento del Ser por Sí mismo mediante la unión de su Inteligencia y su Sabiduría) como paso necesario hacia la identidad metafísica: la comunión del Ser con el No Ser. La No-Dualidad. La Suprema Identidad.

Hemos sido tocados con ese Magno Misterio, y una vez aceptado que eso es así, aunque no sepamos con certeza por qué eso es así, ya no podemos escapar de los lazos a los que nos ata su Amor hacia Él. “Porque lo ignoro lo amo”, dijo en cierta ocasión Nicolás de Cusa refiriéndose al Dios Desconocido.

Ésa es entonces la gracia que hemos recibido, la posibilidad de alcanzar la “docta ignorancia”. A ella conduce la vía iniciática, o metafísica, que se distingue absolutamente de la vía religiosa, o “mística”, distinción que Federico ha realizado en diversas ocasiones a lo largo de su obra sabiendo la importancia que tiene no confundir ambas vías, donde la primera es infinitamente superior y se obtiene por la “gracia del Señor”, según sus propias palabras.  

Federico, el “siempre joven” por su perenne beber de la “fuente de inmortalidad”. Federico, quien nos hizo partícipes de la alegría que supone tener la certeza íntima de que eso es así, de que la Realidad del Conocimiento y su encarnación son consubstanciales al ser manifestado.

Por tanto, ¿quién es Federico?

Lo que sí sabemos, porque ese es el pan y el vino que nos nutre, es que su pensamiento metafísico está ligado en su manifestación verbal y escrita a una prosa poética que constituye la impronta de su enseñanza de la Cosmogonía Perenne a través de los vehículos Herméticos y de la Vía Simbólica, dentro de la cual está presente la Historia, es decir la Memoria Viva del Ser. Como oímos en Rapsodia, su última obra dramatúrgica:

“La Historia es una proyección del Sí Mismo y existe en el corazón del iniciado. En ese corazón en el que no hay ni antes ni después”.

Si nos fijamos bien, todos los textos sapienciales que nos ha legado la Tradición Unánime (los Vedas, el Antiguo Testamento, los Evangelios, el Tao-te-King, las Epopeyas y los Mitos de todos los pueblos -como el Popul Vuh, el Mahabharata hindú, los Eddas nórdicos o la Teogonía de Hesíodo-, la obra de Platón, de Proclo, de Marsilio Ficino, del Zohar o Libro del Esplendor, o del propio René Guénon para nuestro tiempo, etc.), están tejidos por la lengua poética, por ese “lenguaje de los pájaros" que diversas tradiciones asimilan al habla de los primeros hombres en el Paraíso, en comunicación directa con los estados superiores.

En la Antigüedad no había distinción entre los sabios, los poetas, los vates o los bardos. Todos ellos formaban parte de la “cadena áurea”. En la India por ejemplo los rishi eran los sabios míticos que han existido en todas las épocas y considerados también como poetas que recibían por inspiración o revelación directa la Ciencia Sagrada contenida en el Veda Eterno, transmitiéndola de un ciclo a otro a fin de que ésta no se perdiera para los seres humanos. Ellos “oían” el Verbo resonar en su interior, como un ritmo o cadencia musical que encuentra en la palabra y la escritura su vehículo trasmisor, conformando así los textos sagrados, y los símbolos cosmogónicos y metafísicos con que se revisten las ideas manifestadas en ellos y a través de ellos como vehículos intermediarios que son.

A esa inspiración se la denomina shruti, que significa “lo oído”, o “audición”, pero no la que se escucha por el oído externo (lo que procede de “fuera” de nosotros mismos), sino la que se “oye” a través del “oído interno”, que es el órgano de percepción de la Intuición Intelectual, si así pudiera decirse. Por su parte la smriti, que quiere decir “lo recordado”, es el resultado de la reflexión que se hace de esos mismos textos, es decir su interpretación o hermenéutica. Hay por tanto una ligazón sutil, pero jerarquizada, entre lo “oído internamente”, o sea lo que se comprende de manera inmediata y directa, y lo que resulta de la reflexión de esa comprensión, y que puede ser expresado igualmente por el habla o por la escritura que, como memoria que también es, se queda fijada en el alma, como si ésta fuese una tablilla de cera donde el soplo del Espíritu traza su indeleble grafía.1

Sabemos que la obra de Federico reúne estas dos facetas (la inspirada y la hermenéutica), y ella está cincelada por la comprensión y vivencia de las Ideas, que sólo emana de quien habita en el Mundo Inteligible, pero que al mismo tiempo posee el arte de la mayéutica para hacer que el contenido de ese Mundo se haga comprensible a los hombres y mujeres con el fin de que puedan nacer a él. Federico era muy práctico en estas lides por alcanzar el Conocimiento, y sabía por experiencia que éste necesita de una intensidad y concentración en la entrega por parte del interesado, y no despistarse ni dormirse en los laureles, pues el hilo que nos ofrece Ariadna para llegar al centro del laberinto y poder salir de él, puede acabar convirtiéndose por ese despiste nuestro en una tela de araña en la que acabemos atrapados definitivamente.2

Federico era un hombre inspirado por Hermes, por las Musas y otros “furores divinos”, de los que brota la verdadera Filosofía como una vía o escala que estas deidades sólo entregan generosamente al alma de quien, como dice Platón,

“ha visto, lo mejor posible, las esencias y la verdad”.

Y esa alma

“deberá constituir un hombre, que se consagrará a la sabiduría, a la belleza, a las musas y al amor”.

Federico consagró toda su vida a cultivar la relación con las Ideas más altas, e hizo de esa relación el signo de su identidad como ser humano. Y lo que él intuyó, meditó, reflexionó, maduró o conoció directamente de los Mundos superiores lo quiso transmitir a sus semejantes, a todos aquellos que acudieron a su llamado y se reunieron con él en el centro de la plaza pública, como un Sócrates de nuestros días. Él pertenece, por tanto, a la estirpe de los grandes transmisores de la Filosofía Perenne.

Y no hay transmisión, o al menos ésta no es completa, si no lleva en sí misma la fuerza evocadora de un tiempo y una realidad “otra”, reminiscente, que sólo se puede expresar mediante el lenguaje nutrido de la contemplación de la Belleza, que no olvidemos es un nombre divino, Tifereth en la Cábala, el corazón del Árbol de la Vida. Portadora de una luz inmaterial, sutil, al mismo tiempo que ilumina el caos de las tinieblas inferiores por participar del Intelecto divino la belleza es también una energía que nos arrebata hacia arriba, alimentando el ardor y la pasión del alma en la búsqueda del Conocimiento. La belleza como un presentimiento, o mejor, como una intuición directa del cielo. Acerca de ella, dice Federico en su Diccionario:

“Intuir la belleza y ser uno con ella es una forma de Conocer, una síntesis perfecta de la unicidad que se expresa por su intermedio. El éxtasis arrebatador del amor, la manifestación como música de las esferas y la serenidad que nos llega por estos motivos no son sólo maneras de expresar este hecho que conjuga al sujeto que conoce y al objeto que despierta, la Intuición Intelectual, hermanados en la misma Inteligencia y llevados por ella en presencia de la Sabiduría”.

Estas palabras de Federico resuenan también en estas de Platón:

“¿Qué debemos imaginar, pues –dijo–, si le fuera posible a alguno ver la belleza en sí, pura, limpia, sin mezcla y no infectada de carnes humanas, ni de colores ni, en suma, de otras muchas fruslerías mortales, y pudiera contemplar la divina belleza en sí, específicamente única?

¿Acaso crees –dijo– que es vana la vida de un hombre que mira en esa dirección, que contempla esa belleza con lo que es necesario contemplarla y vive en su compañía? ¿O no crees –dijo– que sólo entonces, cuando vea la belleza con lo que es visible, le será posible engendrar, no ya imágenes de virtud, al no estar en contacto con una imagen, sino virtudes verdaderas, ya que está en contacto con la verdad? Y al que ha engendrado y criado una virtud verdadera, ¿no crees que le es posible hacerse amigo de los dioses y llegar a ser, si alguno otro hombre puede serlo, inmortal también él?” (El Banquete, o del Amor, 211d-212b).

Como transmisora de la Ciencia Sagrada, en la obra de Federico está ausente la exposición sistemática del Conocimiento, lo que desde luego no quiere decir que dicha transmisión no se efectúe con rigor intelectual, pues la exposición de las Ideas Universales y Eternas debe estar cribada de cualquier interferencia psicológica que no se ajuste a las verdades contenidas en ellas. Hay en todo esto una maestría en la manera de comunicar el Conocimiento, un arte de la palabra y la escritura que siempre tiene como soporte la sacralidad de los símbolos y los mitos universales. De nuevo Platón nos viene al encuentro:

“Mucho más excelente es ocuparse con seriedad de esas cosas, cuando alguien haciendo uso de la dialéctica y buscando un alma adecuada planta y siembra palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quienes las planta, y que no son estériles, sino portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee, en el grado más alto posible para el hombre”. (Fedro, o de la Belleza, 276e-277a).

Platón habla aquí claramente de la transmisión del Conocimiento a través de la palabra y de la escritura (a la que él llama “otros caracteres”), por las que se difunde la semilla inmortal. La obra de Federico, su verbo hablado y escrito comunica esas “semillas”, que la Cábala denomina “chispas de luz”. Se trata al fin y al cabo de la transmisión de una influencia intelectual-espiritual porque ella es el fruto de una relación íntima con la Diosa Inteligencia, que es una con el Verbo divino. El mismo Federico escribió en un poema de juventud estas palabras reveladoras, presintiendo quizá lo que sería su destino en esta vida:

“Porque yo soy la antena que recibe el mensaje / que se me impone, / y mi pecho se ofrece como tabernáculo / para que el mundo tenga en él cabida / Y vibro.”

La Palabra, el Logos, es como un viento que no puede contenerse. Ella es un sonido, una vibración, un estremecimiento del Ser que sale de su ensimismamiento para crear la Manifestación universal. “¡Hágase la Luz!, y la Luz se hizo”, que es como decir ¡Hágase el alma del hombre! Y el alma del hombre se hizo”. Y todo ello gracias al Verbo espermático, al que Federico evoca nuevamente en Rapsodia, donde también se oye estas otras expresiones entreveradas con citas evangélicas:

"El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Y también "Hágase en mí según tu Palabra".

“¡… la Palabra es vida y luz y qué mayor Misterio que el lenguaje!”

Sí, qué mayor Misterio que el lenguaje, que la palabra como poiesis, como energía creadora y fecundante, capaz de revelarnos la luz esencial que hay en las cosas y los seres, y establecer así la síntesis entre el Misterio y su manifestación encarnada, es decir en cuerpo y alma.

La lengua poética es la ciencia y el arte del “ritmo secreto del cosmos”, leemos nuevamente en el Diccionario de Símbolos, sin duda una obra muy inspirada y acompasada en su escritura con ese ritmo secreto que está en perfecta sintonía con sus principios, es decir con todo aquello que está “más allá” de ese mismo cosmos, un “más allá” metafísico (el No Ser) que sin embargo está presente en él de manera misteriosa. Sólo el arrebato del “furor poético”, altamente intelectual-espiritual, puede conjugar en un “cuerpo de luz” esa extraordinaria paradoja, inalcanzable para nuestra mente desde luego, pero también para la memoria, que llegada a esas altas cumbres del Intelecto ya se ha “olvidado de sí misma”, pues lo que había que recordar, la presencia del Sí mismo en “un ahora siempre reiterado”, ya ha sido.

Se oye en Rapsodia:

“Esto es otra luz; es una luz negativa pero es luz. En el vértigo de lo que No Es, también existe la esperanza. Todos lo hemos sabido.

Pongamos correctamente el intelecto para entender tamaña grandeza; también esto es luz, con eso me basta”.

Y leemos en el Diccionario de Símbolos:

“La palabra es inmortal, está siempre viva y por ello es que perpetuamente es actuante. Si se comprende, es curativa, porque nos lleva de continuo a la resurrección. Pero no es sólo ella su sentido, sino que su sonido es capaz de dar cuenta de un estado que se produce en nosotros”. (Palabra).

En el origen del Símbolo está el misterio que reside en la Palabra. Antes de devenir una forma, antes de ser manifestado, el símbolo es un espíritu, un soplo inaudible (“Aliento de vida” lo llamaba el Maestro Eckhart) que sin embargo es recibido por el “oído interno”, y en él se deposita como una “semilla” o “chispa de luz”. Podríamos decir que, antes que su forma, lo primero que percibimos del símbolo es ese espíritu misterioso y vivificador no interpuesto por barrera psicológica o mental alguna. El espíritu se comunica con el espíritu que anida en el fondo de todo ser humano, pues de no ser así no habría transmisión de la influencia espiritual-intelectual. La expresión alquímica de que lo “semejante atrae a lo semejante” se da en todos los niveles.

En nuestro estudio sobre su obra,3 concretamente en el capítulo VI, dedicado a Simbolismo y Arte, decíamos lo siguiente refiriéndonos a la “audición metafísica”:

“¿Cuál sería entonces esa luz inteligible y ese sonido inaudible sino la propia percepción de las ideas en su origen mismo? De hecho, el trabajo con los símbolos también consiste en ‘aprende a oír’ las voces que nacen en nuestro interior conforme vamos comprendiendo las ideas que ellos revelan y evocan en la memoria como reminiscencias de nuestra verdadera identidad, expresándose como un fondo de sonidos e imágenes significativas que se articulan y estructuran conformando nuestra propia armonía o música interna, en conformidad con la armonía universal. Prestemos atención a nuestro autor [a Federico]:

La percepción del discurso musical es antes inaudible que sonora, y por lo tanto la verdadera potencia mágica de la música radica en su percepción original, donde el ser humano que escucha es un instrumento preciso y afinado en la sinfonía del conjunto, capaz también de crear y transmitir lo inaudible en expresiones armónicas –aunque ellas a veces desentonen en la uniformidad del fraseo corriente– por el hecho evidente de que aquél que ‘escucha’, regenera la permanente actualidad del arte musical siendo a la vez el sujeto y el objeto del mismo; el sonido, como la materia, como el cosmos, es uno solo.

Es desde la certeza de pertenecer, o mejor de ser un instrumento constitutivo de esa sinfonía y receptor de ella, que el hombre puede transmitir, o emitir, lo que ha ‘oído’ en el espacio sonoro de su alma (en el éter de su corazón), y lo hace inevitablemente a través de esas ‘expresiones armónicas’ de que habla nuestro autor, que constituyen el cuerpo mismo de la belleza de la Idea (origen de la armonía musical y de todas las artes), y son estas armonías las que, a su vez, serán ‘recibidas’ por quien tenga, como dice la máxima evangélica, ‘oídos para oír’ [de nuevo Federico]:

La verdadera audición se refiere a la identidad con la vibración sonora del plano sutil, increado, pero tan real que constituye el origen de lo audible, lo cual es sólo un símbolo o imagen de la auténtica percepción intelectual, equiparable a la audición metafísica, originada por esa entidad o diosa llamada Inteligencia, capaz de seleccionar valores por nuestro intermedio y presentarse ante la Sophia universal. Saber es escuchar la música cósmica, obtener una respuesta que se ordena igualmente en cada quien a fin de acceder a la audición metafísica”.


Phoenix. Friedrich Justin Bertuch, 1790-1830
Phoenix. Friedrich Justin Bertuch, 1790-1830

Palabra viva

NOTAS

1 Entre los símbolos asociados con el Verbo se encuentra la concha marina en sus diferentes variantes, pues se dice que ella “conserva” el Sonido primordial que brota del Silencio inmanifestado. Y así podemos ver cómo este símbolo estaba vinculado y era uno de los atributos principales del dios Quetzalcóatl, que encarnó en reyes y sabios, al igual que el Thot egipcio y el Hermes griego, y también el Hermes Trismegisto alejandrino, del que nace la Tradición Hermética llegada hasta nosotros. Todo ellos representan la misma entidad, la que donó a los hombres la palabra, pero también la escritura, como instrumentos de cultura y civilización. Precisamente estas deidades se representan muchas veces con la pluma en su mano en actitud de escribir.

2 Recordemos que hay una identidad etimológica entre Ariadna y araña.

3 La Obra de Federico González. Simbolismo, Literatura, Metafísica. Libros del Innombrable.



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